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...sobre mis obras

Libro IV - El juego de las sillas, Índice

Libro IV - El juego de las sillas, Índice

(puedes comprar este libro en www.bubok.es/libros/212905/El-juego-de-las-sillas)

1ª) parte

No es cierto (1995)

Pepa es mi amor (1995)

H. (1995)

Ramón Luna Gutiérrez (1995)

Los guardaba por casualidad (1995)

Ataúd abierto (1995)

Mirando atrás (1995)

El regreso (1995)

El emigrante (1995)

 

2ª) parte

Celina, la equilibrista (1996)

Por una moneda, un sueño (1996)

El destino de un pastor (1996)

La fiesta de los payasos (1996)

Diatán (2005)

 

3ª) parte

Eros equivocado (2001)

La pierna (2003)

Querida yaya (2004)

Sacerdotisas para morir (2009)

…abrazándola (2010)

 

4ª) parte

La metamorfosis de un capullo (2010)

Qué corto se me hace el viaje (2010)

Pasan cosas, ya sabes (2010)

A mesa puesta (2010)

A la vez que tú (2010)

Animals (2010)

Niñas con abrigo (2010)

Indecisión (2010)

 

5ª) parte

Microrrelatos

Libro IV - El juego de las sillas, Prólogo

En el año 2009, recopilé varios relatos no publicados para presentarlos a un certamen de la Diputación Provincial de Zaragoza.  Entre varios títulos, mi hijo Eduardo eligió El juego de las sillas, porque un libro de cuentos puede leerse como se juega a las sillas, haciendo girar a las historias en torno a los asientos, y escoger a la que se quede de pie después de sonar la palmada.

Para esa recopilación, rescaté unas líneas que guardaba por alguna carpeta escondida y las incluí de prefacio en aquel libro, donde no estaban todos los que son, ni son todos los que estaban (los cuentos, digo). Creo que ilustran a la perfección varias de las sensaciones percibidas a la hora de reunir mi obra a los 50.  Ten, sírvete…

Escribo estas líneas varios años después de que diera por terminada la creación de la mayoría de los relatos que siguen.

Releer es un ejercicio apasionante; siempre se descubren nuevas sensaciones que a veces son recuerdos y a veces novedades que enriquecen la memoria.  Y en esta ocasión, al reencontrarme con el mundo que yo tuve en aquellas épocas, la aventura se convierte en un viaje hacia el interior de una persona que debió ser yo en un lugar del tiempo.

Bucear por esas páginas, que escribí por intuición y sin consciencia de que volcaba con la tinta mis fantasmas tan ocultos, me lleva al pensamiento de que quizá no somos los mismos cuando el tiempo se adueña de nuestra alma.

Los escritores, raza tan difícil y tan oscura, amamos a nuestras obras como hijos bastardos que se parecen a nosotros mucho más que los legítimos.  Y son los propios hijos quienes nos enseñan que también fuimos jóvenes y que cometimos errores y herejías que nos persiguieron durante años hasta que supimos descubrirlos sin saber cómo, y entonces, como arte de prestidigitación, dejan de ser carga pesada y se transforman en objeto de divertimento –¡qué sagrado el humor!

Este libro es el jardín de infancia donde se han encontrado todos estos niños para iniciarse en el conocimiento de la vida fuera del hogar.  Entre ellos hay diferencias, distintos gustos y caracteres, porque su padre, inexperto y caprichoso, jugaba a encontrar el camino de hacer ideal el culmen de la creación.  Y todos son del mismo padre, pero sus madres son desconocidas (que no inexistentes), por lo que discrepan tanto en su evolución que algunos no se hablan, otros se adoran y el resto se soportan en un ejercicio de obediencia debida al progenitor.  Incluso algunos han nacido en otro país, en otro continente y en otro hemisferio, donde el Sol pasa por otro lado, la Luna crece al revés, las estaciones se contradicen y los astros influyen de otra manera.

Atrás han quedado espíritus sin encarnar, cópulas sin amor, ejercicios gimnásticos y ensayos en la memoria, cuyo producto fue tan generoso que ni siquiera quiso nacer.

En Buenos Aires conocí el precioso apelativo de "Maestra Jardinera", así, en femenino exclusivamente, porque parece que los hombres no estemos hechos para creer en la infancia.  Como sé que esto no es verdad, recurro a que si eres mujer, te hagas Maestra Jardinera por unas horas para que apliques ese cariño recto que necesitan los niños.  Y si eres varón, sé que el ejercicio no te va a ser tan duro como tus amigos se creen que eres.  Tómalo como un ruego.

Que os sea muy agradable.

Divido este libro en varias partes:

—la primera de ellas engloba los nueve relatos que escribí en 1995, muchos de ellos como ejercicio de estilo mientras leía teoría argentina sobre sus maestros en relato corto, sobre todo Cortázar y Borges; El regreso fue publicado en el boletín del Círculo Aragonés de Buenos Aires y Los guardaba por casualidad (antes El periquito) está incluido en Tintas distintas.

—en la segunda van los cuentos infantiles, que bien podrían configurar un libro aparte, pero he preferido dejarlos ahí por razón cronológica.

—en la tercera, aparecen cinco relatos inconexos, muy separados en tiempos, estilos y temáticas, que hacen de puente para llegar a las dos últimas...

—la cuarta parte: los nueve escritos expresamente para el libro de 3d3 Tintas distintas

—y la quinta parte contiene experimentos en microrrelatos

Libro III - Fábulas de Montemolín, