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Relatos

Piel de seda

Piel de seda

Llegabas como una diosa, con el viento en el rostro, como si una corte de vestales te trasladara sin tocar el suelo.  Te esperaba en un banco del paseo de las palmeras, donde nos fotografiamos abrazados por última vez.  Fuiste emergiendo entre la multitud que admiraba tu vestido negro, rizado por la brisa, al igual que tu melena, la misma de entonces.  No pude moverme, no quise, para seguir observándote tal cual los otros cuerpos te iban tapando y destapando a mi vista, tu sonrisa sensual avanzaba a la velocidad de un cometa y dejaba destellos de su lumbre y fragancia de dama enamorada.  Me viste desde lejos.   Vértigo de ti en mi vientre, cautivo de tus sueños.   

Llegaste hasta mí sin variar tu prestancia, tomaste asiento con tu delicadeza sin dejar de mirarme; con el movimiento aún más voluptuoso, cruzaste las piernas como Isadora Duncan inmortalizando Tchaikowsky, escondiste el mentón en tu pecho, entornaste los ojos, encogiste los labios...  Sin una palabra... Dejé mi mirada en la tuya, el vértigo aceleró mis latidos, sonreí para alcanzar tu sonrisa y, buscando el mismo son de tus acordes, me giré para mover mis piernas por debajo del respaldo sin abandonar tus ojos encendidos.  Pasé mi mano por tu hombro, caricia sutil que pretendía darte algo de mi deseo, una gota, mi decisión de amarte...  Llevaste atrás tu frente, abriste tus labios como la musa que desea libar el néctar de los dioses, te deslizaste por el respaldo para inclinarte sobre mi cuerpo... y te besé... 

...tus labios dulces, algodón de azúcar, manzana acaramelada para ofrecerme tu pasión en ese segundo de la historia.  Quería devorarte, tomar de ti tu inmanencia, saciarme de tu néctar...  Abriste los labios para entregarte a mí, y entré en ti, y tú en mí, para reconocernos como cuerpos encendidos por tanta espera.  Qué delicado candor.  Qué ardiente tacto.  Qué húmedo palpitar. 

Y comenzamos a caminar hacia el amparo de los amantes. 

El cruce de la multitud no me alejaba de ti.  Parecía abrirse una alfombra a nuestro paso, reverencias a los lados, sonrisas de asentimiento... y nada nos desviaba en nuestra senda a la culminación.   

Frente al lecho, te abracé sin dejarte girar, mis manos te recorrieron ávidas, tus manos en mis caderas, tu respiración me envolvió.  Por fin en mi brazos, princesa.  Acaricié tu cabello, tus hombros desnudos, tu talle, tus caderas, tu vientre, tus pechos...  y nos rasgamos los vestidos para conquistar las pieles con la cadencia de quienes buscan sin cesar el alma del otro en los confines más ocultos del cuerpo.  Ya sin barreras, en la pureza de seres ungidos por el don del amor, nos reclamamos con el delirio de las ánimas que siempre desearon la unión.  Tus pechos quedaban prendidos en mis manos, los acariciaba con lujuria, tu boca sorbía mi jugo del preludio, bebíamos para saciar la sed de las horas, días, meses, años de la espera.  Cuando ya el hervor suplicaba el punto de la cúspide, tu mirada lanzaba el hechizo como una maga que desea estallar entre sus conjuros de amor nunca cumplidos.  Quería amarte, Chantal, encontrar el hueco de tu regazo para descubrir tu vida.  Quise poseerte, sentirme poseído, enlazados con el tacto febril de los cuerpos.  Entré en ti y sólo pudimos emitir el gemido de la unión, unas miradas de extravío, rictus de sonrisa para encontrar la verdad, sintiendo que el ceremonial nos pedía que ya fuéramos uno.  Cómo te amé, mi ninfa.  Cómo sentí tu corazón.  Gemí para ti, escuché tus jadeos, crecía el movimiento mutuo deseando traspasarnos, me abrazaron tus piernas, los fluidos se mezclaron...  y sentía mi placer, tu placer en mis entrañas, el signo de la entrega para darte de mí toda mi esencia.   Y en la plenitud, vi tu rostro, tus ojos marrones, tus labios rojos, tu pasión arrebatada, que me pedían: 

—Ámame más, David, ámame más. 

Más te amé, Chantal. 

Quisiste arroparte con mi cuerpo, te acurrucaste en mi pecho me rogaste más calor entre jadeos, encogida y, con mi corazón aún apresurado, te rodeé entera para seguir siendo solo uno, mi aliento en tu cuello, mis manos en tu vientre.  Sentía tu espalda en mi torso, tacto sutil, tu cabello en mi mejilla... los ojos cerrados, aún jadeábamos.  Se hizo la brisa y se coló por la puerta de la terraza, la cortina volaba como tu melena al viento en la llegada.   

Después de infinitas sensaciones que no incluyen el tiempo, te deslizaste entre las sábanas, te sentaste al borde la cama y me diste tu perfil desnudo.  Llevaste el dedo a mis labios.  Lo besé como a un caramelo que de niño me descubrió el sabor oculto.  Y grácil como el vuelo de una gaviota contra las nubes, te vestiste con tu bata blanca de tul transparente. Saliste en un suspiro hasta la terraza para mirar a la luna.  Te vi radiante, acunada por la brisa, tus mechones ingrávidos, el tul dibujando tu figura.  Me senté sobre la cama con las piernas cruzadas, los codos sobre las rodillas, las manos sobre el mentón, para contemplarte.  La luna te regaló un rayo blanco, tan blanco como tu alma. 

Te miraba sometido por un embrujo llegado de aquellos mares, de donde había emergido tu estela plateada.  Nada existía alrededor, la habitación se convertía en el altar de la ofrenda, donde ternura y pasión, amor y deseo habían superado la prueba de la alquimia para fundirse en nosotros.  Eras tú.  Era yo, allí en el lecho, unido a ti... y desde la terraza ahora me mirabas con tu sonrisa cómplice y sensual. 

—Chantal –te llamé en un susurro—. Chantal. 

Y tus labios sellados para el habla de la noche mágica se abrieron... 

—El universo ama con nosotros 

Te acercaste hasta mi lecho y copiaste mi postura.  Así otros veinticinco años, quizá nuevamente cien siglos... mirando la esencia de tu mirada, tus ojos enamorados con la luz prestada de tu estrella.  Me arrodillé frente a ti, no dejé que te movieras, mis dedos cerraron tus ojos y los cubrí con mi pañuelo de seda.  Pero sólo quise mirar tus labios mientras mis manos, a un milímetro de tu piel, acariciaban tu aura.  Todo se hizo paz porque tus ojos miraban hacia dentro, sólo tu tacto sentía hasta que el aroma de ti inundó el palacio.  El olor llegó a mí como un huracán desatado que quiere devastar los pueblos, como un río de lava que desea calcinar los sembrados. Cuando sentí la apertura de tus poros en el canto de una alondra, rodeé tus pechos, ya sin distancia, para conocer tu anhelo en un nuevo tacto. 

Te incliné para que te acostaras y lo hiciste a modo de pluma de paloma que cae desde la almena.  Acompasé mi corazón al tuyo en un acorde de sensaciones revividas, ahora más lento, más intenso, más dulce...  Y estallamos lentamente como dos hogueras. 

Sin abrir los ojos, los cuerpos desplomados, las almas satisfechas, tu mano en mi mano, caímos en el mismo sueño. 

Allí desperté, sin tu presencia, buscando con mi mano tu lado de mi lecho.  Y no estabas.  Abrí lentamente mis ojos para encontrarte y la luz del amanecer los cerró para impedir que no te viera... porque no estabas.   

—Chantal –susurré. 

No contestabas. 

—Chantal –te llamé. 

Y no contestabas. 

—Chantal –grité. 

Unos gorriones asustados revolotearon desde la barandilla de la terraza.  La cortina, ahora más tenue, volvió a bandearse para enseñarme la largura del cielo en el momento de su despertar.  Apareciste desnuda en el arco de la puerta con tu sonrisa de verano y pude relajar mi tensión por pensar que todo había sido una quimera.  Estabas allí, rivalizando con el color de los cúmulos, tarareando la canción que resonará en mi pecho durante todos los amaneceres como el homenaje a la noche mágica del amor.  

Seguí recostado sobre la almohada, acariciando el lugar donde habías reposado, mientras tus pies te traían en un vuelo adornado hasta las sábanas del deseo.  Traías en tu mano racimos de uva, tus labios se abrían para recibir sus granos y una gota de su jugo resbalaba por tu mentón.  Sonreías para mí, saboreando el frescor como si de mis labios se tratara.  Quise tus labios y te lo pedí: 

Tráeme tu boca. 

Y después de amar, escondida bajo mi pecho, en el hueco de tu esposo, encogida en la satisfacción de tu anhelo de princesa, te convertiste en mi dueña para esperar la llegada de quien viene a llevar al trono el deseo de los enamorados.   

Tú y yo.  

Para siempre. 

El Grasas

El Grasas

Me habían invitado a pasar el fin de semana en un chalet de Riglos.  Como carezco del permiso de conducir y odio los vehículos que ruedan por el asfalto, elegí el tren para acudir a mi destino.  Era un viernes festivo, de madrugada y, a pesar de haber entrado el verano, refrescaba.  En los sillones de plástico de la estación, sobre los bancos o apartados en el suelo junto a la pared, dormitaban benditamente los aventureros.  Algunos de ellos los recordaba de mi paseo cotidiano por los porches de la avenida de la Independencia.  Se tiraban por las baldosas, acotaban unas cuantas y las decoraban con pintura de pastel.  Siempre elegían temas religiosos y desde luego que no me los imagino en una iglesia.  Supongo que pretendían mover la sensibilidad de los transeúntes con esos rostros angelicales –los de sus pinturas, no los suyos, por supuesto—, para arrancarles alguna moneda más de las que estaban dispuestos a arrojar en la bolsa de plástico.  El ambiente exhalaba tranquilidad. 

Me detuve frente a los indicadores de la pared y busqué mi tren.  Vía tercera, andén segundo.  Me palpé el bolsillo para asegurarme de que llevaba el billete y bajé las escaleras.  Decidí tomar un café en el bar del andén para intentar despejar el sueño y evitar el frío que me erizaba el vello de los brazos. 

