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Molintonia

...sobre mis obras

Libro II - Cuentos de Luz, Índice

El anciano solitario (1989)

La madre (1993)

El caballo de la luna (1989)

Por una esperanza (1992)

El árbol y Raúl (1992)

Las puertas del invierno (1992)

Vuelo hacia el Amor (1992)

El mensajero (1993)

La revelación (1993)

La llamada de la luz (1992)

La estación del Edén (1993)

Las últimas palabras (1992)

Un amigo te guarda (1981/82)

Libro II - Cuentos de Luz, Prólogo

Libro II - Cuentos de Luz, Prólogo

Creo que este libro tomó inicio el día en que me levanté de un confesionario cuando el cura me inquirió sobre mis costumbres sexuales.  Tenía 15 años.  Desde aquella separación con la doctrina oficial, la católica, hasta este libro ocurrieron circunstancias que culminaron con mi bajo estado anímico buscando respuestas, porqués, motivos a esas realidades que no entiendes en la melancolía o en la frustración.  En 1991 se rompió mi primer matrimonio y acababa de conocer a personas con inquietudes espirituales que cuadraban con mis intuiciones que nunca terminaba de investigar.  Conocí a Juanjo y a su grupo de Valdefierro, donde recibí una enseñanza impagable.  Con ese empujón, con muchas lecturas, con alguna revelación y con el descubrimiento de que mi amigo José Julián también andaba por estas vías (30 años juntos y no nos lo habíamos contado), sentado de nuevo ante el pupitre de mi habitación en casa de mis padres, aquel que había soportado el vuelo de mi bolígrafo para escribir los primeros intentos literarios, comencé a escribir relatos que iban surgiendo de las nuevas circunstancias.  Seguí durante algunos meses en el proyecto, recopilando de aquí y de allá, incluso añadiendo relatos que había escrito antes con otra motivación…  y me los llevé en diskette a Buenos Aires.

Estaba cerrando la publicación de Epistolario de un oficinista, y quería comerme el mundo literario.  Su editor, hombre comedido y centrado, no quiso abusar de la ebullición de mi ego, y me había preparado una edición digna, sencilla, de 500 ejemplares y 96 páginas.  En cambio, la editorial con la que contacté por un anuncio en el diario Clarín, se apoyó en mi crecida egolatría, me llenó de elogios y anticipó tales éxitos cercanos al Premio Nobel que pudo arrancarme una edición con portada a color y 2000 ejemplares.  Ellos me dijeron que era compartida porque editaban para sí mismos otros 2000 que distribuirían en el mercado hispano de Estados Unidos, en Chile y en el interior de Argentina.  A mí, por supuesto, me dejaban que distribuyera los míos en Capital Federal, en el Gran Buenos Aires, España, Europa y resto del mundo.  Para favorecer mi trabajo me presentaron a Enrique Santiago Rueda, un editor de origen español, que vivía de la fama y del fondo editorial adquirido por su padre.  El hombre me cobró por adelantado sus honorarios y se comprometía por dos años a distribuir los ejemplares por más de 100 librerías, de las cuales me habló de un listado que no me proporcionó después.  En fin, una estafa de la que pude recuperar algo de dinero (aunque no los ejemplares que se había llevado; ni importa, me quedan muchos aún) gracias a la intervención de Antonio Sempere, vecino mío en la casa de la calle Juncal al 1700 y con nombre reconocido y trayectoria respetada en el mundillo editorial porteño.

El editor no incluía la presentación en su contrato.  Intenté prepararla, pero la ocupación profesional no me lo permitió.  Aun así, transcribo aquí los apuntes que había preparado para mi intervención como un ser sorprendido por los nuevos enfoques que iba absorbiendo:

 

Cuando un escritor presenta una obra suya, la intervención debería iniciarse obligatoriamente con los agradecimientos.  Y no es casualidad ni buena educación…  Que en este momento un libro se vea saliendo de las manos del autor es un logro que a quien más satisface es sin duda a él mismo y por eso todos los pasos intermedios, desde el punto final hasta la llegada al lector, son producto del interés de otras personas o sociedades que han puesto su esfuerzo con una apuesta para que así sea.

Pero hay más en la elaboración de un libro, y es la génesis desde que surge como un chispazo en la imaginación del escritor hasta que está listo para iniciar el proceso comercial.

Creo que todo libro está iniciado mucho antes de que la primera letra se plasme en el papel. Un libro es inseparable de su autor y, por ello, sus vivencias se van acumulando, quizá sin premeditación, para un día estallar contra la hoja en blanco, y eso se descubre mucho después de haberlo escrito, cuando al releer con la reflexión sobre el progreso de esa época, el autor se sorprende con la comprobación de que gran parte de su vida y de su personalidad quedó impresa en esas hojas.

