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Bocaditos de cine

26º Bocadito de cine - En el nombre del padre, el terrorismo combatido por leyes ilícitas

26º Bocadito de cine - En el nombre del padre, el terrorismo combatido por leyes ilícitas

En este día que brilla en el calendario más que llos tejados del Taj Mahal, navegaremos de la mano de Alfredo Moreno por los entresijos de la película En el nombre del padre.

En las décadas de los sesenta y setenta proliferaron en Europa una serie de grupos terroristas. Entre ellos, estaba el IRA, como una nueva forma de enfrentarse al secular conflicto que suponía la ocupación británica de la isla de Irlanda.

En aquellas décadas, muchos Estados europeos idearon las llamadas leyes especiales contra el terrorismo, en las que se permitían actos de dudosa legalidad en una democracia, como registros, escuchas telefónicas, grabaciones, fotografías, violación de correo privado e interrogatorios sin presencia de abogados.

Uno de los aspectos más condenables de aquellas leyes eran las detenciones preventivas de sospechosos por terrorismo para ser interrogados sin la presencia de abogado y con total ausencia de las mínimas garantías de habeas corpus.

En este marco es donde se ubica la historia de En el nombre del padre, que Jim Sheridan, dirigió en 1995 y que se basa en la novela autobiográfica de Gerard Conlon, el personaje al que da vida Daniel Day-Lewis, y que describe su odisea propia, de su familia y de un grupo de amigos en las cárceles británicas, acusados de unos hechos que no cometieron y cuya detención y posterior condena se produjo sobre la base de una de esas leyes antiterroristas de contenido invasivo. 

Nos encontramos en los 70, años de liberación sexual, música, drogas, huida de los convencionalismos sociales… En este clima, en Belfast, malviven jóvenes de familias católicas, rechazadas por la comunidad protestante, que tiene en sus manos el poder político y las fuerzas de seguridad. Muchos de esos jóvenes cometen pequeños delitos para salir adelante, pagar sus cervezas o sus drogas. Gerry Conlon-Daniel Day-Lewis es uno de ellos. Los continuos problemas en los que se meten él y sus amigos hacen que algunos de ellos sean enviados a Inglaterra a buscar trabajo, o simplemente para huir de un ambiente duro. Gerry Conlon es uno de los que hacen el viaje a Londres, donde entrará en una comuna en la que encontrará sexo y drogas.

Por aquel entonces el IRA prepara un atentado con bomba en una taberna de Guildford que causará cinco muertos. Gerry será detenido en Belfast porque su nombre aparece en las declaraciones de sus amigos, que han sido interrogados en Londres.

A partir de ahí comenzará para los detenidos un interminable proceso de aberraciones jurídicas que en la película solamente se apuntan, encaminadas a la obtención de unas confesiones en las que se buscan unos responsables confesos que poder vender a una sociedad atemorizada. Tan estrafalario montaje policial lleva a la detención de la tía de Gerry, sus primos, y de su padre. La culminación de toda la farsa tendrá lugar en un juicio-espectáculo que fijará la condena de todos los implicados a penas que van de los catorce años de cárcel a la cadena perpetua para Gerry y sus amigos. Su padre será condenado a 30 años, es decir, prácticamente a morir en prisión. Estas condenas no se conmutarán ni cuando confiesa el auténtico responsable de los atentados. Las jerarquías policiales deciden ‘no meneallo’ por el escándalo que puede producirse.

La película se detiene a examinar las relaciones tortuosas entre Gerry y su padre durante la larga estancia en la cárcel, la negación de Gerry de la realidad, su resignación, y su caída en las drogas. Incluso el auténtico autor de los atentados coincide en la misma prisión que Gerry y su padre, y el odio que a Gerry le genera, unido a la enfermedad de su padre, harán que Gerry se dedique a buscar una salida a su situación dentro de los cauces legales, ayudado por una abogada que ha visitado la cárcel, interpretada por la fantástica Emma Thompson. Tras largos años de lucha legal lograrán reabrir el caso y llevar la película a uno de los finales más emotivos, furiosos y redondos de los últimos años.

