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Reseñas de libros

Reseña 'La vida que vendrá', de Pilar Aguarón

Reseña 'La vida que vendrá', de Pilar Aguarón

Reseña de ’La vida que vendrá’  - Pilar Aguarón Ezpeleta - Editorial La fragua del trovador, 2017

Las respuestas que damos a la vida se pueden filtrar por la mente, por las  emociones o por el corazón.  Cuando queremos contarlo en modo literario, hay que combinar esos tres filtros con sabiduría.  Me dejo adrede uno que considero fundamental para entender más de una profundidad, el espiritual, pero creo que no ha llegado el momento para exigirlo en esa acción de montaje.  No obstante, creo que aún inconscientemente, como efecto de una energía basada en el amor, Pilar Aguarón tamiza a sus personajes de una textura sensible, que incluso salta el concepto espiritual.

Así lo viví con mi aventura lectora de sus obras anteriores, especialmente en las dos últimas, que se acercan a ese redondeo culminante en el devenir literario de la autora, La casa de los arquillosLas verdaderas historias de amor son pasajeras, ambas publicadas en su sello de preferencia La fragua del trovador, con quien repite ahora en la edición de esta novela tan especial.

En La vida que vendrá, el personaje principal, Irina, inmigrante bielorrusa, es una asesina.  Y sin embargo, no me desdigo de lo escrito en párrafos anteriores.  Incluso otros personajes, como Julio, el marido asesinado, o su padre, con un perfil odioso que a la autora le gusta recrear en su mundo literario, se tiñen de un aura con rasgos de ternura.

Antes de pasar a más anclajes argumentales, es necesario hablar de la estructura de la novela, donde volvemos a apreciar el oficio de Pilar Aguarón para generar el imán de lectura y el ejercicio de imaginación y memoria que es necesario para que el lector se sitúe en el entorno de la historia. Presenta once capítulos, más un epílogo, que se titulan con el nombre de quien narra, decisión que muestra el deseo de que la atención de la trama se dirija tanto hacia las personas tanto como hacia los hechos.  Elegida la primera persona como canal narrativo en todos los capítulos, cada pedazo que forma el rompecabezas argumental, menos complejo que el de La casa de los arquillos, nos sumerge en las historias personales de cada cronista, que se entrecruzan para ir dibujando ese mapa que nos lleve hasta averiguar el móvil del asesinato.

Nos envuelven ingredientes perfectos para actuar con el magnetismo que requiere esta narración, configurada por un cóctel de amoríos, enamoramientos, secretos familiares, juego, prostitución, herencias inesperadas... con la sazón de las referencias históricas, que tan bien maneja la autora, y que nos van situando en los momentos cronológicos de los hechos narrados.

No hay parafernalia en la literatura de Pilar Aguarón, ni en la historia, ni en los protagonistas, ni en el entorno, todo es austero, incluso la ampulosidad cuando aparece se llena de sencillez, como si se escurriera para no entorpecer la descripción del dolor o de la resignación, del amor o de la esperanza, que sabiamente aparecen en la trama sin que la situación social de quien lo vive signifique alegría o sufrimiento.  De esta manera, como surgida de un control de costes en una empresa con riesgo de quiebra (la autora es economista), su creación sólo emite lo necesario para experimentar la historia de arriba abajo, con poca anchura, con ningún ribete ni adorno, vestida de lo imprescindible para navegar con garantías (o no) de llegar a puerto.

Entremos algo en detalle.

La capacidad de síntesis se hace puntera ya en el primer párrafo, donde recorremos de golpe veinticinco años. Y en ese primer capítulo, cuando volvamos a leer la novela para conseguir encajes, comprobaremos que nos íbamos de un salto a aconteceres que se rematan en el último capítulo, en el desenlace.  Así, comenzamos a saber que en una región frutera, adonde llegan inmigrantes cada año, aparece Irina, mujer bielorrusa de extrema belleza, que cautiva a Julio, un electricista perezoso y juerguista, jugador y pendenciero que, a la sombra de su padre, frecuenta ambientes sórdidos.  A las pocas líneas de comenzar, ya sabremos que Irina ha matado a su marido. Y diez protagonistas, siempre con su voz personal e intransferible, nos van contando su historia en un suave vaivén temporal, a través de la cual tejemos el tapiz completo de la historia de Irina, hija de un matemático, churrera por elección propia, hermosa por razón genética y creadora de su propio destino sin una queja. 

Al mejor modo de David Lynch, la autora nos introduce en sórdidas y trágicas historias de familias que aparentan normalidad mientras esconden secretos, y entre todas ellas volamos vertiginosamente hacia la justificación del crimen, que, como hacía esperar la descripción dulce de Irina, nos hace perdonar semejante acción e incluso hasta nos llevaría quince años atrás para salvarla en el juicio y, como propone Paulina, una ninfa de altos vuelos que entregó su virginidad dos veces al mejor postor por el precio de un potosí, cargarle el muerto a un bosnio infame sin escrúpulos que hubiera merecido morir sodomizado en la cárcel.

Habla la familia del asesinado, la hermana y la madre, que dejan atisbar un trasfondo de envidias y dolores que se trasladan desde otras generaciones como una maldición encubierta. Hablan prostitutas, madamas y proxenetas, con una voz que se viste incluso de inocencia y dulzura, como si la obscenidad, la lascivia y el delito encontraran personajes que lavaran su imagen para hacerla llevadera, quizá desde la verdad de que las cosas no son ni blancas ni negras, que nadie es malo porque sí, que todo tiene un sentido y al final sobreviven los buenos, como Irina, haciéndose cargo de una churrería, desde donde empieza a tejerse una bonita historia de amor y un próspero negocio de pastelería.  Antes, a modo de penitencia o pago por servicios que no se recibieron, dos mujeres (mujeres), Ofelia y Paulina, se enriquecen por arte del destino, y envuelven su sensación de menoscabo haciendo felices a personas que saben apaleadas por la vida.

