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Reseñas de libros

Hueles a sándalo, de Pilar Aguarón (www.aguaron.net)

Hueles a sándalo, de Pilar Aguarón (www.aguaron.net)

Ella me daba la mano y no hacía falta más...  Más que besarla, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano y eso era amor.

 

(de La tregua, por Mario Benedetti)

 

 

 

Las grandes historias de amor siempre están de moda y nunca caducan: Marco Antonio y Cleopatra (ah, Julio César); Calixto y Melibea, con su Tragicomedia; Diego e Isabel, los Amantes de Teruel; Romeo y Julieta, Montescos y Capuletos; Oliver y Jenny, de “Love Story”; Florentino y Fermina, que amaron en los tiempos del cólera; Rick e Ilse, a los que siempre les quedará París; el conde Laszlo y Katherine, de “El paciente inglés”… Casi todos los escritores incluyen sensaciones de amantes en sus creaciones. Las pasiones amatorias son ingredientes que provocan atracción en el lector, quizá porque quien las ha vivido es capaz de revivirlas, o quizá porque quien no las ha vivido puede vivirlas con el transcurrir de la historia.

La buena literatura arranca sensaciones dentro del mundo irreal que se crea por arte y magia de unas palabras, ya sean narrativa, poesía, teatro o guión de cine.  La pasión amorosa es uno de los altercados humanos que más intensas sensaciones produce porque nos arrastra fuera de la razón y nos provoca el vuelco de los sentidos.  Cuando la literatura se involucra en ese frenesí de locura y, convertida en arte, nos trasmite sus conmociones, llegamos al estado de lectores catalépticos… y sentimos.  Oh, maravilla.

Hueles a sándalo” es una novela que sólo, nada más y nada menos, es una historia de amor, una historia de amor por sí misma, sin otra intención que mostrar cómo Fernanda y Rubén se aman, cómo se conocen, cómo se desean, cómo se divierten, cómo se separan, cómo se añoran, y cómo son capaces de amar el amor sin saciarse.  Dos muchachos que maduran sin alejarse de su corazón juvenil para conservar las brasas del incendio sentimental que casi los destruye.  Es una historia de ida y vuelta, con diferentes rutas y paradas, que se mueve por un trayecto repleto de peripecias inesperadas.  El episodio de las tarjetas es tanta delicia como encontrarse cincuenta higos abiertos, jugosos, sabrosos, dulces, eróticos… recién caídos de la higuera.

Y es también una novela histórica, aunque solamente sea así clasificada para encuadrarla en el género más mediático, que refleja una época reciente, nuestra época, desde los años 80 hasta hoy, treinta años de clamor, porque describe, tomando partido, los avatares de la historia internacional en esas décadas que acompañan a los protagonistas en su amorío.  Sin la Segunda Guerra Mundial, “Casablanca” no habría existido tal como es (quizá Ilse aún viviría con Rick en París).

Tengo la misma edad que Fernanda, catorce años cuando murió Franco, y vivo en la misma ciudad que ella, Zaragoza…  Conocí “Cancela”, la cafetería donde se ven por primera vez, me sentí indefenso en las artes del ligoteo cuando disputaba una chica a un cadete uniformado como es Rubén, supe de algunos de estos muchachos forasteros que se aprovechaban de las chicas zaragozanas para tener desahogo pasajero mientras cursaban en esa ciudad los tres años de Academia, y tuve mal (y bien) de amores juveniles por las mismas calles que ella transita: Paseo de Sagasta, Dato, Gran Vía, Plaza de Aragón, Independencia, César Augusto...  ¿Quizá por eso he disfrutado con esta novela?  Quizá.  Pero no sólo por eso.

Para mí, Rubén es el malo. Sí, ni siquiera me lo parece el padre de Fernanda, que también interviene lo suyo, o el del propio Rubén.  Este chico se lleva mi etiqueta de malo, que debe existir en cada relato que fabrique vida para el lector.  Y creo que opino así porque Fernanda me ha cautivado como debe cautivar cualquier protagonista de una buena historia para sumergirse en sus páginas y no parar hasta el desenlace… que, por cierto, es muy inteligente, así que más loores para la autora.  Probablemente, a otra persona le cautive Rubén, es lo que tiene la vida, que nada es negro ni blanco, sólo lleno de tonalidades de gris que, en la paleta de Fernanda, se llenan de color para cubrir de pinceladas su eterna desazón, la que refleja en los ojos de su cuadro “Moreno de verde luna”, sin saber que ahí va a residir el imán que mantendrá viva la atracción.  Misterio en el frenesí.

