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Molintonia

Con Miguel Delibes

Con Miguel Delibes

 

No soy proclive a contar mis modelos literarios, porque he tenido una formación autodidacta, ecléctica, heterodoxa, es decir, muy “a salto de mata”, con pocas teorías ni análisis críticos,  llena casi exclusivamente de lecturas de novelas, cuentos, relatos, poemas... de leer, leer y leer aquello que me atrapaba, con el placer de apartar aquello que me aburría.  Es cuestión de pudor, supongo.

Pero hoy desayunaba con la noticia del fallecimiento de Miguel Delibes, leía los artículos del Heraldo de Aragón sobre su biografía, su obra… y he sentido la necesidad de ponerme a escribir estos párrafos removido por la llamada del maestro.

Generalmente, las efemérides literarias celebradas con repercusión mediática me han removido la motivación para investigar el hecho recordado y para escribir algún relato o poema… nunca un artículo o reseña como éste.  A 13 de marzo rompo la tradición.

Delibes no fue un autor sobre el que mis profesores de Literatura hicieran especial hincapié.  Fue el éxito de la recreación teatral de su novela “Cinco horas con Mario”, sobre 1980 ó 1981, cuando la estrenaron en Zaragoza, junto con el otorgamiento del Premio Príncipe de Asturias lo que me llevó a interesarme por el escritor.  De antes, recuerdo sobre él la película de Antonio Mercero, “La guerra de papá”, basada en su novela “El príncipe destronado”, que gozó de cierto tirón comercial, y de la que mi memoria adolescente me hizo parodiar con mis amigos aquella escena en la que el pequeño mira por debajo de la falda a la criada y dice “que está mirando a Pamplona”.  Además, supe que Delibes ejercía de profesor de Derecho Mercantil en la Escuela de Estudios Empresariales, estudios que yo cursaba en ese momento, una coincidencia que me motivó hacia la emulación.

Comencé por “La hoja roja”, con un ejemplar editado en la famosa colección de la Biblioteca Básica Salvat RTVE, que mi tía exponía en su librera con orgullo y buen criterio.  Me atrapó la metáfora de aquel anciano que identificaba la salida de la hoja roja en su estuche de papel de fumar como señal de que ya quedaban pocos papelitos, metafóricamente pocos días de vida después de la jubilación.  Me supo amargo, duro, una muestra de la soledad en una época también exenta de luz, los años 50 en la España franquista.

Tardé algún tiempo en regresar a Delibes, quizá por ese poso amargo, triste…  Pero en la Historia de la Literatura Española, publicada por Orbis, incluyeron “Mi idolatrado hijo Sisí”, que, sin saber su contenido, me recordó a la película de Mercero (aunque nada tienen que ver) y decidí leerlo.  Aquel padre, fabricante de váteres, tan absorbente, tan agobiante, tan permisivo y condescendiente, me sobrecogió ante la muerte fatal de su hijo, Añado mi sorpresa al encontrar un trío amoroso entre el padre, su querida y el hijo, el cual la deja embarazada en una relación intempestiva…

Y aparece Mario Camus con “Los santos inocentes”.  Aún guardo los escalofríos y los odios y rencores contra los señoritos andaluces gracias a la magistral película, de la que gocé antes que la novela.  Raramente, una película me llevó a la novela que ha inspirado el guión, porque es muy extraño que la calidad coincida, pero en este caso sí, me llegaron las mismas sensaciones, a pesar de que ya los actores de la película habían puesto cara y cuerpo a los personajes de la novela mientras la leía.  Ahora me estremezco recordando a la niña chica.

Después leí su primera novela, un poco a destiempo, pero como ya había conocido Ávila, viví aquel drama encerrado también entre sus murallas.  Me estremeció mucho más la primera parte que, de por sí, vale cien premios.

También me llego en desorden y a destiempo “Cinco horas con Mario”, tras haber visto la obra en su segunda época con Lola Herrera y conocer hasta qué punto el personaje se había apoderado de ella.  Y nada más abrir el libro, recibí una sensación agridulce.  Esta novela comienza con la esquela del marido.  En la mía “Olor a Varón Dandy” también empiezo con una esquela, la del protagonista … y pensé en su momento que había sido muy original.  Pero, en cierto modo, me sentí reconfortado por haber tenido la misma idea que el maestro Delibes, aunque…

Y me relación con Delibes se cierra con “El hereje”, disfrutando de la guinda que la tarta literaria del este buen castellano nos ofreció.  Qué buen maestro abriendo camino para esta moda de novela histórica, tal como fue pionero de otras técnicas y temas literarios.

Me apasionó saber hace poco que en su labor periodística habló mucho de fútbol, y que fue admirador de Lerín, el portero de los “alifantes”, el primer gran equipo del Real Zaragoza.

Inmortal Delibes.

 

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