La película es el retrato de la falsedad de los valores de una sociedad, de la puesta en evidencia de una mentira y de la muerte de la inocencia ante esa mentira. Como toda obra de arte, la película plantea diversos y casi interminables niveles de lectura: desde la marginación de los católicos en la Irlanda del Norte de la época frente a una minoría poderosa que ostenta el poder es capaz de reservarse los derechos y los beneficios para sí, hasta  el hecho de que incluso en el poder opresor hay quienes, como la abogada interpretada por Emma Thompson, ponen a las ideas y a las virtudes del sistema democrático por encima del interés partidista, combatiendo las presiones políticas de dar carpetazo a un caso arruinando la vida a ocho personas inocentes

Todos los intérpretes plasman unos magníficos trabajos. En especial Daniel Day-Lewis, Pero también están fantásticos Emma Thompson, Pette Postlethwaite o Corin Redgrave, y esas incontables gotas del inmenso océano de actores secundarios ingleses e irlandeses. Otro punto fuerte de la película es la música: Bono, Hendrix, Sinnead O’Connor, Bob Marley…

 En el nombre del padre es toda una experiencia. En su momento se la calificó como película antibritánica y se creó cierta polémica por el retrato que daba del gobierno y policía británicos y norirlandeses. Sin duda, una argumentación estúpida a la vista de los hechos reales de éste y otros casos. Criticar en una película las detenciones arbitrarias, las torturas, las condenas injustas, los regímenes corruptos, la justicia incompetente y todos los vicios que existen en nuestro cómodo sistema de vida es un aviso de que lo que ocurrió en el pasado puede darse, de hecho se está dando, en el presente y en el futuro inmediato, y en cualquier geografía. Quienes utilizaban argumentos de crítica tan torpes no estaban más que confirmando la premisa mayor que mostraba la película. Pero si la historia que refleja la película la han vivido en primera persona seres de carne y hueso, entonces pasa a ser un testimonio, una verdad innegable, y quienes la disfrazan, la ocultan, la niegan, antes, ahora y siempre, son el enemigo. Sea británico, iraquí, estadounidense, argelino o español.

Este programa cuenta con el respaldo de la Escuela de Cine Un perro andaluz y la colaboración de la tertulia Habladores de cine.

Te deseo paz y alegría serena.

Hasta pronto.

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25º Bocadito de cine - Remando al viento, un desafío al Creador

25º Bocadito de cine - Remando al viento, un desafío al Creador

En este día que brilla en el calendario como una estrella gigante,  hablaremos, siguiendo a nuestro colaborador Alfredo Moreno, de  una de las mejores películas españolas de todos los tiempos, la espléndida Remando al viento, dirigida en 1988 por el cineasta Gonzalo Suárez, director atípico del cine español, y sin duda el más literario, con títulos como Epílogo o Don Juan en los infiernos

Este guión se basa en la famosa reunión que mantuvieron en Villa Diodati, Ginebra, los escritores Lord Byron, John Polidori, el matrimonio Shelley y el filósofo William Godwin, en una noche de tormenta cuya consecuencia fue el nacimiento de la famosa novela Frankenstein, de Mary Shelley. Esa reunión se toma como punto de partida  del trágico destino que tuvieron todos los personajes que se involucraran en la forja del nuevo Prometeo.

Después de la derrota de Bonaparte y finalizado el Congreso de Viena, Europa se ve inmersa en una época de cambios sociales y políticos: se intenta profundizar en los conceptos de la Revolución Francesa en detrimento del Antiguo Régimen, comienzan a sentarse las bases de las reivindicaciones obreras y también empiezan a despertar las conciencias nacionales que tantos desastres traerán en un futuro no muy lejano. Al mismo tiempo, el Romanticismo se encuentra en pleno apogeo.

En este marco se desarrolla la historia, inspirada en hechos reales, que cuenta las jornadas que estos personajes compartieron en Villa Diodati. El estupendo vestuario, la escenografía, las magníficas localizaciones naturales y los exteriores escogidos dotan a esta película de un magnetismo misterioso, repleto de poesía y al mismo tiempo cercano a la puesta en escena teatral. Las secuencias rodadas en exteriores profundizan en la estética romántica como forma de mostrar las firmes convicciones de quienes pertenecían a esta corriente:

Una noche de tormenta, de esas que en Villa Diodati transcurren leyendo poesía a la luz de una vela o jugando una partida de billar, Shelley, Byron, Polidori, Mary y Clara se entretienen leyendo y contando historias de fantasmas en un entorno lúgubre. Entre ellos apuestan a ver quién es capaz de escribir la mejor historia de terror.  De ahí nació El vampiro, de John Polidori, y por supuesto, Frankenstein o el moderno Prometeo.

Pero la película, que está contada a modo de flash-back por una solitaria Mary que es pasajera de un barco que surca aguas árticas en busca de la Criatura que ella misma había creado (remedando así el director el principio y final de la obra literaria, que Mary Shelley situaba en las heladas superficies árticas) realiza el seguimiento de las vidas de estos personajes que coincidieron aquella mágica noche y los desgraciados avatares que les sucedieron a ellos y a quienes los rodearon, y para ello utiliza como vehículo al monstruo, la Criatura ideada por Mary Shelley, el Prometeo de su obra (al que por cierto, todo el mundo identifica como “Frankenstein”, olvidando que éste no es su nombre, sino el de su creador; el monstruo no tiene nombre) cuyas espectrales apariciones tienen lugar siempre como anuncio de la catástrofe que está a punto de sobrevenir. 