Hombres crápulas, un notario vicioso, el bosnio desalmado y un tonto comunista… dan juego a contrarrestarse con un profesor de matemáticas, un padre postizo con amor auténtico o un adúltero leal hasta el fin de sus días.  Así son los varones que nos trae la novela, como la vida misma, enfrentados o confraternizados con féminas que viven en el desamor, en la maternidad impostada o impuesta, en el preclaro vaticinio del Tarot, en el bestial bandazo de la vida o junto a la verdad sin tapujos del cariño auténtico al que no saben renunciar.

Me quedo con términos suculentos como zangolotino, mandil, pellas, chaparro, economatera, zascandil y mocear para regodearme con la expresión ‘ecuación diofántica’.  Bravo por la riqueza lingüística.

Y nos damos, inevitablemente siendo una obra de Pilar Aguarón, paseos históricos por el suicidio de Juan Belmonte, torero de postín, por la guerra civil, por las persecuciones franquistas, la guerra de Ifni, los atentados de ETA, por la transición, el incendio del hotel Corona de Aragón, la guerra de los Balcanes, etcétera. Bravo por la riqueza histórica.

También podemos envolvernos de música, con referencias tan dispares, pero tan sutiles, como Janis Joplin, Quilapayun y Julio Iglesias (¡qué tierna la evocación a Gwendolyne!).  Y no olvido el cine: Regreso al futuro, Frank Cappa, Luis Buñuel, Florián Rey y Doctor Zhivago.  Bravo por la cultura, por la cultura.

Y abundemos en el arte con cada retrato de los protagonistas que la mano de Pilar, también pintora, nos añade en esta edición, como el de Irina, en la portada, que irradia toda la tristeza y la esperanza que nos transmite el personaje.

Para redondear con un sorbete de frambuesa, disfrutemos de esas contundencias que con proverbial maestría nos deleita sabiamente Pilar Aguarón:

“En la familia de mi madre, el suicidio era casi una tradición”.

“La vida está demasiado mitificada.  Tampoco hay que loarla tanto”.

“Tal vez sea cierto que seguimos un camino predeterminado y que todo ocurre por algún motivo superior a nuestra propia voluntad”.

“No hay sensación  más destructora que la soledad acompañada”

“Era como si la vida que yo quería recordar la hubiese vivido otra persona”.

“La desmemoria sólo entiende los afectos”.

Nada es como parece En la vida que vendrá.  En cambio, todo cobra sentido  porque la Virgen de los Remedios se hizo alcaldesa perpetua de Villalón y un zafiro rosa convierte en sortija un anillo para que Irina no vuelva a Bielorrusia.

 

No existe el lugar en el que puedas estar que no sea el lugar donde te tocaba estar. -John Lennon

Reseña de A las afueras del mundo, de Jesús Gil Vilda

Reseña de A las afueras del mundo, de Jesús Gil Vilda

El protagonista se llama Jesús Bernal, es profesor de Física nuclear recientemente despedido, también recientemente divorciado, con un hijo y una vida encarada hacia una más que probable desesperación.  Presencia el suicidio de un hombre y decide suplantar su identidad.  Así conoce a Lorraine, o Dorothea, también alias Dodo, con quien emprende una aventura vertiginosa por los mundos de los ideales revolucionarios.

A las afueras del mundo transcurre en una sociedad distópica (aunque sin ciencia-ficción), a pocos años más de nuestra época, y pretende ser un ejercicio de crítica social en forma de thriller que conjuga destellos de buen estilo, incursiones históricas, científicas y cinéfilas, además de reflexiones y discursos ideológicos.  Probablemente, si la lee alguien en vías de sublevarse ante la evolución de nuestra sociedad, pudiera tomarla como estandarte para arengar a sus masas, incluso convirtiéndola en referente filosófico.  Sí, la historia tiene ingredientes para esto, desde una perspectiva pesimista y derrotista, en la que para nada despunta un mínimo de esperanza.  Es así, entonces, una historia que atrapa por las sensaciones de rechazo, desprecio y defensa/ataque de/a una forma de vivir que recuerda a la expuesta en las más conocidas novelas del género, como El proceso, Fahrenheit 451, Un mundo feliz, 1984, Sueñan los androides con ovejas eléctricas (Blade Runner en cine), La fuga de Logan…

Ese contacto con la mujer a la que le lleva el navegador del coche abandonado del suicida introduce al zaragozano Bernal, residente en Londres, en las profundidades de un barrio marginal donde se han refugiado los disidentes de una sociedad violenta, manipuladora y obscena en pos del poder de las mentes.  Con algunos pasajes que recuerdan demasiado a algunos precedentes citados, entrelazados con otros que desbordan originalidad, con diálogos que remiten más a estilo de guion cinematográfico que a novelesco, el autor nos lleva por atentados terroristas, cargas policiales, resistencias pasivas que quieren convertirse en activas, personajes estrambóticos, todos con historias de derrotas a la espalda.

Siendo reduccionistas, podemos decir que la novela es una pugna entre esos dos protagonistas, Jesús (no deja de tener significado latente el nombre como el Cristo), y Dorothea, que también semeja o rememora el supuesto oficio de María Magdalena, a la sazón tenida por algunos exégetas de la historia cristiana como la esposa del hijo de Dios.  Podría ser una historia de amor, pero el tratamiento inteligente que Gil Vilda le aplica nos lleva por diferentes estados de la relación hasta finalizar en uno alejado de lo que al principio parece.  Hay momentos de discusión ideológica entre ellos cuyo tratamiento depende del conocimiento que de ambas biografías se van desvelando el uno al otro.  Aplica muy bien el recurso narrativo de mover el tiempo a través de la transcripción de una especie de diario que ella le ha legado y que Bernal lee años después.  Otros personajes secundarios nos llenan o nos llevan a la reflexión sobre momentos reales de nuestra actualidad, como el fanatismo religioso, o la crisis mundial provocada por los bancos, o la posibilidad de la intromisión en nuestras vidas a través de la tecnología, con intervenciones variopintas, quizá a veces algo forzadas dentro de la historia, lo que no tendría esta consideración si el ritmo, tanto general como de los propios incisos, fuera más pausado.  La filosofía, la ideología, la denuncia… requieren cadencia para comprender conceptos y lograr respiros que ayuden a verificar nuestra posición ante ellos.

