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Molintonia

Por una moneda, un sueño

Por una moneda, un sueño

       Érase una vez... una feria...

En mi ciudad, Zaragoza, las fiestas del Pilar se celebran a lo grande, y lo más grande para mí es la feria, esas atracciones pensadas para hacernos creer por unos minutos que estamos en otro mundo.

Yo soy partidario de ir a la feria muchas veces, pero mis papás siempre dicen que son muy caras, y mi tía no me ayuda, porque piensa que esas sensaciones dejan de ser divertidas si se disfrutan muchas veces.

Aquel año ya habían pasado los días de las fiestas de más ajetreo y aún no habíamos ido a la feria. Tampoco puedo quejarme, porque me habían llevado a los festivales de jotas, a los cabezudos, a la verbena infantil del parque Bruil y al teatro guiñol en la plaza del Pilar.

Por fin, un domingo, mi tía me propuso llevarme y, claro, yo encantado. Pero en su propuesta le noté un algo de misterio, no sé... y me miró sonriéndose por dentro.  ¿Guardaba algún secreto?

En la feria, los primeros puestos son siempre tómbolas y bingos que se anuncian con la voz chillona de los feriantes:

–¡Señora! ¡Señora! No se pierda el jamón que le ofrece Ramón. Jamón, pan y vino para mejorar el destino. ¡Señora! ¡Señora! De Jabugo el jamón en el puesto de Ramón. ¡Señora! ¡Señora! Juegue con nosotros y gane más que los otros.

Unas bolitas con números subían y bajaban por un tubo transparente y parecían angustiadas por salir, como burbujas en una copa de champán. Estaba apabilado mirando y oyendo... y suavemente, mi tía me arrastró.

A mí siempre me han gustado mucho los carruseles donde los niños damos vueltas en un avión, sobre un pájaro o en una nave espacial y levantamos los brazos para golpear una pelota, un globo o un saco. Justo encontré uno un poco más adelante de las tómbolas, uno que era un carrusel de coches, aviones y motos, con unas grandes pelotas colgadas del techo. Me solté de la mano y corrí a colocarme junto a la entrada. Disfruté un ratito viendo cómo del centro salían manos que sujetaban en su punta algunas de mis ilusiones. Se acercó mi tía hasta mi mejilla y se quedó ahí unos segundos, poniendo sus brazos alrededor de mi pecho. Después me dijo:

–Sé que te gusta subir y bajar cuando tú quieres como si estuvieras volando, pero ¿no te parece más lindo elegir tú mismo el recorrido?

¡Qué especial, mi tía, ¿no?!

Yo sólo tengo esa tía, que es hermana de mi madre.  Soy su sobrino mayor. Es la única persona con quien me atrevo a dormir que no sean mis papás y mi abuela, y yo creo que es por los cuentos que me cuenta algunos sábados. En realidad, son los mismos de siempre: Caperucita, Blancanieves, Pinocho... pero los cuenta de una manera... no sé... me parece que los vivo de verdad, y cada vez me siento un personaje distinto.  Es muy divertido salir de paseo con mi tía; por ejemplo, siempre estamos de los primeros en la cola del autobús, o llegamos antes que nadie a la otra acera en el cruce del semáforo del paseo Independencia. Además, su novio tiene una moto Ducati, y me da unas vueltas por ahí sentado casi encima del depósito y con las manos en el manillar, como si condujera yo. ¡Ah!, mi tía es también mi madrina.

Volví a correr para ver de cerca el Tren de la Bruja. También me gustaba porque, a pesar de los escobazos, me impresionaba entrar y salir del túnel, como si entrara y saliera una y otra vez de las fantasías, esperando que en cada ocasión me sorprendiera una nueva aventura. Además regalaban globos. Los señores del tren se vestían de diferentes maneras y a mí me llamaban la atención las caretas de payasos, no las de ogros ni de diablos que iban armados de escobas y horcas para asustar. El payaso era quien repartía los globos... y tenía preferencia por las niñas, pero...

Mi tía me miró con cara de comprensión cuando le pedí que me comprara una ficha. Traté de convencerla:

–Mira, tía, es como en tus cuentos...

