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El proceso creativo de 'Los últimos catorce años'

El proceso creativo de 'Los últimos catorce años'


Leyendo la reseña de contraportada de la novela ‘El mundo’, de Juan José Millás, sentí por dentro una llamada inhabitual.  Dice así:


“Hay libros que forman parte de un plan y libros que, al modo del automóvil que se salta un semáforo, se cruzan violentamente en tu existencia. Éste es de los que se saltan el semáforo. Me habían encargado un reportaje sobre mí mismo, de modo que comencé a seguirme para estudiar mis hábitos. En ésas, un día me dije: «Mi padre tenía un taller de aparatos de electromedicina.» Entonces se me apareció el taller, conmigo y con mi padre dentro. Él estaba probando un bisturí eléctrico sobre un filete de vaca. De súbito, me dijo: «Fíjate, Juanjo, cauteriza la herida en el momento mismo de producirla.» Comprendí que la escritura, como el bisturí de mi padre, cicatrizaba las heridas en el instante de abrirlas e intuí por qué era escritor. No fui capaz de hacer el reportaje: acababa de ser arrollado por una novela.”


 La compré, inevitablemente, bajo esa ínfula de un premio Planeta, y la disfruté con paciencia, sobre todo su primera parte.  Corría el mes de diciembre del año 2007 y acababa de reconvertirme en habitante de Zaragoza después de catorce años residiendo lejos, en Buenos Aires y en Madrid. Volver a casa remueve aguas profundas, cuya claridad depende de los aconteceres, o más bien de las sensaciones, que te provocaron la salida y el regreso.  En lo referente al germen de la novela, pretendí hacer luz en un pasado que volvía -que debía volver- para fijar mi nueva posición en mi antiguo entorno desde un mirador que no era tan conocido como yo creía.  Ni aquella Zaragoza ni aquellas gentes eran las mismas de tantos años atrás.  Y yo quería que lo fueran.  O eso sentía, que no es garantía de verdad irrefutable.Entré en vaivenes interiores movidos por acontecimientos inesperados y sobre todo indeseados.  Y esos vaivenes fueron aprendizajes que marcaron mis caminos dejando muescas muy reconocibles.

Pero no me puse de inmediato a redactar lo que aquellas páginas de Millás me inspiraron.  Pasó mucho tiempo y corrieron varias influencias para llegar a la novela a la que se refieren estos párrafos. A los meses, cayó en mis manos, como por ensalmo, ‘Autos de choque’, de Rodolfo Notivol, con quien comparto edad, orígenes y recuerdos aventureros de barrio.  ‘Autos de choque’ es una reunión de relatos relacionados casi a modo de novela, ambientados en el entorno de ese barrio que Rodolfo y yo compartimos, y en el que había localizado mis ‘Fábulas de Montemolín’ (nuestro barrio) como fogonazo de nostalgia desde mi Buenos Aires querido.  Por medio de Rodolfo conocí a Félix Romeo, un incansable agitador cultural, algo más joven, pero perteneciente a nuestra generación, originario del barrio de Las Fuentes, allí donde se ubicaba mi club de fútbol de toda la vida, Santo Domingo de Silos, en cuyo colegio Félix estudió y en torno al cual ambienta su novela ‘Dibujos animados’.  La leí. Otro aviso para navegantes de mi barco.

Atravesé una crisis creativa de más de tres años que ocupé en reunir mi obra escrita. Esa inmersión en mi pasado literario removió dulzuras y amargores en el recuerdo de quién había sido, esa persona que había decidido escribir por tantos motivos y por tantas intenciones.Mientras tanto, mi entorno familiar iba llenándose de una necesidad de fortaleza que sólo puedes encontrar si la iluminas con amor.  Y amor tuve caminando por un sendero repleto de maravillas dolorosas que seguían orientándome hacia un destino incierto.  Es decir, la introspección fue imprescindible y substancial.