Quiero destacar algunas de las guindas o sorpresas colaterales que el autor nos coloca a lo largo del texto, como esa visión diferente sobre el significado de la película Casablanca, especialmente sobre la famosa escena donde todos los parroquianos del Rick´s Café cantan la Marsellesa (remedo de la Internacional, según Jesús Bernal); o los apuntes históricos sobre Cromwell; o el relato sobre la consecución de la bomba de neutrones por USA antes que Alemania, debido a la torpeza investigadora de un científico con impacto sobre la trama de la novela; y, cómo voy a olvidarme de mencionarlo, un milagro…

Es también muy interesante el juego de las voces en el relato.  Se cruzan la primera, segunda y tercera persona en diferentes párrafos o partes de la narración, aunque siempre queda claro que el narrador es Jesús Bernal, quien años más tarde desde la ocurrencia de los hechos narrados plasma sus recuerdos en la novela que, hasta el epílogo, presentan varias vueltas de tuerca con novedades inesperadas.

Demuestra el autor pericia en la construcción de la trama y destacan momentos de creación literaria que se acercan a lo bello en estilo, con relevantes recursos que, a mi gusto (no es cuestión de técnica, sino de mi propia impresión personal), con un mayor reposo darían esa placidez de lectura de un buen texto que, además de atrapar (lo consigue correctamente), proporcione disfrute del arte literario, ya sea como invitación al pensamiento que favorece la sabiduría o como hermoso juego de las palabras.

Jesús Gil Vilda es un escritor zaragozano, de 44 años, afincado en Barcelona, y que ha destacado por su actividad cinematográfica como guionista, con varios premios en su haber.  En 2011 publicó su primera novela, Crisis de gran mal, donde acomete una visión del mundo empresario a través de un ejecutivo medio de una industria química, con denuncia de ese submundo que se desliza como placa tectónica bajo la bonita capa de la publicidad que acompaña a los comercialización de los productos.  Digno de que sigamos su trayectoria.

A las afueras del mundo

Jesús Gil Vilda

Ediciones Destino, Colección Áncora y Delfín – 2015

301 páginas

 

Las verdaderas historias de amor son pasajeras (Pilar Aguarón), reseña

Las verdaderas historias de amor son pasajeras (Pilar Aguarón), reseña

Las verdaderas historias de amor son pasajeras  es un intrigante título para un libro con quince relatos que nos llevan por las recreaciones de ensueño a las que accede la buena literatura.  Y además del título, es la portada lo primero que nos atrapa, con ese contraste de observar un rostro angustiado rodeado de colores alegres, festivos, vibrantes.  También la cuidada edición de Luis Sanz (La Fragua del Trovador) nos incita, nos atrae.  Título, portada, hechura... tres imanes que se unen al tirón que como autora Pilar Aguarón Ezpeleta está alcanzando en el panorama narrativo.

Pilar Aguarón, destacada pintora, como demuestra con las ilustraciones que acompañan a los relatos de esta obra, comenzó tardíamente su andadura como escritora, en 2008, con un libro de relatos breves titulado precisamente Relatos breves.  Su especialidad literaria se ha asentado en esa brevedad, aunque ha tenido una incursión en la novela con Hueles a sándalo (2010, Editorial Certeza).

Su anterior entrega, La casa de los arquillos, como confirmación de que se ha convertido en la autora fetiche de la Editorial La Fragua del Trovador, dentro de la cual dirige la colección Palabras Contadas, puede considerarse un híbrido entre libro de relatos y novela, porque conjuga una visión conjunta de argumento global con la estructura y técnica del relato corto.  En Las verdaderas historias de amor son pasajeras, hay suspiros de novela en algunos de los relatos largos, que presentan pie para elaborar una historia de gran calado, como por ejemplo en Triunfos de guerra, El mundo de Luisi, o La viuda del divisionario.

Pilar crea sus narraciones desde la austeridad y nos las presenta a golpe de frases, que redondea un hecho.

  • “Lo que tía Luisi escondía era su vida”.
  • “La guerra nos derrotó a todos”.
  • “Nunca tuve un orgasmo, sólo los fingía, era fácil, igual de sencillo que enmascarar los sentimientos”.

Trabaja con el lenguaje ahorrando palabras, como buena economista que es, haciendo  una auténtica poda y rebaje de lo superfluo hasta dejar su estilo tan directo como vertiginoso, con muy pocas concesiones al relax del lector.  Atrapa enseguida, generalmente por donde duele, y resulta muy difícil desengancharse de sus historias.  Por suerte, no se alargan nunca y podemos extender el esfuerzo hasta el punto final sin sufrir desgarros graves.

Hay varias constantes en los relatos de este libro, que además podrían definir las querencias habituales de la autora, en las que poco a poco, quienes la seguimos, vamos observando que adquiere la maestría de los literatos de renombre:

-       Se mueve como pez en el agua, delfín diría yo, cuando salta de época sin que nos demos cuenta, maestra que es Aguarón en el manejo del tiempo.

-       Recrea con pericia el mundo rural o de barrio de las ciudades.

-       Se mueve con habilidad entre las décadas de los 30 a los 70 del siglo XX, dejando muestra del dominio de la historia o, mejor dicho, de los acontecimientos y su significado, que sabe aplicar como recurso de metáfora o comparación

-       Aparece a menudo la Guerra Civil o sus consecuencias.

-       Los relatos transcurren con protagonistas convencionales sumergidos en trasfondos escabrosos y generalmente ocultos a simple vista.

-       Hay mayoría de mujeres como personajes y como protagonistas, y casi siempre entregadas a varones despreciables.

-       Coloca la acción en Aragón, preferentemente en Zaragoza.

-       Describe amores locos, desenfrenados, sin medida.

-       Incrusta también películas o canciones con gran naturalidad para transmitir dataciones o sensaciones de una forma muy original

Son quince relatos, cada uno con su impronta, a veces punzante, a veces trágica, que se sumergen en hechos vividos por mujeres sometidas a una relación sentimental.  Sí, sometidas.  Y casi siempre con amargura, con dolor o con melancolía.  Hay relatos muy duros, como el último, Chesterfield sin filtro; eróticos, como Love me tender; jocosos, como El mundo de Luisi; simbólicos, como Azul ultramar; o devastadores, como La viuda del divisionario... y todos ellos, tan variados, que se unen por unas voces que miran cada historia con naturalidad, como si lo estrambótico fuera lo que nos ocurre cada día, como si nuestra realidad estuviera fuera de la normalidad, porque la normalidad sería la que nos cuenta esa voz, a veces en primera persona, muy involucrada en el argumento, o a veces desde lejos, a modo de notario implacable.