Y ella, otra vez muy suave, me contestó:

–¿No te parece que ir sobre unas vías es vivir siempre lo mismo?

–Pero tía, yo quiero subir.

–No, hoy no, te propongo un trato. Volveremos al domingo que viene.

–Quiero hoy. He venido para divertirme.

–Creo que te vas a divertir. Y sólo con una atracción.

–¿Es un trato de verdad? ¿Volveremos al domingo que viene?

–Sí, te lo prometo

Me enfadé un poco, pero confiaba en mi tía. Recuerdo que me prometió llevarme a la playa, y me llevó. Recuerdo que me prometió llevarme a la nieve, y me llevó. Y sobre todas, su promesa que mejor cumplió fue la de convencer a mis papás para que yo comulgara de capitán en vez de fraile, que no me gustaba nada, nada, ese traje con falda y capucha.

Al hacer el trato con mi tía, el paseo ya tenía menos ilusión. La tomé de la mano y me dediqué a mirar los tenderetes de la feria. Me di cuenta de algunas cosas que nunca había descubierto, como por ejemplo esas luces tan brillantes de los carruseles, o los dibujos rodeando el tejadillo de los caballitos, o las canciones que ponen en cada atracción, o la cantidad de señores hablando y hablando sin parar con los micrófonos pegados a la boca. Era otra forma de diversión, un poco más tonta, pero a falta de la otra... También me fijé en las caras de los niños, todos sonrientes cuando disfrutaban de las atracciones, contentos y satisfechos... Me dio algo de envidia. En fin, para el domingo siguiente...

Nos detuvimos al lado de un grupo de gente apelotonada que debía esperar alguna cosa. Yo no vi nada entre tanta pierna, pero oí:

–¡Comer pronto bombilla! Si no hay euro, no hay espectaculo.

Lo dijo con voz de pito, tono de extranjero y sin acento en espectáculo.  Me sonó tan gracioso que me escurrí entre los mayores para poder ver al que habló. Era un señor muy sucio, sentado en una alfombra y con una bombilla en la mano.

–Yo comer bombilla... pero si no hay euro, no hay espectaculo.

Alguna persona echaba una moneda y yo miré a mi tía:

–¿De verdad crees que vas a ver cómo se traga esa bombilla?

–Eso dice, tía.

–Sí, eso dice. Toma.

Y le eché un euro sobre la alfombra.

–Si hay euro, hay espectaculo.

La gente se fue amontonando y me apretujaba. El señor repetía y repetía lo mismo. Yo estaba ya nervioso y miraba a mi tía:

–¿De verdad crees que veremos cómo se come la bombilla?

–Eso dice, tía, y le he dado un euro, que es lo que pide.

–Sí, eso dice... Vámonos, es un farsante.

–Y, ¿mi moneda...?

–¡Eh, eh!, que era mía, ¿recuerdas?

–Pero yo se la eché.

–¿Te atreves a quitársela ahora? –me desafió mi tía.

Y enfurruñado di media vuelta y me alejé deprisa.

–Son cosas de la feria –intentó explicarme ella.

Pero no me consoló, porque me sentía engañado.

Continuamos caminando y se me pasó el enfado en cuanto vi la noria y escuché los gritos de quienes la disfrutaban. Había subido una vez el año pasado y me vino aquella sensación de vacío en el estómago tan desagradable y agradable a la vez.  Miré a mi tía para rogarle que... pero sus ojos no estaban en la noria, estiraba el cuello girándolo para buscar algo por los alrededores.

–¿Qué buscas, tía?

–Un regalo.

–¿Para mí?

–Sí, para ti.

Me olvidé de la noria, del tren de la bruja y del otro domingo. Iba a seguir preguntando por la sorpresa, pero ella me tomó de la mano y me arrastró dulcemente hacia el pasillo asfaltado, colocándose algo delante de mí. Sólo me dijo:

–Por eso hemos venido hoy.

Otra vez me vino el nerviosismo y, como me gustan las sorpresas, no quise cargar a mi tía con preguntas... aunque no podía parar mi pensamiento, que se iba por encima de todas las cabezas intentando adivinar adónde me iba a llevar.

–Ahí está.