Esas apariciones se rubrican además con sus frases de diálogo, apenas pronunciadas, y que rememoran palabras dichas por los propios personajes en momentos anteriores de la película y que parecían estar presagiando, sin darse cuenta, su propio desgraciado final. De este modo, se nos muestra la Criatura, no como un espectro o una presencia ajena a los personajes, sino como una proyección de su propia alma que cobra vida, como un reflejo del lado oscuro de cada uno de ellos en el espejo de un futuro fatal.

Película de admirable factura, de fotografía y localizaciones espléndidas, de estupendo pulso narrativo, de encanto literario absoluto y fantástico guión que ensambla historia, literatura, realidad, ficción e imaginación, además de algún problema de ritmo y quizá excesiva recreación en determinadas tomas o situaciones, encuentra quizá su punto flaco en los actores. Hugh Grant interpreta a Byron, antes de convertirse en actor de una sola cara y un solo papel, en la experiencia cinematográfica más extraña de su vida, como él mismo ha dicho. Valentine Pelka, que más tarde aparecerá en cintas como El pianista, de Roman Polanski, interpreta a Shelley, Lizzy McInnerny es Mary, y una irreconocible Elizabeth Hurley, pareja de Grant entonces, es Clara (antes de convertirse en una siliconada y frívola actriz de escaso talento y más que discutible encanto, paraíso de los cirujanos plásticos). Junto a ellos, algunos actores españoles, como el gran José Luis Gómez como Polidori, la Criatura interpretada por José Carlos Rivas (más cercana en su caracterización al monstruo descrito en la obra literaria que al recreado sobre Boris Karloff con cicatrices y tornillos en la película clásica), un José María Pou como aduanero italiano que come a dos carrillos mientras realiza una quijotesca criba entre los libros que los Shelley llevan en su equipaje al penetrar en Italia, y una jovencísima Aitana Sánchez-Gijón como joven e idealista amante de Byron.

La música de Mozart sirve de marco para la acción, mientras que el inicio de la película nos introduce en el inquietante mundo de sueños, ilusiones, amores y pesadillas que vamos a presenciar con los mágicos y sublimes acordes y melodías de la Fantasía sobre un tema de Thomas Tallis, compuesta por el músico inglés Ralph Vaughn Williams (1872-1958), extraordinaria composición, emocionante, lúgubre y majestuosa, sensible y bellísima al mismo tiempo, que se corresponde perfectamente con la narrativa y la estética de esta gran película.

Remando al viento es una película que hará las delicias de quienes aman la literatura y a sus autores, pero de la que deberán abstenerse quienes esperen acción, sexo o historias banales y prescindibles. Una obra cumbre del cine español que escapa de las fórmulas tan manidas y repetidas hasta la náusea, y que por eso se ha revalorizado con el transcurso del tiempo.

Este espacio cuenta con el respaldo de la Escuela de cine Un perro andaluz y la colaboración de la tertulia Habladores de cine,

Te deseo paz y alegría serena.

24º Bocadito de cine - Eyes wide shut, sexo y ocultismo

24º Bocadito de cine - Eyes wide shut, sexo y ocultismo

En este día que brilla en el calendario más que los ojos de Elizabeth Taylor, hablaremos de una película misteriosa y magnética, Eyes Wide Shut (Ojos bien cerrados en algunos países hispanoamericanos), el último trabajo del enigmático director Stanley Kubrik.

Ya hablamos aquí de mensajes ocultos de otras películas, una de ella también de Kubrik, 2001: odisea del espacio, y hoy retornamos a esas visiones diferentes como las que incluye este film que algún crítico considera entre las mejores de la historia del cine.

Se estrenó en 1999.  Está protagonizado por Tom Cruise y Nicole Kidman, pareja de moda en los años previos  Dura 159 minutos narra las reacciones de un matrimonio marcado por los celos producto de infidelidades recíprocas, ya sean figuradas o reales. Pero hay mucho más, mucho más.  Ya en la mayoría de las críticas o estudios, se encontraron referencias al psicoanálisis de Freud.  Siguiendo a Cristian Campos en su blog, coincido con él en interpretar que hay más piezas añadidas por el propio Kubrik.  Podríamos ver tres cauces para el visionado: uno psicológico, otro político y otro esotérico.  Y por cada uno de ellos, podríamos dar diversas interpretaciones a la multitud de símbolos que aparecen en las escenas.

La meticulosidad de Kubrik, largamente probada y comprobada, hace suponer que la infinidad de detalles que incluye la escenografía y el desarrollo de la acción no es ni casual ni baladí.  Según Cristian Campos, en la primera escena ya tenemos todos los signos que se van a desarrollar en la película.  Aparece Alice desnuda, de pie, de espaldas, en una habitación de su casa, con unas cortinas rojas, unas columnas que formarían un arco y unas raquetas en el suelo.