Además, es una novela que nos hace viajar, no se queda en Zaragoza, su lugar de origen, sino que, como vuela una pluma de paloma, nos pasea por Florencia, Madrid, París, Nayaf y Diwaniya (Irak), Herat (Afganistán), de la mano de dos rutas paralelas que no terminan de encontrarse, casi ni siquiera al final… Pero no cuento más.

He sonreído.

Me he enfadado.

Me he emocionado…

He vuelto a sentir escalofríos de hombre enamorado…

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Ars Mágica, de Nerea Riesco (www.nereariesco.com)

Ars Mágica, de Nerea Riesco (www.nereariesco.com)

Me sedujo la portada: colores ocres para una joven desnuda de espaldas y a su lado estanterías con libros encuadernados en cuero, muy antiguos… y en letra blanca, casi de tarjeta de visita, una leyenda: Siglo XVII, norte de España: un inquisidor, una bruja… y algunos hechizos. El aperitivo se completa con la reseña de contraportada, que hace pensar, después de ver a la mujer desnuda, en una posible aventura del inquisidor con ella… Figuraciones atractivas, que animan a iniciar la lectura.

Así me introduje en el auto de fe del 7 de noviembre de 1610, en la Plaza de Santiago, en Logroño, hecho histórico, narrado a modo de prólogo y que da pie a la historia protagonizada por Alonso de Salazar y Frías, un inquisidor de grado medio que quiere aumentar su fama de justo y ecuánime valorando la certeza de unas acusaciones de brujería con la compañía de dos jóvenes frailes: Íñigo de Maestu y Domingo de Sardo. Alonso duda de la existencia del diablo y se afana en descubrir pruebas que describan la falsedad de las denuncias, incluso duda de sí mismo y de su formación teológica para justificar, por ejemplo, un embarazo de soltera, del cual se acusa al demonio (¡oh!).

Comencé el paseo literario con buenas perspectivas que se confirmaban con pequeños detalles, como el título de cada capítulo (descripciones de fórmulas mágicas, recordando a Como agua para chocolate con sus recetas mexicanas) y unos iconos que acompañan principio y final de los capítulos (el dibujo de una bruja preparando sus mejunjes y una cruz que parece tomada de la tapa de un escapulario).

La novela se desarrolla en dos planos que confluyen al final: las peripecias del inquisidor, convirtiéndose también en policía que investiga una muerte extraña relacionada con su trabajo, y las de Mayo de Labastide (quizá la joven de la portada), que deambula con su burro (ella está convencida de que es un hombre embrujado) en la búsqueda de su aya, Ederra, un personaje que nunca aparecerá en el plano real de la novela, aunque la autora le da una vida primorosa.

En los primeros capítulos, sufrí algunos resbalones porque el lenguaje se escapaba por derroteros periodísticos más que novelísticos, y podría tratarse igual de una novela ambientada hoy que en el imperio maya… pero recuperé el paso sin llegar a caer, y me iban subyugando muchos elementos de la obra.

Nerea Riesco navega con pericia sobre las aguas turbulentas de la novela histórica. Se palpa una excelente documentación, pero los textos apenas contienen referencias que pudieran hacerla indigesta. Mezcla sus personajes inventados con históricos de relevancia, como Felipe III, el duque de Lerma, la reina Margarita, Rodrigo de Calderón, secretario del duque, de una forma acertada y verosímil.

Por el género en que se encuadra, deberían primar los hechos antes que los personajes, el ambiente histórico antes que las profundidades psicológicas… en cambio, el mayor valor de esta novela es la perfilación de sus protagonistas, a veces con delicadas pinceladas, siempre con ternura, jugando con magia, ficción, historia, calor… apartándose de una visión omnipotente, dándoles la mano para acompañarlos y desde esa posición, dar fe de los sucesos que les ocurren, sin juzgar, incluso confabulándose con sus creencias ingenuas. Me quedo con Ederra, pero Mayo es una delicia, Íñigo cautiva con su candidez y Alonso, con sus dudas metafísicas y su amor platónico.

La Inquisición es una época oscura de nuestra historia… pero “Ars Mágica” no pretende darle luz, ni mucho menos, sino convertirla en una excusa para imbuir a sus personajes… Hay amor, hay tutelas, hay corrupción, hay vicisitudes universales de hombres y mujeres que con acierto la autora ha insertado en un ambiente que le sirve como contrapunto de terrorismo de estado, de fuego y tortura, para que los personajes aún parezcan más humanos.

