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Alberto Rossenfeld, el motivador

Don José Jesús me duró cerca de doce años, aunque cuando se jubiló yo había emigrado hacía unos meses a Buenos Aires (lo que a él le supo a gloria, por lo de su primo, y no paró de ensalzar mi decisión).  Es curioso: repasando ahora mi trayectoria de jefes sufridos y gozados me doy cuenta de que después de don José Jesús, cuya presencia se me había anclado en el subconsciente como una lombriz intestinal en su hábitat, ninguno me soportó más de tres años, fuera por mi escape a otros lares, o fuera por su traslado, jubilación o caída. 

Rozando la treintena, me surgió la oportunidad de irme a Sudamérica.  Mi empresa se expandía más allá del Atlántico, solicitó personas que desearan tener una aventura (profesional), nos tentó con unas buenas condiciones económicas…y garantías de regreso, al menos, en las mismas condiciones, salarial y geográfica, que la de partida.  Me tiré a la  piscina y salí volando un 12 de septiembre en un Jumbo de Iberia, con más miedo que expectación y más temeridad que valentía, sin saber los momentos históricos que me tocaría vivir en ese país ciclotímico.  Todos mis compañeros de viaje eran veteranos de guerra, así que me tomaron como el bebé del grupo y recibí las bromas y cuidados reservados a quienes todavía llevan pañales profesionales.

Durante tres meses me involucraron en un equipo que llamaban de “Misión”, lo que sonaba a una alta operación de espionaje internacional, de infiltración en banda enemiga o de adoctrinamiento ideológico…, con funciones de análisis de procesos y propuestas de mejora.  En este tiempo (el más divertido y productivo de mi vida laboral) dependí de un Director que aún no quiero considerar a efectos de “jefe”, porque antes hablaré de Alberto Rossenfeld, un tocayo mío que fue el verdadero introductor de mis funciones en la empresa franco–hispano–argentina.

Si yo era un guayabo…  En fin, con treinta años y sin salir del cascarón profesional, me vi en una responsabilidad directiva, con cinco personas a mi cargo e integrado en un equipo de gestión que influía en la toma de decisiones para aplicar y controlar un presupuesto superior a tres mil millones de pesetas. 

Y la Delegación a donde me asignaron era dirigida por el mentado Alberto Rossenfeld, un personaje de los que dejan huella.

Al principio, no fui de su confianza… y lo comprendo.  Le aparecía por sus dominios un muchacho español, proveniente de la empresa “madre”, a quien ni siquiera le habían permitido entrevistar ni por cinco minutos, para ocupar en su equipo un puesto de responsabilidad, a través del cual podría conocer todos los entresijos de su gestión, lo que inmediatamente, a la vista de él y de su equipo, me convertía en un posible espía, un cantarín allende las fronteras, que podía entonar o bien una balada pastoril o una canción de rock duro con letra de denuncia, acoso y derribo (nota: habían despedido a tres directores argentinos, provenientes, al igual que él, de la empresa adquirida).

No sé si enviado por el Ingeniero Alberto, o por iniciativa propia, enseguida fui atendido, acompañado, agasajado y franeleado, por un miembro de su equipo, Carlos Mazzos, un descendiente de italianos calabreses, que era capaz de emitir la sonrisa más radiante escondiendo tras ella tanto una daga como un bombón.  Le noté labor de investigación y puse mi mejor cara de niño bueno, ingenuo, de no haber roto un plato en la vida…  Con el tiempo pude decir que aquella actuación cuajó y fui recibido como una persona con potencial que iba a desarrollarse en un país ajeno como parte de un itinerario profesional que desembocaría en mayores responsabilidades al regresar a la empresa matriz (no digo que esto fuera cierto, sino que se sobreentendió por mis colegas argentinos).  Carlos se convirtió en un buen amigo.

Lo voy a llamar el Ingeniero por razones de gestión narrativa, para no hacer coincidir su nombre y el mío en poco espacio escrito y que pudieran producirse equívocos o dificultades de redacción.  En Argentina y otros países de Sudamérica, se utiliza habitualmente el grado académico alcanzado como forma de tratamiento: Doctor, Licenciado, Profesor…, tal como en la época de Cervantes, verbigracia: el Licenciado Vidriera o el Bachiller Carrasco.

El Ingeniero Rossenfeld me tomó de la mano.