El color rojo representaría lo psicológico, se refiere al sexo y sus implicaciones, que es de lo que fundamentalmente trata el lado superficial de la película.  Las raquetas harían mención a lo político, como un juego en el que Alice sería el objeto que pasa de un campo a otro de los hombres.  Y lo esotérico quedaría reflejado por ese portal entre columnas como paso hacia lo desconocido o lo sagrado.

Como pretendo incentivar al visionado de la película a quien no la haya visto, voy a contar muy poco del argumento y me centraré, en las claves a observar para entender determinadas cuestiones que se encierran en este film.

Primero los colores.  El rojo y el azul se van alternando en la escenas, o se solapan con determinados significados para la historia que en ese momento se representa. Serían antagónicos; el rojo es el símbolo del sexo, la infidelidad y los celos; el azul lo es del hogar, la inocencia y el amor conyugal.  Como ejemplo del manejo de estas gamas cromáticas, referiré que el Club Sonata Café, donde Nick, el amigo de Bill, le revela datos del ceremonial, tiene dos rótulos, uno rojo y otro azul, lo que podría simbolizar que Bill va a tener un dilema sobre si optar por el desenfreno rojo o volver al azul de su casa.

Segundo, el arco iris.  La luces multicolor aparecen en casi todas las escenas, la mayoría de las veces amparándose en que es época navideña.  El arco iris representa la banalidad de la vida cotidiana, las mentiras que el neón oculta.  En todas las casas hay árboles de Navidad con luces arco iris, excepto en Somerton.  Lo opuesto al arco iris es lo subterráneo, lo oculto.  Y las dos jovencitas que le asaltan con lascivia en la primera fiesta le dicen que las acompañe “allí donde termina el arco iris”, que sería la mansión de Somerton y lo que sus paredes encierran.

Tercero, la figura de Alice.  La postiza imagen rayana en la ingenuidad de Alice oculta una postura hipócrita.  Se pasa media película frente al espejo, símbolo de vanidad y coquetería, pero también de su dualidad.  Ella está en el paro y es sostenida económicamente por Bill.  Así, su única actividad conocida en ese momento sería acicalarse como una mujer florero para convertirse en un objeto sexual como trofeo erótico para quien pone el dinero: su marido.  Un forma bien vista de prostitución. 

Cuarta, las mujeres de la película.  Hay dos tipos: las intrascendentes y las prostitutas.  Éstas últimas son todas pelirrojas y sus cuerpos son casi idénticos, serían indistinguibles, incluso Helena, la hija, que en algún momento de la película parece que está siendo iniciada también para una suerte de prostitución, ya sea legal o ilegal.  Estas similitudes se interpretan psicológicamente como que Bill continuamente busca la misma mujer.  Pero políticamente podría pensarse que son meros objetos intercambiables y fácilmente reemplazables al servicio del sexo masculino.

Quinta, la última frase de la película, en la que Alice le propone literalmente follar a Bill como mejor resultado al momento que allí han llegado.  Los que optan por el análisis psicológico opinan que la epopeya de Bill le ha llevado a la vuelta a casa y a la seguridad del sexo conyugal.  Los esotéricos dice que Bill ha sido iniciado, al igual que en paralelo, aunque no se ha visto, lo ha sido Alice y entonces, lo que verdaderamente le propone en regresar al ritual del sexo, sólo follar, incluyo con otros, tal como ella hizo en su sueño.  Los políticos ven que Alice, en realidad, no tiene nada más que ofrecerle, sus únicas opciones son la irrelevancia o la prostitución.

Otras claves indicadas en el blog Las monedas de Judas se dirigen hacia la sociedad secreta, quizá remedo de los Iluminati, que utiliza los rituales relacionados con la energía física, la kundalini, como forma de alcanzar un estado de elevación frente a fuerzas opuestas como la vida y la muerte, la lujuria y el dolor, lo masculino y lo femenino, la luz y la oscuridad, cuyo enfrentamiento acaba en un gran momento orgásmico de la iluminación, lo que curiosamente, nunca ocurre en el película, es decir, observamos muchos contactos sexuales pero, en ningún momento, ningún personaje obtiene el culmen sexual.  Quizá el mensaje de Kubrick sea que nuestra sociedad todavía no está preparada para la auténtica unión de las esencias masculina y femenina.  Es decir, que todavía tenemos los ojos bien cerrados.

Kubrik murió justo cuando entregó la película.  ¿Muerte provocada por los Iluminati?

Este programa cuenta con el respaldo de la Escuela de Cine Un perro andaluz y la colaboración de la tertulia Habladores de Cine.