—Oiga, ¿el tren para Canfranc? –pregunté al camarero. 

—Aquel de allí, el viejo. 

—¿Cómo el viejo? –me extrañé. 

—Sí, hombre, el canfranero, el de aquella vía.  Seguro que tiene más años que la estación. 

—¿Y tanto anuncia la Renfe la comodidad de sus trenes? 

—Es que de éstos no se fían –y señaló a un grupo de montañeros que supuestamente viajarían conmigo. 

Pagué y, ya más despierto, me acerqué hasta el vetusto aparato.  Circulaba por allí un hombre de la estación.  Le pedí indicaciones sobre qué vagón me correspondía y amablemente me acompañó hasta el departamento.  Digo bien, departamento, porque el ancianito tren todavía presentaba la distribución del Orient Express.  Me acomodé junto a la ventanilla y puse mi bolsa debajo del asiento.  Quedaba un cuarto de hora para la salida y poco a poco se acercaban más y más muchachos con todo el aspecto de ir a disfrutar de los Pirineos.  Supuse que mis compañeros de asiento serían pues excursionistas.  Apoyé la cabeza en el respaldo y, observando cómo descendían las escaleras mecánicas, me quedé dormido. 

—Éste, éste es el nuestro.  Mira a ver los numericos.  ¡Ay, calla!, que este señor está durmiendo. 

Todavía entre sueños me pareció oír un retintín escandaloso y penetrante de campanillas de mulillas. 

—Oye, Agustina, este buen señor ¿no se habrá quedao dormido de otro viaje?  No sé si se enfadará, pero lo voy a despertar? 

Sentí en mi hombro una mano que comenzó a zarandearme.  Abrí los ojos. 

—¡Eh, señor!  ¿Estaba usté dormido?  Es que mi cuñada y yo pensamos que a lo mejor se apeaba usté en Zaragocica.  Y como ya ha parao el tren… 

—No, señora, no.  Acabo de subir.  Como ustedes, supongo. 

—Sí, claro.  Hala, pues, siga durmiendo, siga, que a nosotras no nos molesta. 

Lo intenté, de veras que lo intenté, pero ¿quién consigue dormir con ese soniquete agudo pegado a mis orejas?  Ya colocando sus bolsos en los estantes, comenzaron una verborrea que, juro por lo más amado del mundo, no dejé de escuchar hasta el apeadero de Riglos. 

—¡Qué bien vamos a ir aquí, Juaquina!  A mí me gusta la ventanilla. 

—¡Toma!, y a mí, no te fastidia. 

—Pero la he cogido primero.  Siéntate enfrente, anda, al lado del joven –el joven era yo— y si veo algo bueno, ya te avisaré para que lo veas después que yo. 

—Señoras, por favor, ¿podrían hablar más suave? 

—¡Ah, perdone! –exclamó algo ofendida la señora Joaquina.  Habla más bajo, Agustina, maja. 

Como si me hubiera dirigido a un político en pleno mitin.  A los diez segundos volvieron a tocar a rebato todas las campanillas, por lo que decidí olvidar mi intento y me dispuse a leer, mientras ellas seguían y seguían machacando sus lenguas con historias de vecinas, de hijos de vecinas y de mujeres de hijos de las vecinas.  Sentí tentaciones de intervenir diciendo: “Yo voy hasta Riglos y ustedes, señoras, ¿dónde apean?”, para enterarme de cuándo acabaría el suplicio.  Estaba a punto de hacerlo y la tal Joaquina mentó un apodo que me llamó la atención. 

—Pues eso es como el Grasas. 

—¿Cómo quién? 

—El Grasas, mujer, el Grasas.  No me digas que no lo conoces.  El Grasas es el hijo de la Remedios, la vecina de la Candiles. 

—¿La estorbada? 

—No, mujer, que esa está soltera.  Su hermana, la que se casó con el de la tienda vinos de la calle Cereros. 

—Pues no caigo, Joaquina. 

—Ya verás como sí.  La que abortó tres veces seguidas por darle tanto al alpiste. 

—¡Joderrrrrrrrrr!  La del tercero. 

—La misma.  Encima la estorbada. 

—Hija, es que en esa casa hay cada pinta.  ¿Y qué me cuentas del Grasas ése? 

—Te voy a poner en antecedentes, mujer.  Yo sé la historia porque a mi prima se lo ha contao su marido, qu’es el dueño de los furbolines donde se pasa el día el Grasas. 

—El Nicanor. 

—Ahora las aciertas todas, hija.  A la tele te mandaría. 

Escuchaba tan atento la conversación que la señora Agustina me miró con sorna y preguntó: 

—¿Es que conoce usté al Grasas? 

—No –contesté sin reaccionar. 

—Pues Juaquina, ya tienes dos con la oreja abierta.  Cuenta, cuenta. 

Y la aludida comenzó su descripción. 

—El Grasas es un jovenzazo recién casao.  Hará unos diez meses o por ahí.  Con una del barrio, ¿sabes?  Yo la conozco de vista y se le ve limpia y escoscada.  La moza es algo mayor y como no tenía partido, pues hala, el primero que la pidió, sin mirar quién era, se la llevó.  Pero ándate al cuento cómo es el pajarito.  Si le preguntas su oficio, te dirá: “Artista”.  Y si luego le dices: “¿Cuál es tu arte?”, contestará: “La guitarra”, y tú sigue: “Pero ¿ganas algo?, ¿tocas en algún grupo a algo?, ¿tienes trabajo?”.  “Poco, poco.  Lo que sale”. 

Cuando Joaquina se contestaba a sus preguntas, arroncaba la voz y le daba un desparpajo que reventaba las carcajadas de su cuñada. 

—Oye, Joaquina, ve más despacio que no me aguanto. 

—¡Ah!, usté tamién se ríe por lo que veo.  ¿Ya no tiene sueño? –se dirigía a mí. 

—Me interesa la historia –reconocí. 

—Oiga, oiga, pues, y calle, que hay más.  El jovenzano asegura que su oportunidad está al caer.  “Sé que un representante me busca.  Ya llegará el momento y seré el mejor.   Soy el mejor”.  Entonces te sale: “Y, ¿de qué comes?”, y él, tranquilo, te contesta: “Me dan”.  Ya ves la cara que tiene el guitarrero.  Pues se casó.  Y menos mal que la mujer tiene trabajo en un bar.  Ella come allí.  Él en casa de sus padres, y cenar, los dos en la casa de los suegros. ¡que menudos son los suegros!, la madre puta y el padre borracho.  Y está claro, el marido se gasta el jornal en vino y la mujer, con el trabajo de los seis críos que le ha hecho, no tié más remedio que abrise de piernas un par de veces al día.  Y ¿qué hace el Grasas mientras su mujer y su madre trabajan?  Se va a los furbolines to’l día.  A las ocho la tarde va su mujer, le da dinero pa un kas y marchan los dos a cenar.  Cenan y se van a su casa, que tienen casa, la de un tío d’ella que se la deja sin alquiler porque el hombre vive fuera, en Andalucía o así, creo yo. 

—¡Toma candela, María!  Estos son los hombres que hacen país.  Tendrá vergüenza…  Que le mantenga la mujer. 

—Ni eso siquiera, Agustina, que la chica, como es normal, entrega el sueldo a sus padres pa pagase la comida y la ropa que a veces le hace su madre.  Se queda lo justo pa la casa…. Y ahora, atiende lo que te iba a contar.  Una cuñada del Grasas, hermana de su mujer, está pedida por el David, un chaval tamién del barrio.  Y resulta qu’el David va a los furbolines del Nicanor.  El otro día va el Grasas y le dice a su futuro cuñao: “Bueno, majo, a ver si te aligeras y te buscas un curro que esto no pué seguir así.  ¿Cómo te vas a casar si no?  A vivir del cuento, ¿no, gandul?”.  Toma caradura, ¿tú te crees?  Anda, dile algo al guitarrero.  Dile, dile. Que le aviento los billares en la cabeza.  Y aún atiende lo más.  La fiesta de pedida pa’l David tié historia y gorda. 

—Con la familia que m’explicas ya me puó imaginar. 

—No tienen de ande sacar, está claro.  Los padres del David pusieron algo, pero ella… Ya verás, escucha.  Dos primos, el Tutureta y el Taladrín, se lanzaron contra el padre la chica pa sacale algún cuarto y dejar bien la honra la familia.  Tres mil pesetas pa’l vino la fiesta sacaron.  Pero los cojonudos no tuvieron otra salida que echase a la calle a pedir perras.  Los gitanos viejos le dieron algo por hombría, pero cuando llegaron al Grasas, anda, el Grasas.  No dio un duro, pero se comprometió a tocar unas piezas.  Pa dar colorido”, dijo el condenao.  El día de la fiesta se presenta con toda su jeta y le dice al Taladrín: “Que se m’a estropeao la guitarra y yo sin guitarra no soy .  Trae una copa y brindaré por tu prima”.  Ole y ole sus cataplines…  Ahí lo tienes, y tan campante.  ¿Qué le parece, joven? 

Se dirigía a mí. 

—Es algo cuentista ese señor Grasas, ¿no crren? 

—Mira tú lo que dice el señor, “algo cuentista”.  Pues no es usté fino ni . 

Cuando reprodujo mis palabras, imitó la voz tan bien que no tuve más remedio que acompañar a Agustina en sus carcajadas. 

—¡Ay, Juaquina!  ¡Ay, Juaquina! 

—Agárrate la tripa que se te va a romper la faja. 

Agustina se retorcía en el asiento sin dejar de reír. 

—Igual se cree usté –me decía— que la historia s’ha acabao.  No, señor, no, aún quedan migas y con buen condimento.  Pa echar una estancia al ministro o al Papa, a quien quiera. 

—Oiga, señora, ¿todo lo que cuenta es cierto? 

Se ofendió. 

—A ver si me llama embustera. 

—No, por Dios, no es mi intención. 

—La Juaquina no miente nunca, eh.  Se lo digo yo –le defendió su cuñada. 

—Pues si lo otro no se lo ha creído, ¿cómo se va a creer lo que falta? 

—Señora, me hago cargo.  Cuente, cuente, le escucho. 

—¡Uy, si contara todo lo que pasa en mi barrio…!  Las historias de la tele se quedan cortas.  Pero voy a seguir con el Grasas, hombre, que veo que a usté le interesa. 

