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Libro I - Arañazos, Presentación de Eva Esquivel

Libro I - Arañazos, Presentación de Eva Esquivel

Palabras de Eva Esquivel en la presentación de “Epistolario de un oficinista”

19/11/94, 19:30

Fundación del Banco Caseros

Valentín Gómez 4726 – Caseros (Buenos Aires)

 

Normalmente, cuando los escritores vamos a presentar nuestro libro, llamamos a otro escritor, o a varios, de los cuales somos amigos y de cuyo afecto no nos cabe ninguna duda, para que se despachen a gusto con las loas pertinentes y hagan la vista gorda con los defectos que pudieran encontrar.  A lo sumo, podemos permitirles sin ofendernos que señalen uno o dos errorcillos menores, sobre todo si los tildan de picardía literaria y no de defecto, en aras de darle credibilidad al acto en cuestión.

Otras veces, no tan frecuentes, un escritor solicita a otro, que no conoce, que presente su libro.  Cuando esto sucede, como es el caso de hoy, se corren varios riesgos. 

El presentador corre el riesgo de tener que leer un libro malo y, como si esto fuera poco, sin ánimo de molestar a nadie, pero menos aún de traicionar sus propias convicciones, deberá recurrir a toda su habilidad literaria para decir que el libro es bueno, pero no; esta tarea se complementa con el recurso (por demás agotador) de desdecirse varias veces, aunque con coherencia a fin de dejar a todo el mundo confundido en un híbrida telaraña verbal.

El autor, por su parte, corre el riesgo de haberle propuesto la tarea a un escritor, o escritora, pedante que, haciendo muy buen uso de la palabra, se las ingenie para hablar de sí mismo y de su propia obra, resaltar con falsa humildad sus propios méritos literarios y, como al descuido, dedicarle medio minuto al libro que se presenta, deslizando que es “bastante digna” y que confía en la futura obra del autor.

El público, como siempre, cumpliendo su fatal sino de público, corre el riesgo de aburrirse.

Hoy, el primero de los riesgos está felizmente superado ya que al abocarme a la lectura de Epistolario de un oficinista, me encontré con un excelente libro, cuyos valores, para que no queden dudas, voy a pasar a explicar más adelante.

Por mi parte, espero no ser una presentadora pedante y espero que el público no se aburra.

Manos a la obra.

Ya les dije que no conocía al autor.  Para saber quién era José Antonio Prades tuve que recurrir a la contratapa del libro.  Me encontré con que era un hombre joven, español, que comienza a escribir siendo niño, que gana un concurso literario en su adolescencia –lo cual es digno de ser destacado porque los concursos literarios no se ganan por casualidad como algunos pueden pensar— que ha colaborado en revistas universitarias y empresariales, y que es autor de varios sainetes que se han representado en España.  Todo esto me lleva a pensar que, si bien estamos frente a la primera obra editada de José Antonio Prades, ya podríamos considerarlo, y la lectura del libro me apoya en lo que digo, un escritor con oficio.  Pero además leí en la contratapa: “Los rumbos de la vida le van dando prioridad a su promoción laboral, de modo que su producción literaria va surgiendo de a poco, sin pausa, siempre oculta, incluso para sus allegados.”  Esto significa para mí que, además de ser un escritor con oficio, José Antonio es respetuoso de sí mismo y de quien lo lee.  Alguien que no se impone el escribir porque sí, sino como una tarea necesaria, solicitada por esa compulsión interior indispensable para que la creación no sea cerebral sino sanguínea, que es como debe ser una entrega literaria sin hipocresías.  Alentada por estos antecedentes, entro definitivamente en el libro y me encuentro con un prólogo del autor que confirma sin más todas mis suposiciones.  En él, José Antonio Prades dice: Querido lector, este libro está escrito pensando en ti y entonces ya no tengo duda de que la lectura de los cinco cuentos que componen el libro va a ser un placer.

Me voy a referir a cada uno de ellos, intentando hacerlo no como una disección sino como una reseña ordenada.

En el primero, Epistolario de un oficinista, nos encontramos con un singular talento narrativo del autor para ubicar una historia dentro de otra historia, y ésta dentro de otra más, sorprendente, que sólo está si el lector se aviene a construirla.  Nos recuerda los cubos coloridos de la infancia que encajaban uno dentro de otro con sucesivas dimensiones.  Es el cuento de un joven que casualmente encuentra unas notas de su tío que a su vez lo impulsan a escribir un cuento, pero no en la forma tradicional, sino echando mano a siete cartas a través de las cuales llegará a nosotros una historia fraccionada que deberemos armar como rompecabezas.