Te deseo paz y alegría serena

Hasta pronto.

23º Bocadito de cine - Entrevista a Vicky Calavia sobre ProyectAragón

23º Bocadito de cine - Entrevista a Vicky Calavia sobre ProyectAragón

Escuchar audio en:

http://www.ivoox.com/bocadito-cine-n-23-entrevista-a-audios-mp3_rf_3840079_1.html 

22º Bocadito de cine - Los desastres de la guerra: Los girasoles

22º Bocadito de cine - Los desastres de la guerra: Los girasoles

En este día que brilla en el calendario como un lucero en el alba, hablaremos, con la visión profunda de Alfredo Moreno, de una de esas películas cuyo visionado te deja tocado, con una fórmula narrativa absolutamente efectiva desde lo emocional que hace pasar por alto las pequeñeces técnicas e interpretativas más discutibles, que atrapa, arrastra, conmueve y te suelta en un estado de desequilibrio anímico difícilmente subsanable, que propicia la reflexión, con argumentos no solo racionales, sobre cómo los grandes conflictos (reales o ficticios, entiéndase aquí nacionalismos de cualquier signo) alteran, siempre para mal, las vidas cotidianas de la gente corriente. Vittorio De Sica, antaño genio del neorrealismo italiano, ofrece un buen exponente de lo que puede llegar a significar la forma en el cine, de cómo una determinada estructura narrativa puede edificar una historia que contada de manera lineal podría seguramente hacer aguas.

Los girasoles (I girasoli, 1970), convenientemente fragmentada, cuenta distintas fases de la relación sentimental de Giovanna (Sophia Loren) y Antonio (Marcello Mastroianni), que se extiende desde los primeros tiempos de la intervención italiana en la Segunda Guerra Mundial, hasta finales de los años sesenta. Con maestría, De Sica, construye un relato a saltos que nos lleva del primer encuentro amoroso de la pareja, entre unas barcas en una playa idílica, hasta el doloroso peregrinaje de Giovanna por oficinas y registros militares en busca de noticias sobre el paradero de Antonio, desaparecido en el duro invierno del frente ruso. A medida que el inicio y el aparente final de su matrimonio, a cada cual más repentino, se va entrelazando en la narración, se van cubriendo los huecos que permiten aventurar un desenlace al enigma que representa el destino de Antonio: reclutado a la fuerza para formar parte de las tropas italianas de apoyo al Afrika Korps de Rommel en Libia, conoce a Giovanna unos días antes de incorporarse a filas. Dándole vueltas a la cabeza para escurrir el bulto, encuentran una forma adecuada y oportuna de, al menos, retrasar lo inevitable: si se casan, el permiso por matrimonio evitará de momento la entrada en combate. De modo que en la relación de Giovanna antes es el sexo, luego el matrimonio y, por último, el amor. Sobrevenido para ambos después de la boda y de la noche de bodas, con una divertidísima secuencia la de la gigantesca tortilla de decenas de huevos, remedio familiar de Antonio para recuperarse de las resacas, los diversos medios que emplean para disfrutar de su amor sin que la guerra se interponga en su camino resultan fallidos, especialmente los intentos de Antonio por fingirse demente, así que el remedio termina siendo peor que la enfermedad: el ejército italiano lo destina a Rusia, y no a Libia, y allí, en el crudo invierno, Antonio desaparece junto a miles, decenas de miles de camaradas, tragado por el hielo, la nieve y el olvido. Aunque Giovanna, que no cree en su muerte hasta poder contemplar el cadáver, se empeña una y otra vez en averiguar qué ha sido de él, pregunta en las oficinas, habla con veteranos, aguarda a los trenes que retornan cargados de tropas derrotadas, sigue los historiales de los prisioneros retenidos por los rusos y, finalmente, viaja a la Unión Soviética para visitar los lugares que Antonio frecuentó, a recorrer los cementerios militares italianos en busca de su sepultura (impresionantes son las imágenes de interminables llanuras sembradas de cruces), hasta toparse con un desenlace sentido, deseado, y al tiempo esperado, inesperado y desesperado.