—Me divierte, me divierte –aclaré. 

—Pues no se crea que es de risa.  Pena me da mí.  Un hombre como ese…  Es pa llorar, no para reír.  Y después del lloro, pa coger un buen mamporro y atizarle hasta en las uñas de los pies.  Fíjese si es ignorante el pobre.  El bar donde trabaja la mujer ha cambiado de dueños y según parece la quieren despedir.  La chica ha ido a un abogaopa que vea lo lista qu’es, y le ha dicho que sí, que la puén despedir, pero con perras por delante.  Le sacó la cuenta y le tendrían que dar doscientas cincuenta mil pesetas.  No hizo cosa mejor que contárselo a su marido.  ¡Andá!, los sueños del Grasas, ¡andá!  Va diciendo por los furbolines que con esas perras, atienda, eh, se va a comprar un coche fetén, una guitarra de las caras, grabará un singel d’esos pa promocionase y dará la entrada de un piso en el bloque nuevo de la plaza Aragón…  ¡Ah!, se quié ir tamién a las Canarias porque no tuvo viaje de novios. 

—Este gachó se cree que vive en los tiempos del tranvía –intervino Agustina. 

—¡Hala!, ¿qué me dice usté si no espa echase a llorar?  Menos mal que la chica tié cabeza.  Y ahi tienes al pajarito, tan campante. 

El tren salía de Ayerbe. 

—Señora Juaquina, ¿sabe usté por qué le llaman el Grasas? 

—A la vista está.  A mí me lo han dicho.  Pero si viera las pintas que lleva…  Todo desastrao, con un vaquero sucio y roto, con la camisa oliendo a tigre y el pelo… bueno, por el pelo es lo del Grasas, me imagino.  Lleva unas greñas asquerosas, le caen por los hombros, y se debe lavar con aceite usao de coche.  ¡Qué de mierda lleva en el pelo!  De eso lo del Grasas.  Y no le enfada, no. 

—Señoras, me bajo en la próxima parada.  ¿Me permiten? 

—Sí, hombre, cómo no.  Qué educao es este joven, ¿verdad, Juaquina? 

—Tendrá perras, seguro.  Anda, ya pués ponerte en la ventanilla. 

—Espera que salga el señor, mujer. 

—Adiós, señoras. 

—Adiós, adiós. 

—Que le vaya bien, buen mozo. 

Agustina me asestó una palmada en el trasero y volvió a sus carcajadas escandalosas. 

Mientras descendía en el apeadero, me desentendí del Grasas, de Agustina, de Joaquina, de Nicanor…  Hubiera apostado por que olvidaría los chismes para siempre.  Me equivoqué.  Antes de ayer encontré los “furbolines” y jugué una partida de billar con el Grasas. 

  

 

Sin noticias de un SARS

Sin noticias de un SARS

... con un guiño a Eduardo Mendoza, maestro

 

Yo, Francho de Goya y Cajal, cabo de guardia en el Escuadrón de Vigilancia Aérea nº 1 del Ejército del Aire Español, situado en el Pico de la Nevera, en El Frasno, provincia de Zaragoza, ante la imposibilidad de emitir mensaje por otra vía sin conocer la causa, emito el siguiente informe para quien lo pueda recibir.

A lo largo del día de hoy, 3 de junio de 2020, hemos captado unos mensajes que no delataban proveniencia alguna, a través de una frecuencia inusual, y que creemos han desestabilizado todas las otras posibilidades de comunicación excepto el sistema morse que mantenemos activo a modo de homenaje histórico.  Esta es la transcripción que hemos podido realizar después de filtrarlo por una clave existente en el libro de enigmas egipcios del soldado de 1ª, Lorien Sender y Cajal, mi primo, y que está aquí conmigo.

“Tuin, tuin, aquí desde la base Tierra, en el barrio de Montemolín, perteneciente al reino taifa de Zaragoza, ciudad universal, según consta en documento descubierto bajo la estación de Utrillas.  Guardo pruebas en archivo demente (entiendo que es ‘de mente’; aclaración del traductor), y se cursarán en mejor soporte cuando despejemos de satélites un canal directo, que no queremos que las censuren o califiquen como bulo.

“Nuestro compatriota el virus no aparece.  Nos consta según informe de la superioridad que se soltó o lo soltaron muy lejos de aquí, pero la comunicación telepatética (sic), nos ha traído hasta aquí porque dicen que este territorio es el centro del mundo.  Lo confirmamos.  Es el centro del mundo.

“Tal como nuestra misión explica, vamos a buscar para traérnoslo a casa al virus Federico Ladilla Marifé, que por aquí en este planeta han bautizado como SARS no sé qué, y que provoca la gripe (o algo así) llamada COVID 19.  Nos dicen que ha causado fallecimientos, y lo confirmamos porque hemos hablado con los fallecidos en su tránsito por el túnel antes de ser acogidos en el cielo de los justos, sin más preámbulos ni juicios.  Confirmamos: están en el cielo de los justos.  Respetamos el tránsito y nos unimos a las condolencias generales.

“Tenemos alguna duda sobre los informes que nos dan, y aquí no sabemos bien lo que pasa: nuestros radares perciben instrucciones contradictorias y no sabemos sin son para nosotros o para los terrícolas temerosos del dedo divino: mascarilla sí, mascarilla no, ahora guantes, ahora no, ahora un metro, después dos, fase uan, fase chú, desescalada (no está en el diccionario, mis disculpas), y nada menos que ‘nueva normalidad’, que aquí, mi copiloto 666 me dice que es un oxómoron o algo así (puede usted mirarlo en el diccionario).

“Tuin, tuin. Dicen que estos humanos están confinados, lo que suena a confitería, lo que yo conocí en la misión para ayudar a Evita, allá por Buenos Aires, con el calificativo de bailable.  Sobre una hora específica a la tarde, los terrícolas salen a los balcones y aplauden, pero a veces, los hemos visto bailar también.  Algunos de ellos bailaban tango, precisamente, y no se puede...

“Ladilla, el virus, fue visto por última vez camino del bar que acababan de abrir, se llama La grifería, y allí que nos hemos ido, hemos casi llegado y nos hemos tenido que ir porque olía a cerveza y ya sabéis que en nuestro planeta somos alérgicos generalmente a la cerveza... Mi copiloto no quiere vacunarse, pero mi hermana se vacunó, y ahora bebe cerveza pero ha tenido que renunciar al gin tonic. Yo no me vacunaré.  Vengo a la Tierra muy a menudo sólo por el gin tonic y algún cóctel.  No quiero perder el vicio...

“Hemos podido cotejar rastros del compatriota Ladilla y no parece que el chico haya querido hacer mucho daño, pero aquí se han asustado todos y todas un montón y se están protegiendo con mucho énfasis.  Me dice 666 que él (resulta que está preparado para irse al futuro y volver más joven) que no es una cosa para preocuparse, como ya pasó con esas gripes, parece ser que la llamada A y la ‘aviar’, que debe ser del pollo y de la polla, o parecidos y parecidas.

“Ahora vuelven a aplaudir antes de irse a la confitería bailable, y podemos traducir que homenajean a los terrícolas sanitarios que lo han pasado muy mal con las consecuencias de nuestro compatriota Federico.  Aplaudimos también porque nos caen bien los sanitarios.  Luego les donaremos el ensalmo para que se curen los que aún tienen esos síntomas.  Mecachis, cuando cojamos al Federico...

“Antes de venir aquí nos hemos dado una vuelta por el mundo, y hay cosas muy raras.  Parece ser que el Federico aprendió a clonarse y ha estado dando guerra aquí sí y aquí no, por allá un poco, por allí mucho, y hay un tal Trump, pelirrojo algo desbocarrado (palabra de un idioma muy cachondo, muy antiguo, más que el castellano y el catalán, el aragonés, que en este barrio de Montemolín aún usan algunos abuelos o nietas nostálgicas de antaño)...

“Tuin, tuin. ‘El pato Donald era un desbocarrado’, me pone como ejemplo el diccionario demimente (creo que es ´de mi mente’, otra vez; nota del traductor) y quizá por eso lo sea ese Trump, que también se llama Donald.  Decíamos que ese Donald Trump, pelirrojo de lo más, parece que quiere venirse a este barrio para empezar una cruzada contra tres letras, la O, la M y la S, porque debió ser lingüista en sus tiempos juveniles y odiarlas por demás, y no le caen bien, o no las sabe pronunciar.  No sabemos qué podemos relacionar de la OMS con Federico Ladilla.  Me dicen ahora que la S es de Salud.  Casi todo el mundo confía en estos triletrados.  Los que entran en el ‘casi’ dicen que son una mafia, una camorra o una cosa nostra, que los tres términos vienen de Italia, otro destino estrella de Ladilla.

“Hemos olido a Federico, el virus, hace un rato y nos hemos puesto a buscarlo.  No sabemos distinguirlo bien de sus clones, pero el original, nos informan de la base, lleva una trompetilla más larga de color naranja y que se emborracha en estos momentos con dióxido de cloro, una mezcla milagrosa de sustancias raras de este planeta que no se sabe si mata o cura.  El colega 666, preguntado por ello, sonríe el muy cabrón y me deja en ascuas.  Pues igual me venía bien un chute de esto para soportar la fiebre de hoy, leñe, o coño.  666 se ríe y mueve la cabeza de arriba abajo.

 “Sigue el confinamiento.  Hay tres personas locas, o que se hacen las locas, y se han ofrecido a tirarse por el balcón, sin mascarilla, como ritual para proceder a la sanación completa del planeta.  Me dice 666 que es mentira, que son políticos y están haciendo campaña 2023, que los ha visto en el futuro.  Pero también me dice que cree que Federico puede estar detrás de esto, porque en su currículum, o el de sus hermanastros, se atribuye capacidades de influencia verborrágica y confabuladora en seres corruptos o asintomáticos (así lo dice). No, un momento; me habla de algo muy muy raro en nuestra galaxia:  “enfermos asintomáticos”, que deben ser tomates sin a..lgo, porque parece ser que vuelve el oxímoron.  Estos de la Tierras están sembraos (me río, me río mucho...).