Está escrito con un estilo ágil y concreto.  El autor maneja muy bien la frase brevísima y la puntuación, lo cual lo hace realmente agradable de ser leído.  Aparecen toques de humor y de inteligencia, no casuales sino empleados hábilmente como recursos para llevarnos de la mano por una historia dramática sin que nos demos cuenta.  Más sonreímos cuanto más adentrados estamos en el drama de un personaje cuya locura avanza y se agranda como la trama misma del relato.  Pero cuando ya todo pareciera haber terminado, queda flotando, sin embargo, una última vuelta de tuerca que estará a cargo del lector.  Él decidirá si está dispuesto a recomenzar la lectura y a buscar entre lo no dicho y lo sugerido ese tercer cuento al que me refiero y para el cual la pista clara es una pregunta claramente inocente: Mi tío Pascual, ¿quién me lo iba a decir?  Les queda sembrada la duda para cuando lo lean.

Tengo que destacar, aunque se van a reír, pero no se rían porque lo estoy diciendo en serio, que es un libro escrito en español.  Lo remarco porque en la Argentina todos creemos que hablamos, leemos y escribimos en español, pero en el fondo sabemos que no es así, que hablamos y escribimos “argentino”.  De manera que, aunque los escritores argentinos hayamos hecho grandes esfuerzos para abandonar el “tú” y hacer nuestros relatos más creíbles, es muy simpático refrescar el idioma y encontrarse con formas como “carajillo de anís”, “al tío ese hay que atarlo duro” o algún que otro “guapa”, que al principio nos llaman la atención y llegando al final nos pasan desapercibidos de tanto que nos hemos españolizado con la lectura.

El segundo cuento, El aura del bosque es un cuento de amor.  Que conste que no dije un cuento rosa, sino de amor.  Un cuento donde el amor es el protagonista verdadero que justifica ciertas actitudes que de otro modo no podríamos entender.  Aquí otra vez la versatilidad del autor coloca al personaje justo en el lugar exacto.  Hay una mujer sencilla, ingenua, aniñada, amante de la naturaleza, idealizada, diría yo.  Una de esas mujeres que –según palabras del autor— son la costilla del hombre.  ¿Dónde puede estar esa mujer sino en un lugar bucólico y cuál sería la forma para expresar todo esto sino el lenguaje poético?  José Antonio Prades nos demuestra que lo sabe cuando dice: El pueblo está casi deshabitado.  Todos los años se deshoja más y más, aunque don Jesús hace lo posible para que no enmudezca.  O cuando refuerza el paisaje paradisíaco: Aquella primavera, el bosque reverdeció como el primer año de matrimonio, como cuando comenzó a oír la risa de Laura y el claveteo de Juan al restaurar la choza.  En el verano, la pequeña cosecha saturó el granero y los gorjeos acompañaron el canto de Laura.  Durante el otoño, las agujas de los pinos cayeron dulces y el viento silbó melodías de amor.

En este relato aparecen otra vez las cartas como recurso.  En éstas se respeta más fielmente las características del estilo epistolar que en las del cuento anterior y hasta, diría yo, están más justificadas que los otras, más exigidas por la esencia de la trama.  Y hay una sorpresa final que es el broche digno de un cuento romántico.

En ¡Qué genio! el humor nos sorprende desde las primeras frases.  Dice José Antonio Prades: Nació en un quirófano rosa, con los cuidados de un ginecólogo homosexual.  Cuando papá se enteró de dicha desviación, censuró tal atrevimiento en un profesional, pero alguien dijo: “Su mujer lo agradecerá y usted estará más tranquilo”.

De aquí en más nos vamos a divertir con un cuento de humor disparatado, donde el autor hace muy buen uso de la ironía, que además es aprovechada para hacer denuncias de tipo social.  Hay diálogos desopilantes, un excelente manejo del absurdo y un niño que resulta ser un genio que llega a tener a la Humanidad en vilo a raíz de su fórmula para hacer una bomba nuclear casera, pero que en cambio abandona todo y se dedica a cultivar hongos venenosos.  Así, de exageración en exageración, llegamos al final exacto (que no les voy a contar) disparatado, exagerado y con un toque de ironía fina como para que nos deje pensando.