La virtud de la cinta radica principalmente en el guion y en la sabia forma en que De Sica y sus colaboradores humanizan a los protagonistas, una de las más gloriosas parejas de hecho de la historia del cine, les dan dimensión, cuerpo, sentimientos, para luego subsumirlos en el caos de la guerra y en el catálogo de desesperaciones que provoca (desde las privaciones del frente hasta el peso de la ausencia y la viudedad de hecho). El amor de Giovanna nace y crece en la ausencia; el de Antonio se cubre de nieve hasta quedar diluido, con contornos apenas distinguibles, enterrado. Ambos comparten carencias, afectivas y materiales, cada uno a su modo, y sufren una situación de abandono a su suerte que confían que acabe con la guerra, pero que continúa tras ella. Algo más descuidada en lo visual, con tomas cargadas de fuerza y simbolismo, otras de una profunda y sutil riqueza plástica, una mezcla no del todo bien engarzada de imágenes de archivo de combates y bombardeos en el frente ruso, introducidas, seguramente, para paliar una precariedad de medios que hacía imposible la recreación dramática de las batallas en las que interviene Antonio, imágenes documentales de la realidad contemporánea de la Unión Soviética en el momento del rodaje, y unas cuantas apoteosis románticas y dramáticas, algunas no exentas de alta comedia, como la inicial en la playa o la mencionada de la tortilla; otras emotivamente devastadoras, como el clímax junto a la vía del tren o el epílogo ya de vuelta en Italia), el poder de la historia vuela con soltura y suficiencia por encima del acabado técnico y artístico, constituyendo, junto a El jardín de los Finzi Contini (l giardino dei Finzi-Contini, 1971), la cima de la última época de De Sica como cineasta, una imprescindible dupla sobre los efectos de la contienda mundial en Italia y los italianos, que viene subrayada por la magistral, conmovedora, inolvidable, partitura compuesta por el gran Henry Mancini.

Además, la película se erige como toda una lección de cine, el poder de una narración fragmentada excepcionalmente bien construida, que no decae en ningún momento, que crece continuamente hasta un estallido final que solo es un pico para la auténtica conclusión real. Una película importante, devastadora, significativa, obligatoria, que te congela la sonrisa en el rostro, y cuyo dramatismo no resulta incompatible, a la vista de la foto, con los buenos ratos.

Muchas gracias a Alfredo Moreno por su colaboración

Te deseo paz y alegría serena.

Hasta pronto.

 

 

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21º Bocadito de cine - La leyenda española de Ava Gardner: Pandora y el holandés errante

21º Bocadito de cine - La leyenda española de Ava Gardner: Pandora y el holandés errante

En este día que brilla en el calendario como la estrella roja Antares, con la visión de Alfredo Moreno, hablaremos de la leyenda española de Ava Gardner, en la película Pandora y el holandés errante. Dirigida en 1950 por el británico Albert Lewin supone el pistoletazo de salida al vínculo de Ava Gardner con España, incluye todos los elementos que resumen lo que tradicionalmente se asocia a la relación de la actriz con este país: ambientes sofisticados, compañías elitistas, juergas nocturnas hasta altas horas, tablaos flamencos, poderosas resacas, escarceos amorosos, matadores (en especial Mario Cabré, que actúa en la cinta interpretando a un torero, cómo no), corridas de toros, fiestas populares… Lewin adapta y realiza una fantasía de corte onírico sobre la famosa leyenda del holandés errante y la sitúa en la Costa Brava, caracterizada para la ocasión con los típicos atributos de lo español que se percibían por entonces -y aun hoy- en el extranjero (omnipresencia de la bandera rojigualda, aires andaluces, relevancia del mundo taurino). La película posee una atmósfera a caballo entre el sueño y la locura, acrecentada por el aire de fábula en la narración en off y en flashback por uno de los personajes, un escritor amante de las antigüedades, y nos zambulle de lleno en un cuento de tintes romántico-trágicos.

Pandora Reynolds (Ava Gardner) está maldita. Su belleza arrebatadora no le proporciona el éxito con los hombres, la felicidad que tanto ansía. Enloquecidos por su hermosura, pero completamente alejados de lo que constituyen los sueños y anhelos de la mujer, sus ansias de realizarse “románticamente” aspiran a convertirla en su posesión, a satisfacer su obsesivo deseo más que a amarla. Incapaces de lograr saciar sus arrebatos de atracción, todos los hombres que se enamoran de ella terminan por dilapidar su vida, sus matrimonios, sus profesiones, su propia conciencia. Esta capacidad de jugar con los hombres seduce a Pandora hasta el punto de que los maneja a su antojo; solo aprecia a aquellos que quedan a salvo de su influjo y termina por tratar con desdén a todo aquel que se confiesa su vasallo y se comporta con sumisión, lo cual la convierte en auténtica y cruel dominadora de sus destinos. Lo mismo es capaz de prometerse en matrimonio con un pobre iluso simplemente por torturarle, que conseguir que un famoso piloto de carreras, que ha construido trabajosamente un bólido supersónico con el que pretende batir un récord, lo arroje sin miramientos por un acantilado solo porque ella se lo pide como egoísta demostración de amor, de que la desea por encima de cualquier otra cosa en el mundo. Esto es así hasta que conoce a un hombre misterioso que parece sustraerse a sus encantos, Hendrick Van der Zee, interpretado por James Mason, que ha fondeado con su velero en la bahía, y que no es otra cosa que un espíritu atormentado, condenado a vagar por los siete mares hasta que consiga que una mujer muera de amor por él…