Visto desde hoy, el camino se ilustraba de hitos y etapas que dejaban pistas de lo que alguien, no supe quién, quizá el universo, me señalaba como objetivo: escribir esta novela.La confirmación llegó consistente cuando asistí a la presentación de ‘Entresuelo’, una autobiografía del escritor aragonés Daniel Gascón.  Más o menos, diciembre de 2013.  Y se precisó con la lectura de ‘Informe del interior’, de Paul Auster.  En ambas obras, los autores hacen su recorrido personal por la memoria del propio crecimiento que marcó sus vidas.No había vuelta atrás.Comencé a escribir la novela a principios de 2014, con la intención de mostrarme y mostrar qué hubo en mis años de infancia.  Antes, había buceado en tono autobiográfico con ‘Jugué al fútbol’, con ‘Fábulas de Montemolín’ y con ‘Mujeres que llenan mis noches’, ejercicios prodigiosos que no llegaron a ser plenos.  Revisar esas tres experiencias creadoras me ayudó a visualizar lo que en su momento no supe, o no pude, o no quise, reflejar del todo, porque las encontré cubiertas de esa pátina de ocultamiento que a veces nuestra mente nos obliga a colocar en la expresión de la memoria para evitar dolores del ego o del corazón.  Comprendí y descubrí todas mis excusas y quise enjugarlas con ‘Los últimos catorce años’.

Elegí pronto el título, que nació de varias influencias muy diferentes entre sí.  Las dos más relevantes fueron: una por mimetismo con ‘El último encuentro’, de Sandor Marai, que leí en esos días, y otra por enlace con el primer cuento (La mora) de ‘Mujeres...’, que termina con la muerte del dictador Franco, en 1975, con mis catorce años de edad, hito que siempre mis padres marcaban como clave para otorgarme autonomía y responsabilidades.  Relacioné ambos hechos y así surgió esa mixtura entre el período final del régimen y mis años de acercamiento hacia la madurez.

El contenido debía partir de mi memoria, ese almacén maldito que juega a iluminar más o menos sus estanterías, según criterios que algunos llaman el inconsciente.  Hubo compulsión creativa, como debe ser cuando quieres narrar desde las entrañas, y aprendí a usar el bloc de notas de mi teléfono móvil, donde apuntaba esos recuerdos que aparecían con escasa angulación y movimiento giratorio.

Di a leer esas secuencias y sensaciones a mi familia cercana, indagué más en hechos que no conocía al detalle, viajé con mi padre a sus lugares de infancia... Escribí el primer capítulo sin entender de dónde me llegaba esa composición estilística que los párrafos desprenden: continuas idas y vueltas en el tiempo, con un movimiento elástico que dispara los recuerdos, que los repliega después hasta ese centro del momento, intemporal que se va gestando desde el pasado y el futuro.  Llegué a creer que el tiempo es biunívoco, que quizá no es lineal, o no existe, o se condensa, o nos lo inventamos nosotros para poder ordenar lo que debemos vivir.  Puede ser debido a que en aquella época había comenzado mis prácticas de meditación, en las que aprendes a leer tu mente y concluyes que toda su vorágine es absolutamente innecesaria.  Llamé a mi herramienta aplicada como de ‘pensamientos encadenados’.

Y en esas estaba cuando llegó a mis manos el ‘Informe del interior’ citado.  Paul Auster remarcó el uso de la segunda persona para escribirse a sí mismo en ese trayecto para adentro, usando esa voz casi ajena, casi propia -de su otro yo parece ser-, desde la que construye su observación reflexiva.  Rehíce  el primer borrador de mi novela de principio a fin y quedé satisfecho de la impresión que supuse provocaría a quien se atreviera a leerla.

A 17 de noviembre de 2014, cumpleaños de mi padre, di por finalizada esa versión inicial.

Reposó. La leyeron algunos familiares y amigos más, recibí varias sugerencias y benevolentes críticas, algunas muy agradecidas, como la de quien le recordó a ‘Nada’, de Carmen Laforet, o los primeros capítulos de ‘La ciudad de los prodigios’, de Eduardo Mendoza.

Casi un año después de aquella primera culminación, falleció Esther, a quien le dedico esta novela, porque la leyó con un interés lleno de cariño y me dio los mejores consejos para hacerla, y hacerme, más comprensible.  Hay revoluciones del destino que son acicates para entender que estamos aquí con una misión ineludible, y que nuestra felicidad depende de que, consciente o inconscientemente, la descubras y la lleves adelante.  No me importa la duda, no sé si lo que sigue nació de ahí o de un retortijón de mis intestinos... la cuestión es que cuando la releí para enviarla a una editorial, cada párrafo me inspiraba una reflexión que surgía como lava que pugnaba por salir al exterior.  De ahí nacen esas líneas tan intimistas, llenas de mis preguntas o respuestas que pueden ser duda, mentira o verdad, no me importa, y que se derramaron ineludiblemente entre cada punto y aparte de mi historia para nutrirla, o nutrirme, de una percepción más consciente del mundo, o de mi mundo.

Ça y est.  Es para ti.

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