“Tuin, tuin, ¡Federico!  ¡Federico Ladilla! ¡Federico Ladilla, el virus!, manifiéstate.  Esto decía la médium de la calle Belchite, Isidra Rodrigo Cenis, madre de la Pilar, del Goyete y del Antonio, el radiadores, que se conecta con ciertos señores grises o guacamayos para buscar desaparecidos que antaño buscaba un tal Paco Lobatón.  Nada, no se manifiesta Federico, aunque parece ser que un grupo de los que llaman político, grupo político, sí, que se manifiesta para tocar las pelotas, no sé si de tenis o pinpón.  De pinpón, me dice 666...  Nosotros no hemos visto manifestaciones, es más, hemos visto poca gente porque la gente anda en ese confinamiento en fases a modo de niveles en videojuegos que no entiende ni dios, mi dios tampoco, que es el gin tonic. 

“Está saliendo en una pantalla muy rudimentaria un tal Fernando Simón.  Me dice 666 que lleva un virus mutante, y que puede curar con las manos, pero prefiere ahora comunicar.  Me anticipa el copiloto que le van a dar varios premios, pero que antes le tirarán un par de huevos a la espalda.  El hombre, como buen maño (maño es algo parecido a ser de este barrio), no rebla (otro bonito palabro del aragonés que tendrá que mirar usted lo que significa, majo o maja) y, en el futuro, 666 lo ve sobrevivido, y una admiradora le regalará un servicio de peluquería cara para corte, peinado y afinamiento de cejas.

“Y hemos recibido noticias de Federico a través de una columna de antenas 5G, un punto álgido para el placer en la Tierra.  ‘No, no’, exclama jocoso 666, ‘sin el cinco’.  Así, que me digo: a través de unas columnas de antenas G.  Y se ríe bulliciosamente mi copiloto, y ya me carga un poco. Que es el 5G y el 5 se refiere a la 5ª generación de microondas, como las de los que calientan cómodamente la leche del desayuno.  Aclarado está. Como ese 5G todo lo ve, nos han localizado a Federico copulando en una alcantarilla con una bacteria, llamada de Koch, que debe ser el apellido de su marido...

“666 está saltando de contento, pero que muy contento, y sonríe, y se aprieta el vientre o las piernas que no tiene.  Salta, se quita la mascarilla, ha llevado mascarilla todo el rato, se salta el confinamiento y sale de la nave, se regodea del espacio vital, aspira el oxígeno (no le vale para nada, somos de otra especie) y no me responde a mi pregunta: ¿Pero qué te pasa, extraterrestre de Orión? Se ríe con una felicidad inusitada, como si le hubiera tocado la lotería o Bárbara Bach (era mi ídola cuando viví unos años por aquí para supervisar el viaje a la Luna).  Tiene ahogo y le digo si no será una señal de que Federico, el virus, está cerca.  Me dice que no, que Federico no causa ahogo, que lo que pasa es que...

Aquí habla el soldado de 1ª, Francho de Goya y Cajal, primo de Lorien Sender y Cajal, el que antes emitía el mensaje y que ha tenido un ataque de euforia y no puede seguir transcribiendo.  Finalizo yo el informe.

“Que lo que pasa es que la cópula de Federico con la señora de Koch, según me informa claramente 666, se llama cópula inversa, y en lugar de embarazar, esteriliza, y no sólo eso, aniquila por efluvio las emisiones clónicas de otros federicos ladillas, los virus, por lo cual, en menos de diez segundos, que es lo que dura Federico conectado a la bacteria (o bacilo en masculino), la Tierra quedará libre de su existencia y nos podemos volver... sin él.

Tuin tuin.  Y para que así conste en los anales del Ejército del Aire, firmamos y rubricamos por formato morse este informe,

el cabo Francho, y su primo,

el soldado de  1ª, Lorien... ambos de apellidos arriba consignados,

en un día tormentoso de junio de 2020.

 

Incluido en el libro colectivo Un tiempo fuera del tiempo, Editorial 8½, libros de cine. 2020

 

Poemas como hechizos

Poemas como hechizos

El 16 de noviembre del año pasado, subió a la luz mi abuela Dora.  Había nacido en el 36, a la vez que empezó la guerra civil española, pero ni ella la sufrió ni nos la nombró a los nietos en las narraciones de su vida, más llenas de anécdotas graciosas que de sufrimientos o letanías de culpa.

Podría decirse que mi abuela Dora fue una bruja.

Soy hijo de su hija menor, la que pudo heredar sus poderes, pero que ha preferido encauzarlos a una cosa que llaman reiki, que consiste en aliviar dolores y enfermedades con imposición de manos, como enfermera en la Seguridad Social, en cuidados intensivos del Hospital Miguel Servet.

Quiero contar en estas páginas una de sus aventuras, la que destapó mi curiosidad para hacer más preguntas sobre esa condición esotérica.  Anticipo que no tienen respuesta y que las sigo haciendo, por lo cual, si usted es persona avezada en este asunto, le ruego ya mismo que lea lo siguiente con esmero y, si le es posible, me haga llegar su opinión.  De no tener conocimientos en la materia, espero que le sirva para seguir investigando y así pueda entender mejor la primera frase de este relato.

Mi abuelo José, al que no conocí porque falleció unos años antes de nacer yo, aparece en esta historia allá por 1950, cuando conoció a mi abuela.  Vivían los dos en Zuera, un pueblo importante que está a unos 30 kilómetros de Zaragoza y a 125 del monasterio viejo de San Juan de la Peña.  Es importante este último dato.

Dora viene de Adoración y, según cuenta mi madre, el nombre le venía ‘al pelo’, porque era una mujer que se merecía ser adorada por su bondad y su ternura.  Quizá usted se pregunte por qué entonces he escrito antes que ‘podría decirse que mi abuela Dora fue una bruja’.  No quiero cambiar el calificativo, pero no era una bruja como la de los cuentos.  No practicaba magia negra ni hechizos ni sortilegios.  Ahora podría llamarla hada, hechicera, maga, nigromante o taumaturga.  Descarto sibila, vidente o adivinadora.  Me atrevería a aceptar alquimista.  No conozco detalles suficientes, pero me guío por la intuición sobre lo que mi madre cuenta, no mucho.  Era una bruja buena.

Tuvieron un noviazgo tradicional.  En aquellos tiempos, una pareja de adolescentes que se convertían en novios se ponía en el ojo del huracán de las comadres, y más en un pueblo, donde las habladurías corren como agua en río de montaña y, a falta de otros temas, configuraban el repertorio de los chismes que hoy nos ofrecen tan desvergonzadamente ciertos programas de televisión.  Entonces, un noviazgo tradicional suponía pasear juntos, tomar chocolate con bollos, quizá una copita de anís con rosquillas y alguna conversación a través de la ventana baja, con reja, por supuesto, después del atardecer.  Hacer otras cosas significaba ser la comidilla en esos círculos inquisidores.  Ser novios ‘como Dios manda’ tampoco significaba librarse de entrar en esas conversaciones, pero era más fácil encontrar defensoras que no permitieran contar mentiras, como se hacía con los ‘descastados’ para darle más ambiente a las tertulias.

Mis abuelos, ambos hijos de familias con posibles, que se decía entonces, es decir, con capacidad económica para evitar que los niños trabajaran antes de la edad correspondiente, pudieron estudiar hasta los catorce años, algo raro en esa época, y tuvieron una maestra que les enseñó a amar la poesía.

Mi abuela creía en la alquimia del amor —de ahí esa posible denominación de alquimista que he nombrado—, y además defendía que los mejores embrujos para enamorados podrían hacerse con poemas, ya fueran propios o ajenos. 

Se casaron con veintisiete años ambos.  Y disfrutaron de su luna de miel nada más terminar el convite de la boda.  Tenían reservado el hotel en Ansó, al Norte de Huesca esquina con Navarra, pero realizaron en el camino unas paradas algo especiales, sobre todo la del Monasterio de San Juan de la Peña.  Esta joya románica se alza cerca del Pirineo oriental aragonés.  Existen investigaciones que asignan a ese lugar cierto poder telúrico, como de conexión con otros mundos, un agujero de gusano.

De lo que he podido recordar de las historias que contaba mi abuela y lo que he sonsacado a mi madre, muy poco porque no le gusta hablar de estos temas, puedo escribir un relato de lo que ocurrió y que te deja con el gran estupor que he anticipado.

El vehículo del viaje fue un Seat 600-D, nuevecito, de las primeras unidades de ese modelo, regalo de mi bisabuelo Andrés a su hijo José.  El viaje se desarrolló en varias etapas.  Pero la primera parada ya empezó en Zuera, bajo el arco de la Mora.

Continuaron por una carretera poco habitual que transcurre algo más al Este que la nacional y que va a encontrarse en Ayerbe con una de las dos que unen a Jaca con Huesca.  Cerca de allí se produjo la siguiente parada, a las puertas de otra joya románica, el castillo de Loarre.  

Siguiendo esa ruta hacia la Peña Oroel, antes de llegar al puerto de Santa Bárbara, se alzan majestuosos los mallos, enormes rocas de gran altura, de Riglos.  Desviándose hacia su cumbre, existe una pequeña llanura desde donde se aprecia un paisaje extraordinario.  Allí fijaron la siguiente etapa del viaje.

Y con esas vistas, uno al otro se leyeron estos poemas, que mi madre finalmente accedió a darme, tras un interrogatorio bastante profundo en el que investigó sobre lo que sabía de mis abuelos:

 

Amor de trigo y mies, compañero en la ascensión,

te entrego sin apego mis caricias de luz y espigas,

vibro desde mi entraña sagrada hasta tu corazón enardecido

para prender la lumbre del hogar que ahora creamos.

Somos seres en el camino que la nada crea para nosotros

con el aura brillante del poder que nos otorga el cielo.

 

Alma serena que nunca duda en el sendero luminoso,

tengas como tuyo el aliento que ofrezco al Universo

para mirar ahora mismo lo que el futuro y el presente

son capaces de crear en este mismo punto de la Tierra,

donde el sol venturoso y la luna quieta ya no son distintos

porque brillan al unísono como nuestros cuerpos en la luz.

 

Ya has leído dos paradas en edificios laicos.  Esta última ocurrió entre enormidades naturales que elevan la consciencia del momento.  De ahí, pletóricos de pureza, se acercaron al agua del pantano de Santa María de la Peña, a su largo túnel, al puente colgante. Y repitieron el ritual, largo rato de meditación y cánticos de mantras, pegaditos a la orilla.