Tanto el carácter de la narración, como la planificación, la puesta en escena, la música y la fotografía de Jack Cardiff subrayan desde el comienzo la atmósfera fantástica del relato, su carácter de elegía romántica exacerbada. El hallazgo y estudio por el narrador de un antiguo manuscrito en holandés arcaico que trata de la leyenda del marino maldito abre la puerta a uno de los extractos del film que revelan explícitamente esa condición de fantasía a medio camino de la maldición y del sueño, las secuencias que presentan la caída en desgracia del navegante, su locura, su crimen y su castigo eterno. Paralelamente, el tono general, en particular las escenas que comparten Mason y Gardner a bordo del velero, comparten ese clima onírico e irreal, magníficamente plasmado en el uso del color y en la luz, permanentemente filtrada por una neblina, por una gasa, que confiere a la película de una textura quimérica, imaginaria, fantástica. Al mismo tiempo, esa confusión entre realidad e imaginación, entre cielo y mar, entre noche y pesadilla, tiene su contrapunto en la vida en el pueblo de la costa, sus calles, plazas, tabernas, tradiciones y, sobre todo, en la plaza de toros, en la que el matador dejará clara muestra de su sometimiento a los dictados de la belleza maldita de Pandora. El desenlace de esta lucha de maldiciones, la del holandés y la de Pandora, no tiene otro camino que el amor, un amor trágico, una catarsis liberadora que les conduzca a estar juntos eternamente dejando de hacerlo en la vida real.

Lewin conduce una historia compleja, en la que probablemente lo literario pesa en exceso, con cierta artificiosidad en diálogos y situaciones, y sin que encaje del todo el juego entre fantasía y realidad, completamente entregado a sus dos estrellas protagonistas. Ava parece interpretarse a sí misma, se maneja con soltura y convicción en el personaje de mujer letal por su belleza; Mason se mueve como pez en el agua en un personaje contemplativo que le permite declamar frases solemnes, jugar a los acertijos del lenguaje, dejar puertas abiertas a la interpretación de su significado, al enigma que queda en el aire. El tono trágico general viene complementado con el filtro igualmente trágico que Lewin imprime a algunas tradiciones españolas, desde los toros a las relaciones familiares y la estética del culto católico (esas mujeres de oscuro y con mantilla, casi espectros en un pueblo que descansa en la estrellada bahía entre sombras amenazantes) y, aunque la película se le pasa de duración (125 minutos), logra plasmar instantes de gran belleza, incluso sin Ava presente.

Así, la película se erige casi en un relato premonitorio sobre ciertos aspectos del futuro de su protagonista femenina, proporciona momentos estimables de preciosismo visual y dramatismo desbocado que, si bien con algo de artificio, conforman una adecuada atmósfera a lo que exige esta inmortal leyenda romántica.

Muchas gracias a Alfredo Moreno por su colaboración

Te deseo paz y alegría serena

Hasta pronto.

 

20º Bocadito de cine - Boyhood, momentos para una vida

20º Bocadito de cine - Boyhood, momentos para una vida

En este día que brilla en el calendario más que una luna llena de verano, hablaremos de una película excepcional, Boyhood, subtitulada como “Momentos de una vida”.  En ella se narra un viaje por 4.200 días, de julio de 2002 a octubre de 2013, en la vida de Mason y su familia. Desafiando a los productores, Richard Linklater filmó durante 39 días repartidos durante 12 años con los mismos actores, dejando así que los protagonistas envejecieran como sus personajes. El principal, Mason, comienza el rodaje con  siete años, y lo culmina con dieciocho, con su salida hacia la Universidad.  Este planteamiento tan original tiene precedentes similares, que no idénticos, con el Antoine Doinel de Truffaut, un proyecto de Kubrik que no se llevó a efecto, en el que pretendía filmar doce años de la vida de Napoleón en doce años de la vida de Al Pacino, y una serie de documentales de Michael Apted, que se agrupan bajo el título de The Up Series.  Linklater se desmarca de todos estos antecedentes y defiende su propuesta.  Merece que se le etiquete de original, como así se le etiquetó con su trilogía “Antes del amanecer”, “Antes del atardecer” y “Antes de anochecer”, en la cual filmó con dos actores una historia de amor y desamor a lo largo de varios años, aunque todas funcionan como guiones independientes, lo que no es el caso de Boyhood.

Esta película ha recibido dos grandes premios en festivales de culto como son el de Berlín, el Sundance y el de San Sebastián, y se postula como seria candidata a los Óscar.

