27º Bocadito - BLADE RUNNER, el replicante rebelado

En este día que brilla en el calendario tanto como Marilyn Monroe, nos iremos con Alfredo Moreno al año 2019 para encontrarnos con Ridley Scott y Harrison Ford en un mundo delirante con Blade Runner.
En 1968 el reputado autor de novelas de ciencia ficción, Philip K. Dick publicó ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Catorce años después apareció una mente cinematográfica y un bolsillo con 28 millones de dólares para adaptar a la pantalla esa obra, si bien la acción en la película no se situó en 1992 como en la novela, sino en 2019, como quien dice, pasado mañana. El resultado fue una de las obras maestras, quizá la mayor, del género de la ciencia ficción.
En una futurista Los Ángeles, habitada en su mayoría por asiáticos, repleta de publicidad electrónica (verdadera publicidad, pues fue incluida en la película para financiar en parte los enormes costes) y donde no se ve ya la luz natural del día a causa de la extrema polución y la contaminación lumínica, la empresa Tyrrel Co. ha desarrollado una nueva especie de androides, llamados replicantes, la más perfecta ideada hasta entonces. Sus prestaciones son magníficas, resultan absolutamente humanos en todas sus acciones y formas de razonar. Para prever errores y sobresaltos ante posibles ansias de autonomía de estas máquinas, el fabricante les ha instalado una vida máxima de cuatro años. Sin embargo, este robot ha alcanzado tal grado de perfección que muchos expertos consideran que su cerebro artificial es tan exacto al humano que las máquinas son capaces de elaborar sus propias respuestas emocionales.
Un grupo de seis replicantes se fuga de una colonia especial y creen que han vuelto a la Tierra. Deckard es un antiguo policía de una brigada destinada a la eliminación de los replicantes que cometían actos no programados por errores de funcionamiento. El nombre de esta brigada es el título de la película: Blade Runners. Sus jefes lo reclaman para capturar a los fugados.
El dilema de Deckard por eliminar a unos androides con emociones y sentimientos plenamente humanos y que luchan por su supervivencia es la premisa del drama de la película.
Abundan los libros y artículos dedicados al turbulento rodaje de esta gran obra, a las malas relaciones de Harrison Ford y la insípida Sean Young (de hecho, en la escena de amor entre ambos, el forcejeo entre ellos es auténtico, real, no fingido), las protestas de los técnicos por el agotador ritmo de trabajo, o la falta de química entre el director y el propio Harrison Ford. Ello, unido al fracaso económico del estreno y al desconcierto que causó en la crítica, hizo crecer la rumorología y la mitomanía acerca de esta película, que pasó a engrosar las filas de las llamadas películas malditas. Sólo para un reducido grupo de críticos y aún más reducido grupo de espectadores la película era valorada en su justa medida, pero la aparición en 1992 de un nuevo montaje dirigido por Ridley Scott, en el que se añaden algunas escenas, se completan explicaciones y se da una nueva versión del final, colocaron por fin a la película en el lugar que le corresponde en la cinematografía mundial.
Como mayor virtud de la cinta podemos destacar el formidable diseño de producción para ofrecernos una ciudad futura completamente desolada, iluminada artificialmente, repleta de gases, vapores, atestada de gente y sumida en la lluvia ácida. La riqueza de la simbología de la película ha dado pie a multitud de literatura, incluso más que sobre los pormenores del rodaje. Para muchos se trata de una película que habla de la religión, ocupando Tyrrell el lugar de Dios, que crea las máquinas a su imagen y semejanza humanas, con una vida limitada, un valle de lágrimas como el anunciado por los monjes medievales, y con un contador temporal limitado, mientras a lo largo de esa vida limitada él observa desde su promontorio tecnológico el discurrir de sus tristes e insignificantes vidas.
Igualmente, la película tiene la virtud de aunar sin que chirríen dos géneros en apariencia incompatibles, el cine negro y la ciencia ficción, creando un efecto sensacional. Ford se quejó de su mera presencia como monigote en los magníficos decorados de Scott, y su desconcierto, tampoco fingido sino real al no entender cómo y dónde debía moverse en cada escena, le confieren un matiz de desorientación y presencia atormentada a su personaje difícilmente conferibles de otro modo.
Varios cabos sueltos del guión contribuyen a acrecentar el tema de la película: el verdadero sentido de la vida, el por qué: ¿cuál es nuestra naturaleza? ¿por qué y para qué estamos aquí? ¿por qué tenemos que morir? ¿por qué hemos nacido? ¿cuál es nuestra función en el paso por la vida? Aparecen la ciencia ficción y unas máquinas para plantear cuestiones existenciales que son profundamente humanas, a las que se ha intentado dar respuesta con la ciencia, la filosofía y sobre todo a través de la religión, y que a día de hoy, siguen suponiendo una frustración imposible de solventar,
Una explicación al éxito en vídeo y DVD es que la cantidad y calidad de las imágenes que ofrece la película es tanta que muy pocos suelen conformarse con verla sólo una vez. Rodada en decorados humedecidos por la lluvia y la neblina que caracterizan esta película en la que apenas se ve el sol, “Blade Runner” unió el alma caótica de Nueva York, Londres, Bangkok y Hong Kong en un diseño visual mil y una veces imitado desde entonces y bautizado como ciberpunk, mezcla de tecnología y marginalidad existencialista.
La película es una experiencia visual sensacional, pero también musical. A destacar la hermosa música del compositor griego Vangelis. Al final de la película se solapan el tema de amor que sirve de motivo a lo largo de toda la cinta y la famosa sintonía de un programa de documentales de La 2.
Bocaditos de cine recomienda el blog de Alfredo Moreno 39escalones.
Este espacio cuenta con el respaldo de la Escuela de Cine Un perro andaluz y la colaboración de la tertulia Habladores de cine.
Te deseo paz y alegría serena.
Hasta pronto.
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