Según esa ruta, llegarían al monasterio por la sinuosa carretera que discurre entre árboles perennes que dotan de frescor y sonrisa al camino, quizá ya al caer de la noche —se casaron en diciembre, el 15—.  Hacía frío, me contó.  Se las arreglaron para entrar al edificio, vacío y solitario.  Iban a pasar ahí la noche, al mejor modo de los aspirantes a caballeros que velan las armas. 

Luna llena radiante.

En el claustro, en diagonal a la capilla, bajo un capitel con figuras diluidas, pronunciaron abrazados estos versos:

 

La luna como testigo mira en nosotros

la esencia humana y la esencia divina

para vivir en tu luz. ¡Sea el amor consagrado!

 

Repitieron tres veces a modo de conjuro. Después, en el silencio que sonaba a música, mi abuela se elevó hacia el cielo iluminado.  No es metáfora.

Despertaron al amanecer junto al tabernáculo del Santo Grial.

Me dice mi madre que mis abuelos santificaron el amor.

Me dice mi madre que el cuerpo de mi abuela Dora no está en el ataúd, nadie sabe cómo desapareció. 

 

Incluido en el libro colectivo Trobada, Imperium Ediciones, 2020

2121. La lección de ética - ¿Utopía?

2121. La lección de ética - ¿Utopía?

“Sólo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido.”

Ernesto Sabato en Antes del fin 

“Yo creo que todavía no es demasiado tarde para construir una utopía que nos permita compartir la tierra.”

Gabriel García Márquez en La mala hora 

 

 

Hace ahora 101 años, ocurrió un acontecimiento que provocó el giro paulatino para llegar hasta la organización social de hoy, con nuestra ética definidora de la forma de convivencia que mantenemos.

A lo largo de la historia, el ser humano ha vivido determinados sucesos de mayor o menor duración, generalmente con movimientos dolorosos, ya hayan sido bélicos, económicos o epidémicos, que causaron muertes en la población, y que han ocasionado impactos en el mundo.  El siglo XX es un punto de inflexión decisivo para marcar el futuro de la humanidad.  Acontecimientos clave como las dos guerras mundiales, la revolución rusa, el crack del 29, la creación de organizaciones supranacionales, la declaración de derechos humanos, los movimientos de 1968, la salida al espacio, la caída del muro de Berlín, la consolidación del capitalismo, incluso el extremado neoliberalismo como ideología predominante frente al comunismo, la aparición de grandes líderes mundiales que empujaron el cambio, el aumento del conocimiento científico y tecnológico que propició un flujo de información exponencial y una provisión abundante de necesidades...  Pero en pocos elencos del siglo aparece destacado un hecho que también podría marcar efemérides ahora y que coincidiría en conmemoración con el que indiqué al principio de la charla: la pandemia de gripe, llamada española, cuyos últimos casos se produjeron en 1920 desde el primero oficialmente reconocido en marzo de 1918.  Sabemos que ocasionó más de 80 millones de muertes, casi tres veces las de la primera guerra mundial, y tantas como en la segunda.  Analizaremos en el curso por qué considero este hecho de gran importancia y debatiremos por qué se neutralizó en su momento la iniciación que pudo proporcionar a la sociedad mundial.

Llegados a nuestro momento actual, hemos aprendido que cada hecho rezuma derivaciones o, más aún, núcleos de enseñanza, para variar las reglas de convivencia, siempre en torno a la ética.

─Profesor, ¿tan importante es la ética para nuestra sociedad?

La ética, como disciplina que estudia la moral, es decir, principios y prácticas que guíen nuestro comportamiento, nació en la Grecia clásica y desde entonces cada uno de los pensadores, estados y épocas le ha dado distinta importancia.  En nuestros días, como veis por el programa de la asignatura, ha descendido en su profundidad porque afortunadamente deja poco a poco de crear conflictos entre individuos y colectivo, al tener unificados los modelos de relación, y eso hace que descienda su necesidad y su interés. Antiguamente, esta afirmación causaría temor y decepción.  Ahora es motivo de alegría porque significa que no es cardinal.

El final del siglo XX vino cargado por un aluvión de anhelo y esperanza desde la caída del muro de Berlín en noviembre de 1989.  El fin de la guerra fría entre los dos vencedores de la segunda guerra mundial supuso quizá un nivel de expectativas mayor que el provocado por la revolución francesa para la burguesía del siglo XVIII.  Esos núcleos de enseñanza que he anticipado fueron vistos por seres preclaros que extendieron una línea de pensamiento aplicada desde 2025, y apoyándose en sus postulados surgieron diferentes teorías, con poca práctica inicial por lo que veremos en la introducción del siglo XXI, que acercaban esa ética a los principios emanados de ideologías y creencias espirituales, filosóficas y sociales, como la igualdad de derechos y oportunidades, la inclusión de los desfavorecidos, la participación en el gobierno y en la gestión de colectivos olvidados.

Aquellos avances que pudieron significar el afianzamiento de políticas destinadas a la solidaridad, o incluso fraternidad, reparto de bienes y estabilización social, se suspendieron con la crisis económica mundial de 2008.  Veinte años antes, la implantación de internet, que favoreció la divulgación y la comunicación, estaba provocando interacciones mundiales que derivaban en sentimientos de unión global, cortados de raíz al poco tiempo.  El miedo a la escasez fue inducido a través de simular la falta de sustento básico desde los países y clases sociales que lo habían conseguido de forma abundante.  Así se reprodujo la pobreza, con aumento de la desigualdad entre los estamentos.  

Y llegó la pandemia a fines de 2019, en el inicio de una recuperación económica que quedó así truncada.  Estudiaremos este hecho detenidamente en varias sesiones porque supone el inicio de la transformación que nos ha traído hasta donde estamos.  La que se conoce como la pandemia del COVID-19 provocó una conmoción mundial ideada por un grupo de poder.  Tardaron más de veinte años en salir a luz circunstancias dolorosas que se atisbaron en el momento.  No es tan importante ya, tras la evolución que ahora como humanidad podemos mostrar, la intención con la que se iniciaron, porque la gran novedad fue que, esta vez sí, el género humano adquirió un comportamiento ético común, precisamente impulsado por un afianzamiento en la unidad que los promotores de la pandemia querían destruir.  En la mayoría de países reinó el desconcierto porque se mezclaron informaciones volcadas por las redes al conocimiento global.  Algunos gobiernos aplicaron acciones controvertidas, tergiversaron datos y quisieron manipular los comportamientos de relación social.

La situación quebró la confianza en los gobernantes y en los líderes científicos, ya que se demostró que determinadas decisiones y actuaciones iban marcadas por la incapacidad, por el temor o por la manipulación, girando en torno a repercusiones que finalmente los colectivos, la ciudadanía en sí, no asumieron en cuanto pudo descubrirse esa intención preponderante, en franca oposición ética a las directrices más profundas que la naturaleza humana contiene, como se ha corroborado desde entonces.

Fue francamente estimulante el desarrollo que se produjo, basado en el poder de la comunicación y la solidaridad entre pueblos que, antaño, con una menor posibilidad de interacción organizativa, después de sucesos con derivaciones para el aprendizaje: las guerras, las crisis económicas, o aquellas pandemias como la de 1918, regresaron a sistemas de creencias que seguían potenciando el individualismo, el consumismo y el abuso de recursos naturales, todo ello provocado por un ocultamiento de tecnologías y aplicaciones que hoy, sin embargo, podemos mostrar con orgullo como un logro que nos lleva a esta unidad mundial que mantenemos sin peligro y con una solidez basada en aquellos valores que con la declaración de derechos humanos se marcaron a mitad del siglo XX.

En la pandemia del COVID-19, los gobiernos iniciaron acciones de confinamiento de las personas, prohibieron los movimientos de población, pretendieron censurar fuentes de información y establecieron estrategias comunicativas tendentes a confundir.  Desde que se desmontaron, las sensaciones vividas despertaron acciones multitudinarias que condujeron a que los gobernantes incapaces o corruptos cesaran en sus puestos y dejaran paso a nuevas generaciones que quisieron liderar ese inicio o, como algunos llamaron, la vuelta a los orígenes de los derechos naturales del ser humano.

Surgieron nuevas teorías filantrópicas, que se basaron en los grandes pensamientos anteriores que nunca llegaron a aplicarse en ninguna sociedad.  Se apeló a las utopías y se recuperó la creencia en la espiritualidad sin vestimentas religiosas, con base en el desarrollo de verdades escondidas cuyo ocultamiento impedía el crecimiento de la humanidad hacia determinadas creaciones que las propias utopías, desde lo filosófico o lo religioso, habían presentado como alternativa al individualismo, a la competición, al belicismo y a la agresión al planeta.

Podríamos establecer los aspectos que fueron provocando el advenimiento de nuestra organización, como fueron las nuevas formas de generar energía, sencillas y saludables, el descubrimiento del origen de las enfermedades, la comprensión de la naturaleza del cuerpo humano que implicó la investigación y desarrollo de una alimentación alternativa sostenible y solidaria, las potencialidades físicas y mentales de las personas que proporcionaron avances hasta entonces considerados de imposible aplicación, como por ejemplo los desplazamientos sin consumo energético y la comunicación sin emisiones electromagnéticas de alta vibración.

La organización social evolucionó hacia la gobernanza mundial de hoy sin necesidad de generar violencia, sino debates ilustradores de la voluntad de acuerdo, que enseñamos como base de fijación del comportamiento.  Ha desaparecido lo que se conoció como delincuencia, y el abuso de poder queda en libros antiguos para un estudio exclusivo de lo que tuvo que superar la humanidad.

Pero ¿por qué no se pudo llegar antes a este entendimiento? Es difícil de comprender desde los paradigmas que regían en el año 2020, aunque existían voluntarismos desde ciertos colectivos como las organizaciones ecologistas.  Las teorías filosóficas que ya habían empezado a declinar, los métodos arcaicos de educación o la inculcación de creencias de lucha de clases por la supervivencia, habían provocado que los avances divisados quedaran siempre hundidos por dos tendencias inevitables, el deseo de posesión y la supervivencia a costa del semejante, basados en un individualismo feroz.  Recordad, alumnos, estos conceptos, porque son el fundamento que estudiaremos en ejercicios prácticos.

