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Molintonia

El Grasas

El Grasas

Me habían invitado a pasar el fin de semana en un chalet de Riglos.  Como carezco del permiso de conducir y odio los vehículos que ruedan por el asfalto, elegí el tren para acudir a mi destino.  Era un viernes festivo, de madrugada y, a pesar de haber entrado el verano, refrescaba.  En los sillones de plástico de la estación, sobre los bancos o apartados en el suelo junto a la pared, dormitaban benditamente los aventureros.  Algunos de ellos los recordaba de mi paseo cotidiano por los porches de la avenida de la Independencia.  Se tiraban por las baldosas, acotaban unas cuantas y las decoraban con pintura de pastel.  Siempre elegían temas religiosos y desde luego que no me los imagino en una iglesia.  Supongo que pretendían mover la sensibilidad de los transeúntes con esos rostros angelicales —los de sus pinturas, no los suyos, por supuesto—, para arrancarles alguna moneda más de las que estaban dispuestos a arrojar en la bolsa de plástico.  El ambiente exhalaba tranquilidad.

Me detuve frente a los indicadores de la pared y busqué mi tren.  Vía tercera, andén segundo.  Me palpé el bolsillo para asegurarme de que llevaba el billete y bajé las escaleras.  Decidí tomar un café en el bar del andén para intentar despejar el sueño y evitar el frío que me erizaba el vello de los brazos.

—Oiga, ¿el tren para Canfranc? —pregunté al camarero.

—Aquel de allí, el viejo.

—¿Cómo el viejo? —me extrañé.

—Sí, hombre, el canfranero, el de aquella vía.  Seguro que tiene más años que la estación.

—¿Y tanto anuncia la Renfe la comodidad de sus trenes?

—Es que de éstos no se fían —y señaló a un grupo de montañeros que supuestamente viajarían conmigo.

Pagué y, ya más despierto, me acerqué hasta el vetusto aparato.  Circulaba por allí un hombre de la estación.  Le pedí indicaciones sobre qué vagón me correspondía y amablemente me acompañó hasta el departamento.  Digo bien, departamento, porque el ancianito tren todavía presentaba la distribución del Orient Express.  Me acomodé junto a la ventanilla y puse mi bolsa debajo del asiento.  Quedaba un cuarto de hora para la salida y poco a poco se acercaban más y más muchachos con todo el aspecto de ir a disfrutar de los Pirineos.  Supuse que mis compañeros de asiento serían pues excursionistas.  Apoyé la cabeza en el respaldo y, observando cómo descendían las escaleras mecánicas, me quedé dormido.

—Éste, éste es el nuestro.  Mira a ver los numericos.  ¡Ay, calla!, que este señor está durmiendo.

Todavía entre sueños me pareció oír un retintín escandaloso y penetrante de campanillas de mulillas.

—Oye, Agustina, este buen señor ¿no se habrá quedao dormido de otro viaje?  No sé si se enfadará, pero lo voy a despertar?

Sentí en mi hombro una mano que comenzó a zarandearme.  Abrí los ojos.

—¡Eh, señor!  ¿Estaba usté dormido?  Es que mi cuñada y yo pensamos que a lo mejor se apeaba usté en Zaragocica.  Y como ya ha parao el tren…

—No, señora, no.  Acabo de subir.  Como ustedes, supongo.

—Sí, claro.  Hala, pues, siga durmiendo, siga, que a nosotras no nos molesta.

Lo intenté, de veras que lo intenté, pero ¿quién consigue dormir con ese soniquete agudo pegado a mis orejas?  Ya colocando sus bolsos en los estantes, comenzaron una verborrea que, juro por lo más amado del mundo, no dejé de escuchar hasta el apeadero de Riglos.

—¡Qué bien vamos a ir aquí, Juaquina!  A mí me gusta la ventanilla.

—¡Toma!, y a mí, no te fastidia.

—Pero la he cogido primero.  Siéntate enfrente, anda, al lado del joven —el joven era yo— y si veo algo bueno, ya te avisaré para que lo veas después que yo.

—Señoras, por favor, ¿podrían hablar más suave?

—¡Ah, perdone! —exclamó algo ofendida la señora Joaquina.  Habla más bajo, Agustina, maja.

Como si me hubiera dirigido a un político en pleno mitin.  A los diez segundos volvieron a tocar a rebato todas las campanillas, por lo que decidí olvidar mi intento y me dispuse a leer, mientras ellas seguían y seguían machacando sus lenguas con historias de vecinas, de hijos de vecinas y de mujeres de hijos de las vecinas.  Sentí tentaciones de intervenir diciendo: “Yo voy hasta Riglos y ustedes, señoras, ¿dónde apean?”, para enterarme de cuándo acabaría el suplicio.  Estaba a punto de hacerlo y la tal Joaquina mentó un apodo que me llamó la atención.

