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Por una moneda, un sueño

Por una moneda, un sueño

Érase una vez...  una feria...

Como me gusta que todos los cuentos empiecen con "érase una vez..." tengo que escribir eso de la feria, pues exactamente fue allí donde me ocurrió la aventura, pero me parece que lo más importante del cuento es otra cosa, no la feria, sino algo que no alcanzo del todo a entender y lo dejo para tu descubrimiento.

En todas las ciudades, las fiestas patronales se celebran a lo grande, y lo más grande para los pequeños es la feria, esos cacharros y cachivaches pensados para la diversión, con el deseo de regalarnos sensaciones o espectáculos que nos hagan creer que estamos en otro mundo por un momento.  Yo soy partidario de ir a la feria muchas veces, pero mis papás siempre dicen que son muy caras, y mi tía no me ayuda, porque piensa que esas sensaciones dejan de ser divertidas si se disfrutan mu­chas veces.  "Lo bueno, si breve, dos veces bueno", me repite todos los años cuando le insisto para convencerla.

Aquel año ya habían pasado los días de las fiestas de más ajetreo y aún no había­mos ido a la feria.  "Espérate al final, que hay menos gente y bajan los precios", me decían los mayores.  Tampoco puedo que­jarme porque me habían llevado a los festi­vales de jotas, a los cabezudos, a la verbena infantil del parque Bruil y al teatro guiñol en la plaza del Pilar.

Por fin, un domingo, mi tía me propuso llevarme y, claro, yo encantado.   Pero en su propuesta le noté un algo de misterio, no sé... y me miró sonriéndose por dentro.  ¿Guardaba algún secreto?  Mis papás no pusieron ningún impedimento y como mi hermana había ido con el colegio el día de antes refunfuñó muy poco cuando le dijeron que ella se quedaría en casa. 

En la feria, los primeros cachivaches son siempre tómbolas y bingos que se anuncian con la voz chillona de los jefes del puesto. Mi tía dice que se ponen a la entrada intentando atrapar a los posibles jugadores con el bolsillo todavía lleno:

—¡Señora! ¡Señora!  No se pierda el ja­món que le ofrece Ramón.  Jamón, pan y vino para mejorar el destino.  ¡Señora! ¡Señora!  De Jabugo el jamón en el puesto de Ramón.  ¡Señora!  ¡Señora!  Juegue con nosotros y gane más que los otros.

Me quedé observando cómo el señor charlatán agitaba unas grandes tablas con números escritos para ofrecerlas a quienes pasaban o se paraban frente al puesto.  Unas bolitas subían y bajaban por un tubo transparente y parecían angustiadas por salir, como burbujas en una copa de cham­pán. Estaba apabilado mirando y oyendo... y suavemente, mi tía me arrastró.

 A mí siempre me han gustado mucho los carruseles donde los niños dan vueltas en un avión, sobre un pájaro o en una nave espacial, y levantan los brazos para golpear una pelota, un globo o un saco.  Justo en­contré uno un poco más adelan­te de las tómbolas, uno que era un carrusel de co­ches, aviones y motos, con unas grandes pelotas colgadas del techo.  Me solté de la mano y corrí a colocarme junto a la plata­forma de entrada.  Disfruté un ratito viendo cómo del centro salían brazos que sujeta­ban en su punta algunas de mis ilusiones, y los niños que las maneja­ban movían las palanquitas para hacer que despegaran o aterrizaran.  Se acercó mi tía hasta mi meji­lla y se quedó ahí unos segundos, poniendo sus brazos alre­dedor de mi pecho.  Después me dijo:

—Sé que te gusta subir y bajar cuando tú quieres, como si estuvieras volando, pero ¿no te parece más lindo elegir tú mismo el recorrido?

¡Qué especial, mi tía, ¿no?! 

Yo sólo tengo esa tía, que es hermana de mi madre.  Aunque tiene novio, no se ha casado todavía y soy su sobrino mayor.  Vivimos cerca, pero no la veo tanto como yo quisiera porque trabaja mañana y tarde en una tienda del centro.  Es la única persona con quien me atrevo a dormir que no sean mis papás y mi abuela, y yo creo que así lo pienso por los cuentos que me cuenta algu­nos domingos.  En realidad, son los mismos de siempre: Caperucita, Blancanieves, Pi­nocho... pero los cuenta de una manera... no sé... me parece que los vivo de verdad, y cada vez me siento un personaje distinto: o el lobo, o Cascarrabias, o Gepetto, o Cape­rucita, o el Príncipe, o el Mudito.  Es muy diver­tido salir de paseo con mi tía; por ejemplo, siempre estamos de los primeros en la cola del autobús, o llegamos antes que nadie en el cruce del semáforo de la avenida Independencia.  Además, su novio tiene una moto Ducati, y me lleva por la ciudad senta­do casi encima del depósito y con las ma­nos en el manillar, como si condujera yo.  ¡Ah!, mi tía es también mi madrina.

Ya seguimos por la feria, ahora sin lle­varme de la mano, pero ella siempre detrás y muy cerca de mí.  Volví a correr para ver de cerca el Tren de la Bruja.  También me gustaba porque, a pesar de los escobazos, me impresionaba entrar y salir al túnel, como si entrara y saliera una y otra vez de las fantasías, esperando que en cada oca­sión me sorprendiera una nueva aventura.  Además regalaban globos.  Los señores del tren se vestían de diferentes maneras y a mí me llamaban la atención las caretas de pa­yasos, no las de ogros ni de diablos que iban armados de escobas y horcas para asustar.  El payaso era quien repartía los globos... y tenía preferencia por las niñas, pero...

Mi tía me miró con cara de comprensión cuando le pedí que me comprara una ficha.  Traté de convencerla:

—Mira, tía, es como en tus cuentos...

Y ella, otra vez muy suave, me contestó:

—¿No te parece que ir sobre unas vías es vivir siempre lo mismo?

—Pero tía, yo quiero subir.

—No, hoy no, te propongo un trato.  Volveremos al domingo que viene.

—Quiero hoy.  He venido para diver­tirme.

—Creo que te vas a divertir.  Y sólo con una atracción.

 
   

—¿Es un trato de verdad?  ¿Volveremos al domingo que viene?

—Sí, te lo prometo.

Me enfadé un poco, pero confiaba en mi tía.  Recuerdo que me prometió lle­varme a la playa, y me llevó.  Recuerdo que me pro­metió llevarme a la nieve, y me llevó.  Y sobre todas, su promesa que mejor cumplió fue la de convencer a mis papás para que yo comulgara de capitán.  Ellos querían ves­tirme de fraile para ir a juego con mi herma­na, que comulgaba de monja.  Pero mi tía me había contado una historia titulada "Un capitán de quince años", y desde entonces yo me imaginé así vestido, mandando en un barco que combatía a los piratas.  El día de la fiesta me vi muy guapo, y me sentí impor­tante cuando mi amigo José Julián, comul­gante de fraile, me confesó:

—¡Cómo me hubiera gustado vestirme de capitán!

Por lo menos, le dejé tocar mi silbato dorado, y entonces me prometió que cuando yo fuera capitán de verdad, él se apuntaría para ser mi segundo de a bordo y que para entonces esperaba ya tener un bonito traje de marinero.

Desde que hice el trato con mi tía, el paseo ya tenía menos ilusión.  La tomé de la mano y me dediqué a mirar los tenderetes, puestos y cachivaches de la feria.  Perdí el nerviosismo y así me di cuenta de algunas co­sas que nunca había descubierto, como por ejemplo esas luces tan brillantes de los carruseles, o los dibujos rodeando el teja­dillo de los caballitos, o las canciones que ponen en cada atracción, o la cantidad de señores hablando y hablando sin parar con los micrófonos pegados a la boca.  Era otra forma de diver­sión, un poco más tonta, pero a falta de la otra.  También me fijé en las caras de los niños, todos sonrientes cuando disfrutaban de las atracciones, contentos y satisfechos. Me dio algo de envidia.  En fin, para el domingo siguiente.  Pero más me sorprendieron otras caras igual de ra­diantes, otras caras que reían tanto como los niños, y sólo mirando, sin montar en los cacharros...  las caras de los papás y mamás en espera de recoger esa felicidad cuando sus hijos terminaran la diversión.

Nos detuvimos al lado de un grupo de gente apelotonada que debía esperar alguna cosa.  Yo no vi nada entre tanta pierna y, cuando ya iba a preguntarle a mi tía, oí:

—¡Comer pronto bombilla!  Si no hay duro, no hay “espetaculo”.

Lo dijo muy como de pito, sin la “c” y sin el acento en la “a”, y me sonó a la vez tan gracioso y raro, ade­más del tono extranjero, que aparté faldas y pantalones para poder ver al que habló.  Era un señor mayor muy sucio, sen­tado en una alfombra, con pinta de árabe, y con una bombilla en la mano.

—Yo comer bombilla... pero si no hay duro, no hay espetaculo.

Alguna persona echaba una moneda y yo miré a mi tía:

—¿De verdad crees que vas a ver cómo se traga esa bombilla?

—Eso dice, tía.

—Sí, eso dice. Toma.

Y le eché un duro sobre la al­fombra.

—Si haber duro, haber espetaculo.

La gente se fue amontonando y me apretujaba.  El señor árabe repetía y re­petía lo mismo.  Yo estaba ya nervioso y miraba a mi tía:

—¿De verdad crees que veremos cómo se come la bombilla?

—Eso dice, tía, y le he dado una moneda, que es lo que pide.

—Sí, eso dice... Vámonos, es un farsante.

—Y, ¿mi moneda...?

—¡Eh, eh!, que era mía, ¿recuerdas?

—Pero yo se la eché.

—¿Te atreves a quitárselo ahora? —me desafió mi tía.

Y enfurruñado di media vuelta y me alejé deprisa.

—Son cosas de la feria— intentó expli­carme ella.

Pero no me consoló, porque me sentía engañado.

Continuamos caminando y se me pasó el enfado en cuanto vi la noria y es­cuché los gritos de quienes la disfrutaban.  Había subido una vez el año pasado y me vino aquella sensación de vacío en el estómago parecida a una caída desde un avión.  Como me acordé de que también le gustaba a mi tía, levanté la mirada con deseos de romper el trato.  Sólo sería por una atracción y como ella subiría conmigo...  Pero sus ojos no estaban en la noria, estiraba el cuello girándolo para buscar algo por los alrede­dores.

—¿Qué buscas, tía?

—Un regalo.

—¿Para mí?

—Sí, para ti.

Me olvidé de la noria, del tren de la bruja y del otro domingo.  Iba a seguir pre­guntando por la sorpresa, pero ella me tomó de la mano y me arrastró dulce­mente hacia el pasillo asfaltado, colocándose algo de­lante de mí.  Sólo me dijo:

—Por eso hemos venido hoy.

Otra vez me vino el nerviosismo y, como me gustan las sorpresas, no quise cargar a mi tía con preguntas... aunque no podía parar mi pensamiento, que se iba por encima de todas las cabezas intentando adivinar adónde me iba a llevar.

Pasamos por delante de los carteles que anunciaban a la mujer barbuda, a los monos que comían con cuchillo y tenedor, al oso bailarín y otras atracciones cerradas.  Caminábamos despacio y yo me sentía muy nervioso esperando que cada cartel fuera el buscado.

—Ahí está.

—¿El qué?

—Lo que buscaba.

—¿Mi sorpresa?

—Sí.  Tu regalo.

—¿Eso?

En una esquina muy escondida había una tienda de campaña cuadrada, sin luces ni música y con muy poca gente en sus alrededores.

—Creo que te va a gustar mucho.

—Pero, tía, ¿qué es?

—Lee. A lo mejor con eso lo adivinas.

El cartel decía: "Por una moneda, un sueño"

Me quedé mirándolo muy fijamente.  Después miré a mi tía de una manera que no debió parecerle muy bien.

—Si prefieres perderte el regalo, pode­mos volver a casa ahora mismo.

Lo de la "moneda" me sonó a "si no hay duro, no hay espetaculo”.

—Será como lo del señor árabe.  Nos van a engañar como tontos.  Además, no tengo monedas.

—Aquí parece que no hay bombillas, ¿no crees?  Y la moneda del señor árabe no la perdiste tú.  Podemos hacer una cosa: tú te arriesgas y yo pongo la moneda.

—Pero ¿y si no me gusta?

—Pero ¿y si te gusta mucho?

Mi tía no era dada a mentiras, pero una vez se equivocó cuando me prome­tió que la película "Ben-Hur" iba a gustarme una barbaridad y tuve que aguan­tarme cuatro horas en una butaca fea e incómoda viendo a romanos y cristianos.  Me aburrí bastante.  Y a mí me pareció que se me llevó porque no quería ir sola y qué mejor que su sobrino para acompañarla.  Acordándome de aque­llo, me imaginaba algo parecido con esa sorpresa.

—Tía, creo que va a ser un aburrimiento total.

—¡Ah!, para mí seguro.

—Venga, entonces no sé qué hacemos aquí.

—Te digo que para mí seguro, porque yo te tengo que esperar afuera.

—¿Cómo?  ¿No vas a entrar?

—Veo que no has terminado de leer.

Era verdad.  Debajo de las letras gran­des, ponía: "Sólo para pequeños".

—Yo soy mayor, ¿no es cierto? —me dijo.

No le contesté.  Cogí la moneda que me daba y me metí rápido en la carpa.

Lo primero que noté fue un olor muy raro.  Este verano ya he sabido a qué.  Olía como en la Catedral, a ese humo que sale de una jarra muy grande colgada del techo.  Se llama incienso y es religioso.

Lo segundo fue el señor de dentro, que llevaba una barba larga y blanca, y estaba vestido con una túnica morada, como si fuera de procesión de Semana Santa.  Este señor hablaba con una niña y, al verme entrar, me dijo con la mira­da que me sen­tara.  Había una fila de sillas con tres niños más esperando.  En seguida terminó la conversación que le ocupaba, la niña se levantó, echó la mo­neda en una bolsa de tela y salió.  Otro niño pasó a sentarse fren­te al mago.

—Hola, ¿cómo te llamas?

—Darío.

—Muy bien, Darío.  Yo soy un mago y cuento sueños.  Lo que tienes que ha­cer es muy fácil, ya verás.  Sólo tienes que decirme qué te gustaría soñar.

La voz de ese señor me entró por algún sitio de mi cuerpo que no eran las orejas.  Sonaba muy honda, como de un pozo, y parecía la de un señor bueno.  Cuando oí lo del sueño, empecé a prestarle mucha aten­ción.

—No sé —contestó el niño.

—Seguro que sí lo sabes, Darío.  A ver.  Si cierras los ojos, podrás imagi­narte ves­tido de algo fantástico, podrás imaginarte algo que desees con todas tus fuerzas para divertirte mucho o para ser impor­tante o para ayudar a los demás o para hacerte pronto mayor.  Vamos, cierra los ojos y sueña.

El niño le hizo caso.  Yo, mientras, también cerré los ojos y me imaginé tantas cosas...

—Quiero ser enfermero.

Y se me ocurrió que eso de enfermero...  Hombre, por qué no, Darío bien podría ser enfermero, pero no de los que ponen esparadrapos o pasan consulta en los ambulatorios, sino de ayudante de quirófano, sí, entregando los bisturís y las pinzas, secando el sudor de la frente a la cirujana que hace la operación…  que terminaría con gran éxito y todos se mirarían con esperanza y alegría de haber salvado una vida.