Cuentos de Luz nació como deseo literario en el año 1991.  Después de una etapa turbulenta en mi vida, intensifiqué el contacto con grupos de personas que se movían en otro ámbito de conocimiento espiritual del que yo estaba iniciado.  Y ahora lanzo una paradoja impactante: me sorprendí de que no me sorprendiera.  Dentro de las enseñanzas que había recibido, el golpe de información que me llegó de pronto debía haberme provocado rechazo, alucinación o admiración…  Cualquier estado menos el de escucha sin asombro.  Aquellas ideas sobre alma, espiritualidad, poderes sobrenaturales, guías, médiums, eran canalizadas por mi conocimiento de igual manera que se abre una compuerta de un canal y el agua fluye sin sobresaltos por el cauce ya preparado.  O como cuando repasamos con nuestros hijos las tareas escolares de primaria y nos decimos para adentro: “Pues esto ya lo sabía, pero no me acordaba”.

Y así, una vez que hube reflexionado y asumido lo que acabo de contar, me vino la impaciencia por saber, por confirmar esa sensación.  Llegué a esta confirmación: lo que por fe se comprende se convierte en axioma del espíritu, porque todas las lecturas y consultas que realicé no me aportaban más de lo que yo había intuido.  Entonces me envolvió el deseo de contar, de explicar, de hacer entender a mi mejor manera todo ese mundo que acababa de descubrir.  Empecé a escribir sobre experiencias personales, narraciones ajenas, intuiciones metafísicas, con la única intención de recrear literariamente un mundo que comenzaba a explorar.

Así ahora, vuelvo a los agradecimientos, esta vez refiriéndome a aquellos que van impresos en la página 5 del libro, porque gracias a esas personas me involucré en este camino hacia la Luz, un camino como otro cualquiera para descubrir ese mundo desconocido que habita en nosotros.

Pero me encontré con más sorpresas.  Haciendo mención a esa época que antes aludía de repaso sobre un tiempo transcurrido, releí escritos míos de años atrás.  Y allí, sin buscarlo, quizá menos explícitos, fui capaz de hallar y comprender los indicios de esos cauces que habían estado latentes, de esos cauces que ahora me traen al descubrimiento de una ebullición interior que no es nacida, que ya tenía en embrión y que desconocía por completo.  ¡Qué misterios nos depara la vida!

Ningún arte es casual.  Toda manifestación artística responde a unos cánones universales que pertenecen al patrimonio del género humano.  De ahí que las obras de arte sean propiedad exclusiva de la historia.  Y en mi modesto aporte hacia la creación, quiero entender que esta obra que presento tiende a postularse hacia ese patrimonio.  El objetivo es ambicioso, pero a partir de ahora ya no depende de mí, sino de que los lectores, convertidos en jueces, la hagan no subir a ese escalón.

Libro IV - El juego de las sillas, Índice

 (puedes comprar este libro en www.bubok.es/libros/212905/El-juego-de-las-sillas )

1ª) parte

 No es cierto (1995)

Pepa es mi amor (1995)

H. (1995)

Ramón Luna Gutiérrez (1995)

Los guardaba por casualidad (1995)

Ataúd abierto (1995)

Mirando atrás (1995)

El regreso (1995)

El emigrante (1995)

 

2ª) parte

Celina, la equilibrista (1996)

Por una moneda, un sueño (1996)

El destino de un pastor (1996)

La fiesta de los payasos (1996)

Diatán (2005)

 

3ª) parte

Eros equivocado (2001)

La pierna (2003)

Querida yaya (2004)

Sacerdotisas para morir (2009)

…abrazándola (2010)


 4ª) parte

La metamorfosis de un capullo (2010)

Qué corto se me hace el viaje (2010)

Pasan cosas, ya sabes (2010)

A mesa puesta (2010)

A tiro fijo (2010)

A la vez que tú (2010)

Animals (2010)

Niñas con abrigo (2010)

Indecisión (2010)

 

5ª) parte

Microrrelatos

Libro IV - El juego de las sillas, Prólogo

Libro IV - El juego de las sillas, Prólogo

(Manuscrito de mi yaya, que escribió a los 98 años)

En el año 2009, recopilé varios relatos no publicados para presentarlos a un certamen de la Diputación Provincial de Zaragoza.  Entre varios títulos, mi hijo Eduardo eligió El juego de las sillas, porque un libro de cuentos puede leerse como se juega a las sillas, haciendo girar a las historias en torno a los asientos, y escoger a la que se quede de pie después de sonar la palmada.

Para esa recopilación, rescaté unas líneas que guardaba por alguna carpeta escondida y las incluí de prefacio en aquel libro, donde no estaban todos los que son, ni son todos los que estaban (los cuentos, digo). Creo que ilustran a la perfección varias de las sensaciones percibidas a la hora de reunir mi obra a los 50.  Ten, sírvete…

 Escribo estas líneas varios años después de que diera por terminada la creación de la mayoría de los relatos que siguen.

Releer es un ejercicio apasionante; siempre se descubren nuevas sensaciones que a veces son recuerdos y a veces novedades que enriquecen la memoria.  Y en esta ocasión, al reencontrarme con el mundo que yo tuve en aquellas épocas, la aventura se convierte en un viaje hacia el interior de una persona que debió ser yo en un lugar del tiempo.

Bucear por esas páginas, que escribí por intuición y sin consciencia de que volcaba con la tinta mis fantasmas tan ocultos, me lleva al pensamiento de que quizá no somos los mismos cuando el tiempo se adueña de nuestra alma.