No obstante, la esencia del ser humano mostraba una demanda natural sustentada en la unión y en la solidaridad.  Existían creencias, consolidadas por ideologías confiantes en el ser humano, que presentaban una futura evolución hacia sociedades paradisíacas, utópicas, en el concepto creado por Tomás Moro. Sin embargo, el selectivo acceso a los recursos para la supervivencia física provocaba que su propiedad generara distorsión de esas ideologías, dejándolas en irrealizables para volver al estado más animal del ser humano: agredir o protegerse anulando al otro, mediante la identificación en símbolos colectivos de diferenciación, siempre encubiertos por vitolas de unidad frente al enemigo.

─Pero, profesor, ¿cómo fue posible aplicar lo que durante más de dos mil años solamente se había definido en los libros?

No es así exactamente.  No podemos concluir que la sociedad de Platón era la misma que la de dos mis trescientos años después.  Existieron avances importantes que resultaban imposibles de detener.  Hubo levantamientos que, por varias razones, obtuvieron éxito en sus reivindicaciones y lograron aplicar prácticas que iban igualando en el trato a las diversas escalas sociales.  Pero es cierto, las teorías del tenor utópico que he citado no se aplicaban en su ideario completo.  Así, la única explicación plausible para el avance que hasta hoy hemos obtenido es el nuevo modelo para la evolución de la conciencia que estudiaremos pormenorizadamente en los tres cursos que nos restan juntos.

La conciencia evolucionó hacia dos conceptos que pueden entenderse como uno solo: la compasión y la unidad.  Estos pensamientos ─o mejor expresado, estos sentimientos, ya que desde aquel momento la razón dejó de ser prioritaria porque se fueron descubriendo las bases de la configuración humana que radican no en el raciocinio mental, sino en la intuición real trabajada desde los aspectos orgánicos que conocéis sobradamente─... como decía, estos sentimientos, existentes en cada vez mayor número de habitantes en este mundo, favorecieron esa extensión tan inesperada y rápida de los aspectos esenciales en la evolución de la convivencia.  La compasión, entendida como acompañamiento del otro en las dificultades de su crecimiento, lleva directa e ineludiblemente a la unidad, por lo cual no es necesario ejercer represión ni gobierno ultrajante para dirigir la comunidad en esa meta común: el bienestar basado en la fraternidad, expresión que hace cien años hubiera sido despreciada, precisamente por utópica... y no faltaría razón, porque el nivel de conciencia humana, como suma de las conciencias de todos los individuos, no era apenas suficiente para iniciar la gran transformación.  Hoy, la respetamos, la valoramos y trabajamos sobre ella para su elevación. Hoy podemos aplicar aquellas prácticas filantrópicas de la solidaridad en la igualdad porque nadie necesita del otro para su sustento material, sino que en su búsqueda encuentra la compañía para hacer feliz su vida.

Es el amor en sí.

Incluido en Alarma, libro de relatos de varios autores, Imperium Ediciones, 2020

...cuando pierdes el miedo

...cuando pierdes el miedo

Mis padres nunca habían disfrutado de unas vaca­ciones largas.  En ese verano de 1978, con los últimos coletazos de la institución franquista de Educación y Descanso, mi madre consiguió unas plazas en un hotel de Lloret de Mar para toda la familia durante dos se­manas. 

En septiembre de ese año, se estrenaría en España la película “Grease”, con John Travolta y Olivia Newton John, que se convirtió en emblema de nuestra genera­ción y  a mí me evocó el amor de aquel verano, De­nisse.

En los aledaños de la piscina, nos fuimos cono­ciendo  quienes íbamos a compartir aquellas dos semanas, unos chavales que planeamos algunos diverti­mentos sin el control de los padres y en horarios noc­turnos.

Las leyes tácitas de mi pandilla en Zaragoza, y que por lealtad también quise cumplir allende sus fronte­ras, observa­ban que sus miembros debían dedicarse a la seducción femenina con alta diligencia, consi­guiendo el mérito en fun­ción del número de conquis­tas y del nivel de exploración obtenido en ese territo­rio ajeno.  Pero no me atraía ninguna de las chicas del hotel y ellas no mostraban especial inclina­ción a de­jarse seducir. 

En la segunda noche, unos diez o doce jovenzanos nos dirigimos a una de las discotecas incluidas en la planificación.  Mis compañeros y yo coincidíamos poco en intención de ligoteos, así que me dispuse a observar la situación en solita­rio desde una esquina discreta de la barra.   

Llegó una pareja mayor, de unos treinta años.  Algo más atrás, apareció una muchacha morena, de fino perfil y melena larga, que les seguía callada y seria, como si no quisiera molestar a quienes acompa­ñaba.

La discoteca comenzó a llenarse en poco tiempo.  Pasé bastante rato sentado en la silla alta de la barra, observando como cazador templado.  La pareja con­versaba animada; la chica morena, grave y silenciosa, se había apartado ligera­mente y, con las piernas cru­zadas —llevaba un pantalón muy corto que dejaba al descubierto una piel bronceada— y un vaso largo en las manos, espalda estirada, el cabello sobre los hombros, miraba al frente entornando los ojos para per­derse en sus mundos interiores.  La veía de costado.

Pasó más de una hora hasta que apagaron las lu­ces blancas, desconectaron los focos intermitentes, encendieron los fluorescentes de neón morado y cam­biaron el ritmo de la música para incitar al baile de con­tacto.

Ellos salieron a la pista.  Ella se quedó sola, en igual postura.  Declinó varias peticiones para bailar.  Seguí fijado en su perfil.

Al cabo de unos minutos, me acerqué hasta su sofá.  En esos pasos, medité en cómo pedirle que sa­liera a bailar con­migo… y no acertaba a encontrar pa­labras para formar una frase original que pudiera atra­erla.  Me senté cerca de ella.  Sólo dije:

—¡Hola!

—Salut.

—Est-tu française? —le pregunté con mi manejo idiomático pretendidamente correctísimo.

—No, malagueña —me desarboló con otra media sonrisa apartando la mirada de mi rostro para devol­verla a la pista.

No hubo baile y sí una larga charla, donde ella, con una voz cadenciosa, un tono melódico y envolvente, sin deje alguno, habló de sí misma mientras me iba que­dando pren­dado de sus muslos, de su escote, de sus ojos profundos y tristes, de sus labios…

Su padre se llamaba Ramón, emigrante desde hacía veinte años en Suiza, en la Romandía, su parte francófona, adonde también se llevó su familia: mujer, una hija y otra que nació allí, Denisse, ella.  Provenían de un pueblecito mala­gueño del interior. 

Y qué pechos tan preciosos adivinaba.

Era el primer verano de sus vacaciones que pasaba fuera de tierras andaluzas.  Aquella pareja eran su hermana y su cuñado, bajo cuya tutela había llegado a la Costa Brava por primera vez separada de su padre.  Su padre.

Cuando sus hermanos regresaron al sofá, me sa­ludaron cómplices y se apartaron a un costado.  Por instantes, noté que Denisse quiso que estuvieran más cerca de ella, y no por miedo hacia mí.  Nos despedi­mos sin citarnos expresamente para otro día, después de varias horas de charla. 

Aquel verano cobró hechizo desde ese mismo ins­tante en que la perdí de vista mientras subía por las escaleras hacia la salida. Denisse y yo, citados en la discoteca cada noche, apurábamos las horas hasta el amanecer. 

Los amores de verano se anclan en el recuerdo con bon­dad.  Denisse llenó mis noches durante algu­nos meses inme­diatos y en varias madrugadas a lo le­jos; en la inmediatez porque unir amor y dolor es una experiencia más intensa en los inicios de la juventud, tan ingenua; y en la lejanía porque su historia personal pasó a convertirse en un relato menos esporádico de lo deseado… y aún lloro al recordarlo.

En una de las noches, decidimos aventurarnos en la playa toda la pandilla del hotel con un muchacho recién lle­gado, tímido, de mirada inquietante, para vivir una sesión extraña alrededor de una hoguera como centro de un ritual casi mágico. 

Nos colocamos en círculo sentados sobre la arena con las piernas cruzadas a modo de posición medita­tiva.  Recita­mos varios mantras en voz alta. El rumor de las olas se mez­claba con el aroma de la madera quemada, con el crepitar del fuego y con las caricias de una brisa dulce.

—Tu cuerpo es ligero ahora.  Respira, respira, res­pira.  Aleja los pensamientos y escucha el entorno, que tu mente se calme y se aparte.

Carlos, el maestro de ceremonias, después de unos ins­tantes en silencio, nos dirigió en un viaje al interior en busca de algún tesoro perdido.

—Entra en ti y permanece.  Es tu esencia, tu ser.  Consúltale y te hablará, te enseñará a eliminar el sufri­miento y a superar el dolor.

Se levantó.  Caminó por fuera del círculo dete­niéndose unos segundos junto a cada uno de nosotros.  Cuando se colocó tras de mí, sentí algo extraño en la espalda.  Después del rodeo completo, entró en el círculo y realizó el mismo re­corrido, ahora arrodillán­dose y tomando las manos de quien le quedaba en­frente.  Denisse y yo quedábamos los últimos y espe­ramos pacientes.

En ese momento del tacto, recibí un sentimiento de negrura, fuerte y duro, que se convertía en gris, blanco y luz total hasta que solté sus manos.

—Trabajarás y vencerás —me dijo Carlos al oído.

Pasó a colocarse enfrente de Denisse.  La miró fi­jamente más tiempo que a los demás, sonrió y le pasó las manos cerca del cabello sin tocarlo.  Susurraba al­gunas palabras, o cantos, o sonidos que no distinguía desde mi posición.  Colocó sus palmas bajo las palmas de ella. 

Denisse comenzó a llorar.  Carlos mantuvo su pos­tura y su oración.  Pasaron varios minutos en los que el susurro de Carlos se llenaba con sonidos de mar y viento, brisa de mis­terio y dolor, que parecía repetir quejidos del alma… El rostro de Denisse se fue ajando, apretaba los párpados, gesticulaba llena de angustia mientras le nacían lágrimas que llegaban hasta la comisura de su boca.  En eternos instantes, su cuerpo comenzó a moverse en esos cortos latigazos de quien no puede soportar la congoja.  Lloró más amargo… y se derrumbó.

Denisse dobló su cuerpo y cayó sobre un costado hasta quedar en posición fetal.  Llena de convulsiones por su sollozo angustioso, nos transmitía el padeci­miento desde la entraña.  Nadie nos habíamos movido, a pesar de varios amagos para acercarnos a ella.  Carlos permanecía imperté­rrito en su postura, quizá más concentrado en su plegaria. La luna se ocultó tras una nube.