A esta altura del libro, ya descubrimos que José Antonio Prades intenta constantemente que el lector abandone su lugar pasivo y colabore con la creación aportando sus propios elementos.  Esta vez, el anzuelo es la frase final, que nos dejará cierto tufillo (para usar una palabra bien española) de duda acerca de la ingenuidad del personaje, sobre todo por aquello de que las casualidades no existen.

Aquí el autor se ha manifestado como un escritor con “olfato”, con esa sensibilidad que se tiene o no se tiene y que no se puede adquirir en ningún taller literario.  Un escritor que sabe crear los climas que corresponden a cada idea y rematar cada cuento con el final acertado.  Se ha dicho que un cuento bien escrito es aquél que no se podría haber escrito de otra manera.  Aquél al que no se le puede agregar ni quitar una palabra y al que no se podría terminar de otra forma.  Por lo tanto, estamos ante un libro de cuentos bien escritos… que no es poco.

En Y los fusiles hablaron nos introducimos en una temática totalmente diferente.  Aparece la España del período franquista y la rivalidad entre falangistas y comunistas.  Sin embargo, ésta también podría ser considerada una historia de amor.  En este caso, un amor fraternal, que crece entre dos amigos que se aman porque se respetan pese a las diferencias y que está perfectamente elaborada sobre la base de un juego de idas y vueltas en el tiempo manejado con maestría.  El cuento comienza prácticamente por el final, ubicado en tiempo presente, pero volvemos una y otra vez a la infancia y adolescencia de los protagonistas que se han vuelto a encontrar después de que la vida los separara, en un momento dramático en el cual ya ninguno de los dos es el mismo.  El autor no toma partido y sabe mantenerse a distancia con una mesura y delicadeza dignas de ser señaladas, dejando solos a sus personajes involucrados en la trama.

En este cuento, aunque se preste a ello, no hay golpes bajos, ni tremendismos, ni una sola gota de sangre explícita, aunque la sangre y el apasionamiento sean los verdaderos motores que se intuyen desde el título.

Y por último, Las últimas palabras, que no creo que por casualidad esté puesto al final.  No responde a las formas tradicionales del cuento.  No es una narración, ni un cuento, ni un relato sino un monólogo inteligente de alguien que llega a la sabiduría en sus últimos momentos de vida y aunque tarde, desea compartirla generosamente por si algo de lo aprendido pudiera servir a otros.

Una vez más el autor se propone hacernos trabajar.  El cuento, en realidad, no aparece y queda a cargo del lector elaborarlo sobre la base de los elementos que el autor aporta deshilvanadamente.

Hay una madre, hay hijos, hay un marido afectuoso que desaparece joven y hay una trama que será distinta para cada uno de nosotros según sintamos o no el deseo de elaborarla, haciendo de la lectura, como nos pide el autor en el prólogo, “un paseo por la libertad de la imaginación”.  Pero al margen de la historia fantástica que elaboremos o no, estamos frente a frases moralizantes, ejemplificadoras sin pedantería.  Cada renglón es un consejo dado con humildad que podría cabernos a cualquiera.  Cito algunos:

—La fe no reside en la mantilla sino en el espíritu.

—Sólo necesitas resignación porque ya tienes conocimiento y sabiduría.

—No sirve rezar letanías como un loro maleducado.

—Crecer no es delito contra la maternidad.

—Los padres sólo somos cauce, nunca motor.

Y quiero destacar muy especialmente las hermosas palabras con que termina el libro: Cada tramo del sendero se hará más corto si en esa vida tan dura que debéis sufrir, sabéis encontrar vuestra Luz y avanzar con ella hasta la eternidad.

En síntesis, este ánimo festivo que vivimos todos hoy aquí se justifica.  Ha nacido un libro muy bien escrito, con diversidad temática, que nos obliga a pensar, que entretiene, que hace volar la imaginación, que aconseja, que divierte, que nos aporta poesía.  Creo que es mucho más de lo que se le puede pedir al libro de un autor novel. 

Y para terminar, debo confesar a que esta altura de mi carrera literaria y de los avatares editoriales que estoy empezando a conocer, no sé qué se le puede desear a un autor novel.  No sé si desearle paciencia, valor, suerte o resignación.  Te deseo que se cumpla lo que desees para tu literatura.  No siempre la literatura es un fin.  Si en tu caso lo es, que llegues a buen puerto.  Si en tu caso es un medio, que ese medio te haga feliz.

Te felicito.

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