El mago le empezó a hablar:

—Querido Darío, ser enfermero es ser un poco ángel.  Y si trabajas en los quirófanos será como si ayudaras a mantener la vida.  Tu sonrisa sería entonces como tus alas, que te llevarían más allá de los bisturís y de las pinzas porque no necesitarías utensilios para curar ni sanar ni mantener con vida a los pacientes.  Notarás cómo esa sonrisa y esa mirada y tu mano cálida colocada sobre otra mano o sobre una frente, darán ánimo y fuerzas a quienes se sientan débiles o tristes.  Y no te penará haber elegido ese lugar, aunque no apliques tus conocimientos sino la energía de tu corazón.  A veces tendrás que salir a otros mundos para aprender otras técnicas que no saben enseñar aquí. Seguro que esperarán que traigas noticias y estarán ansiosos por recibirte y te sentirás dichoso y muy convencido de tu destino.  A tu llegada todo el mundo te abrazará y querrán saber qué aprendizajes nos traes y tú dudarás de la respuesta, sólo podrás decir que estás muy contento.  Ante la insistencia, reflexionarás hasta encontrar la mejor respuesta, que dirás muy, muy convencido: "He descu­bierto la paz y la alegría serena".

Darío le había escuchado con una cara de mucha atención.  No tenía los ojos cerra­dos, pero creo que no vio nada de lo que tenía alrededor, sino que se imaginó perfec­tamente lo que el señor le iba contando

El otro niño, que se llamaba Raúl, subió deprisa y muy nervioso a la silla, y respon­dió en seguida que quería ser maestro.  Nada más oírlo, me vinieron imágenes de Raúl como mi maestro en el colegio.  Pero no era un maestro normal y corriente.  Era de esos que en la clase no gritan ni se enfadan.  De esos que ayudan a los niños después de clase y los animan con toque suave en el pelo.  Era tan bueno, tan bueno, que le iban a dar una medalla, de la UNESCO, imaginé.

Y el hombre de barba blanca le dijo:

—Raúl, tú serás maestro y serás como un jefe de estudios que enseña a los otros maestros cómo enseñar lo que ya sabemos, pero no encontramos dentro de nosotros.  Explicarás muy bien y sobre todo serás hábil en ejercicios de matemáticas y en el recitado de poemas.  Te aplaudirán mucho tus alumnos, pero el día en que más lo harán será cuando un alumno tuyo, el que más dificultades tenía para aprender, salga a la pizarra para hacer una división que no le salía, pero esa vez consiga resolverla con rapidez y seguridad.  ¡Qué batería de aplausos!

La otra niña que esperaba, Uxía, tenía mucha vergüenza, y el señor mago tuvo que acercarse a bus­carla porque no se atrevía a levantarse de la silla.  El señor, en lugar de sentarla enfrente de él, la colocó encima de sus rodillas.  Uxía dijo que le gustaría ser ingeniera.

Yo pensé en una señora vestida con una bata blanca que iba tomando notas en una fábrica.  Y creo que podía volar, claro, y hacerse peque­ña o grande, visible o invisible, cuan­do ella quisiera.  No era de echar broncas al personal, sino de ponerse a hacer las cosas ahí mismo para que nadie tuviera dudas de cómo hacer bien el trabajo. Me la imaginaba, por ejemplo, cerca de un señor mayor tomándole de la mano para consolarle su miedo por no poder entende el manejo de la nueva máquina.  O muy seria, tomando nota de las piezas que salían con defectos, pero sin enfadarse ni nada, sólo para luego estudiar lo ocurrido y poner remedio. 

—Y estás sacando las mejores notas en matemáticas, Uxía, es como si fueras la mejor ingeniera de la clase.  No necesitas soñarlo.  ¿O no te lo dicen en casa?  Claro que sí.  Sólo tienes que actuar como ingeniera y tu vida entonces será tu sueño, tan lindo que a tu alrededor todos tendrán siempre felicidad con la mejor solución para sus problemas.

Me tocaba a mí y me levanté en seguida para ir junto al señor mago.  Le dije mi nombre, pero tuve un problema muy serio: no sabía qué sueño pedirle.  El señor me miró muy sonriente, tocándose la barba de arriba hacia abajo.  No hablaba y me miraba.  Así pasó bastante rato.

—¿Qué quieres de mí, Eduardo?

—No, yo no puedo contarte tu sueño.

—Pero... ¿y a los otros niños...?

—No, yo no puedo contarte un sueño porque el soñador eres tú.

Al salir, le devolví la moneda a mi tía... y los dos nos sonreímos.

¿Qué quiso decir el señor mago?

 

 

La cocina de LOS QUE TUS OJOS NO VEN

La cocina de LOS QUE TUS OJOS NO VEN

No hay firma individual por relato en el cuerpo del libro. Esa decisión refuerza la idea de taller conjunto: la voz es híbrida, y el lector debe rastrear matices más que autorías.  Al final, el índice revela cuál es de quién. 

Se perciben dos registros que se influyen y permutan: 

La mirada del padre, José Antonio, tiende a lo memorial y a lo rural aragonés, incluso muy local, su barrio zaragozando de Montemolín, al que ha nombrado como sus Comala o Macondo particulares.

Es una escritura de objetos, introspección, denuncia social y geografía concreta.

La mirada del hijo, Eduardo, empuja hacia lo fantástico contemporáneo, la ciencia ficción y el terror corporal. En Eduardo, el miedo es más abstracto, más visual, más influido por el lenguaje del cine de género y por la ansiedad generacional.

El punto de encuentro entre los autores es la ironía y el humor negro, presente en ambos, al mejor modo de lo socarrón y somarda aragonés.

Juntos construyen un bestiario moral donde lo monstruoso aparece en la incomunicación, en la frontera, en la burocracia, en la mirada que no quiere ver. Lo que tus ojos no ven funciona así como espejo doble: el lector mayor reconoce calles, bares y dichos; el lector joven reconoce ansiedades, distopías y el humor absurdo. Ambos encuentran en el otro una ampliación de sus propios temores.

Aparecen ejes temáticos que anclan y dirigen el libro en su conjunto:

La herencia invisible: lo que se transmite sin palabras.

El duelo mal hecho: muertos que no se van porque no se les deja ir.

La infancia como antena: los niños ven lo que los adultos han aprendido a ignorar.

El territorio como personaje: casas, montes y pueblos abandonados que guardan memoria.

La escritura a cuatro manos convierte el libro en una conversación generacional, treinta y cinco años los separan, sobre "lo que los ojos no ven": el miedo, la magia, la soledad.

 

Sinopsis de LO QUE TUS OJOS NO VEN

Sinopsis de LO QUE TUS OJOS NO VEN

Lo que tus ojos no ven es un libro de relatos escrito a cuatro manos por Eduardo Prades y José Antonio Prades, padre e hijo, una colaboración poco frecuente en la narrativa breve contemporánea.

La regla del juego está a la vista en el índice: los relatos impares son de Eduardo, los pares de José Antonio, y el último, Sacerdotisas para morir, está firmado por los dos.

El resultado es un mosaico de diecisiete piezas donde lo fantástico se cuela por la rendija de lo cotidiano. Eduardo aporta la memoria larga, el tono elegíaco y el territorio como personaje: montañas, pueblos vaciados, casas que guardan silencios. José Antonio aporta el giro seco, la ironía contemporánea, la distopía cercana y la mirada de la infancia como antena.

Cada pieza funciona de forma autónoma, pero el conjunto revela obsesiones compartidas: la memoria, el cuidado, y la frontera entre lo visible y lo intuido.

Entre los dos levantan un mapa emocional de la herencia invisible: lo que se transmite sin nombrarse, el duelo mal hecho, la burocracia que deshumaniza, la fabulación como resistencia y el miedo doméstico que no necesita monstruos.

Con prosa precisa y sin artificio, los autores abordan la migración, la vejez, la maternidad a distancia, la pandemia y la muerte digna. El trazo psicológico aplicado a los personajes nos muestra lo que habita en el interior de la naturaleza humana y, de repente, se manifiesta en situaciones cotidianas inexplicables.

El libro se lee como un diálogo generacional. El lector pasa de una voz a otra y descubre que, aunque los timbres son distintos, la obsesión es la misma: lo esencial no se ve con los ojos, pero el cuerpo lo reconoce.