–¿El qué?

–Lo que buscaba.

–¿Mi sorpresa?

–Sí. Tu regalo.

–¿Eso?

En una esquina muy escondida había una tienda de campaña cuadrada, sin luces ni música y con muy poca gente en sus alrededores.

–Creo que te va a gustar mucho.

–Pero, tía, ¿qué es?

–Lee. A lo mejor con eso lo adivinas.

El cartel decía: "Por una moneda, un sueño"

Me quedé mirándolo muy fijamente.

–Si prefieres perderte el regalo, podemos volver a casa ahora mismo.

Lo de la moneda me sonó a "si no hay euro, no hay espectaculo".

–Nos van a engañar como chinos. Además, no tengo monedas.

–Aquí parece que no hay bombillas, ¿no crees? Y la moneda del señor no la perdiste tú. Podemos hacer una cosa: tú te arriesgas y yo pongo la moneda.

–Pero, ¿y si no me gusta?

–Pero, ¿y si te gusta?... ¿Y si te gusta mucho?

Mi tía no era dada a mentiras, aunque…

–Tía, creo que va a ser un aburrimiento total.

–¡Ah!, para mí seguro.

–Venga, entonces no sé qué hacemos aquí.

–Te digo que para mí seguro… porque yo te tengo que esperar afuera.

–¿Cómo? ¿No vas a entrar?

–Veo que no has terminado de leer.

Era verdad. Debajo de las letras grandes, ponía: "Sólo para pequeños".

–Yo soy mayor, ¿no es cierto? –me dijo.

Cogí la moneda que me daba y me metí rápido en la carpa.

Lo primero que noté fue un olor muy raro. Este verano ya he sabido a qué. Olía a ese humo de iglesia que sale de una jarra muy grande colgada del techo. Se llama incienso y es religioso.

Lo segundo fue el señor de dentro, que llevaba una barba larga y blanca, y estaba vestido con una túnica morada. Este señor hablaba con una niña y, al verme entrar, me dijo con la mirada que me sentara. Había una fila de sillas con tres niños más esperando. En seguida terminó la conversación que le ocupaba, la niña se levantó, echó la moneda en una bolsa de tela y salió. Otro niño pasó a sentarse frente al mago.

–Hola, ¿cómo te llamas?

–David.

–Muy bien, David. Yo soy un mago y cuento sueños. Lo que tienes que hacer es muy fácil, ya verás. Sólo tienes que decirme qué te gustaría soñar.

La voz de ese señor me entró por algún sitio de mi cuerpo que no eran las orejas. Sonaba muy honda, como de un pozo, y parecía la de un señor bueno. Cuando oí lo del sueño, empecé a prestarle mucha atención.

–No sé –contestó el niño.

–Seguro que sí lo sabes, David. A ver. Si cierras los ojos, podrás imaginarte vestido de algo fantástico, podrás imaginarte algo que desees con todas tus fuerzas para... divertirte mucho... o para ser importante... o para ayudar a los demás... o para hacerte pronto mayor... Vamos, cierra los ojos y sueña.

El niño le hizo caso. Yo, mientras, también cerré los ojos y me imaginé tantas cosas...

–Quiero ser astronauta.

Y se me ocurrió que eso de astronauta... Hombre, por qué no, David bien podría ser astronauta y despegar en una nave espacial con un cohete grandísimo, y le acompañaría una perrita, como "Laika" y, en vez de volar cerca de la Tierra, se haría un poco invisible y se iría a descubrir algunos mundos, como el cielo o algo así.

El mago le empezó a hablar:

–Querido David, ser astronauta es ser un poco ángel. La nave espacial sería entonces como tus alas, pero no necesitarás combustible porque tu pensamiento te trasladará a una velocidad más grande que la de los cohetes. Seguro que desde la Tierra esperarán que traigas noticias de otros planetas y estarán ansiosos por recibirte. Pero tú decidirás que las estrellas lejanas son mucho más importantes y volarás, volarás mucho más rápido de lo que todos creían, perderán tu pista y se asustarán pensando que han fracasado en su proyecto. Pero en cambio, tú estarás dichoso y muy convencido de tu destino. Llegarás hasta galaxias desconocidas, llenas de estrellas como las que se ven tan chiquitas por la noche y, sin saber por qué, te pondrás muy contento, tan contento que no querrás volver. Pero claro, pensarás en tus papás y en tu familia, y al ser el pensamiento tu combustible regresarás en un segundo. A tu llegada todo el mundo te abrazará y te felicitará. Querrán saber qué descubrimientos lograste y tú dudarás de la respuesta, sólo podrás decir que estás muy contento. Ante la insistencia, reflexionarás hasta encontrar la mejor respuesta, que dirás muy, muy convencido: "He descubierto la paz".