Es una novela interesante, que se lee con fluidez, que no agobia con el ritmo, sino que marca pautas de lectura cadenciosa, a veces necesariamente atenta para disfrutar, sobre todo, de la ternura.

 

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La tregua, de Mario Benedetti

La tregua, de Mario Benedetti

Mario Benedetti murió el pasado 17 de mayo.  Había nacido en Montevideo, en 1920, y en 1960 publicó su primera novela, “La tregua”, donde recrea unos meses de la vida de un contable, Martín Santomé, imbuido en la rutina más extrema salvo durante unas semanas (lo que sería esa tregua entre dicha rutina) para atender a un nuevo amor en su vida, Laura Avellaneda.

Benedetti fue un oficinista desde 1934 a 1938 en una empresa de repuestos de automóviles, así que el ambiente no le era nada desconocido, y con su arte y su experiencia consigue una de las mejoras obras de la literatura sudamericana.


Me he sumergido en sus páginas a modo de recuerdo… y escribo aquí de la novela porque he podido disfrutar de sus descripciones sobre aspectos de la gestión de las personas.  Todo un lujo.  .
 
“La tregua” es una novela corta, de lenguaje directo, escrita en primera persona como entradas en un diario que escribe Santomé en los meses previos a su jubilación.  Me gustaría que esta reseña sea una recomendación veraniega de lectura, así que, como aperitivo, ahí van unas “aceitunas”:

 Viernes, 15 de febrero… sobre el placer en el trabajo: “…debo confesarlo, me provoca placer el trazado de algunas letras como la M mayúscula o la b minúscula, en las que me he permitido algunas innovaciones.  Lo que menos odio es la parte mecánica, rutinaria, de mi trabajo: el volver a pasar un asiento que ya redacté miles de veces…. Ese tipo de labor no me cansa, porque me permite pensar en otras cosas y hasta… soñar.

 Viernes, 1º de marzo… sobre la supervisión del rendimiento: “El gerente llamó a los cinco jefes de sección.  Durante tres cuartos de hora nos habló del bajo rendimiento del personal.  Dijo que el Directorio le había hecho llegar una observación en ese sentido, y que en el futuro no estaban dispuestos a tolerar que, a causa de nuestra desidia (cómo le gusta recalcar “desidia”), su posición se viera gratuitamente afectada.  Así que de ahora en adelante, etcétera, etcétera… Todos sabíamos hoy que la arenga iba para Suaréz, pero entonces ¿a qué llamarnos a todos? ¿Será que el gerente sabe, como todos nosotros, que Suárez se acuesta con la hija del presidente? No está mal Lidia Valverde.

 Jueves, 18 de abril… sobre el auditor: “Vino el inspector: amable, bigotudo.  Nadie hubiera pensado que fuese tan cargoso.  Empezó pidiendo datos del último balance y terminó solicitando una discriminación de rubros que figura en el inventario inicial.  Me pasé acarreando viejos y destartalados libros desde la mañana hasta última hora de la tarde.  El inspector era un primor: sonreía, pedía perdón, decía “mil gracias”.  Un encanto el tipo.  ¿Por qué no se morirá?”

 Jueves, 1º de agosto: … una opinión sobre el jefe: “ Me llamó el gerente.  Nunca lo pude tragar.  Es un tipo maravillosamente ordinario y cobarde.  Alguna vez he tratado de representarme su alma, su ser abstracto, y he conseguido una imagen repulsiva.  Allí donde normalmente va la dignidad, él solo tiene un muñón: se la amputaron.”

 Sábado, 17 de agosto:…sobre los accionistas: “Esta mañana estuve hablando con dos miembros del Directorio.  Cosas sin mayor importancia, pero que alcanzaron, sin embargo, para hacerme entender que sienten por mí un amable, comprensivo desprecio.”

Y como último contenido del aperitivo previo al excelente almuerzo que será la lectura de la novela, le presento, amigo lector, este diamante literario:

 Lunes, 3 de febrero: “Ella me daba la mano y no hacía falta más.  Me alcanzaba para sentir que era bien acogido.  Más que besarla, más que acostarnos juntos, más que ninguna otra cosa, ella me daba la mano y eso era amor.”

Que usted lo lea bien.

Publicado en ForoRH nº 111, del 4 de julio de 2009

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