"Lo que te revuelve es lo que tienes adentro, lo que tus ojos no ven"

Ficha de Lo que tus ojos no ven

Ficha de Lo que tus ojos no ven

FICHA GENERAL

Título: Lo que tus ojos no ven

Autores: Eduardo Prades Marín y José Antonio Prades

Editorial: Nautilus Ediciones

Año: 2026

Páginas: 174

Género: Narrativa breve / Fantasía / Terror cotidiano / Realismo mágico aragonés

Estructura: 17 relatos. Impares firmados por Eduardo Prades Marín, pares por José Antonio Prades. El relato 17, Sacerdotisas para morir, es de autoría conjunta.

Índice y autoría:

Eduardo Prades Marín

 1. Bajo estrellas desconocida

3. Un perro gordo me está ladrando

5. Fragmentos hallados del diario del barón von Utter

7. Cambio

9. Una madre para su hija

11. En busca de la pesadilla

13. ¡Papeles!

15. Despertar

José Antonio Prades

2. Marita y el caballo

4. La bruja buena

6. Sin noticias de un SARS

8. El anciano solitario

10. La heroína del máuser

12. Zaragoza, año de gracia 2051

14. Historia de un amor mágico

16. Desalmados

Eduardo y José Antonio

17. Sacerdotisas para morir

Reseña de Amando a mares, por Gabriel Fonseca

Reseña de Amando a mares, por Gabriel Fonseca

Esta es mi segunda lectura de las obras del autor en la cual encuentro una variedad de temas nuevos, aunque la mayoría giran alrededor del amor y el desamor, la nostalgia por el terruño, erótica, mundos utópicos, y uno que otro relato ya publicado en Evangelios Mágicos.

Hay que destacar sin embargo un relato que me ha sorprendido por lo bien enfocado de la narrativa (este autor es propenso a las digresiones), y el buen manejo estilístico de la trama. ¨Mariposas rotas¨ simplemente rompe el molde narrativo de Prades, lo cual me hace pensar que fue una obra previa a sus relatos actuales, escrita durante un periodo de transición del autor, o quizás Prades pretendió, lo cual logró con creces, mostrar otra faceta de su escritura. Este relato puede ser el inicio de una novela si el autor se decide a elaborarla.

Otro relato que captó mi atención fue ¨La pierna¨. De nuevo, Prades arranca con el tema sin desviar por un segundo la atención de lo que cuenta.  Con una escritura elegante, esta historia de Floralba tiene un corte universal, no tanto por la tragedia de su existencia, sino por la introspección del personaje, los trazos convincentes de su personalidad con que el escritor logra presentarla ante nuestros ojos. Estoy gratamente sorprendido con este relato.

Otro relato que menciono es ¨Cita en Nochebuena¨. El carácter melancólico de este relato trae a la palestra la soledad experimentada por millones durante las fiestas navideñas. La espera de la protagonista, como una Penélope moderna, es sin duda desgarradora.

Prades pudiera parecer a muchos lectores como un escritor denso, eufemismo por complejo, aunque este término no lo disminuye en absoluto, porque en estos tiempos de literatura chapucera y del mal gusto, escribir el español propiamente y con elegancia es un atributo que muy pocos escritores poseen.

Imán, tiempo atrás, en un París porteño

Imán, tiempo atrás, en un París porteño

 

Realizando unos estudios sobre el Boom Latinoamericano, y concretamente sobre Alejo Carpentier, descubrí que este escritor universal en lengua castellana (Premio Cervantes, 1977) fue secretario de redacción de una revista llamada Imán, como la nuestra, y además publicada en 1931, casi a la par (1930) que la novela del mismo título que la inspira. En la bibliografía, aparece el enlace a la página de la Biblioteca Nacional desde donde se puede consultar y descargar el número completo escaneado. El elenco de sus colaboradores me llevó a investigar más hasta llegar a la redacción del artículo adjunto, proceso en el que he disfrutado recordando y descubriendo el impulso vital que la creación artística y literaria gozaba en esos preludios de la contienda mundial que los rebajó hasta trabajos de mera supervivencia. Resulta reconfortante mantener viva hoy, desde esta posición, una revista literaria que continúa con aquella estela fulgurante del período entreguerras. Poesía, narrativa, ensayo, teatro… los cuatro grandes géneros se unieron en aquel extenso y efímero número de la revista Imán. Es para revisar y releer porque está nutrida de historia de literatura con esa calidad extrema que hoy nos están hurtando los grandes medios editoriales.

Me atrevo a lanzar una afirmación cuasi dogmática, sobre la que puedo aceptar cuasi cualquier argumentación en contrario: Jorge Luis Borges es el mejor escritor de todos los tiempos.  Y este señor, enamoradizo hasta la extenuación, o hasta que apareció María Kodama, trabajó la seducción indirecta con sus profundas creaciones literarias.  Hay incluso quien se ha preocupado de investigar en esos amores, más allá de su obra literaria, no sé si tanto como producto de un cotilleo culto o de una búsqueda de justificación para el alto valor artístico del resultado.  En El hacedor (1960), Borges incluye un poema del que transcribo estos versos:

Todas las cosas tuvo y lentamente

todas la abandonaron. La hemos visto

armada de belleza. La mañana

y el claro mediodía le mostraron,

desde su cumbre, los hermosos reinos

de la tierra. La tarde fue borrándolos.

Se titula Elvira de Alvear y, como su propio título indica, está dedicado a la mujer de ese nombre, perteneciente a una familia acaudalada de Buenos Aires, ocho años menor que el escritor, y que murió en extrañas circunstancias de salud en 1959.  Elvira de Alvear fue una de las musas del literato porteño.  Hasta hace bien poco, se decía que fue la inspiradora del relato El Aleph, que sería la Beatriz Viterbo que tiene encandilado al protagonista, a la sazón alter ego del autor. No obstante, hay un investigador borgiano (Bony Bullrich, 1964) que parece haber descubierto que la musa de ese texto es Beatriz Bibiloni, otra de sus mujeres que se añaden a la lista de María Esther Vázquez, Elsa Altete (su primera mujer, ya en la madurez), Estela Canto, Norah Lange, Haydée Lange, Sara Diehl…  Pero quedémonos con Elvira, que murió con problemas de salud mental y, en El Aleph, Borges dice de los Viterbo que todo eran medio locos (Borges, 1949).

André Breton escribía en 1924 el Manifiesto del surrealismo, iniciando así ese movimiento convulso, al cual se adhieren, y del cual se apartan posteriormente, un gran número de intelectuales que también entran y salen en las corrientes vanguardistas del siglo XX. El nombrado Breton, juntamente con Philippe Soupault —sí, a cuatro manos, como no podía ser menos en un texto experimental, iniciático, provocador y llamado por ellos mismos “peligroso”—, escriben Les champs magnétiques, bajo escritura automática, publicado sin corregir y sin ninguna pretensión estética.  Sería la primera obra literaria surrealista.

Y París…  Los años veinte del siglo XX manifiestan en la capital francesa el deseo de alcanzar una felicidad constante.  La posguerra de la primera gran contienda mundial lleva a Europa la necesidad de vivir más deprisa como respuesta a una mayor libertad en lo artístico y en lo intelectual.  Y en ese vivir deprisa, al límite, surgen y se suceden las tendencias vanguardistas que quieren romper con el pasado: fauvismo, expresionismo, cubismo, dadaísmo, surrealismo, ultraísmo…  París se ha convertido en la atracción de escritores, científicos y escritores que rumian y regurgitan cimientos para nuevas maneras de ver el mundo, deprisa, deprisa. Y justo antes de la crisis francesa de los años 30, con rebotes del crack estadounidense del 29, se agolpaban en la ciudad de la luz incipientes escritores latinoamericanos que aspiraban, con plena consciencia, a alcanzar el estrellato literario.  A París le han llamado “la máquina de escribir” (Maíz, 2018) porque entrar en ese círculo suponía la obligación de que “los latinoamericanos con aspiraciones literarias debían ejercitar, con mayor o menor acierto, la práctica escrituraria casi de manera imperativa para alcanzar los objetivos que se habían propuesto”.

Decenas de artistas latinoamericanos, entre las décadas veinte y treinta, iban llegando con la visión de que tenían que cambiar su propia percepción de la realidad geográfica que los vio crecer, la suya y la del mundo entero, como así consiguieron treinta años después con el llamado Boom latinoamericano.

