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28º Bocadito - El culto a lo vacío / El retrato de Dorian Grey

28º Bocadito - El culto a lo vacío / El retrato de Dorian Grey

En este día que brilla en el calendario más que la constelación de Orion, de la mano de nuestro buen amigo Alfredo Moreno, hablaremos de la película El retrato de Dorian Gray, del director Albert Lewin, que realizó solamente dos películas, ambas sobresalientes.   La otra es Pandora y el holandés errante, comentada en un bocadito anterior. 

Albert Lewin escribió y realizó en 1945 la que, hasta la fecha, es la mejor adaptación de la inmortal novela de Oscar Wilde. Se ha dicho a menudo que se limita a copiar fielmente los diálogos de la novela y a mutilar diversos fragmentos y reflexiones. Injusta valoración propia de quien critica el cine según un modelo meramente literario y no cinematográfico, por no mencionar el hecho de que sería estúpido pretender adaptar la obra, como han hecho todas y cada una de las versiones posteriores, sin incluir las magistrales conversaciones que escribió Wilde, en las cuales reposa la mayor parte de la carga filosófica, moral e intelectual de una obra maestra de la literatura.

La historia es bien conocida: Dorian Gray (interpretado por Hurd Hatfield) es un elegante y sofisticado joven de la alta sociedad londinense cuya belleza angelical no pasa desapercibida para las mujeres y cuya fortuna permite que su futuro matrimonial sea objeto de interminables polémicas en los salones de té de las damas de la aristocracia. Esa belleza no le pasa inadvertida a Basil Hallward, un pintor en horas bajas que descubre en el rostro de Dorian el vehículo para la realización de un retrato perfecto. Dorian, complacido en su vanidad, accederá a ello y acudirá con frecuencia al estudio del pintor, donde conocerá a un cínico y sarcástico lord llamado Henry Wotton (interpretado por un impecable, absorbente, magnético George Sanders), que se ve inmediatamente atraído por la personalidad de Gray y por el efecto que una belleza tan perfecta ejerce en él mismo y a su alrededor. La amistad (o mejor dicho, dependencia) que surge entre ambos les lleva a compartir innumerables veladas.  La vanidad de Dorian, su propia frustración al comprender que su éxito social se debe a su belleza y no a quien realmente es él bajo la capa de piel que lo cubre, le hará formular en voz alta el deseo de permanecer siempre hermoso, pacto implícito con el diablo que se cumplirá y que hará que durante más de veinte años sea el retrato de Basil, y no él, quien sufra las consecuencias del paso del tiempo, pero también de la decadencia moral en que se sumirá el propio Dorian en su lucha por conservar a la fuerza los efectos de una belleza que no era tan exterior.

La relación entre ambos, esa homosexualidad latente con tendencia a la dominación, sirve para la introducción de todas esas píldoras de sabiduría de las que la novela es una interminable fuente de la que extraer aforismos. Experiencia es la palabra con la que llamamos al conjunto de nuestras equivocaciones.  En especial, el personaje de George Sanders es un continuo altavoz de genialidad del que a cada momento emanan axiomas metafísicos y existenciales.  Lord Henry, cual Pepito Grillo del averno, es la voz de la conciencia del propio Dorian que lo inclina al mal camino de la explotación sin límites de su narcisismo, y a la persecución continua de una acumulación de satisfacciones con la belleza exterior como única raíz.

Así, Wilde nos habla de la perversión del culto a la belleza como único ingrediente de la vida o del arte… de la belleza o más bien de la superficialidad.  Critica la vanidad y la autocomplaciencia, no ya de quienes son tan débiles de dejarse arrastrar por tales valores, sino de quienes dejamos que sean los que gobiernan una sociedad corrupta y podrida donde se exalta lo vulgar, lo feo y lo vacío, que Lewin traslada acertadamente con esa atmósfera entre gótica y onírica que salpica toda la película y que está emparentada con los ambientes de horror de los cuentos de Edgar Allan Poe.

En particular, la habilidad de Lewin para la utilización de los escenarios como acertado complemento del retrato interior de cada personaje resulta notable, así como la pormenorización en determinados objetos que sirven para marcar pautas narrativas, ya sea, por ejemplo, el propio retrato, en el que, sobre todo al principio, se sugieren las primeras mutaciones en su constitución moral con la utilización de distintos ángulos de cámara, como en el uso del color y su contraposición al blanco y negro predominante en la cinta, o esa estatuilla de un ídolo egipcio cuyo plano de detalle aparece siempre que se invoca el pacto diabólico que Gray ha urdido con la providencia y el paso del tiempo.

La recreación de la atmósfera y de la tensión narrativa nos hace pasar sucesivamente del terreno del drama de época al suspense criminal y de ahí al cuento de terror gótico precursor de otras cinematografías más recientes, al mismo tiempo que en esencia conserva los parámetros críticos que Wilde plantea en su novela, su agudo retrato de las debilidades del ser humano, de sus ambiciones, anhelos e imperfecciones, de su moral a la carta, todo adornado con un ingenio que inquieta a la vez que hace sonreír tanto por el poder y la fuerza irreprochable de sus argumentos como por la sutil ironía que suele acompañarlos, una vez más, gracias a la magnífica interpretación de Sanders, muy por encima en su papel de cualquier otro actor de la cinta.

Una magnífica película, estupenda adaptación de una todavía mejor novela, imprescindibles ambas para mirarnos al interior de nosotros mismos y reflexionar acerca de conceptos tan vigentes hoy en día como la hipocresía, la moral colectiva, los valores y costumbres inducidos a través de la llamada “aceptación social” y la superficialidad utilizada como anestesia a través de la cual confundir la falta de reflexión, de duda, de pensamiento, con la ansiada felicidad.

Bocaditos de cine recomienda el blog de Alfredo Moreno 39escalones.

Este espacio cuenta con el respaldo de la Escuela de Cine Un perro andaluz y la colaboración de la tertulia Habladores de cine.

Te deseo paz y alegría serena.

Hasta pronto.

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