Breves son ocho relatos, de una a tres páginas:

  • La casa del molino, donde presenta un misterio sin describir para que sea el lector quien pueda imaginar lo que de verdad se oculta.
  • Love me tender, con título de esa canción suave de Elvis Preysler para ambientar en cambio un acto lleno de fuerza, descaro y vitalidad.
  • Azul ultramar, en el que Gauguin, simbólicamente, busca el color del título.
  • Ni una palabra, con un descaro inmoral.
  • El mar en otoño, melancolía de un amor que se fue, ambientada con una canción de Los Beatles.
  • Los amores de Cleofé, una alocada mujer que fracasa: “El dolor de Cleofé es más intenso que el miedo a la propia muerte”.
  • Un verano en San Aventín, quizá el único relato sin dolor, casi romántico.
  • Y Los ojos azules de Frank Sinatra, donde se vuelca toda la maestría en brevedad de la autora para entregarnos una historia en una página que contiene entero el Hollywood de los años 50.

Son siete los relatos que podríamos considerar largos, aunque de extensiones e intensidades dispares:

  • En El mundo de Luisi, con un lenguaje cercano y directo, sobre todo en los diálogos, por momentos jocosos, se nos descubre poco a poco una vida oculta, impensable en los primeros párrafos, de una mujer aparentemente convencional para su época.
  • La viuda del divisionario es el relato más extenso, con material suficiente para generar una novela.  Narrada en primera persona por la protagonista, una mujer casada con despecho, que cuenta sin tapujos al final de sus días lo que verdaderamente fue su matrimonio. Es en este relato donde Pilar Aguarón nos muestra el manejo de uno de sus recursos más brillantemente aplicados: el desarrollo paralelo de dos hechos aparentemente sin relación, pero que responden al mismo sentido narrativo, en este caso, entre una tormenta y un parto.  Los hay en otros relatos de este libro, como plantear el sexo dominador y extremo frente a una epidemia de cólera, o el desembarco de Normandía con el destino prefijado de la protagonista.
  • Los Rabanera es el ejemplo de relato en el que la autora mezcla la apariencia normal con los hechos resonantes.  Aquí, el hijo de Mariela, la protagonista, nos cuenta con un tono condescendiente cómo su madre, de presencia intachable, sostuvo comportamientos insospechados, especialmente para esa época, que, de haberse sabido, habrían acabado con su honorabilidad para toda la vida.
  • En Cólera aparecen prácticas sexuales al límite, pero me gustaría reflejar aquí como ejemplo, la descripción de un lugar localizable en Zaragoza, la estatua de Rubén Darío y cercanías en el Parque Grande, que me subyuga particularmente con esos bancos semicirculares bajo la verticalidad de los cipreses, semejando un lugar para rituales diabólicos en torno a una hoguera.
  • Trofeo de guerra es el título de dos relatos que nos cuentan las madres sobre sus hijas; una misma historia ambientada en una tienda textil, con cierto recuerdo a la sedería de la tía Luisi del primer relato, vista desde la altura de una ricachona o desde la de una mujer de pueblo que se traslada a la ciudad para hacer fortuna.
  • Llegamos al último relato del libro, Chesterfield sin filtro, para mí el de mayor valor emocional, el que más me ha atrapado con Jovita, una profesora de Literatura que ha desarrollado su función siempre dentro de la dictadura franquista, y en la que, con el tabaco como apoyo narrativo para ir presentando desmenuzada su destrucción interior, quiere transmitir a sus alumnas no sólo el amor por su asignatura, sino también por la libertad y la democracia, que en este caso final no es un amor pasajero.

Las verdaderas historias de amor son pasajeras no permanece después de leerlo como una obra baladí.  Está lleno de impactos emocionales que se cuelan por los recuerdos, sensaciones y sentimientos más recónditos del lector.  Quedan ganas al terminar de volver a este o aquel relato del que nos ha quedado poso, y de ese relato iremos a otro, y así sucesivamente para releer y releer, que es lo más loable que se puede decir de un libro.

Beatriz, de Anabel Consejo - Reseña

Beatriz, de Anabel Consejo - Reseña

 

 Entre las aves, el águila es la que vive más tiempo, cerca de 70 años. Pero para alcanzar esta edad, debe tomar una difícil decisión; nacer de nuevo. A los 40 años sus uñas se encogen y se ablandan. El pico se encorva. Las alas se le doblan sobre el pecho. Si quiere vivir, debe pasar por una dura prueba a lo largo de 150 días, recluida dentro de un nido cavado en la peña más oculta. Allí golpeará el pico viejo contra la piedra hasta quebrarlo. Y esperará hasta que le crezca el nuevo y pueda con él arrancarse las uñas. Cuando despunten las uñas nuevas, el águila extirpará las plumas viejas y después de cinco meses, con su nuevo plumaje, arrancará a volar de nuevo, decidida a vivir otros 30 años.


(Anónimo)

 

 

“Beatriz” es más que un librito de 44 páginas, más que sus 16 relatos y 2 poemas, es una suma de emociones que se han conjugado por encima de todas las oraciones posibles para dar entrada a una auténtica historia de reconstrucción interna.

 

Beatriz se va de viaje a Galicia.  Beatriz se va de viaje hacia dentro.  Tal como nos evoca a Ulises, tal como quiso en un tiempo ser arqueóloga en Ítaca, esta mujer hastiada por una relación de pareja emocionalmente carcomida, inicia un proceso interior para transmutar los recuerdos ácidos en una visión ilusionada de su futuro.

 

Está contado en tercera persona con salvadora distancia, porque si Anabel Consejo hubiera elegido el monólogo interior habría sido muy difícil llegar hasta el final del libro con ese poema esperanzador que coloca la autoestima de Beatriz en su sitio sin renegar de las experiencias de su pasado, en las que se atreve cuando llega al replano de la escalera a mirar hacia atrás con cierto atisbo de deseo por si ha perdido algún relámpago entre peldaño y peldaño.