El Ingeniero Rossenfeld me tomó de la mano (repito la frase adrede porque podría resumir por sí sola toda la actuación que este buen personaje me dedicó como un artista dedica su obra a un buen amigo).  El Ingeniero provenía de una familia instalada en Argentina por tres generaciones, es decir, desde principios del siglo XX, procedente de la Rusia zarista, seguramente huyendo de la revolución.  Era judío no practicante, pero guardaba fiesta el Día del Perdón. Había ingresado en la empresa quince años atrás, dos después de terminar la carrera, como un mando intermedio técnico, y ya ejercía de mando superior desde unos tres años atrás cuando la empresa fue comprada por la nuestra.  Su visión algo catastrofista y sus pocas dotes de adivino le auguraron un despido fulminante y así lo esperaba cuando le llamaron desde las oficinas centrales, en Paseo Colón, a un despacho desde cuya ventana se atisbaba un lateral de la Casa Rosada.

Le nombraron Director de Zona.  Y en ese pesimismo innato que le caracterizaba en la visión de sus posibilidades, comenzó a sentirse despedido al minuto siguiente.  Por si acaso, mantuvo su nivel de vida en el estatus anterior y años después mantenía el mismo discurso y aún tomaba ansiolíticos.

Pero lo que para él no sabía aplicar, sí lo extendía hacia su equipo.  El primer año de su gestión pidió y le concedieron la realización de un Máster en Dirección y Administración de Empresas subvencionado un 50% por la empresa.  Lo cursó con dos de los Gerentes de su equipo y se reunían los sábados por la mañana y también algún domingo para repasar los “cosos del laburo y los cosos de la escuelita”, tal como le gustaba llamar a sendas ocupaciones  Quizá por los contenidos de ese Máster, aplicó con mejor criterio sus teorías para la gestión de personas, pero certifico que la base ya la traía de antes, esos estudios sirvieron para ratificar su estilo, su talante…

El Ingeniero me recibió con cierta pompa en su despacho.  Se le notaban ganas de quedar bien conmigo por el hecho de ser representante de uno de los dueños y hombre de confianza del mandamás español, a la sazón su jefe directo; este comportamiento forzado le hacía quedar como un actor histriónico.  Transmitía nerviosismo, como si yo estuviera a punto de censurarle alguna de sus palabras o a invadir violentamente sus dominios.  Al cabo de unos meses, recordando estos primeros días, todavía me parecía más extraña esta actitud, pues ya me había demostrado con creces su alto nivel para gestionar situaciones límite o desconocidas, con algún ejemplo incluso de peligro físico, especialmente frente al Gremio (los sindicalistas).

Durante varias semanas, tuvo poco trato conmigo.  Creo que fue una estrategia, porque en ese tiempo sufrí el acercamiento más intenso de aquel “tano” que le ofrendaba pleitesía, Carlos Mazzos.  Carlos había sido rescatado por el Ingeniero de una situación de riesgo que presagiaba su despido.  El “ruso” me contó que, a la hora de conformar su equipo directivo, había confiado en personas que le habían sido leales en anteriores destinos, y entre ellos no había ninguno con experiencia comercial.  En cambio, ésa era la especialidad de Mazzos que, unida a su titulación de Contador Público, le daba el perfil idóneo para integrarse en su equipo directivo…  Favor por favor, Carlos siempre le guardaría lealtad y le daría servicios añadidos que el Ingeniero nunca pedía, pero que recibía en silencio.

Debo suponer que el Ingeniero recibió de Carlos un buen informe sobre mí.  O al menos, un “sin noticias” que se tradujera por “buenas noticias”.  En un momento determinado, recuerdo que a los dos o tres meses, me llamó a su despacho y estuvimos charlando largo rato sobre temas triviales, fútbol sobre todo, querencias de equipo, en mi caso hacia el Real Zaragoza, en su caso hacia el River Plate.  Me di cuenta que estaba pasado un test de alta importancia.  A través de sus ojillos chispeantes adiviné posición de análisis ante cada una de mis contestaciones, gestos, posturas…  Entiendo que le transmití y percibió mis intenciones auténticas, puesto que nunca había deseado ser un espía y tampoco llevaba instrucciones para vigilar sus actos de una forma distinta a la que me proporcionaban mis funciones oficiales.  El examen fue exhaustivo, casi policial algún momento, pero no de un agente de la ley y el orden, sino de alguien muy precavido, casi temeroso…  Un hermano del Ingeniero formaba parte de los 30.000 desaparecidos que la dictadura militar había provocado (de lo que él nunca habló, me enteré por boca de Carlos, una boca muy pequeña, porque ni él ni nadie era capaz de hablar abiertamente de esa realidad tan escondida y tan evidente).