Elvira de Alvear, musa de Jorge Luis Borges, precursor de ese Boom, había establecido su residencia en aquel París de bullicio y emisión cultural.  Allí se asoció con Alejo Carpentier, y uniendo el capital económico por ella y por él una extensa red de contactos, ella como directora, él como secretario de redacción, dieron en crear una “revista literaria con grandes ambiciones, pretendidamente trimestral, en español, aunque editada en Francia” (Maíz, 2018).  Así se expresa la citada Elvira de Alvear:

Amigo Lector:

Imán no ha sido planeado con ideas sujetas a un dogma de capilla ni manifestará estrictamente un carácter local.

Se propone intervenir con un rápido vistazo en tendencias y movimientos harto para él conocidos y nivelados.

La brújula actual del mundo entero ha perdido su imanación: no sabemos a cual (sic, sin tilde) escuela corresponde nuestro concepto íntimo.

Es preciso para ello consultar el espíritu general contemporáneo; en esta forma encontraremos en la vida humana una solución para el lector.

Imán descubrirá la causa de nuestras inquietudes y aspiraciones. Será una revista que guardará la documentación de su época, intercalando fotografías en algunos números y prescindiendo en otros. Hablará de poesía, psicología, crónicas de viaje, etcétera… y de la influencia considerable que va ganando la ciencia sobre la literatura y en la necesidad aun, entre los hombres, de creación artística.

Imán será dirigido a centralizar norte y sur como lo denota su título, atraerá hacia sí todo individuo capaz de propagar energías y hará conocer los escritores; todos los reunirá en su campo magnético.

Imán abrirá nuevos caminos comunes al pensamiento actual, entorpecido en tradiciones y se enterará de los acontecimientos que marquen una orientación — será un punto inicial que definirá la generación presente.

Estamos cansados de ver que los sentimientos sean reemplazados por palabras confusas y que la literatura sea considerada contraria a la vida; queremos vivir de acuerdo con los progresos y costumbres de nuestros días.

Hay que sobreponerse a la inteligencia, pero a la que amenaza en materializarse y en retroceder la civilización en lugar de adelantarla.

Queremos otras ideas seguidas de una acción. Imán es por y para las fronteras ilimitadas —nosotros seremos panmundiales y la duración diamantina de Imán podrá ser llamada un imanato.

Y ahora te hago notar a quien estás leyendo, sin vocativo, directamente, que estos párrafos anteriores llevan varias veces incluido el término Imán, como el título de nuestra revista, en esa extracción, precisamente, del prólogo de otra revista.

Imán nació en el seno de la Asociación Aragonesa de Escritores en 2009, como órgano continuador de la anterior revista, Criaturas Saturnianas, con afán renovador en su objetivo de dar voz a sus componentes y de facilitar una divulgación de temas literarios y culturales afines con la meta del colectivo.  Se eligió ese nombre en homenaje a la primera novela del reconocido internacionalmente escritor aragonés Ramón J. SenderImán trata de la guerra y de sus consecuencias directas en un soldado, sobre todo a su regreso, donde siente todo cambiado. Este protagonista había sido herrero y a menudo resultaba herido por los utensilios o herramientas con los que trabajaba, ya que “Atraía el hierro como un imán” (Sender, 1930, capítulo 1, p.18), y así le valió como apodo.

Antes de seguir con la revista que nos va a ocupar, quiero mencionar que desde 1988 a 1990, el periódico aragonés El Día, incluyó un suplemento cultural también titulado Imán, dirigido primeramente por Lola Ester y luego por Antón Castro.

La otra Imán, la primigenia, nació el 30 de abril de 1931, probablemente gestada en el año anterior, en unos talleres de impresión parisinos, “en alta y cara calidad, tres meses después de que Sur[1] saliera en Buenos Aires” (Liendo, V. 2017).

[1] Sur fue una importante revista argentina, liderada por Victoria Ocampo, editada desde 1931 hasta 1982, con 371 números publicados.

Portada Imán

[1] Sur fue una importante revista argentina, liderada por Victoria Ocampo, editada desde 1931 hasta 1982, con 371 números publicados.

No hay constancia fehaciente del motivo para llamarla Imán, pero el prólogo nos deja pistas en este párrafo:

Imán será dirigido a centralizar norte y sur como lo denota su título, atraerá hacia sí todo individuo capaz de propagar energías y hará conocer los escritores; todos los reunirá en su campo magnético.

Además, tal como ha quedado indicado más arriba, André Breton y Philippe Soupault (colaborador éste en la revista, como ya veremos más adelante) habían publicado en 1924 Los campos magnéticos, que parece una clara referencia para inspirar ese párrafo del prólogo y colegir que es la causa del título (Liando V, 2017).

Creo que esas coincidencias, ser revista literaria y llamarse Imán, dan un pie suficiente, y hasta necesario, para dedicar estas líneas a profundizar en lo que fue aquella publicación como un digno antecedente de nuestra andadura. ¡Y menudo antecedente!

Aquel 30 de abril de 1931, con dieciséis días de República en España, aterrizó el primer avión en el aeropuerto de Barajas (ahora también de Adolfo Suárez).  Esos dos hechos de apertura marcaban hitos de crecimiento pronto truncados, tanto en Francia como en España.  Pero veamos qué nos aportaba aquella acción literaria de Alvear y Carpentier, nacida con una enorme ilusión en una época en que la cultura era rabiosamente impulsada y divulgada.

Revista Imán

Imán salió a la calle en tres tipos de papel, según se informa en su página 4: japón antiguo, lafuma y alfa mousse; veintiún ejemplares, doscientos y dos mil quinientos respectivamente.  Todos numerados.  El ejemplar que consulto, digitalizado por la Biblioteca Nacional de España, es el número 2.622 (probablemente en papel alfa mousse, según se podría deducir del orden expuesto y de las cantidades nombradas). Y quizá Argenteuil, la localidad donde residía el maestro impresor autor del trabajo, no fue elegida al azar, por su coincidencia etimológica con el nombre de Argentina.  Era Argenteuil una ciudad a once kilómetros al noroeste de París, entonces con más de setenta mil habitantes, y que había tenido relación con la cultura, a través de pintores impresionistas como Manet y el escritor Guy de Maupassant.  Fueron famosos también sus espárragos.

Veamos el elenco que contienen sus doscientas cincuenta y nueve páginas, incluyendo la portada:

Sumario Revista Imán

Excluyendo a Elvira de Alvear, encontramos treinta y un colaboradores, todos hombres, de nacionalidades variadas, la mayoría de ellos habiendo vivido o huido de diferentes países, tanto europeos como latinoamericanos, con dos estadounidenses: Dos Passos y Kreymborg.  Estamos situados en 1931 y todos los colaboradores están vivos, salvo quizá el más relevante, Franz Kafka, fallecido siete años antes, lo que deja cierto misterio sobre cómo pudo conseguirse su participación con un relato titulado La sentencia.  Intentando encontrarlo en la bibliografía sobre el autor, no hallé ninguno con ese título.  Su contenido responde al traducido habitualmente como La condena. Al igual que otras colaboraciones incluidas, al final incluye el nombre de su traductor, Arqueles Vela, escritor mexicano que residía entonces en París, y que consideró ese título como más apropiado (en alemán, Dars urteil, que literalmente significa “dar juicio”).  La condena había sido publicado en 1913 de forma independiente, a pesar de su corta extensión, después de escribirlo en septiembre del año anterior (La condena, 2018).  Dos meses después, Kafka escribió La metamorfosis.  La “historia” (así la definió Kafka en su subtítulo frente a la duda de si era relato o novela) de La condena obtuvo en su momento una gran repercusión y recibió multitud de interpretaciones (Laurent, 1983).