Los escritores, raza tan difícil y tan oscura, amamos a nuestras obras como hijos bastardos que se parecen a nosotros mucho más que los legítimos.  Y son los propios hijos quienes nos enseñan que también fuimos jóvenes y que cometimos errores y herejías que nos persiguieron durante años hasta que supimos descubrirlos sin saber cómo, y entonces, como arte de prestidigitación, dejan de ser carga pesada y se transforman en objeto de divertimento –¡qué sagrado el humor!

Este libro es el jardín de infancia donde se han encontrado todos estos niños para iniciarse en el conocimiento de la vida fuera del hogar.  Entre ellos hay diferencias, distintos gustos y caracteres, porque su padre, inexperto y caprichoso, jugaba a encontrar el camino de hacer ideal el culmen de la creación.  Y todos son del mismo padre, pero sus madres son desconocidas (que no inexistentes), por lo que discrepan tanto en su evolución que algunos no se hablan, otros se adoran y el resto se soportan en un ejercicio de obediencia debida al progenitor.  Incluso algunos han nacido en otro país, en otro continente y en otro hemisferio, donde el Sol pasa por otro lado, la Luna crece al revés, las estaciones se contradicen y los astros influyen de otra manera.

Atrás han quedado espíritus sin encarnar, cópulas sin amor, ejercicios gimnásticos y ensayos en la memoria, cuyo producto fue tan generoso que ni siquiera quiso nacer.

En Buenos Aires conocí el precioso apelativo de "Maestra Jardinera", así, en femenino exclusivamente, porque parece que los hombres no estemos hechos para creer en la infancia.  Como sé que esto no es verdad, recurro a que si eres mujer, te hagas Maestra Jardinera por unas horas para que apliques ese cariño recto que necesitan los niños.  Y si eres varón, sé que el ejercicio no te va a ser tan duro como tus amigos se creen que eres.  Tómalo como un ruego.

Que os sea muy agradable.

 

Divido este libro en varias partes:

—la primera de ellas engloba los nueve relatos que escribí en 1995, muchos de ellos como ejercicio de estilo mientras leía teoría argentina sobre sus maestros en relato corto, sobre todo Cortázar y Borges; El regreso fue publicado en el boletín del Círculo Aragonés de Buenos Aires y Los guardaba por casualidad (antes El periquito) está incluido en Tintas distintas.

—en la segunda van los cuentos infantiles, que bien podrían configurar un libro aparte, pero he preferido dejarlos ahí por razón cronológica.

—en la tercera, aparecen cinco relatos inconexos, muy separados en tiempos, estilos y temáticas, que hacen de puente para llegar a las dos últimas...

—la cuarta parte: los nueve escritos expresamente para el libro de 3d3 Tintas distintas

—y la quinta parte contiene experimentos en microrrelatos

(puedes comprar este libro en www.bubok.es/libros/212905/El-juego-de-las-sillas )


Libro I - Epistolario de un oficinista, Palabras propias de presentación

Libro I - Epistolario de un oficinista, Palabras propias de presentación

Palabras propias de presentación de Epistolario de un oficinista 

Lo más importante para mí en este momento es agradecer a todos los asistentes su presencia.  Muchos de ustedes serán madres o padres.  Yo también.  Para alguien que escribe, y más si es su primera presentación al público, este acto se siente como el bautizo de su primer hijo, por lo tanto, estoy seguro de que comprenderán mi emoción y de por qué he mencionado ese agradecimiento en primer lugar.  Y además es muy especial porque hoy parte de mi familia no puede estar presente por razón de la distancia, así que ver a tantos asistentes en esta sala suponga un entrañable calor de hogar.  Envío mis abrazos a mis hijos Raúl y David, a mis padres y a todos aquéllos a quienes les habría gustado estar presentes.  Igualmente, quiero hacer expresa mención a la familia Prado-Quintás, que con su hospitalidad y cariño me han acercado a esta encantadora localidad de Caseros y me han abierto el camino de esta primera publicación.

Pienso que todo escritor debe ser una persona comprometida con unos valores, ya sean éticos, sociales, políticos o espirituales, porque su obra, en el momento que sale de sus manos inicia una vida que, como la de cualquier hijo, es imposible de controlar.  Convengamos que la elaboración de una obra siempre debe tener presentes unos principios muy parecidos a los que unos padres van inculcando a sus hijos… aunque todos conocemos hijos rebeldes, ¿no es verdad?... y han sabido crecer muy bien por sí mismos.

Escribir es un oficio y se convierte en arte cuando la combinación de sus instrumentos sumerge al lector en un mundo distinto al que sus sentidos percibe.  Y ningún escritor, ningún crítico, ningún filósofo, es capaz de describir por qué se consigue.  Se puede hablar de técnicas, de oficio, de sensibilidad, de observación… pero el lector habitual, que es quien realmente siente esa sensación, no quiere entender de escuelas, estilos, ni de voces narrativas, ni de metáforas, ni de rimas, ni de ritmos…  El lector habitual lee… y le gusta o no le gusta.  Igual que el observador de una escultura o de una pintura.  Los estudiosos del arte se han permitido investigar los motivos y llegan a conclusiones verdaderamente concienzudas, pero no convencen a esa mayoría que no quiere entender del arte, sino disfrutar del arte con ese sexto sentido que nadie se atreve a buscar científicamente.  ¿Cuál es ese sexto sentido?  ¿Qué órgano lo tiene atribuido?