 

Esta mirada penetrante a las entrañas de una mujer nos deja un libro mixto que se centra en un personaje, sin apenas acción ni siquiera argumento más allá de ese viaje a Galicia, quizá al faro del fin del mundo, desde cuya atalaya se mira al infinito con extremo afán de aventura, o más allá de un encuentro con Lara, compañera en emociones para compartir dolor y reflejar que aunque sentido en soledad, no es la única ni la última en ese pesar profundo.  Con Beatriz nos vamos de la mano a un viaje que transita hacia el porvenir desde miradas intermitentes al pasado, donde, con la belleza del desgarro, con la tensión de reconocernos en su desengaño, va mirando sin temor, elegante, incluso con arrogancia, para desgranarnos, ya liberada de cadenas y preparada para volver a soñar, cuál es su interpretación de tanto sufrimiento sin sentido. 

 

Una mañana, Beatriz tuvo la certeza de que estaba sola, de que se habían perdido al final de una autopista con sabor a puertoy empezó a acotar el dolor, a poner diques al infinito, a delimitar su camino, a reorganizar el armario y a lavar todas las sábanas.  Beatriz le quita el polvo a los álbumes de fotografía con ánimo de verlos por última vez y dejar luego que el fuego los destruya, pero se guarda algunos porque no quiere dar tanta autoridad a su calvario como para que le deshaga su identidad.

 

Anabel Consejo dota a la historia de enérgicas imágenes llenas de pureza que no deja sin reflexión…. Viajó a la otra mitad de la cama y la conquistó marcándola con su sudor, haciéndola suya como una perra que sabe cuál es su territorio (…) Había goce en ese acto de reconquista, de apoderarse de lo que tuvo tan cerca y nunca le perteneció.  Anabel hace que Beatriz se transmute dentro del mar y que busque más liberación junto a su amiga Lara en una canción que nos deja elegir como lectores. Es sutil cuando nos cuenta que su protagonista superó la sombra del suicidio, y nos regala paralelismos como el viaje al mar o a Ítaca o esas convulsiones del mundo que son también las del mundo de Beatriz.

 

Pero la autora no deja su historia en un limbo creativo, no pretende que sea sólo un desgarro al viento, nos la sitúa con delicadeza en diversos momentos reales, cercanos, con fecha y lugar, como la victoria de la selección española en el mundial de fútbol, y así nos quiere decir que Beatriz no quiere volar en reflexiones improductivas, que todo debe concretarse con planes de acción en la vida personal para que podamos caminar pegados a la tierra, aunque debamos llevar piedras en los bolsillos.  Y es muy clara para mostrárnoslo: Beatriz se percató de que había aceptado la decrepitud y la soledad por la forma en la que cogía las gafas: con naturalidad.

 

El capítulo o relato titulado “¿Dónde estabas, vida?”, título tan sugerente para vacilar en darle uno u otro significado, se encabeza con el grabado de un corazón latiente lleno de cicatrices que precede a la única cita del libro: “La felicidad es la conciencia de la propia mejora  - Alexander Lowen”, acertadamente escogida para marcar el horizonte que se aprecia en los otros dos tercios que nos quedarán por leer.   Y ese corazón, ese grabado, no es único, porque para abundar en que “Beatriz” es más que un libro, Anabel Consejo nos ha regalado su iniciación en el arte del grabado, y así cada capítulo o relato nos anticipa la vegetación que lo arropa con unas imágenes reveladoras.

 

No sólo esto, no solo. Este libro tiene su edición digital en Literatúrame.net, pero también tiene una edición en papel, muy especial, igualmente de iniciación de la autora, porque se colocó el traje de encuadernadora y, tal como indica en los créditos De este libro se ha hecho una edición artesanal y limitada de 35 ejemplares numerados (¡tengo el número 5!), los fabricó con sus manos en un proceso de puro cariño.  En la propia web donde se ofrece el libro digital puede disfrutarse de una presentación fotográfica que describe el proceso de elaboración.

 

Pero volviendo al texto para terminar, me pido el botiquín de Beatriz: belleza, amigos y fe, para salir del letargo en la cueva de los sacrificios baldíos.

 

 

 

 

 

Beatriz, de Anabel Consejo

 

Autoedición limitada: Lleida, 2013

 

Edición digital en Editorial Sabara, (literaturame.net), Zaragoza, 2014

 

44 páginas

 

 

 

 

 

José Antonio Prades

 

La casa de los arquillos, de Pilar Aguarón - Reseña

La casa de los arquillos, de Pilar Aguarón - Reseña

Un proyecto fallido puede dar un producto inesperado.  Y prueba de este quiebre es “La casa de los arquillos”, que venía para ser novela y se quedó en diez relatos, más o menos cortos, que nos llevan por una montaña rusa de espacio y tiempo.

Los voy a llamar relatos relacionados, que es el nombre que les pongo a aquéllos que, si bien pueden leerse sin necesitar de los otros, podrían armar entre sí una historia entretejida, atisbada, intuida… que se quieren, se buscan y hasta se necesitan para ser más que historias sueltas.

Por otro lado, como comprar un libro es una inversión que generalmente suele marcar precio por el número de páginas, puedo decir que adquiriendo “La casa de los arquillos” usted, además de hacer una gran inversión para su cultura, va a pagar menos por más.  Es decir, al precio de 126 páginas, va a recibir el doble o el triple.  Y ¿sabe por qué? Porque sin remedio va a leer este libro dos, o tres, o cuatro veces.  Ya verá por qué.  Cosas de la magia creadora de Pilar Aguarón.

Esta autora nos había entregado varios libros de relatos y una novela, donde había dejado algunos señuelos para entender su mundo interior. En esta nueva obra, con las mismas constantes de su conocimiento histórico, su acertado diseño de los personajes y el manejo de los espacios geográficos, añade una maestría hasta ahora casi oculta en su obra: el juego con el tiempo. Estas páginas nos llevan por casi cien años de la historia de España, de la historia de los españoles, con el logrado vaivén que la autora nos provoca al ir, incluso en un solo relato, incluso en un solo párrafo, transitando a velocidad impensada, pero nunca vertiginosa, por acontecimientos históricos que ilustran su narración, o por hechos cotidianos que nos marcan la biografía de algún personaje en pinceladas hermosas (como sus cuadros).

