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QUÉDATE CON LA ÚLTIMA PALABRA (No te veré morir, de A. Muñoz Molina)

QUÉDATE CON LA ÚLTIMA PALABRA (No te veré morir, de A. Muñoz Molina)

QUÉDATE CON LA ÚLTIMA PALABRA

Comienzo esta reseña escuchando la suite nro. 1 para violoncello, de Bach, interpretada por Pau Casals en agosto de 1954, en la abadía de St. Michel de Cuxa, cerca de Prades (no la ciudad de Tarragona, sino la ubicada en los Pirineos Orientales con el mismo nombre y que ejerce como capital del territorio catalán en Francia).  Tiene que ver, precisamente, con el exilio de Pau Casals en tiempos de Franco.  Escúchala, son quince minutos evocadores y ayuda a sentir la profundidad de la novela.

Me acerqué a este libro por dos razones, su sinopsis de contraportada y un reto de Ana Segura: conversar sobre el libro, intercambiar opiniones, de lo que estas líneas serían el aperitivo.  Tal sinopsis expresaba que  íbamos a leer un reencuentro de dos antiguos enamorados que se separaron hacía unos cincuenta años.  Y ahí reside una razón personal, que viene poco a cuento, pero que explica el interés por leerlo y tan deprisa, en apenas tres tardes.  Abundando algo más en la trama, hallo que esos “unos cincuenta” son cuarenta y siete, y que quien rompió fue Gabriel Aristu, el protagonista, influido por terceros…  enormes coincidencias. Además, a las pocas páginas encuentro una referencia a Prades, ese pueblo que más arriba he citado, por ser la ciudad que mejor y más recuerda a Pau Casals, el gran cellista que tiene allí un homenaje cada año y que es la inspiración de Aristu, también intérprete de cello, instrumento no sin importancia con la historia y con la personalidad del protagonista.  Aún suena detrás de estas letras.

Seguí leyendo tras un comienzo que me resultó algo arduo, difícil, ya que se trata de una frase que ocupa setenta páginas, a modo de mantra que hipnotiza y subyuga para prepararnos otros dos tercios suaves en el estilo y contundentes en el argumento mientras nos vamos hacia el amor, la muerte, la memoria, los hijos, el pasado…  Sí, es una historia de amor, pero, como era de suponer, no es sólo eso. Muñoz Molina juega con las voces, que son tres, dos omniscientes que no son la misma, y una en primera persona como observador, que relata bajo su punto de vista lo que el protagonista le va contando en sus encuentros de confianza, satinado de sus interpretaciones y de una historia personal que repite varias veces, como si el autor quisiera que quien lo lea le dé la importancia que requiere para entender precisamente esa interpretación que aporta a los hechos.

Crea Muñoz Molina una novela en su justa dimensión, lo que se agradece frente a las novelas (y películas) río que nos invaden, como si la inversión de esos euros se suponga mejor aprovechada cuanto más papel y tinta contenga el libro.  Son 238 páginas, con mucho espacio en blanco y letra grande, llenas de tal salpicado de beldades que también se me queda pequeña la inversión, pero por este otro motivo.  Debo confesar —algo he anticipado— que debí aplicar cierto esfuerzo para continuar tras las primeras diez páginas, pero leer Prades (el pueblo) y Villanueva (la calle) me hizo darle una cancha que ahora agradezco (perdón).

Da cuenta de su oficio, con maestría y a la vez con humildad, sin alharacas ni estridencias, con un lenguaje sencillo, pero no simple, con construcciones que nos dejan infinidad de huecos para re-crear la historia, mientras disfrutamos de paseos por California, Virginia, Nueva York y Madrid, con alguna referencia a Suiza.  Pocos personajes, muy bien perfilados, con su arista que se interna en esa historia de amor, que no es sólo de amor (ya lo he dicho), sino de varias situaciones entrelazadas, de varias visiones superpuestas.  Con suavidad, pero con hondura, se inmiscuye en la realidad española anterior a 1967 (año de la separación de Gabriel y Adriana), recovecos de la dictadura vivida a pie de calle, donde más dolió.  Juega con ambivalencias de los personajes, sobre todo de Aristu, hombre culto y cultivado, pero manso… aunque en las dos páginas finales quizá podamos entender que ha superado con creces la penitencia, que se ha lucido como gran seductor, aprobando la asignatura pendiente de aquel día cuarenta y siete años antes. 

Lee hasta el final y quédate, sobre todo, con la última palabra.

(fotografía de Paula Argüelles, en eldebate.com)

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