Carl Jung, discípulo aventajado de Sigmund Freud, hablaba de una conciencia universal a la cual, según él, todos podríamos tener acceso.  ¿Quizá los artistas son capaces de acceder a ella y toman de ahí los elementos para hacernos vibrar de esa manera?  Platón también hablaba de la teoría de las ideas.  Y todas las religiones predican la existencia de un mundo ajeno a nuestras percepciones sensoriales.

Me voy a arriesgar a filosofar sobre esta cuestión, apoyándome en la línea que predica la dualidad cuerpo—alma.  A partir de la Edad Media, las investigaciones médicas, además de intentar descubrir el sexo de los ángeles, buscaban un lugar del cuerpo donde encontrar el alma.  Todavía no se ha llegado a una solución demostrable, y creo que nunca se llegará, porque el alma no va a ser tan grosera de alojarse en un lugar del cuerpo.  Esperemos seguir pensando que nuestra alma, en definitiva nosotros, sea tan etérea que nos permita creer en volar sin aviones.  ¿Qué es el alma?  ¿Dónde está?  Si el alma, es inaprensible, inmaterial, incorpórea, tampoco pretendamos que tenga orejas, ojos, oídos o boca, por lo tanto, ¿por qué no aventurar que el artista es capaz de hablar a ese pedazo de nosotros que ni siquiera sabemos dónde lo tenemos?  Entendamos que sí, que es capaz, y de ahí que la obra de arte sea universal, porque suponiendo que todas las almas nacen y vuelven al mismo mundo, fuera de fronteras, idiomas, ideología y políticas, el lenguaje verdaderamente artístico impactará a todos aquéllos que sepan sentir, aunque sea intuitivamente, su alma.

Aparte de que estas disquisiciones puedan tener o no visos de verdad, es innegable que el artista es poseedor de un don que no es habitual entre los mortales, lo que se denomina talento.  Creo que ese talento, como cualquier otro, entendido desde el punto de vista empresarial, organizativo, político, altruista, etcétera, debe ponerse al servicio de la colectividad con el compromiso que antes aludía, compromiso consigo mismo y con su obra y su mensaje, con su significación dentro de la sociedad, ya sea exclusivamente con el deseo de entretener, divertir, meditar, enseñar.  Aunque una obra no vaya a salir de las puertas de casa del autor, es necesario que sea elaborada con ese compromiso de hacer valor una intención, intención que alcanzará mayor sentido cuando se enfoque hacia un proyecto que signifique hacer mejor la vida de los demás, aunque solamente sea distraerlos unos segundos haciéndole salir de este mundo nuestro tan complejo.

La mayoría de las veces, los autores no son capaces, al momento de terminar la obra, de analizar objetivamente cuál ha de ser el lugar que va a ocupar, y ni siquiera si va a ocupar un lugar.  Para quienes se acercan a la literatura como lectores, surge la duda de si el autor ha previsto que va a tener tal o cual repercusión.  Más en concreto, muchas veces nos preguntan a quienes nos dedicamos a esto cuál ha sido el motivo que nos ha empujado a escribir ésta o aquélla obra, el porqué de tal tema o tal estilo.  Si tuviera que contestar refiriéndome a este libro, en los cuatro primeros relatos diría que exclusivamente el deseo de llenar una página en blanco.  Todas las interpretaciones que puedan surgirme sobre cada relato nacen muy lejanas al momento en que coloqué el punto final.  Es decir, que las musas existen…

El relato que da nombre al libro, Epistolario de un oficinista, es una historia real, a pesar de lo estrambótico del personaje, quien, por sus peculiaridades, me incitaba a tomar nota de todo lo que hacía o decía en la oficina, en un principio sólo por curiosidad o diversión, después ya con intención de fijarlo en el papel.  Utilicé la forma epistolar por timidez.  Puesto que soy protagonista indirecto de la historia, diluido en los otros personajes, sentí reparo al verme incluido en ella, por lo que mediante las cartas pretendí esconderme un poco más.  Elegí un modelo estilístico prestado de Unamuno, el que utilizó en sus “Historias de don Sandalio, o un jugador de ajedrez”.

El aura del bosque surgió un día en que deseaba escribir imperiosamente, pero no sabía el qué.  Tomé un libro de Tagore, “El jardinero”, leí una poesía que me impactó, y asumí su argumento para lanzarme contra el papel sin tener ni idea de qué iba a constar mi relato.

Cuando comencé a escribir ¡Qué genio! sólo pretendía hacer reír.  Hacía poco tiempo que se había estrenado mi primera obrita cómica, y como vi que los espectadores se reían, me surgió el deseo de escribir una narración de ese estilo.