En ese tiempo hasta la primera entrevista en firme, habíamos preparado en mi área unos informes de gestión, con análisis y conclusiones, que ya estaban divulgados entre los mandos de la Delegación.  Sé que el Ingeniero los conocía, así como la favorable opinión que habían generado… pero los eludió en la entrevista.  No obstante, ya cuando me despedía…

–Alberto, te felicito por el Informe Mensual de Gestión que preparaste.  Sos un buen gestor, aunque tenés que demostrarme lo buen pateador que me decís que sos.  No te veo como un defensor bravo, no, no das la pinta.

Y sonrió con su mirada pícara, quizá con un destello de liberación pidiéndome algo así: “Hablále bien a Cabrales (el Director español) de mí, que si no, me rajan”, expresión que no dejó de repetirme en cada una de nuestras despedidas.

El Ingeniero era un buen tipo.  Se ufanaba de que tuvo bajo su cargo más de 400 personas en su anterior destino.  Explicaba con detalle su sistema de planificación de tareas para que todos tuvieran clara su función y entendieran su aporte al resultado final de la Delegación y de la empresa.  Fue divertido observar cómo iba adoptando un discurso más centrado en técnica de gestión, con un léxico especializado y un lenguaje casi conceptual, según avanzaba en el Máster.  Se empeñaba una y mil veces en demostrar que era un dechado de virtudes planificadoras y organizativas.  Con esta insistencia pretendía tapar sus carencias en estas materias.  No, no era un directivo que destacara en tener un plan o una organización impecable, pero estaba claro que en alguna clase le habían dicho que debía mejorar en esa materia.  

Su mayor virtud, creo que innata y afianzada con la experiencia más que con los estudios, era la capacidad de motivar mediante la cercanía y el buen trato.  Conocía los nombres de aquellos 400, y los nombres de los 800 de ahora, y me atrevería a decir que sabía cuántos hijos tenía la mayoría de ellos, pero sobre todo, con pelos y señales, incluso genealógicos, de sus colaboradores más cercanos.  Se preocupaba personalmente de recibir noticias destacadas, por ejemplo que la hija de uno de sus empleados consiguiera una medalla en gimnasia, para llamar personalmente al padre y felicitarle por ello.  No había mañana que no comenzara llegando el primero al departamento técnico (el de su anterior función) para saludar y conversar unos minutos con los operarios y con los ingenieros, sin distinción, apretando manos y golpeando espaldas, haciendo chistes y contando los últimos goles que su hijo había marcado con las inferiores del Belgrano C.F.

También, cumpliendo con el estereotipo judío, era un buen negociador.  Se preocupaba de conocer a sus interlocutores igual que antes he comentado de sus empleados.  Exprimía cualquier medio para conseguir la información, hasta la más recóndita, y se sentaba luego con su equipo para comprobar cómo reaccionaba cada uno de sus componentes al ir sabiendo esos datos, algunos inconfesables, de quienes iban a ser sus rivales.  No apuntaba nada, no planificaba nada, se lo jugaba todo a su memoria y a su inteligencia, dos capacidades mortíferas en su batalla por el éxito de la negociación, siempre ocultas bajo esa máscara de llorón impertinente.  Por otra parte, no le observé actitudes de kamikaze ni veleidades deshonestas.  En una ocasión, conoció las inclinaciones pederastas de un Intendente (Alcalde), con quien debíamos tratar una recalificación de terrenos propiedad de la empresa y no quiso aprovecharse de ello para sacar tajada.  Nadie del equipo lo supimos, a mí me lo contó meses después, cuando ese político salió salpicado y fue obligado a dimitir: según la prensa por malversaciones de fondos, según los topos por elevar sus pretensiones económicas de coima por encima de las de sus capos.