Además del escritor austriaco, destacan los siguientes nombres, de acuerdo con sus trayectorias posteriores, tres de alto impacto en el llamado Boom latinoamericano treinta años después: Miguel Ángel Asturias (premio Nobel), Alejo Carpentier (premio Cervantes) y Arturo Uslar Pietri (premio Príncipe de Asturias), uno estadounidense, miembro de la Generación perdida, John Dos Passos, y un chileno de alta relevancia en las vanguardias poéticas del momento: Vicente Huidrobo.  No obstante, el resto de los colaboradores son escritores de reconocimiento posterior, la mayoría de ellos franceses: León Paul Fargue, Jean Giono y Philippe Soupault.  También es digno de mención el mexicano Jaime Torres Bodet, Premio Nacional de Ciencias y Letras de su país de origen. El único español del elenco, Eugenio D’Ors, un brillante intelectual de la época, filósofo y ensayista, colabora, según el índice, con el aporte titulado De la elipse en el misterio de lo barroco, del que no ofrece imagen el ejemplar digitalizado con el mensaje FALTA PÁGINA.

Raúl Antelo localizó lo que faltaba en esas dos páginas del ejemplar, acudiendo a buscarlo a otro ejemplar existente en el Instituto Iberoamericano de Berlín.  Según informa (Antelo, R. 2019, p.9), le consta que también hay ejemplares en la Biblioteca Nacional de Francia y en la Biblioteca latinoamericana de la Universidad de Texas. Y así nos descubre que esas dos páginas en blanco contenían este poema:

De la elipse en el misterio de lo barroco

A Jorge Guillén,
al pasar por Valladolid.

Elipse, maternidad:

Dos centros, dos corazones;

Paloma, el uno, entre pechos;

Ranilla, el otro, entre flancos.

 

Formas nuevas, vidas nuevas,

Blanda preñez de la elipse:

Curva de buena esperanza,

Geometría interesante.

 

Lo barroco… Kepler, que

Valsa en elipse, con astros.

Quien tal valsó, alumbrará

Desgarro y llanto entre muslos.

 

Y llanto. Elipse, ternuras,

¡Como acoges, como insertas,

Como incluyes, como guardas,

Como escondes, como abrigas,

Como bañas, como imbibes,

Como nutres, hinchas, medras,

Hipertrofias, tumefactas,

Creces, turges, sueltas, libras,

Túnel entre Cáos y Cósmos!

 

Agua guardas, agua, elipse,

Agua del mar primigenio,

Caldo en las sopas de que Él

Cata cada mediodía.

Substancioso caldo, en la

Gran sopera de la elipse.

Proceso del devenir

En su caldo de substancia.

 

Y con su pan se lo come

Él (Iavé, Saturno, el Tiempo) (d’Ors 95-96).

Eugeni d’Ors dedica el poema a Jorge Guillén

El propio Antelo informa de este único número de Imán, calificándolo como “una suerte de suplemento de la (revista) surrealista Bifur… cuyo redactor principal era Georges Ribemont-Dessaignes” (Antelo, R. 2017), autor que aparece en la lista de colaboradores de Imán.  Redactado que desprende cierta calificación de menor importancia y que contrasta con las de Claudio Maíz: “puede realizar un singular aporte a la historia de la cultura latinoamericana”, “…la fugacidad de la revista Imán… es inversamente proporcional a la eficacia lograda de acuerdo con su propuesta editorial”.

Puede considerarse que, aunque tan sólo circulara un número de la revista, no fue un fracaso literario, pues como veremos más adelante, ubica a la incipiente novela latinoamericana del siglo XX entre las vanguardias europeas, dándole un lugar preponderante (Maíz, C. 2018).  En aquellos años, surgieron innumerables revistas que consiguieron mantenerse en el tiempo, pero también se produjeron intentos que quedaron en un solo envite.  Claudio Maíz expresa que, según Revues litteraires, hubo setenta y siete publicaciones a lo largo del siglo XX con un solo número sacado a la calle.

Las colaboraciones aportadas son de género variado.  Existe un apartado específico, titulado Conocimiento de América Latina que, quizá a modo de encuesta, incluye opiniones sobre esta zona del mundo, solicitadas a diez autores, nueve europeos, uno alemán y nueve franceses, más uno estadounidense cuya aportación, diez cuartetas glosando personajes o lugares, aparece en inglés sin traducción.  Además, de este contenido ensayístico, aparecen dos grupos de poemas, varios de prosa poética, quizá alguna podría considerase experimental dentro de esa querencia vanguardista, y narrativa, con relatos de diversa extensión, uno de ellos de veintiocho páginas, otro de  veinticinco y otro de dieciséis, cuando los demás oscilan entre tres y cinco páginas; el ensayo de John Dos Passos sobre el teatro ocupa catorce páginas, el de Bruno Barilli, diez; y el largo poema de Benjamín Fondane se extiende por diez.

Destaco algunas singularidades de las aportaciones:

En el primer artículo, en tono ciertamente irónico, Fargue navega por varias acepciones del término Imán, adjudicando al final ese apelativo a Elvira de Alvear de forma indirecta:

“Se han podido encontrar imanes naturales en Asia Menor, en Magnesia o en Heraclea. Yo acabo de hallar en la Argentina el imán artificial más poderoso que conozco.

Él guiará América Latina a la brújula; Elvira de Alvear tiene el timón con su pequeña mano firme”. (Imán, 1931, p.10)

La segunda aportación, de Jean Giono, es un regreso a la infancia.  Mis amigas se murieron es un ejercicio de nostalgia sobre las amigas y amantes del autor, con ligeras incursiones en el erotismo.

Xul Solar (Oscar Agustín Alejandro Schulz Solari) era un polifacético artista argentino y destacado inventor.  Iniciado en el esoterismo y amigo de Borges, creó un un idioma, que podemos encontrar en su colaboración en Imán, que llamó neocriollo.

Vicente Huidobro, considerado uno de los grandes poetas chilenos, en 1931 estaba a punto de regresar a su país, después de un largo periplo por Europa y América. Había iniciado el movimiento estético llamado creacionismo, del cual deja una muestra en la revista, tanto en verso como en prosa poética.

Henry Michaux, también artista multidisciplinar, presenta un relato con tintes kafkianos (aunque con algún toque de surrealismo) sobre cómo sobrevivir con tres cadáveres en un compartimento de tren. Puede considerarse un microrrelato. Algunos críticos consideran a Michaux un precursor de este subgénero narrativo.

La representación mexicana aparece con Jaime Torres Bodet, que entrega el relato La visita, al que antecede una dicta del libro bíblico de Jeremías.

Este relato no aparece en la edición de su Narrativa Completa (1985).  Es más que probable, que La visita fuera rescatado de esta revista Imán (Marco, J., 1992).

Traducido por Alejo Carpentier, Robert Desnos aporta un ensayo biográfico en el que pondera la figura del conde de Lautréamont (autotítulo), Isidoro Ducasse (1846-1870,) que había sido olvidado, pero los poetas surrealistas, entre ellos Robert Desnos, procedieron a resucitarlo y lo consideraron su precursor.

  1. Desnos, miembro activo de la Resistencia francesa, tras permanecer en varios campos de concentración, falleció de tuberculosis en el campo de Terezin, en Praga.

Desnos

Eugéne Jolas había editado varios números de su revista transition (en minúscula y en inglés), en cuyo número inicial (abril de 1927), publicó su manifiesto, donde abogaba por romper moldes creativos, especialmente idiomáticos.

Benjamin Fondane (nacido como Weschel) murió en la cámara de gas de Auschwitz el 2 de octubre de 1944.  Fue un poeta adscrito a las vanguardias filosóficas y poéticas del siglo XX. Sus poemas son un grito de angustia.  El tercero nombra a su amigo Armando, víctima de suicidio.  Está traducido por E.A, supuestamente Elvira de Alvear y presenta varias faltas de ortografía. Según nota en Hermida Editores (2023), los poemas de Ulises fueron traducidos al francés por el propio Fondane.  Su Ulysse se publicó en 1933, por lo que colaboración en Imán supone un anticipo de la obra.

Umbrales, de Sixto Martelli, es una sucesión de textos que narran pasajes y paisajes urbanos de Buenos Aires. Incluye reflexiones sobre lo que observa y plasma.