A veces los concursos ayudan a la creatividad de los escritores.  Este es el caso para … y los fusiles hablaron. Llegó a mis manos una convocatoria para un concurso de relatos relacionados con el tema del fanatismo.  Sin más motivación, agarré el bolígrafo y me apareció el fanático señor Carlos, que supongo estaría oculto por algún lugar escondido de mi cerebro.

En Las últimas palabras ya hay más intención y más compromiso.  También nace de un caso real, pero esta vez más novelado.  Forma parte de otro libro titulado Cuentos de Luz, que estoy terminando, pero Juan ha querido incluirlo en esta antología que ha seleccionado de entre mis relatos.

Tengo cierta intención motivada que engloba a todos estos cuentos, y que he querido plasmar en una carta prólogo incluida en el libro, y que quiero leeros como fin a mi intervención:

 

Querido lector:

Seas bienvenido a esta pequeña isla de la producción literaria, donde he desembarcado, casi por intuición, para ofrecerte unos cuantos pedazos de esa parte humana dentro de la cual se alojan los fantasmas y fantasías del mundo interior.

Este libro contiene palabras puestas en orden con la única meta de mostrarte un cúmulo de sensaciones que no sé expresar de otra manera.  Cada entorno, cada personaje, nace de un mundo ajeno a tu realidad, pero se inmiscuirán en ella a través de la confabulación que sepa despertar en ti.  Y nadie será tu guía, el camino para sentir reside en algún lugar escondido de tus pensamientos.

Por ello, sólo aliento esta intención: que los minutos de lectura dedicados a estas páginas hagan de tu tiempo un paseo por la libertad de la imaginación, un lugar donde tan sólo tú serás capaz de llegar.

Puedes estar seguro: este libro está escrito pensando en ti.

Gracias.

(puedes comprar este libro en  www.bubok.es/libros/212595/Aranazos)


Libro I - Epistolario de un oficinista, Presentación de Eva Esquivel

Libro I - Epistolario de un oficinista, Presentación de Eva Esquivel

Palabras de Eva Esquivel en la presentación de “Epistolario de un oficinista”

19/11/94, 19:30

Fundación del Banco Caseros

Valentín Gómez 4726 – Caseros (Buenos Aires)

 

Normalmente, cuando los escritores vamos a presentar nuestro libro, llamamos a otro escritor, o a varios, de los cuales somos amigos y de cuyo afecto no nos cabe ninguna duda, para que se despachen a gusto con las loas pertinentes y hagan la vista gorda con los defectos que pudieran encontrar.  A lo sumo, podemos permitirles sin ofendernos que señalen uno o dos errorcillos menores, sobre todo si los tildan de picardía literaria y no de defecto, en aras de darle credibilidad al acto en cuestión.

Otras veces, no tan frecuentes, un escritor solicita a otro, que no conoce, que presente su libro.  Cuando esto sucede, como es el caso de hoy, se corren varios riesgos. 

El presentador corre el riesgo de tener que leer un libro malo y, como si esto fuera poco, sin ánimo de molestar a nadie, pero menos aún de traicionar sus propias convicciones, deberá recurrir a toda su habilidad literaria para decir que el libro es bueno, pero no; esta tarea se complementa con el recurso (por demás agotador) de desdecirse varias veces, aunque con coherencia a fin de dejar a todo el mundo confundido en un híbrida telaraña verbal.

El autor, por su parte, corre el riesgo de haberle propuesto la tarea a un escritor, o escritora, pedante que, haciendo muy buen uso de la palabra, se las ingenie para hablar de sí mismo y de su propia obra, resaltar con falsa humildad sus propios méritos literarios y, como al descuido, dedicarle medio minuto al libro que se presenta, deslizando que es “bastante digna” y que confía en la futura obra del autor.

El público, como siempre, cumpliendo su fatal sino de público, corre el riesgo de aburrirse.

Hoy, el primero de los riesgos está felizmente superado ya que al abocarme a la lectura de Epistolario de un oficinista, me encontré con un excelente libro, cuyos valores, para que no queden dudas, voy a pasar a explicar más adelante.

Por mi parte, espero no ser una presentadora pedante y espero que el público no se aburra.

Manos a la obra.

Ya les dije que no conocía al autor.  Para saber quién era José Antonio Prades tuve que recurrir a la contratapa del libro.  Me encontré con que era un hombre joven, español, que comienza a escribir siendo niño, que gana un concurso literario en su adolescencia –lo cual es digno de ser destacado porque los concursos literarios no se ganan por casualidad como algunos pueden pensar— que ha colaborado en revistas universitarias y empresariales, y que es autor de varios sainetes que se han representado en España.  Todo esto me lleva a pensar que, si bien estamos frente a la primera obra editada de José Antonio Prades, ya podríamos considerarlo, y la lectura del libro me apoya en lo que digo, un escritor con oficio.  Pero además leí en la contratapa: “Los rumbos de la vida le van dando prioridad a su promoción laboral, de modo que su producción literaria va surgiendo de a poco, sin pausa, siempre oculta, incluso para sus allegados.”  Esto significa para mí que, además de ser un escritor con oficio, José Antonio es respetuoso de sí mismo y de quien lo lee.  Alguien que no se impone el escribir porque sí, sino como una tarea necesaria, solicitada por esa compulsión interior indispensable para que la creación no sea cerebral sino sanguínea, que es como debe ser una entrega literaria sin hipocresías.  Alentada por estos antecedentes, entro definitivamente en el libro y me encuentro con un prólogo del autor que confirma sin más todas mis suposiciones.  En él, José Antonio Prades dice: Querido lector, este libro está escrito pensando en ti y entonces ya no tengo duda de que la lectura de los cinco cuentos que componen el libro va a ser un placer.

