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Libro III - Fábulas de Montemolín, Reseña en Trébede

Libro III - Fábulas de Montemolín, Reseña en Trébede

Reseña de Fábulas de Montemolín, en la revista Trébede, nº 58, de diciembre de 2001, pág. 83-84, por José Ramón Marcuello.

Desde la entrañable y ya clásica novela del malogrado Gabriel García Badell, De las Armas a Montemolín, no habíamos tenido ocasión de toparnos de nuevo con ese añejo barrio zaragozano como escenario de una obra literaria.  La que ahora ve la luz, Fábulas de Montemolín es una sugestiva destilación de un aún joven “ángel extraviado”, macerada en el tiempo y en la distancia, a más de un tercio de siglo de una infancia perdida y a diez mil kilómetros de la plaza de Utrillas, que es lo que, según los atlas, media entre la calle Miguel Servet y el centro de Buenos Aires.

Su autor, José Antonio Prades, había ido afilando pulcramente el lápiz en el sacaminas de dos obras anteriores y casi simultáneas –Epistolario de un oficinista y Cuentos de Luz, editadas ambas en Argentina en 1994-, siguiendo registros narrativos distintos, pero en las que subyacen ya dos elementos sobre los que descansa, esencialmente, su libro más reciente: el desasosiego existencial y la lealtad a una infancia que nos marca para siempre.

En Fábulas de Montemolín –libro en el que se evidencia, para bien, la profunda admiración de su autor por el realismos mágico de García Márquez- aparecen y desaparecen inquietantes espectros (como los Hombres Razonables o los Hombres Encantados, pero, sobre todo, Valero, el filósofo) que dan cobertura metafísica al microcosmos de un niño que empieza a conocer el mundo exterior rompiendo, poco a poco, desde el corazón de la plaza de Utrillas, las capas concéntricas de un barrio/cebolla al que se le van hurtando, lentamente, sus señas de identidad.

No es, sin embargo, un ejercicio de simple evocación del tiempo perdido ni tampoco –lo que, por otra parte, justificaría holgadamente el esfuerzo del autor- un cuaderno de campo de etnografía urbana, tan huérfana de vocaciones por lo que a Zaragoza, ciudad de alución, se refiere.  Se trata, sobre todo, de buscar inútilmente y a sabiendas respuesta a las preguntas sin contorno que un niño formula, cuando llega a la madurez –que no entonces-, frente al espejo de los adultos que habitan o pululan por un retal zaragozano cada día más desdibujado e irreconocible.

Así las cosas, el viejo barrio de Montemolín de los años 60, aporta la cuartilla sobre la que el autor garabatea primero y escribe después dos actas simultáneas de defunción de otros tantos ocasos: el de su propia infancia y el del paisaje humano y urbano de una ciudad en la que, como en el más remoto de los pueblos, la auténtica escuela estaba en la calle.  Se trata, en suma, de un lírico y sugerente alegato forense, inundado de ternura y de profundos sentimientos vírgenes, lejanos aún a la contaminación de los adultos y a la agonía de una forma de aprender a leer la vida.

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