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Molintonia

Antes de vivir

El río ya es mi calvario.  Acabo de encontrar un recodo entre el puente de Piedra y el de Santiago, casi frente al Náutico, y las grandes ramas como brazos extendidos de míster fantástico me ocultan de cualquier ataque.  Estoy solo. Muy solo.  Cada estación del camino por la ribera ha dejado puyazos en mi piel. Quiero que algún pilar de un puente cualquiera de los tantos del Ebro a mi vista se alargue como un plástico deformable y se convierta en otro cobijo, un geypermán quizá.  Necesito más amparo.  Más para un alma rota por un rayo… y no sé llorar, no me enseñaron.  Baja media barca por las aguas y un remo partido me amenaza, espada de Saruman, filo de fuego.  Ojala pudiera huir, ojala pudiera, tras la orilla, en el árbol, bajo tierra o en un fanal, y que desaparezca el nudo de mis tripas, el horror sobre las uñas y la saliva enmohecida de mis labios.  Sobre el suelo, destrozada a su lado la figura de escayola que representa el corazón de Jesús, rompe ella un círculo de sangre oscura al lado de mi libro de matemáticas con el transportador de ángulos asomando por el borde de la tapa.  Ella era mi madre.  Aún estará allí.  Ahora crecen las aguas, las veo subir o quizá me deslice hasta la orilla.  Me recuesto sobre las piedras para buscar algo de cielo a través de los resquicios.  Resquicios de amor.  Suenan las horas en el Pilar.  Si apareciera el basilisco, aquí no están ni Harry ni Ron ni Hermione, así me atraparía entre sus fauces y cambiaría dolor por dolor.  Prefiero este dolor.  La cruz del puente de Piedra se desliza por el muro, se ríe de las aguas que han pasado por mi lado, me señala con un brazo de su travesaño y dispara otro rayo que vuelve a matar mi alma.  Ella era mi madre. Él era mi padre.  En su dormitorio, la cama estaba deshecha por un lado, el que no tenía sangre, y sobre la alfombra un libro abierto, “Aires de derrota”, mágicamente impoluto, marcaba el destino, mi destino

Antes de que me diera la vuelta, la última de las balas atravesó su cerebro.

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