Me voy a referir a cada uno de ellos, intentando hacerlo no como una disección sino como una reseña ordenada.

En el primero, Epistolario de un oficinista, nos encontramos con un singular talento narrativo del autor para ubicar una historia dentro de otra historia, y ésta dentro de otra más, sorprendente, que sólo está si el lector se aviene a construirla.  Nos recuerda los cubos coloridos de la infancia que encajaban uno dentro de otro con sucesivas dimensiones.  Es el cuento de un joven que casualmente encuentra unas notas de su tío que a su vez lo impulsan a escribir un cuento, pero no en la forma tradicional, sino echando mano a siete cartas a través de las cuales llegará a nosotros una historia fraccionada que deberemos armar como rompecabezas.

Está escrito con un estilo ágil y concreto.  El autor maneja muy bien la frase brevísima y la puntuación, lo cual lo hace realmente agradable de ser leído.  Aparecen toques de humor y de inteligencia, no casuales sino empleados hábilmente como recursos para llevarnos de la mano por una historia dramática sin que nos demos cuenta.  Más sonreímos cuanto más adentrados estamos en el drama de un personaje cuya locura avanza y se agranda como la trama misma del relato.  Pero cuando ya todo pareciera haber terminado, queda flotando, sin embargo, una última vuelta de tuerca que estará a cargo del lector.  Él decidirá si está dispuesto a recomenzar la lectura y a buscar entre lo no dicho y lo sugerido ese tercer cuento al que me refiero y para el cual la pista clara es una pregunta claramente inocente: Mi tío Pascual, ¿quién me lo iba a decir?  Les queda sembrada la duda para cuando lo lean.

Tengo que destacar, aunque se van a reír, pero no se rían porque lo estoy diciendo en serio, que es un libro escrito en español.  Lo remarco porque en la Argentina todos creemos que hablamos, leemos y escribimos en español, pero en el fondo sabemos que no es así, que hablamos y escribimos “argentino”.  De manera que, aunque los escritores argentinos hayamos hecho grandes esfuerzos para abandonar el “tú” y hacer nuestros relatos más creíbles, es muy simpático refrescar el idioma y encontrarse con formas como “carajillo de anís”, “al tío ese hay que atarlo duro” o algún que otro “guapa”, que al principio nos llaman la atención y llegando al final nos pasan desapercibidos de tanto que nos hemos españolizado con la lectura.

El segundo cuento, El aura del bosque es un cuento de amor.  Que conste que no dije un cuento rosa, sino de amor.  Un cuento donde el amor es el protagonista verdadero que justifica ciertas actitudes que de otro modo no podríamos entender.  Aquí otra vez la versatilidad del autor coloca al personaje justo en el lugar exacto.  Hay una mujer sencilla, ingenua, aniñada, amante de la naturaleza, idealizada, diría yo.  Una de esas mujeres que –según palabras del autor— son la costilla del hombre.  ¿Dónde puede estar esa mujer sino en un lugar bucólico y cuál sería la forma para expresar todo esto sino el lenguaje poético?  José Antonio Prades nos demuestra que lo sabe cuando dice: El pueblo está casi deshabitado.  Todos los años se deshoja más y más, aunque don Jesús hace lo posible para que no enmudezca.  O cuando refuerza el paisaje paradisíaco: Aquella primavera, el bosque reverdeció como el primer año de matrimonio, como cuando comenzó a oír la risa de Laura y el claveteo de Juan al restaurar la choza.  En el verano, la pequeña cosecha saturó el granero y los gorjeos acompañaron el canto de Laura.  Durante el otoño, las agujas de los pinos cayeron dulces y el viento silbó melodías de amor.

En este relato aparecen otra vez las cartas como recurso.  En éstas se respeta más fielmente las características del estilo epistolar que en las del cuento anterior y hasta, diría yo, están más justificadas que los otras, más exigidas por la esencia de la trama.  Y hay una sorpresa final que es el broche digno de un cuento romántico.

En ¡Qué genio! el humor nos sorprende desde las primeras frases.  Dice José Antonio Prades: Nació en un quirófano rosa, con los cuidados de un ginecólogo homosexual.  Cuando papá se enteró de dicha desviación, censuró tal atrevimiento en un profesional, pero alguien dijo: “Su mujer lo agradecerá y usted estará más tranquilo”.