Al fin, Carlos abrió los ojos.  Nos miró uno a uno y de­tuvo su atención en mí.

—Abrázala.  Tú puedes consolarla.

Y a los demás…

—Vámonos.  Ella debe vivirlo así.

En silencio, con los rostros encogidos, los brazos cruza­dos bajo el pecho apretando para soportar esa amargura ajena, se fueron levantando en silencio y me quedé solo con Denisse en un inmenso mar de compa­sión.

Me senté junto a ella y dudé si abrazarla.  Le acari­cié el cabello, luego su rostro.  Seguía temblando con los ojos cerrados.  Pasé un tiempo desconcertado, podían haber sido segundos u horas, mientras su dolor se iba incrustando en mi pecho.  Desmarañó su posi­ción y se irguió levemente:

—Protégeme —suplicó mientras se acercaba a mi regazo.

Se recostó sobre mis muslos —yo estaba de rodi­llas, sentado sobre mis talones—, rodeando mi torso con sus manos.  Sentía su cuerpo sobre mí, su respira­ción, sus lati­dos, sus jadeos.  Apoyó su cara de lado y su melena caía hasta el suelo.

—No sé qué siento —me confesó varios minutos después.

—Háblame —le rogué.

Su temblor iba cediendo y aparentaba menos per­turba­ción.  Me besaba en los brazos.

Se separó de mí para colocarse de frente, sentada, con las piernas cruzadas.  Colocó sus manos en las ro­dillas y detrás de ella, a lo lejos, se encendió un foco que oscureció su imagen y le dio un perfil de Shiva.  Le quise ver una tímida sonrisa:

—Colócate así como yo, por favor.

Obedecí su ruego y vino hacia mí dándose la vuelta para sentarse en el hueco que dejaban mis pier­nas.  Era menuda.  Recostó su cabeza sobre mi hombro y recibí el aroma de su cabello.

—Dame calor… calor.

La rodeé con mis brazos sobre sus brazos, que se cruza­ban en su cintura.  Atraje su cuerpo hacia mí.

—No sé lo que siento… Es frustración… humilla­ción… asco… vacío interior… me duele, me hiere como el hielo y me siento sucia.

—¿Qué te ha ocurrido con Carlos?

Sus manos sujetaron su vientre con más fuerza.

—El dolor como castigo, o como prueba…

Mantenía la voz melódica, apenas podía percibirse duda o temor, hablaba para sí.

—Quería ver y era imposible, todo oscuridad, muy oscuro, cerrado.  Primero he sentido vacío, soledad, estaba muy sola en una habitación, creo que era una habitación, y me resul­taba familiar.  ¡Qué angustia!  Algo iba a pasar, algo inevitable y lleno de dolor. Y yo sabía lo que era, lo estaba esperando con miedo.

Poco a poco, quebraba las palabras.

—Me pareció que algo, o alguien, me tocaba, me invadía… sin poder rechazarlo, sin poder controlarlo, quizá manos, piel, cabello, mi cuerpo aprisionado, ocupado…  fue largo, muy largo, y me quería escapar, me salía de mi cuerpo, pero seguía sintiendo un domi­nio que por obligación tenía que aceptar… y creía verlo desde fuera de mí, como siendo otra persona, no estaba muerta, mi cuerpo se movía, pero mi alma se había deshecho de la prisión corporal…

Apretaba más y más sus brazos y se pegaba más a mí, buscando protección.  Se enfriaba de nuevo su piel.  Se encogía.

—Alguien, una presencia, otra que no era la que me tocaba, me pedía que regresara al cuerpo, que no debía estar fuera… era necesario vivir el dolor… nece­sario.

Volvió a llorar amargamente, en silencio, con un desgarro que me transmitía con cada movimiento suyo adelante y atrás, como si fuera un péndulo buscando el equilibrio.  A veces, giraba su rostro y me besaba en el cuello.

La oscilación iba siendo más queda; los hipidos, más separados; la presión, más suave… regresaba el calor a su piel.

—En algunas noches, sobre todo las de invierno, las más frías y oscuras, me he sentido igual, con la an­gustia hacién­dome daño.

Habló ahora más calmada, sabiendo lo que decía en cada frase, deseando soltar un lastre que había sido remo­vido por las visiones con Carlos.

—Destrozaba las almohadas, las mojaba con lágri­mas, saliva y desconsuelo.  Quería fundirme con las sábanas, con el colchón, con cualquier cosa que pu­diera compartir algo mío para desaparecer y no volver nunca más.  Estaba sola, per­dida en el mundo oscuro que hoy he vuelto a sufrir.  Pero, ¿sabes?... algo me querían decir a través de las manos de Carlos, un men­saje de misión, de prueba o liberación, o de todo esto a la vez.  Siento una reparación de mi alma, ali­vio…. No sé lo que es.

Fue tomando volumen con cada frase, regresó a su cuerpo de mujer.  Se acurrucó más en mí, ahora con deseo de tacto igual a igual, intercambio de vida o energía.  Entendí que estaba llenándome de agradeci­miento, ya era la Denisse de antes.  

Giró su rostro para mirarme desde mi pecho.  En­trecerró los párpados, sus pestañas se cruzaban frente a sus pupilas.  Llevó mis manos al nacimiento de sus pechos y alargó el cue­llo para alcanzar mis labios con los suyos, tacto que saboreé con mis ojos cerrados en un ejercicio de liberación convertido en deseo.  Largo beso.

Bajé mi mano a su ombligo, a su pubis…

—No, por favor.

En un instante, volvió a mi piel la sensación de su piel fría, encogió su cuerpo contra el mío para tomar impulso y salir de mi abrazo con un gemido rasgado.

A las diez de la noche siguiente, había quedado en llamar a Julián, miembro destacado de mi pandilla, para comentar las proezas logradas en mi verano de seductor.

—¿A que has dejado bien alto el pabellón de Mon­temolín?

—Como no podía ser de otra manera —le contesté algo fingido.

—Cuenta, cuenta.  ¿Han sido suecas o francesas?

—De ninguna de las dos, pero variadas.  Una holandesa que se llama Karen, y otra alemana… que me pareció enten­der que se llamaba Helen o Marlene, yo qué sé.

—¡Qué cabrón!  Dices ‘me pareció entender’…  ¿qué pasa, que sólo gritaba?

—Impresionante la chavala, oye, todo un portento, y no se privaba de nada.

—¿De nada?  ¿No me digas que tuviste de todo?  ¿Te la follaste?

—Tres veces.

—¡Y una mierda!

—Tres, tres…  Con la holandesa cayeron dos, pero hoy vuelvo a quedar con ella.

—Joder, qué envidia, macho.  Cuando vuelvas, tie­nes que contárnoslo de pe a pa.

—Por supuesto que sí.  Os quedaréis con la boca abierta.

Nada más colgar —había llamado desde una cabina cer­cana al hotel—, sin esperar a mis compañeros, salí como una bala para encontrarme con Denisse. 

—¿Has dormido bien? —me preguntó.

—Cuatro horas en la playa, tres en la siesta.

—Yo no he podido dormir… y aún me parece que sigo soñando…  Si te parece, hoy no entramos y nos vamos a pasear por el pueblo, ¿quieres?

Asentí cogiéndole la mano y saliendo a la acera con ella.

Caminamos en silencio por largo tiempo, dos, tres horas… mirándonos de vez en cuando, sonriendo o cabiz­bajos, deseosos o distantes, simpáticos o tacitur­nos, obser­vando luces, escaparates, individuos, autos, motos, parejas…  Dejamos atrás el paseo y continua­mos por los caminos sobre los acantilados que rodean las calas, casi sin luces, con soni­dos lejanos de cancio­nes y una luna burlona que nos ampa­raba.

—Tengo que contarte algo.  Es necesario —habló Denisse.

Preferí esperar en silencio a su revelación.

Seguimos caminando unos metros más con su cuerpo más pegado al mío.

—Ven, siéntate aquí.

A nuestra izquierda se alzaba una roca baja sobre la que me senté.  Detrás, algunos arbustos delimitaban el comienzo de un bosque de pinos altos.  Repetimos postura de la noche anterior, ella de espaldas a mí, ahora más alzada, recostada sobre mi pecho, mis bra­zos rodeando su torso.

Comenzó a hablar pausadamente, dirigiéndose hacia el infinito, con su armonía delicada, que ahora sonaba a vibración de viola.

—No recuerdo la primera vez. Supongo que habría más antes, no sé.  Su voz recia, sus manos callosas, las veo ahora, cada uno de sus dedos, las uñas, las cicatri­ces.  En su mano derecha, la falange superior del dedo corazón tiene tres pliegues muy profundos… en las otras hay más, cuatro muy marcadas y una quinta más fina, y podría decirte la cantidad de cada uno, cuatro en el meñique izquierdo… y pelos negros en el dorso de los dedos, en el dorso de la mano.  Al otro lado de cada nudillo, bajo cada dedo, en la mano derecha tiene cuatro callos grandes y uno más pequeño.  Según la época del año, están más abiertos o más cerrados… creo que depende de que sea tiempo de descarga en la fábrica, cuando llega el material y le toca hacer de peón.

Miraba sus manos, la palma y el dorso, abría y ce­rraba los dedos, los doblaba sin llegar a hacer puño, se las tocaba por un lado y otro.

—Podía ocurrir a cualquier hora porque trabaja a turnos.   Normalmente, se me acercaba cuando no había nadie más en casa o dormían, aunque también nos bajábamos al garaje.  Recuerdo los sonidos de sus movimientos, los pasos, el roce de su camisa, su respi­ración a distintos ritmos, nunca lo miraba a la cara, me daba vergüenza y agachaba la vista, a veces la cabeza, y casi siempre con ternura, o así quería entenderlo yo, sobre todo al principio, me acariciaba el cabe­llo, me lo desenredaba.