Hay una casa, el título lo anticipa, una mansión de pueblo sobre la que giran los personajes que van y vuelven, que mueren y renacen, que son protagonistas o secundarios, padres o hijos, emigrantes o inmigrantes, en Argentina, en Alemania, en Francia, en el Ártico… Alfonso XIII puesto en su sitio; Victoria Eugenia, su esposa, presentada como una reina profesional entregada a su función; los antecedentes de la Guerra Civil con las revueltas republicanas… el estraperlo, el hambre de la postguerra, la prosperidad, los desfalcos económicos, referencias a pintores, a científicos, a políticos, a deportistas… guiños continuos para situar la acción en cada momento, tal como le interesa a Pilar llevar al lector para hacerlo emocionar, quizá transportándolo al recuerdo personal o familiar, quizá dando una profunda lección de intrahistoria, la que no viene así contada en los manuales, con personajes de carne y hueso, tratados con dulzura, aunque maltratados por los hechos, los hechos de la historia, de la vida.

La autora hace gala de un estilo directo, ágil, sin florituras, donde cada frase encuentra un acomodo y un significado dentro de la intención.  Se mueve con soltura en pedregales argumentales y sale victoriosa en ese tejido complicado de personajes, aplicando técnicas narrativas que no se notan porque su sencillez las hace fluidas en una lectura suave.  Hay paralelismos maravillosos, como esa expedición al Polo Norte y ese eclipse colocados en épocas diferentes para personajes diferentes en situaciones similares; o las historias repetidas de padres e hijo en épocas diferentes que reflejan los ciclos de la historia; un globo terráqueo roto a la altura de Cachemira; un escapulario; unas llaves; un Mini Cooper; una cuartilla.  Pilar no se arruga para hablarnos en porteño, casi lunfardo, para ubicarnos en fecha con una final femenina de Wimbledon o con la guerra de Las Malvinas o con el paro nacional de los maestros contra la actual presidenta argentina Cristina Fernández.

He disfrutado con estos relatos porque viví en Buenos Aires la misma contrariedad y desazón de celebrar la Navidad en verano, tal como le ocurre a Saturnino, pero también porque mis padres y mis abuelas me han contado historias parecidas de las épocas reflejadas y porque he vivido (hemos vivido, seguro) en primera persona los efectos de la crisis y los enfados hacia sus causantes, usados como cauces narradores para que la trama se incruste por algún lugar de nuestra entraña.

Léalos, se encontrará con el tiempo sin tiempo, con el espacio en mil lugares y viajará por la literatura como dentro de un estroboscopio.

 "La casa de los arquillos", de Pilar Aguarón Ezpeleta, Editorial La fragua del trovador, Zaragoza, 2013, 126 páginas


La mala luz (de Carlos Castán), reseña

La mala luz (de Carlos Castán), reseña

No es un thriller en el sentido que la reseña de contratapa plantea, porque hasta la página ‘ytantos’ no se destapa el asesinato y el proceso de investigación (?) no comienza hasta la página ‘bastantemásdeytantos’.   Por lo tanto, quien espere encontrar en esta novela una historia de vértigo con trama sofisticada ya puede ahorrarse su lectura.

Conocí a Carlos de la mano de los hoy Galgo Cabanas (Sipán-De los Santos) en un taller literario donde comentamos su entonces recientemente reeditado libro de cuentos “Museo de la Soledad”.  También nos dio una charla sobre la locura en los artistas… y nunca mejor tema para cuadrarlo con este autor, por su aspecto de profesor despistado (es profesor, de Filosofía) y su capacidad para imbricarse en los más escondidos vericuetos del alma.  Saliendo del taller, me comentó que no era probable que escribiera una novela… porque le daba pereza enfrentarse a la tensión creativa en un esfuerzo más largo que el provocado por la escritura de un relato.  Agradezco que haya cambiado de opinión, lo que ya se atisbaba con su “Polvo en el neón”, relato largo o novela breve según quien lo defina.

Aun así, Carlos Castán es un escritor de tiro corto.  Me explicaré.  Ha escrito una serie de capítulos relacionados en torno a un argumento (casi sin trama), con mucho de su peculiar manera de introducirse en el cuento.  ¿Se puede llamar novela a “La mala luz”?  Narra una historia y tiene 215 páginas netas, pero nunca un hilo argumental se ha supeditado tanto a un estilo narrativo, un estilo personal que puede relacionarse con varias referencias literarias, pero que a la larga configuran el estilo Castán.   Sus libros de relatos son una delicia, un abuso de la belleza literaria que provoca adicción.  A mí me la ha provocado, al menos, y varias personas que he introducido en sus páginas están siguiendo mis derroteros.

¿Por qué engancha este autor si apenas cuenta cosas, y mucho menos nuevas?

Estoy seguro de que Carlos sería (si no lo es) un excelente submarinista.  Hace muchos años, la Psicología era tratada como rama de la Filosofía, en materia universitaria.  Él es filósofo, ergo podría derivar en psicólogo.  Un psicólogo submarinista entra en esas profundidades que van más allá de la mente y se inmiscuyen en terrenos tan foscos (con mala luz) como el alma humana.

Los grandes artistas tienen acceso al inconsciente colectivo o al mundo platónico de las ideas.  Probablemente, ni lo sepan ni lo intuyan ni lo busquen.  A mi entender, una obra de arte conjuga calidad, trascendencia y divulgación cuando ha sabido conectar con esa esencia que nos une a todos, ahora más fácilmente entendible desde el descubrimiento del bosón de Higgs.  Carlos Castán conecta.

Carlos Castán conecta con esa realidad humana, de casi todos los seres humanos, que es la soledad existencial, el dolor interno que no se evidencia por ninguna terminación nerviosa, sino que desde lo más profundo de la entraña se extiende por el aura hasta concentrarse en las cercanías del plexo solar para provocar, si acaso, el llanto por desesperación.  Cuando lo lees, eres tú, tu monólogo interior, el de la parte de tu ser que se siente sola, atrapada, dolida, necesitada de una compasión que tampoco quieres ir a buscar.