Tuve que trabajar muy cerca suyo en un asunto delicado.  Había que acorralar y conseguir el despido de un grupo de activistas sindicales que rayaban con el mundo terrorista.  Su líder,  Marcello Cantizzano, era un siciliano que, tomando modelo de su mafia en origen, trasladó sus formas de hacer a la vida gremial.  Llevaba pistola en la sobaquera y aplicaba sucintamente prácticas de extorsión y chantaje.  El Ingeniero me sondeó para decidir si podía compartir conmigo su estrategia.  Al cabo de unas semanas, me explicó que sólo deseaba un compañero para ese viaje, un compañero confidente, casi terapeuta, que actuara además de notario para certificar el buen objetivo de una acción ilícita: liberar a la empresa de un cáncer que atentaba contra todos los principios morales y económicos.  Así conocí sus movimientos para embaucar a un fullero, para engañar a un mentiroso, para acorralar a un camorrista…  Encontré a un Ingeniero valiente, listo, calculador…  Cuando estuvo seguro de mi lealtad y de la segura efectividad de la estrategia, me hizo su única petición: que le acompañara a una reunión confidencial con el Director General español, al que antes debería preparar yo sin decir el motivo real de la entrevista, con el fin de conseguir que le autorizara a disponer de determinadas cantidades de dinero para fijar con Cantizzano montos superiores a los habituales como indemnización de su despido y el de su banda.   Todo salió según lo previsto.

Vivía con un estilo de vida bastante austero para su situación social y económica.  Me confesó que sus gastos corrientes eran la sexta parte de su sueldo neto, y que ahorraba casi todo lo demás por prevención ante el esperado despido.  Pero además de este efecto primario, la actitud temperada servía de ejemplo ante su gente.  El entorno del país no favorecía en absoluto un comportamiento honesto desde una posición de tanto poder.  No sé si aquella confidencia sobre sus gastos también fue confidencialmente contada a los otros directivos de su equipo… pero generaba impacto en la gestión profesional y personal de ellos, haciéndola modélica y coherente con los mensajes que se transmitían desde la Dirección General: eficiencia, eficiencia, eficiencia… honestidad, honestidad, honestidad.

¿Qué me traje de aquel Ingeniero?  La bisoñez bien llevada origina una bolsa enorme para almacenar aprendizaje.  Era yo bisoño y quería llevarlo bien, así que hice marsupial mi alforja y la doté de habilidades directivas.  Pero sobre todo, hoy recuerdo del Ingeniero que los años que trabajé de su mano me dieron la base sólida de mi crecimiento, no sólo como directivo o como profesional, sino como persona en un entorno tumultuoso.  Primeramente, me estudió por varias razones: de seguridad personal, que no por desconfianza; de seguridad en el éxito, para comprobar hasta qué punto sería yo capaz de asumir responsabilidades; de seguridad en el encaje con su equipo, puesto que su proyecto no incluía el lucimiento individual para nadie. Tanta seguridad para él en los fines de su investigación sobre mí que consiguió transmitirme esa seguridad… y autoestima… y conocimiento paulatino de mis capacidades, hasta provocar el aumento de mis habilidades con el menor sufrimiento posible, es decir, con ese arrope del buen padre que va soltando al mundo a sus hijos con la cadencia adecuada para que asuman unas poquitas más de responsabilidades en cada suelta.

Puedo recordar más aportes suyos para mí…

…como el estímulo de la creatividad, que ejercía llenándome de ideas en unas largas conversaciones plagadas de propuestas, algunas producto de sus sueños, otras de su necesidad profesional, las más del conocimiento que adquiría de mí…

...como la colaboración, que siempre significa cesión de tu protagonismo, incluso de tus derechos o posesiones, y por lo tanto implica humildad (me decía que nunca dejara de ser humilde)…

…como la honestidad y la honradez en un entorno que favorecía la rapacería impune (sus palabras: “Nadie sabe si es decente hasta que ha rechazado al menos diez ofertas para ser indecente).

Cuando me tocó marchar de su equipo, el Ingeniero se me quedó mirando tras un abrazo silencioso, cálido y entrañable.  Pareció que quería hablar, pero calló mientras los dos tragábamos nuestras lágrimas.  Supongo que me quiso decir lo que me envió por correo electrónico unos días más tarde: “No dejes de ser quien eres y  los demás harán que un buen día no te reconozcas porque habrás mejorado y mejorado sin que ellos ni tú os hayáis dado cuenta”.

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