Hans (Jean) Arp fue un poeta vanguardista francés que aporta dos poemas cortos con características propias de las corrientes novedosas y, que, curiosamente, aparecen transcritos íntegramente en letra cursiva.

De Boris Pilniak, escritor ruso ejecutado en Moscú en 1938 por antisoviético, la revista incluye un largo relato de veinticinco páginas, titulado La revuelta de las mujeres, que, siendo fiel al título, narra una rebelión de setenta y una féminas tras el asesinato de una de ellas a mano de su marido, a quien acosan en el funeral exigiendo justicia.

Según Claudio Maíz (Maíz, C. 2019, p. 9), en lo que denomina “encuesta” se recogen impresiones de “la joven literatura centralizada en París”, que presentan “respuestas muy decepcionantes”, en las que demuestran un desconocimiento completo de America Latina, “o se valen de lugares comunes, estereotipados”, eso sí, con un desbordante estilo literario.

Y llegamos a las dos últimas colaboraciones.  Resulta difícil deducir el criterio de su ordenación.  En el caso de la penúltima, nos encontramos con un ensayo muy interesante de John Dos Passos sobre el arte escénico, con el didáctico título ¿Qué quiere decir teatro?, en el que introduce críticas directas al régimen soviético, satinándolas de velada ironía.

Y aprovechando que la última colaboración va firmada por Arturo Uslar Pietri, con un fragmento de su novela Las lanzas coloradas, publicada ese mismo año 1931, iniciaré una atención más extensa a este autor, junto a Alejo Carpentier y a Miguel Ángel Asturias, como los tres personajes incluidos en esta revista que más destacaron posteriormente en lengua española, con reconocidos méritos y distinciones. Se convertirán en grandes amigos, sobre todo durante su estancia en París, y permanecerán unidos hasta el final de sus días.

La relación entre los tres escritores aparece marcada y referida repetidamente, y Domingo Milliani (Milliani, D, 1987), nos remite precisamente a la revista objeto de este artículo, destacando la importante repercusión posterior que tuvieron las tres novelas anticipadas en Imán, en cuanto a lo que supone avanzar los rasgos del llamado realismo mágico, “término introducido en la teoría literaria hispanoamericana por el mismo Uslar Pietri”.

Arturo Uslar Pietri nació en Caracas el 16 de mayo de 1906. Cuando salió Imán de imprenta, tenía, por tanto, 24 años.  Es el colaborador más joven en ese número.  Llevaba dos años en París, con larga trayectoria de activismo político y literario. En 1928, en Caracas, se publica el único número de la revista Válvula y en ella aparece el manifiesto editorial Somos, cuya autoría identifica Uslar como propia algo más tarde.

En 1929, con apenas 23 años, llega a París, investido como alto funcionario venezolano. Y en 1931 había concluido Las lanzas coloradas (Miliani, D., 1987).

Así pues, al haber entregado ese párrafo a los editores de Imán, nos encontramos con un anticipo concertado. El título hace referencia a la sangre que se adhiere a las lanzas en el fragor de la batalla.

Miguel Ángel Asturias colabora en esta revista con el relato que titula en el índice En las tinieblas del cañaveral. Se trata de una primera versión del capítulo sexto de su novela publicada en 1949 bajo el título Hombres de maíz.

“Los «hombres de maíz» son los indios, según la cosmogonía indígena mayaquiché” (Bellini, G. 2008) Asturias se interna en el mundo mágico de los indios guatemaltecos.

Alejo Carpentier nació en Lausana (Suiza), pero sus padres, él de origen francés y ella de origen ruso, emigraron enseguida a La Habana, donde creció y desde donde partió a un periplo que responde a su propio mestizaje cultural.  Huido de Cuba, ayudado por el poeta surrealista Robert Desnos, también colaborador en este número de Imán, pasó varios años en París. Fue alto funcionario del gobierno castrista en distintas Embajadas del país cubano (Instituto Cervantes, 2017)

¡Ecué-Yamba-O!, de Alejo Carpentier, comenzó a escribirla en la cárcel, adonde fue recluido por hacer un manifiesto contra el dictador cubano Gerardo Machado, admirador de Mussolini. La terminó en París y fue publicada en 1933 y se considera como el producto de un ejercicio de aprendizaje, según el propio Carpentier (Cuesta, A. 2020). Narra la vida de un negro cubano a principios del siglo XX, con un estilo vanguardista que se aleja del hasta entonces clasicismo de la literatura latinoamericana.  En esa novela se empieza a entender en el exterior la realidad cubana.

Tres grandes autores estos últimos, que estaban destinados a marcar historia en la literatura mundial desde su profundo estudio y conocimiento de la realidad latinoamericana, hasta entonces oculta bajo el halo europeo del clasicismo y podríamos decir de “lo políticamente correcto”.  El contacto estrecho que se produjo entre ellos y con las vanguardias artísticas que despuntaron en el primer tercio del siglo XX creó un cóctel de explosión literaria que culminó en el llamado Boom Latinoamericano que se destapó en la década de los 60.

En Imán, de 1931, revista dirigida y financiada por Elvira de Alvear, con la función de secretario de redacción en Alejo Carpentier, se dieron cita autores de relevancia de variadas nacionalidades que confluyeron en el París de los años 30, donde estaban emergiendo las vanguardias, esencialmente el surrealismo, con el deseo de cambiar el mundo a través del arte mediante la evasión de la realidad. Dadaísmo, cubismo, ultraísmo, fauvismo…

Hubo un proyecto de segundo número de Imán, que se quedó en galeradas y del que se conservó el índice.  Incluía colaboraciones de Macedonio Fernández, Manuel Altolaguirre, Pablo Neruda, nuevamente Miguel Ángel Asturias, Rafael Alberti… pero la crisis argentina obligó a Elvira de Alvear a regresar a su país para cuidar directamente de su fortuna, y ya no volvió a París (Maíz, C., 2018).

Quizá Woody Allen se proyectó a esa época parisina y departió con todos los autores que hemos mencionado aquí gracias a este otro Imán.  Quizá Allen tocó su clarinete en un café de París mientras se inspiraba en Elvira de Alvear, o en Robert Desnos, o en Eugène Jolas, o en Alejo Carpentier… con reminiscencias de la Belle Époque, y entre ellos decidieran escribir el guion (premiado en los Óscar de 2011) de Medianoche en París. Quizá se reunieron en una buhardilla de Montmartre, o en un salón de la Ópera, o paseando por los campos Elíseos, o en los camerinos del Moulin Rouge, para darle en confidencia las claves que en el futuro podría aplicar como instrumentos del realismo mágico o de lo real maravilloso en varias de sus películas.

Imán, “siempre nos quedará París”.

 

BIBLIOGRAFÍA:

 

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https://hemerotecadigital.bne.es/hd/es/card?sid=5226969

 

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Borges (1960), El hacedor, Obras completas J.L. Borges, volumen 2, Ediciones Emecé, p.194

Borges (1949), El Aleph, Obras completas J.L. Borges, volumen 1, Ediciones Emecé, p.623

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Martín Rodrigo, Inés (2019) Beatriz Bibiloni, la musa secreta de Borges

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Las vanguardias en nuestras revistas, 28. Revista Válvula, Venezuela

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https://www.cervantes.es/bibliotecas_documentacion_espanol/creadores/argel_alejo_carpentier.htm

 

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Blanco, E. y Rodríguez M. (2009) Para un análisis histórico literario de la novela «¡Écue-Yamba-Ó!», de Alejo Carpentier

http://www.archivocubano.org/ecue.html

 

Historia Universal de la Literatura, tomo 5, (1982), Ediciones Orbis, Verjat, cap.11 y 12, Literatura francesa contemporánea. Rodríguez Monegal, cap. 18, La prosa hispanoamericana contemporánea.