En “La mala luz”, el protagonista -a la sazón un alter ego del autor, sin duda-, de quien no sabremos nunca el nombre, se sumerge en ese mar interior para relatarnos, con una voz que raya en un suspiro agónico, las vicisitudes que le provoca su vida.  Sí, su amigo Jacobo ha muerto, pero no es el motivo único, si siquiera el principal, de su introspección, sino que se convierte en otra excusa más para mostrar su sentir (¡su sentir!) sobre lo que va apareciendo en su entorno, hasta incluso moverse, en un paralelismo magistral, hasta la residencia donde está acogida su madre, verbigracia… o incluso a contarnos, en un capítulo que quizá sobra, aspectos biográficos de su musa Marguerite Duras.

No es una novela.  O seré diplomático con el editor: no es una novela al uso.  Apenas sin trama, salvo en el desenlace, también magistral, pero que sabe a final de cuento breve: rápido y desconcertante.  Con solamente dos o tres diálogos de dos o tres renglones.  Pocos personajes. Con una estructura desestructurada (¿o no tiene estructura?), donde hay dos partes descompensadas, veinte capítulos que casi podrían funcionar como cuentos independientes, con un planteamiento rebasado que ocupa un porcentaje desmedido, un nudo que aparece y desaparece, un desenlace abrupto…  En fin, con esas imperfecciones técnicas que también denota el autor en sus relatos, pero que aún añaden más encanto a esa sensación de haber asistido a un aquelarre de hechizos literarios.

¿Qué domina entonces técnicamente Carlos Castán?

La frase larga, subyugante, letárgica (quizá de fuente proustiana), llena de esquinas gramaticales que no terminan de encuadrar una idea y ya han pasado a la siguiente y a la siguiente y a la siguiente, en una cadencia mágica que atrapa y que me ha hecho parar infinidad de veces para cerrar los ojos, suspirar, cerrar el libro, suspirar, abrir el libro, releer una, dos, tres veces esa frase, ese párrafo, que ha definido lo cotidiano de esa manera tan bella a punto de provocar el sollozo.

Los paralelismos, de lo que ya he contado un ejemplo y añado otro: el segundo plano se compone de la descripción de una película de cine que el protagonista ve en televisión, cuyo desarrollo acompaña la narración en primer plano del parlamento relevante que está teniendo por teléfono con Nadia y con la que comienza la poca trama, vertiginosa, tan ponderada en la reseña.

Las comparaciones y las metáforas… espléndidas …pero con un lenguaje asequible, cercano, que se acerca sutilmente a la sustancia poética o, mejor dicho, a las sensaciones que provoca la poesía.

La mala luz es una historia con tres temas (voy a hacer caso a mi profesor de literatura en el bachillerato: ¿cuál es el tema?) tan universales como la pasión amorosa, la amistad y la muerte, salpicado por otros menores que no quiero desvelar porque provocaría anticipos innecesarios de alguna sacudida que merece la pena vivir sin esperarla.  Es una exposición sombría, muy interior, que me ha recordado las sensaciones que me provocó Ernesto Sabato con su “Informe sobre ciegos”, donde la oscuridad, la angustia opresora, te expulsa para buscar tu luz propia porque la historia te la está quitando.

Es pura literatura, puro arte, esencia que te abandona con la sensación de haber sido baqueteado por una tortura lenta, una tortura dulce que quieres que se repita, o que no acabe nunca.

ISBN: 978-84-233-4724-7

Editorial: EDICIONES DESTINO

Nº páginas: 230

Año de edición: 2013

Reseña de Historias de sujetadores, de Anabel Consejo

Reseña de Historias de sujetadores, de Anabel Consejo

Es el primer libro que publica en solitario mi socia en 3d3 LiterArt Anabel Consejo Pano, y así os lo cuento.

 Siempre he dependido de la amabilidad de los extraños, dice Blanche Dubois en “Un tranvía llamado deseo”

 Imaginar un sujetador promovería, al menos, dos interpretaciones, según sea evocado por un varón o por una mujer.  A través de un varón, las dos copas y el cierre presentarían un escenario erótico, un anticipo, quizá, de una intensa sesión amatoria.  En la recepción de una mujer, convengamos que la imagen se alargaría, antes que por el erotismo, por las vicisitudes del mundo femenino, exclusivamente femenino, como prenda práctica y cotidiana.

 ¿Será Historias de sujetadores un libro erótico o un libro de mujeres? Hay contestación a las dos opciones, aunque no sólo a ellas.

La autora se sumerge de lleno en el universo de la mujer; mujeres son las protagonistas principales de todos los relatos del libro, aunque en todos menos uno, “La ciega”, aparece replicando un hombre como parte importante en la acción.  El mundo de Anabel en este libro es dual, sí, del yin frente al yan, movido por las remembranzas eróticas que a los varones nos puede despertar el título y que resultan atractivas desde las fantasías femeninas que iremos encontrando: el jardinero musculoso o un amante esporádico, hacerlo en el baño de un tren o en la trastienda de una panadería, contratar un prostituto o seducir a un becario…

Pero con el encanto de lo erótico sutil, dulce erotismo blanco, este libro de catorce relatos no solamente aterriza en el mundo sensual.  A lo largo de sus páginas, nos llevamos también muestras para reflexionar sobre las mujeres prisioneras que se enfrentan a su destino, ya sea un matrimonio hundido en la rutina, un marido humillador, el avance de la edad, el abandono del amante o el síndrome de la cuidadora.  También nos enfrentaremos al equívoco, escandalizándonos en la primera página del relato y riendo al final cuando comprobemos cómo las palabras juegan malas pasadas, sobre todo si somos curiosos impertinentes.

Y por cambiar de ambiente en un ejercicio que requiere poco esfuerzo, podremos sentirnos en una sala de cine reviviendo películas especiales que la autora nos trae con un guiño cómplice: nada menos que el gran Hitchcock con “Rebeca”, o la escena tan recordada de “El cartero siempre llama dos veces” entre unos apasionados Jack Nicholson y Jessica Lange, o esa historia sublime de Tita, no tanto con su amado Pedro, sino en la relación con su madre María Elena, en “Como agua para chocolate”, de Alfonso Arau.