—Pues eso es como el Grasas.

—¿Cómo quién?

—El Grasas, mujer, el Grasas.  No me digas que no lo conoces.  El Grasas es el hijo de la Remedios, la vecina de la Candiles.

—¿La estorbada?

—No, mujer, que esa está soltera.  Su hermana, la que se casó con el de la tienda vinos de la calle Cereros.

—Pues no caigo, Joaquina.

—Ya verás como sí.  La que abortó tres veces seguidas por darle tanto al alpiste.

—¡Joderrrrrrrrrr!  La del tercero.

—La misma.  Encima la estorbada.

—Hija, es que en esa casa hay cada pinta.  ¿Y qué me cuentas del Grasas ése?

—Te voy a poner en antecedentes, mujer.  Yo sé la historia porque a mi prima se lo ha contao su marido, qu’es el dueño de los furbolines donde se pasa el día el Grasas.

—El Nicanor.

—Ahora las aciertas todas, hija.  A la tele te mandaría.

Escuchaba tan atento la conversación que la señora Agustina me miró con sorna y preguntó:

—¿Es que conoce usté al Grasas?

—No —contesté sin reaccionar.

—Pues Juaquina, ya tienes dos con la oreja abierta.  Cuenta, cuenta.

Y la aludida comenzó su descripción.

—El Grasas es un jovenzazo recién casao.  Hará unos diez meses o por ahí.  Con una del barrio, ¿sabes?  Yo la conozco de vista y se le ve limpia y escoscada.  La moza es algo mayor y como no tenía partido, pues hala, el primero que la pidió, sin mirar quién era, se la llevó.  Pero ándate al cuento cómo es el pajarito.  Si el preguntas su oficio, te dirá: “Artista”.  Y si luego le dices: “¿Cuál es tu arte?”, contestará: “La guitarra”, y tú sigue: “Pero ¿ganas algo?, ¿tocas en algún grupo a algo?, ¿tienes trabajo?”.  “Poco, poco.  Lo que sale”.

Cuando Joaquina se contestaba a sus preguntas, arroncaba la voz y le daba un desparpajo que reventaba las carcajadas de su cuñada.

—Oye, Joaquina, ve más despacio que no me aguanto.

—¡Ah!, usté tamién se ríe por lo que veo.  ¿Ya no tiene sueño? —se dirigía a mí.

—Me interesa la historia —reconocí.

—Oiga, oiga, pues, y calle, que hay más.  El jovenzano asegura que su oportunidad está al caer.  “Sé que un representante me busca.  Ya llegará el momento y seré el mejor.   Soy el mejor”.  Entonces te sale: “Y, ¿de qué comes?”, y él, tranquilo, te contesta: “Me dan”.  Ya ves la cara que tiene el guitarrero.  Pues se casó.  Y menos mal que la mujer tiene trabajo en un bar.  Ella come allí.  Él en casa de sus padres, y cenar, los dos en la casa de los suegros. ¡que menudos son los suegros!, la madre puta y el padre borracho.  Y está claro, el marido se gasta el jornal en vino y la mujer, con el trabajo de los seis críos que le ha hecho, no tié más remedio que abrise de piernas un par de veces al día.  Y ¿qué hace el Grasas mientras su mujer y su madre trabajan?  Se va a los furbolines to’l día.  A las ocho la tarde va su mujer, le da dinero pa un kas y marchan los dos a cenar.  Cenan y se van a su casa, que tienen casa, la de un tío d’ella que se la deja sin alquiler porque el hombre vive fuera, en Andalucía o así, creo yo.

—¡Toma candela, María!  Estos son los hombres que hacen país.  Tendrá vergüenza…  Que le mantenga la mujer.

—Ni eso siquiera, Agustina, que la chica, como es normal, entrega el sueldo a sus padres pa pagase la comida y la ropa que a veces le hace su madre.  Se queda lo justo pa la casa…. Y ahora, atiende lo que te iba a contar.  Una cuñada del Grasas, hermana de su mujer, está pedida por el David, un chaval tamién del barrio.  Y resulta qu’el David va a los furbolines del Nicanor.  El otro día va el Grasas y le dice a su futuro cuñao: “Bueno, majo, a ver si te aligeras y te buscas un curro que esto no pué seguir así.  ¿Cómo te vas a casar si no?  A vivir del cuento, ¿no, gandul?”.  Toma caradura, ¿tú te crees?  Anda, dile algo al guitarrero.  Dile, dile. Que le aviento los billares en la cabeza.  Y aún atiende lo más.  La fiesta de pedida pa’l David tié historia y gorda.

—Con la familia que m’explicas ya me puó imaginar.