David le había escuchado con una cara de mucha atención. No tenía los ojos cerrados, pero creo que no vio nada de lo que tenía alrededor, sino que se imaginó perfectamente lo que el señor le iba contando.

El otro niño, que se llamaba Raúl, subió deprisa y muy nervioso a la silla, y respondió en seguida que quería ser futbolista. Nada más oírlo, me vinieron imágenes de Raúl vestido de futbolista. Pero no era un futbolista normal y corriente, no. Era de esos famosos que en el campo regalaban balones todos los domingos. De esos que visitaban los hospitales infantiles y que siempre defendían a los árbitros. Era tan bueno, tan bueno, que le iban a dar un premio muy importante, pero no deportivo, sino de algo que se llamaba UNICEF o así.

Y el hombre de barba blanca le dijo:

–Raúl, tú serás futbolista y serás el capitán del equipo.Meterás muchos goles. Te aplaudirán mucho, pero el día en que más lo harán será cuando tu amigo, ese defensa que siempre lucha como un cosaco, se lesione jugando el último partido del campeonato, y tú decidas, ante la sorpresa del público, quitarte el brazalete y dejar el campo para acompañarle hasta el hospital donde le atenderán un dolor muy grande en la espalda.

A Raúl le costó un poco bajar de la silla, porque me pareció que ya no vivía en este mundo y estaba soñando un sueño de una manera que nunca había sentido.

La otra niña que esperaba, Sofía, tenía mucha vergüenza, y el señor mago tuvo que acercarse a buscarla porque no se atrevía a levantarse de la silla. El señor, en lugar de sentarla enfrente de él, la colocó en su regazo. Sofía dijo que le gustaría ser un hada.

Yo pensé en una señora vestida de blanco con volantes grandes y transparentes. Podía volar, claro, y hacerse pequeña o grande, visible o invisible, cuando ella quisiera. No era de conceder deseos, sino de acariciar, un hada de acariciar, nada más, con unos dedos muy largos de piel suave, y que se acercaría a las camas por las noches para consolar a los tristes y acompañar a los alegres. Me la imaginaba, por ejemplo, cerca de un señor mayor –entonces ella sería invisible–, tomándole de la mano para consolarle su tristeza. O muy radiante, en el cuarto de mis papás, que podrían verla, acariciando la cabeza a mi mamá porque sufría de jaqueca. O pequeñita, pequeñita, en la cuna de mi prima Laura, apoyándole los dedos para curarle un dolor de tripita. Sería un hada buena, seguro, y haría muy feliz a todos con sus caricias.

–Tus ojos ya son de hada, Sofía. No necesitas soñarlo. ¿O no te lo dicen en casa? Claro que sí, pequeña. Sólo tienes que creértelo y tu vida entonces será tu sueño, tan lindo que a tu alrededor todos tendrán siempre felicidad.

Me tocaba a mí y me levanté en seguida para ir junto al señor mago. Le dije mi nombre, pero tuve un problema muy serio: no sabía qué sueño pedirle. El señor me miró muy sonriente, tocándose la barba de arriba hacia abajo. No hablaba y me miraba. Así pasó bastante rato.

–¿Qué quieres de mí, Eduardo?

–Yo creo que usted debería contarme un sueño, pero no se me ocurre qué.

–No, yo no puedo contarte tu sueño.

–Pero... ¿y a los otros niños...?

–No, mi bien, tú eres el regalo del cielo, por eso yo no puedo contarte un sueño entre los miles que tienes… para todo el mundo… Mi niño, el sueño eres tú.

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