A mí me gusta Ingrid, sueca tenía que ser, esa señora que se la juega frente a su marido bobo, insulso, superficial, asumiendo la nostalgia de lo que fue, pero ya no es, y así se sobrepone a su realidad enfrentándose a los convencionalismos y prefiriendo su dignidad a la vida cómoda después de su último intento por recuperar un tiempo mejor. 

Anabel apenas se escabulle de lo cotidiano, se siente vital dentro de unos entornos de la intrahistoria que crean episodios relevantes, o que se hacen relevantes porque la autora los coloca en el escenario literario; tanto monta, monta tanto.  Se atreve con la mirada ingenua de una niña narrando la aventura de su padre con una prostituta.  Se atreve con aventuras electrizantes de amas de casa o ejecutivas de postín.  Se atreve con la mujer madura y el joven transformado.  Se atreve con insinuaciones de zoofilia.  Se atreve con la grafología.  Se atreve con el amor.  Se atreve. Porque es valiente no le teme a una hoja en blanco ni a lo que en ella crea.

 Se arriesga y gana.

 

Sólo entre las hojas del libro hallé restos de su aroma, en “Azules, no grises”, de Anabel Consejo

Boceto para un retrato, de Pilar Aguarón (www.aguaron.net)

Boceto para un retrato, de Pilar Aguarón (www.aguaron.net)

Ella me daba la mano y no hacía falta más...  Más que besarla, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano y eso era amor.

 

(de La tregua, por Mario Benedetti)

 

 

 

Las grandes historias de amor siempre están de moda y nunca caducan: Marco Antonio y Cleopatra (ah, Julio César); Calixto y Melibea, con su Tragicomedia; Diego e Isabel, los Amantes de Teruel; Romeo y Julieta, Montescos y Capuletos; Oliver y Jenny, de “Love Story”; Florentino y Fermina, que amaron en los tiempos del cólera; Rick e Ilse, a los que siempre les quedará París; el conde Laszlo y Katherine, de “El paciente inglés”… Casi todos los escritores incluyen sensaciones de amantes en sus creaciones. Las pasiones amatorias son ingredientes que provocan atracción en el lector, quizá porque quien las ha vivido es capaz de revivirlas, o quizá porque quien no las ha vivido puede vivirlas con el transcurrir de la historia.

La buena literatura arranca sensaciones dentro del mundo irreal que se crea por arte y magia de unas palabras, ya sean narrativa, poesía, teatro o guión de cine.  La pasión amorosa es uno de los altercados humanos que más intensas sensaciones produce porque nos arrastra fuera de la razón y nos provoca el vuelco de los sentidos.  Cuando la literatura se involucra en ese frenesí de locura y, convertida en arte, nos trasmite sus conmociones, llegamos al estado de lectores catalépticos… y sentimos.  Oh, maravilla.

Boceto para un retrato” es una novela que sólo, nada más y nada menos, es una historia de amor, una historia de amor por sí misma, sin otra intención que mostrar cómo Fernanda y Rubén se aman, cómo se conocen, cómo se desean, cómo se divierten, cómo se separan, cómo se añoran, y cómo son capaces de amar el amor sin saciarse.  Dos muchachos que maduran sin alejarse de su corazón juvenil para conservar las brasas del incendio sentimental que casi los destruye.  Es una historia de ida y vuelta, con diferentes rutas y paradas, que se mueve por un trayecto repleto de peripecias inesperadas.  El episodio de las tarjetas es tanta delicia como encontrarse cincuenta higos abiertos, jugosos, sabrosos, dulces, eróticos… recién caídos de la higuera.

Y es también una novela histórica, aunque solamente sea así clasificada para encuadrarla en el género más mediático, que refleja una época reciente, nuestra época, desde los años 80 hasta hoy, treinta años de clamor, porque describe, tomando partido, los avatares de la historia internacional en esas décadas que acompañan a los protagonistas en su amorío.  Sin la Segunda Guerra Mundial, “Casablanca” no habría existido tal como es (quizá Ilse aún viviría con Rick en París).

Tengo la misma edad que Fernanda, catorce años cuando murió Franco, y vivo en la misma ciudad que ella, Zaragoza…  Conocí “Cancela”, la cafetería donde se ven por primera vez, me sentí indefenso en las artes del ligoteo cuando disputaba una chica a un cadete uniformado como es Rubén, supe de algunos de estos muchachos forasteros que se aprovechaban de las chicas zaragozanas para tener desahogo pasajero mientras cursaban en esa ciudad los tres años de Academia, y tuve mal (y bien) de amores juveniles por las mismas calles que ella transita: Paseo de Sagasta, Dato, Gran Vía, Plaza de Aragón, Independencia, César Augusto...  ¿Quizá por eso he disfrutado con esta novela?  Quizá.  Pero no sólo por eso.

Para mí, Rubén es el malo. Sí, ni siquiera me lo parece el padre de Fernanda, que también interviene lo suyo, o el del propio Rubén.  Este chico se lleva mi etiqueta de malo, que debe existir en cada relato que fabrique vida para el lector.  Y creo que opino así porque Fernanda me ha cautivado como debe cautivar cualquier protagonista de una buena historia para sumergirse en sus páginas y no parar hasta el desenlace… que, por cierto, es muy inteligente, así que más loores para la autora.  Probablemente, a otra persona le cautive Rubén, es lo que tiene la vida, que nada es negro ni blanco, sólo lleno de tonalidades de gris que, en la paleta de Fernanda, se llenan de color para cubrir de pinceladas su eterna desazón, la que refleja en los ojos de su cuadro “Moreno de verde luna”, sin saber que ahí va a residir el imán que mantendrá viva la atracción.  Misterio en el frenesí.

Además, es una novela que nos hace viajar, no se queda en Zaragoza, su lugar de origen, sino que, como vuela una pluma de paloma, nos pasea por Florencia, Madrid, París, Nayaf y Diwaniya (Irak), Herat (Afganistán), de la mano de dos rutas paralelas que no terminan de encontrarse, casi ni siquiera al final… Pero no cuento más.

He sonreído.

Me he enfadado.

Me he emocionado…

He vuelto a sentir escalofríos de hombre enamorado…