—No tienen de ande sacar, está claro.  Los padres del David pusieron algo, pero ella… Ya verás, escucha.  Dos primos, el Tutureta y el Taladrín, se lanzaron contra el padre la chica pa sacale algún cuarto y dejar bien la honra la familia.  Tres mil pesetas pa’l vino la fiesta sacaron.  Pero los cojonudos no tuvieron otra salida que echase a la calle a pedir perras.  Los gitanos viejos le dieron algo por hombría, pero cuando llegaron al Grasas, anda, el Grasas.  No dio un duro, pero se comprometió a tocar unas piezas.  “Pa dar colorido”, dijo el condenao.  El día de la fiesta se presenta con toda su jeta y le dice al Taladrín: “Que se m’a estropeao la guitarra y yo sin guitarra no soy ná.  Trae una copa y brindaré por tu prima”.  Ole y ole sus cataplines…  Ahí lo tienes, y tan campante.  ¿Qué le parece, joven?

Se dirigía a mí.

—Es algo cuentista ese señor Grasas, ¿no crren?

—Mira tú lo que dice el señor, “algo cuentista”.  Pues no es usté fino ni ná.

Cuando reprodujo mis palabras, imitó la voz tan bien que no tuve más remedio que acompañar a Agustina en sus carcajadas.

—¡Ay, Juaquina!  ¡Ay, Juaquina!

—Agárrate la tripa que se te va a romper la faja.

Agustina se retorcía en el asiento sin dejar de reír.

—Igual se cree usté —me decía— que la historia s’ha acabao.  No, señor, no, aún quedan migas y con buen condimento.  Pa echar una estancia al ministro o al Papa, a quien quiera.

—Oiga, señora, ¿todo lo que cuenta es cierto?

Se ofendió.

—A ver si me llama embustera.

—No, por Dios, no es mi intención.

—La Juaquina no miente nunca, eh.  Se lo digo yo —le defendió su cuñada.

—Pues si lo otro no se lo ha creído, ¿cómo se va a creer lo que falta?

—Señora, me hago cargo.  Cuente, cuente, le escucho.

—¡Uy, si contara todo lo que pasa en mi barrio…!  Las historias de la tele se quedan cortas.  Pero voy a seguir con el Grasas, hombre, que veo que a usté le interesa.

—Me divierte, me divierte —aclaré.

—Pues no se crea que es de risa.  Pena me da mí.  Un hombre como ese…  Es pa llorar, no para reír.  Y después del lloro, pa coger un buen mamporro y atizarle hasta en las uñas de los pies.  Fíjese si es ignorante el pobre.  El bar donde trabaja la mujer ha cambiado de dueños y según parece la quieren despedir.  La chica ha ido a un abogao, pa que vea lo lista qu’es, y le ha dicho que sí, que la puén despedir, pero con perras por delante.  Le sacó la cuenta y le tendrían que dar doscientas cincuenta mil pesetas.  No hizo cosa mejor que contárselo a su marido.  ¡Andá!, los sueños del Grasas, ¡andá!  Va diciendo por los furbolines que con esas perras, atienda, eh, se va a comprar un coche fetén, una guitarra de las caras, grabará un singel d’esos pa promocionase y dará la entrada de un piso en el bloque nuevo de la plaza Aragón…  ¡Ah!, se quié ir tamién a las Canarias porque no tuvo viaje de novios.

—Este gachó se cree que vive en los tiempos del tranvía —intervino Agustina.

—¡Hala!, ¿qué me dice usté si no espa echase a llorar?  Menos mal que la chica tié cabeza.  Y ahi tienes al pajarito, tan campante.

El tren salía de Ayerbe.

—Señora Juaquina, ¿sabe usté por qué le llaman el Grasas?

—A la vista está.  A mí me lo han dicho.  Pero si viera las pintas que lleva…  Todo desastrao, con un vaquero sucio y roto, con la camisa oliendo a tigre y el pelo… bueno, por el pelo es lo del Grasas, me imagino.  Lleva unas greñas asquerosas, le caen por los hombros, y se debe lavar con aceite usao de coche.  ¡Qué de mierda lleva en el pelo!  De eso lo del Grasas.  Y no le enfada, no.

—Señoras, me bajo en la próxima parada.  ¿Me permiten?

—Sí, hombre, cómo no.  Qué educao es este joven, ¿verdad, Juaquina?

—Tendrá perras, seguro.  Anda, ya pués ponerte en la ventanilla.

—Espera que salga el señor, mujer.

—Adiós, señoras.

—Adiós, adiós.

—Que le vaya bien, buen mozo.

Agustina me asestó una palmada en el trasero y volvió a sus carcajadas escandalosas.

Mientras descendía en el apeadero, me desentendí del Grasas, de Agustina, de Joaquina, de Nicanor…  Hubiera apostado por que olvidaría los chismes para siempre.  Me equivoqué.  Antes de ayer encontré los “furbolines” y jugué una partida de billar con el Grasas.

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