 

Fotografía de Elvira de Alvear tomada de:

https://borgestodoelanio.blogspot.com/2014/10/jorge-luis-borges-elvira-de-alvear.html

donde se referencia de esta manera:

En El Hacedor (1960)

Foto de Elvira de Alvear (posible Beatriz Viterbo):
Revista de Occidente nº 301, Junio 2006 Vía
Foto Jorge Luis Borges: Susana Mulé

 

Fotografía de Alejo Carpentier tomada de Letralia

(Publicado en revista Imán, número 30, noviembre 2023)

 

La paz en sí

La paz en sí

Cuando en el mundo aparecen determinados conflictos bélicos y los medios de comunicación nos llenan de sus noticias escabrosas, manipuladas en muchas ocasiones, bombardeando, tal como los “malos” en la batalla, con hechos in situ que juzgan indirectamente unas u otras acciones, informando (?) de que atentan contra algo (siempre “contra”), la palabra paz se alía con su antónimo guerra inexcusablemente.  De tal manera que en el imaginario colectivo se asume la idea de que la paz es la ausencia de la guerra.  Y no es esto, no es esto, Ortega y Gasset dixit.

Que la guerra, como antónimo de la paz, es un negocio lo tratarán en este monográfico personas con más capacidad valorativa que quien suscribe.  Igual ocurrirá con el argumento de que la paz es consecuencia de un equilibrio de fuerzas, o del triunfo del poderoso que es magnánimo y dictador en su conquista, o de la rendición condicional o incondicional del más débil.  Casi siempre, en estos dos últimos casos, habrá muertos sobre las calles y terror en los corazones de los pueblos.

Nuestro devenir como raza durante miles de años se transcribe con referencia a las guerras y sus consecuencias.  Así, esa paz antónima de la guerra apenas dura unas temporadas, por mucho “tratado” que la ampare.

Pero la paz va más allá de la ausencia de la guerra.  Esa paz forzada repercute en el dolor de las gentes, circunstancia que puede sembrar un germen alimentador del próximo conflicto bélico.  Recomiendo la película “La cinta blanca” (2009), en la que Michael Haneke muestra las acciones intrahistóricas en el pueblo alemán que permitieron la extensión de la violencia fascista con la colaboración, el acuerdo o el silencio de esas gentes. Y también “La ola”, novela de Tod Strasser y película de Denis Gansel, que cuenta un experimento en un colegio para mostrar hasta dónde puede llegar la crueldad humana.  En las dos historias, no hay guerra, pero tampoco paz.  Se trata de la propagación de la violencia, de la represión y de la agresividad desde un poder que genera individuos adocenados por el miedo; un poder que maneja los bajos instintos de la superioridad mediocre y de la supervivencia biológica, como por ejemplo el racismo, el machismo y otras fobias y discriminaciones sobre colectivos diferentes a los que pretenden imponer la supremacía.

Desde lo racional, las formas de impedir que el ser humano descienda a sus profundidades más instintivas son la educación y la formación, acciones de alta solidaridad que se deberían aplicar, si existiera la ética en los gobernantes, desde el poder con base igualitaria.  En algunas épocas, en algunos países, se ha conseguido implantarlas de esa manera, y son innegables los avances en integridad y moral, que se ven reflejados en leyes y organizaciones sociales que los promueven y colocan en alto valor.  Entonces nos llaman seres civilizados. Cada vez son menos los países o entidades que las aplican bajo la ética, incluso la contradicen con medios más sofisticados desde lo tecnológico y desde lo psicológico.

Existe otro punto de partida, que es también de llegada, con más profundo calado y que, por ello, también ha sido profusamente tratado, aunque desde una visión más etérica, menos densa: el interior, esa difusa parte del ser humano que no se define por huesos, nervios, músculos, humores, órganos o vísceras, sino por conceptos borrosos como el alma, el corazón, la trascendencia o la espiritualidad.  Así que hablaremos de la paz interior como la generada desde la individualidad, con capacidad volitiva para decidir el propio estado del ánimo, que busca la serenidad.  La paz interior tiene que ver con el amor, la felicidad y la calma que llevan a una observación diferente de la realidad.

La diferentes religiones y prácticas espirituales se han dotado de herramientas que buscan esa serenidad mediante la conexión con un espectro divino o sagrado: un Dios, el cosmos, el universo, el atmán… Se logra a través de la oración, la contemplación, los mantras o la meditación. Esta última, procedente de las religiones orientales, se ha extendido por Occidente, a través del yoga en un principio y otras prácticas después, como el divulgado mindfulness o la MT (meditación trascendental).  Aparte de su valor espiritual, adjudicado por quienes así enfocan su existencia, es innegable su capacidad para aquietar la mente y predisponer el ser a la serenidad, paso imprescindible para la paz interior. Y esa serenidad, ese apagón de la mente se desliga del ego y así el doctor David Hawkins, pisquiatra estadounidense y estudioso de la consciencia, afirma: “Las grandes guerras y los desastres humanos que se prolongan durante siglos son el resultado de los grandiosos planes del ego para involucrarse y marcar la diferencia, desde Genghis Khan hasta Karl Marx, y desde Adolfo Hitler hasta los terroristas de nuestros días”.

Maharishi Majesh Yogi, gurú religioso indio, se hizo famoso en Europa porque su práctica denominada Meditación Trascendental fue nombrada y difundida en su momento por los Beatles, así como años después por el cineasta David Lynch.  Existen multitud de fundaciones, instituciones y centros que no sólo practican y extienden la MT, sino que han realizado estudios de impacto de ese tipo de meditación.  El más famoso, llevado a cabo en 1993, en el distrito de Columbia de Washington, con rigurosos controles de aplicación y recopilación de efectos, concluyó que los delitos violentos descendieron un 23 por ciento en el tiempo en el que varios meditadores centraron su práctica en aumentar la armonía y reducir la tensión en el distrito.  Han existido varios experimentos repetidos al respecto con resultados similares (y no solo de descenso de la delincuencia).

Es decir, trabajar en conseguir la paz interior, mediante esa y otras prácticas que contenga el objetivo tratado, influye en el entorno como un analgésico para los efectos que llevan a la agresividad, a la violencia y a la guerra.

Esa paz interior lograda como posición de liderazgo personal en los comportamientos cotidianos y trasmitida hacia un liderazgo social hace fácil deducir que iniciaría el camino hacia la paz global y permanente.  Ese podría ser el camino evolutivo.

Thich Naht Hanh, monje budista que fue propuesto en 1967 al Premio Nobel de la Paz por Martin Luther King, promovió estas prácticas a través de diferentes actividades.  Estos son unos versos publicados por él:

La Paz está en cada paso.
Este reluciente sol rojo es mi corazón.
Cada flor sonríe conmigo.
Qué verdes y frescos son estos campos.
Qué cálida es la brisa.
La paz está en cada paso.
Sigue la infinita senda de la alegría.

Se trata de conseguir como suma individual una evolución social marcada por la consciencia.  Ervin Laszlo, reputado científico y consejero del director general de la UNESCO afirma en su obra “El cambio cuántico”: “Debemos enfocar… el progreso hacia una civilización basada en la empatía, la confianza y la solidaridad, una civilización de Holos (holística, con visión global).  

 

Es la paz en sí.

(Publicado en revista Imán, número 32)

Sobre Cry macho, de Clint Eastwood

Sobre Cry macho, de Clint Eastwood

Cry macho es una película amable y cómoda, con recursos facilones en manos de un veteranísimo Eastwood, que acude a una historia casi road movie de un bisabuelo (interpreta un personaje con más de 20 años menos que él) y su bisnieto (no lo son) que se unen para pasar de México a Texas en un viaje que trae valores familiares tratados superficialmente.

Es una obra como las que cualquier gran cineasta crea 'de tacón ', con oficio y sin grandes alardes que hace pasar un rato sin grandes sobresaltos y con mucho tiempo de sonrisa en los labios.

Contiene referencias hispanas que he visto con agrado, como esa repetida Sabor a mí, de Eydie Gormé con Los Panchos, que escuché grabada en una cinta de cromo, de las caras, desde el LP original que me pasó un amigo en la época romanticona en que amé los boleros.

No le va mucho a Clint... pero quizá a los 90 años es más el fotógrafo de Los puentes de Madison que Harry, el sucio.