Richad Linklater nació en 1960.  Tiene por tanto 54 años y 23 películas en su haber, siempre como director, en varias como guionista también y en otras pocas como productor.  En Spy Kids se dio el gusto de participar como actor. Es vegetariano. En 1985 fue confundador de la Sociedad Cinematográfica de Austin.  Su hija Lorelai da vida a Samantha, la hermana de Mason.

 

Parece increíble que los mimbres previos para filmar Boyhood, es decir, un guión que transcurre y se filma en doce años y solamente 3,9 millones de dólares de presupuesto hayan culminado en lo que la mayoría de los críticos han calificado como obra maestra con expresiones como

-     Una epopeya sobre lo ordinario, una película que puede resultar normal momento a momento, pero que se convierte en algo muy especial en su totalidad, nos dice Todd MacCarthy en The Hollywood Reporter.

-     Inquebrantable, ingeniosa y muy sentida, la película va a estar pagando dividendos emocionales durante mucho, mucho tiempo, nos dice Joshua Rothkopt, en Time Out.

  • Luis Martínez en El Mundo, nos dice de ella que es una película sin precedentes, tan descomunal e inquietante como conmovedora.  Magnética e irrenunciable. 
  • En El País, Gregorio Belinchón, la califica como “bella obra maestra. 164 minutos hipnóticos. 

Y si increíbles son los antecedentes del guión y el presupuesto, igualmente increíble parece que unos recursos fílmicos tan adrede usados en la mínima expresión nos lleven al encantamiento que supongo entrar al cine para dos horas y tres cuartos y salir creyendo que sólo ha transcurrido la mitad.

Es una historia sencilla, terriblemente sencilla, tan sencilla que nos puede haber pasado a cada uno de nosotros o, como mucho, seguro que conocemos a alguien cercano que va pasando por cada uno de los trances, más o menos cotidianos y triviales, por los que pasa la familia.

Algunos críticos han visto en esta película la búsqueda proustiana del tiempo perdido, en este caso el tiempo perdido de Linklater, ese tránsito de la infancia a la juventud, desde el primer día de colegio hasta su entrada en la Universidad, el divorcio de sus padres, sus siguientes parejas y su relación con ellas, los primeros amores, la caída en la libertad o en la rebeldía; hay sutiles entradas en aspectos escabrosos que se resuelven con la misma sencillez y encanto de los que se cubre todo el desarrollo.

Alejandro Calvo no puede expresarlo mejor: Boyhood no es una película, sino un espejo que devuelve la mirada al espectador, una obra que muestra la vida de otros para que entendamos cómo es en realidad la propia.

Vaya una reverencia también al reparto, con Ellan Coltrane, a quien Linklater le hizo prometer que terminaría la película fuera como fuera en caso de que él falleciera en los doce años previstos de rodaje.  Su actor fetiche Ethan Hawke, excepcional como adulto inmaduro, y Patricia Arquette, que nos transmite nuestra querencia como madre coraje que deja su juventud para criar a sus hijos para terminar con el síndrome de nido vacío.

Hay un momento en la película en el que Mason habla con una de sus chicas.  Ella le pregunta “¿nosotros atrapamos el momento o “el momento es el que nos atrapa a nosotros?. Mason le contesta después de unos titubeos “es como si siempre fuera ahora mismo…”, queriendo simbolizar lo que toda la película es capaz de hacer: disminuir la sensación del tiempo y quizá dejarnos en un solo instante viviendo a la vez todos nuestros acontecimientos.

Sólo me queda hablar de la banda sonora, tan excepcional como todo lo demás, amplia y variada como los acontecimientos que ilustra con gran acierto:

La película nos propone una amplia banda sonora en la que podemos disfrutar tanto de grupos de punk pop como indie del momento  hasta clásicos inolvidables. Algo así como cuando en la infancia y pasábamos casi sin quererlo de escuchar punk a escuchar el pop más bobo y facilón. En el film Ethan Hawke es un loco de la música, y por ello son varios los momentos en el film en el que se mencionan, suenan (o se interpretan) temas de The Beatles, Pink Floyd y similares.  Destacan un momento especialmente, en el que Sam, hermana de Mason, se lanza a realizar su propia interpretación del baile de ‘Oops I Did It Again’ de Britney Spears. La belleza de esa variedad de instantes memorables culmina a mi parecer con el tema ‘Hero’, modesto pero titánico tema de Family Of The Year que refleja perfectamente el espíritu de la película.

Este espacio cuenta con el respaldo de la Escuela de Cine "Un perro andaluz" y la colaboración de la tertulia "Habladores de cine".

Te deseo paz y alegría serena.

Hasta pronto

19º Bocadito de cine - Alfredo Moreno y su blog de cine 39 escalones

19º Bocadito de cine - Alfredo Moreno y su blog de cine 39 escalones

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