De aquí en más nos vamos a divertir con un cuento de humor disparatado, donde el autor hace muy buen uso de la ironía, que además es aprovechada para hacer denuncias de tipo social.  Hay diálogos desopilantes, un excelente manejo del absurdo y un niño que resulta ser un genio que llega a tener a la Humanidad en vilo a raíz de su fórmula para hacer una bomba nuclear casera, pero que en cambio abandona todo y se dedica a cultivar hongos venenosos.  Así, de exageración en exageración, llegamos al final exacto (que no les voy a contar) disparatado, exagerado y con un toque de ironía fina como para que nos deje pensando.

A esta altura del libro, ya descubrimos que José Antonio Prades intenta constantemente que el lector abandone su lugar pasivo y colabore con la creación aportando sus propios elementos.  Esta vez, el anzuelo es la frase final, que nos dejará cierto tufillo (para usar una palabra bien española) de duda acerca de la ingenuidad del personaje, sobre todo por aquello de que las casualidades no existen.

Aquí el autor se ha manifestado como un escritor con “olfato”, con esa sensibilidad que se tiene o no se tiene y que no se puede adquirir en ningún taller literario.  Un escritor que sabe crear los climas que corresponden a cada idea y rematar cada cuento con el final acertado.  Se ha dicho que un cuento bien escrito es aquél que no se podría haber escrito de otra manera.  Aquél al que no se le puede agregar ni quitar una palabra y al que no se podría terminar de otra forma.  Por lo tanto, estamos ante un libro de cuentos bien escritos… que no es poco.

En Y los fusiles hablaron nos introducimos en una temática totalmente diferente.  Aparece la España del período franquista y la rivalidad entre falangistas y comunistas.  Sin embargo, ésta también podría ser considerada una historia de amor.  En este caso, un amor fraternal, que crece entre dos amigos que se aman porque se respetan pese a las diferencias y que está perfectamente elaborada sobre la base de un juego de idas y vueltas en el tiempo manejado con maestría.  El cuento comienza prácticamente por el final, ubicado en tiempo presente, pero volvemos una y otra vez a la infancia y adolescencia de los protagonistas que se han vuelto a encontrar después de que la vida los separara, en un momento dramático en el cual ya ninguno de los dos es el mismo.  El autor no toma partido y sabe mantenerse a distancia con una mesura y delicadeza dignas de ser señaladas, dejando solos a sus personajes involucrados en la trama.

En este cuento, aunque se preste a ello, no hay golpes bajos, ni tremendismos, ni una sola gota de sangre explícita, aunque la sangre y el apasionamiento sean los verdaderos motores que se intuyen desde el título.

Y por último, Las últimas palabras, que no creo que por casualidad esté puesto al final.  No responde a las formas tradicionales del cuento.  No es una narración, ni un cuento, ni un relato sino un monólogo inteligente de alguien que llega a la sabiduría en sus últimos momentos de vida y aunque tarde, desea compartirla generosamente por si algo de lo aprendido pudiera servir a otros.

Una vez más el autor se propone hacernos trabajar.  El cuento, en realidad, no aparece y queda a cargo del lector elaborarlo sobre la base de los elementos que el autor aporta deshilvanadamente.

Hay una madre, hay hijos, hay un marido afectuoso que desaparece joven y hay una trama que será distinta para cada uno de nosotros según sintamos o no el deseo de elaborarla, haciendo de la lectura, como nos pide el autor en el prólogo, “un paseo por la libertad de la imaginación”.  Pero al margen de la historia fantástica que elaboremos o no, estamos frente a frases moralizantes, ejemplificadoras sin pedantería.  Cada renglón es un consejo dado con humildad que podría cabernos a cualquiera.  Cito algunos:

—La fe no reside en la mantilla sino en el espíritu.

—Sólo necesitas resignación porque ya tienes conocimiento y sabiduría.

—No sirve rezar letanías como un loro maleducado.

—Crecer no es delito contra la maternidad.

—Los padres sólo somos cauce, nunca motor.

Y quiero destacar muy especialmente las hermosas palabras con que termina el libro: Cada tramo del sendero se hará más corto si en esa vida tan dura que debéis sufrir, sabéis encontrar vuestra Luz y avanzar con ella hasta la eternidad.

En síntesis, este ánimo festivo que vivimos todos hoy aquí se justifica.  Ha nacido un libro muy bien escrito, con diversidad temática, que nos obliga a pensar, que entretiene, que hace volar la imaginación, que aconseja, que divierte, que nos aporta poesía.  Creo que es mucho más de lo que se le puede pedir al libro de un autor novel. 

Y para terminar, debo confesar a que esta altura de mi carrera literaria y de los avatares editoriales que estoy empezando a conocer, no sé qué se le puede desear a un autor novel.  No sé si desearle paciencia, valor, suerte o resignación.  Te deseo que se cumpla lo que desees para tu literatura.  No siempre la literatura es un fin.  Si en tu caso lo es, que llegues a buen puerto.  Si en tu caso es un medio, que ese medio te haga feliz.

Te felicito.