Hacía pausas, tragaba saliva… miraba al frente, al mar, a la luna, suspiraba y apretaba mis manos, espe­cialmente cuando empezó a contarme esto:

—A lo largo de los años fue cambiando sus cos­tumbres conmigo.  Al principio, era rutinario, me qui­taba algo de ropa y hacía movimientos que no quería que yo viera. Me rozaba un poco, sonreía.  Eso pasaba en mi dormitorio, se sentaba en mi cama, cuando des­pués de cenar me llevaba a la habita­ción, antes de que viniera mi hermana, que, al ser mayor, se acostaba más tarde.  Me tocaba con una mano por encima de la ropa interior, luego ya por debajo…

Cerró las piernas en un gesto reflejo.  De inme­diato, las separó y relajó los músculos.  Siguió hablando serena.

—En algunas temporadas venía más seguido, aun­que nunca fue muy continuado, incluso pudo pasar más de un mes sin que viniera a mi cuarto.  Me decía que era un secreto que no teníamos que contar a nadie, que era un juego nuevo, jugar a tocarnos… y entonces me pidió que le tocara.  Había cumplido los diez años… Me pidió que le tocara.  En las pri­meras veces, sacaba él su miembro, después me pedía que se lo sacara yo, bajando solamente la cremallera, no se des­nudó nunca, y me acompañaba la mano en su mo­vimiento.  Nada más terminar, se tapaba enseguida y se iba sin despe­dirse, apagaba la luz y cerraba la puerta del dormitorio.  Al cumplir los doce, más o menos, em­pecé a enterarme de lo que me estaba haciendo y tuve un miedo atroz, me sentía atrapada, porque era siem­pre muy cariñoso conmigo, me trataba como un buen padre, hablábamos de nuestras cosas delante de todos o en privado, pero sin sacar este tema, por supuesto, que ocurría sin palabras, sólo con actos, con tac­tos, con manoseos cada vez más internos, más invasivos, con más instinto animal.

Calló durante un largo rato para relajarse de nuevo.

—Me comenzó a llevar al garaje, en algunas oca­siones a una cueva cerca de casa, vivíamos algo a las afueras, una cueva en un bosque cuya entrada tapaba con ramas cuando entrábamos.  Ahí me pedía que me desnudara toda y que me mostrara delante de él.  En­cendía una linterna y llevaba el foco por todo mi cuerpo… después se levantaba y venía hacia mí para abrazarme por detrás… y me tocaba los pechos, el vientre, el pubis.

Se arqueó muy tensa… y llevó sus manos a los pe­chos, al vientre, al pubis.  Mientras ella se acariciaba, iba soltando la tensión… Devolvió sus manos a mis manos.

Siguió contándome lentamente, con detalle, lo que su padre le siguió obligando a hacer, más duro, más perverso…

—Hace tres meses que vivo con mi hermana.  Ella no sabe nada de lo que te cuento, pero lo intuye, lo veo en sus ojos.  Un día me marché, diciéndole a mi madre que necesi­taba estudiar diseño, una carrera que no existe en nuestra ciudad y sí en Grenoble, donde vive Malena con su marido desde que se casaron.  Dije que era necesario que estudiara el bachiller en deter­minado instituto para poder acceder más fácil.  Lo hablé un día en la cena.  Los dos callaron y asintie­ron.  Mi hermana me recibió sin pedirme explicaciones.  Creo que su marido también lo sabe, hoy lo sabes tú.

Sujetó fuerte sus manos a las mías.

—Hace tres meses, entró en mi habitación, me rompió la ropa, me obligó a arrodillarme de espaldas a él y me violó…  Me tapaba la boca, aunque no habría gritado…  En ese mismo instante, decidí que era la última vez.

Tras unos segundos en un abrazo intenso, me llevó detrás de la roca donde habíamos permanecido sentados.  Me hizo acostarme sobre el suelo, me des­nudó, se sentó sobre mí, me tomó de las manos y me hizo el amor.

—Empiezas a ganar la libertad… cuando pierdes el miedo.

La estalagmita

La estalagmita

Veo su número en la pantalla, ni siquiera la tengo registrada en la lista de contactos, ojalá se olvidara de mí.  Respondería a su llamada si la recordara envuelta en cualquier rol que no fuera lujuria o dominación.  Se llama Amor, qué ironía, lo que le falta, la guinda que podría atraparme por los siglos de los siglos como una posesión que ni un hechicero podría deshacer.

Comienza por mi cuello, siempre mi cuello, a modo de vampiresa que primeramente me saca el alma por donde no puedo evitarlo.  Sus labios, ligeramente acompañados por sus dientes, se pasean sobre mi yugular, que vibra potente al son de su atracción y mi deseo.

La conocí en un viaje a la profundidad de unas cuevas en los picos de Europa, donde vive.  Morena azabache, la Preciosa de Cervantes o la Dorothy de Lynch… una pulgada más alta que yo, lo suficiente para mirarme desde arriba y rociarse sobre mí en cada parpadeo.

Siento ahora sus besos bajo mis lóbulos, aspira más, sorbe el último gramo que queda de mi aliento fuera de mi cuerpo, y  su cuerpo arqueado se amolda al mío y baila una danza siniestra y sensual.

Se quedó atrás en la reata de visitantes, junto a mí.  Me retrasó en el caminar y se volvió hacia mí.  Le daba la luz desde un foco alto que su melena me tapaba y sólo veía un perfil y escuchaba su aliento.  Me apoyé en una estalagmita húmeda. Se acercó cimbreándose adelante.

 Sus dedos como artesanos de un arpa se van incrustando en mi dorso, gana y se apodera de mis movimientos, los maneja mientras susurra ‘eres mío’, como mandato que me hace vibrar en imán.

Desde que me besó en aquella cueva de claroscuros, metida en supremacía, dividió mi voluntad en cien migajas que me iba dejando utilizar a su antojo.  Visitamos cinco cuevas más, entre Asturias y Gerona.  Se ciñó a mí con la fuerza de la oscuridad que atrapábamos en cada descenso.  Ni una pizca de luz pudo despegarme y soñé con el amor.

Y se llena de fluidos mientras su palpitar me hipnotiza.  Se preocupa de llevar mi mano hacia la fuente de su placer mientras brota lentamente la miel que me obligará a probar.  No se separa de mí.  Nunca… siempre algo de su aura conmigo para mantener vivo el embrujo.

Acepté su compañía igual que quien acepta al sicario que le asesinará nada más suene un campanazo oculto… pero radiante de amor, inundado de la esencia que su nombre me transmitía cada vez que osaba nombrarla cuando nuestros cuerpos, el mío sin alma, se unían al frenesí: Amor, Amor, Amor.

Me deja tomar el mando y busco ríos escondidos por donde saciar mi sed o ese camino para recibir o entregar.  Sus pezones largos, oscuros, cálidos, de madre nutriente de los sentimientos que sirven para toda la vida, incluso acabada, como ahora siento.  Absorbo, me lleno de existencia a través de sus pechos que manan para mí. Mis manos abajo de su dorso, de donde la agarro y la abro como rajando un cordero pascual.  Su fuerza me pide más fuerza, pero aún no.

 Vuelve a sonar su llamada. He dejado mi teléfono en la mesita.  Sentado en la esquina del sofá, moviéndome adelante y atrás con los brazos cruzados sobre mis muslos, contra mi vientre, miro angustiado la pantalla.  No hay sonido, sólo vibra y retumba.  Cierro los ojos, pero está.

Se llena de mí con un hambre atroz, devora mis esquinas sin piedad y va dejando huella húmeda en cada lugar por donde cruje mi deseo.  Engulle cada pliegue y por fin llega al territorio viril que quiere poseer.  Se detiene para mirarme desde abajo.  Me mira con una sonrisa blanca y negra que maneja como una diosa amada o herida. Soy incapaz de decirle que abra los labios sobre la efervescencia porque prefiero sentir todo su rostro atrapándome, sus manos pegadas a mis caderas para traspasarme su fuego.

He querido desengancharme de su dolor, el que busca paliar con su hegemonía y que me traspasa sin compasión ni ternura.  Dejaré de ser suyo si aprendo a vivir con ella a mi lado en silencio.  Pero sus manos hablan, su carne habla, sus ojos hablan y segrega fluidos que se convierten en vapor para embaucarme en su hechizo.

Consigo entrar en ella sintiendo solo dentro de mí para olvidar, le sujeto las manos al suelo y bandeo mi cuerpo sabiendo que puedo caer derrotado.  Lucho contra ella, Amor.  Y comienza a suplicar.  Se descarna.  Aprieta los dientes queriendo evitar la capitulación.  Enlazo mis piernas con las suyas para sujetarla aún más.  La domino mientras empujo.  A la vez aspira y suspira.  Quiere gritar y no puede porque si no, se le escapará la única fuerza que me une a ella.  Cada vez me muevo con más delirio.  Contengo el jadeo, la miro ya con poder; revienta; me derramo sobre ella sin soltarle las manos ni las piernas; se agita; expira.

No vibra. La pantalla se ha apagado.  Me alargo sobre el respaldo del sofá, los brazos estirados y una sonrisa de liberación eriza mi albedrío.

Adiós,  Amor.

(publicado en la Revista Imán, de la Asociación Aragonesa de Escritores, núm. 19, noviembre 2018))

https://revistaiman.es/la-estalagmita/ 

Antes de vivir (en Relatos de 90 segundos)

Antes de vivir (en Relatos de 90 segundos)

(Incluido en el libro Relatos de 90 segundos, noviembre de 2018. La Fragua del Trovador)

Acabo de encontrar un recodo en la ribera y unas grandes ramas me ocultan del ataque.  Estoy solo.  Muy solo.   Cada piedra del camino que he seguido por la orilla ha dejado puyazos en mi piel. Necesito más amparo.  Más para un alma rota por un rayo….  Ojalá pudiera huir, que desaparezca el nudo de mis tripas, el horror sobre las uñas y la saliva enmohecida de mis labios. 

En el suelo, rompía ella un círculo de sangre oscura al lado de mi libro de matemáticas.  Ella era mi madre.  Aún estará allí. 

Ahora crecen las aguas.  Me recuesto sobre las piedras para buscar algo de cielo a través de los resquicios.  Resquicios de amor.  La cruz del puente se desliza, se ríe de las aguas que han pasado por mi lado, me señala con un brazo de su travesaño y dispara otro rayo que vuelve a matar mi alma. 

Ella era mi madre. Él era mi padre.  En su dormitorio, la cama estaba deshecha por un lado, el que no tenía sangre.

Antes de que me diera la vuelta, el cuchillo atravesó su corazón.

http://www.lafraguadeltrovador.com/