Libro I - Arañazos, Índice

Libro I - Arañazos, Índice

(Ernesto Sabato me escribió esa carta con ocasión de la publicación de Epistolario de un oficinista, del que le envié un ejemplar)

Introducción

Palabras de Eva Esquivel

Palabras propias

 Un amigo te guarda (1981/82)

                 Rosa Roja

                 Princesa Blanca

                 Pájaro Azul

Línea 38 (1981)

María (1983)

Zaragoza, año de gracia 2051 (1983)

Don Manuel (1984)

El aura del bosque (1984)

Epistolario de un oficinista  (1984)

Aurora conmigo (1985)

¡Qué genio! (1985)

Severiano, el tenor (1985)

El regreso al adiós (1986)

Una rubia platino (1986)

El Grasas (1987)

El grito de un milano (1988)

Fusiles al alba (1989)

La casa digna (1989)

 

(puedes comprar este libro en  www.bubok.es/libros/212595/Aranazos)

Libro I - Arañazos, Introducción

Libro I - Arañazos, Introducción

 

Aquí van relatos cortos, o largos, unos casi novelas, otros despuntes de pocas frases, creados en la veintena, época para soñar sin fin, cuando quería escribir sin saber por qué, en ese alarde a veces de iluso engreído, a veces de artista opaco, siempre sensible en ese mundo interior que nos domina sin saberlo.

Dos de ellos nacieron de la nada, por arte de prestidigitación, birlibirloque o inspiración de las musas, ambos con desenlaces duros, quizá en reflejo de lo que me bullía por dentro en esa etapa, como Aurora conmigo, escrito sobre cuartillas recicladas a la luz de un rayo de luna frente a las playas de Cullera en el verano del 85; o Zaragoza, año de gracia 2051, con un final apocalíptico, por lo cual le cambié el año del título –antes fue 2015–, pues yo mismo me auguraba una desaparición contranatura y violentada, así que retrasé el hecho treinta y seis años con el baile de los dos últimos dígitos, pensando con los benditos veintidós de entonces que mis años de existencia no llegarían a los noventa.  ¿O sí?  Ahora tiemblo.

Otros surgieron por acto inesperado, como El aura del bosque, que se disparó después de leer un poema de Tagore en “El jardinero”; o El regreso al adiós y Una rubia platino, escritos en los ratos calmados que me permitió un trabajo aburrido en Alcañiz; o ¡Qué genio!, ese exabrupto cómico que me surgió después de leer un artículo sobre los niños superdotados y un artículo en la revista Reader Digest sobre cómo fabricar una bomba atómica casera; o Don Manuel, que se pergeñó viendo la película “Nazarín”, de Luis Buñuel.

 Otros respondieron a las llamadas de un concurso, como Línea 38, la del autobús de mi barrio, relato que debía ambientar en Zaragoza para un certamen convocado por el Ayuntamiento de mi ciudad, o como Fusiles al alba (antes titulado …y los fusiles hablaron), para un premio de relatos sobre el fanatismo, convocado por la revista El Ciervo.

Tres responden al deseo de ser escribano de la historia, contando historias reales, como en Epistolario de un oficinista, que relata las peripecias de un compañero de trabajo muy especial y por lo tanto las viví de coprotagonista directo, y en María o en El Grasas como narrador interpuesto, pues cuento historias que me contaron personas allegadas a mí.

Dos de los tres que quedan por encuadrar en su origen responden a peticiones expresas: Severiano, el tenor, es un ejercicio solicitado en un taller literario, y El grito de un milano nació a instancia de la revista sindical de UGT en Aragón, La Voz, para loar la obra de recuperación de Ligüerre de Cinca, un pueblo abandonado del Pirineo aragonés que habían convertido en un centro vacacional para los afiliados.

La casa digna tiene un motivo preferencial: el homenaje a mi escritor preferido, Gabo, Gabriel García Márquez, tomando prestado su estilo personal para lograr aprehender lo que con él destila este premio Nobel.  Había leído con fruición sus obras mayores y unos cuentitos, de los que guardé especialmente “Ojos de perro azul”.

Son dieciocho relatos (se han quedado dos en el cajón), a modo de mayoría de edad, que recojo y presento como cierre de una etapa que abarca desde mi inicial intento hasta el comienzo de mi primera obra con intención de ser escritor, la novela El embrujo de una rubia platino.  Algunos de ellos se integraron en mi bautizo editorial, de 1993, que el editor, Juan Leonardo Decuzzi, quiso titular Epistolario de un oficinista, publicación nacida en Santos Lugares, un barrio del municipio Tres de Febrero del Gran Buenos Aires, casi al abrigo de Ernesto Sabato, quien me envió una entrañable carta que guardo como la camiseta firmada por Maradona.  Incluyo las palabras que en su presentación pronunció la escritora Eva Esquivel y mi réplica correspondiente. Nelly Quintás me regaló un retrato a carboncillo tomado de la fotografía de contratapa, en el que me rodea una imagen de Esther a mi lado, sendas imágenes de Zaragoza, El Pilar, y del pueblo de Caseros, así como de Cervantes, Sabato, Borges y García Márquez.

Titulo esta recopilación Arañazos porque en otro intento de publicación, allá por 1986, así la titulé y así la mantengo en mi memoria literaria.

Con muchos recuerdos…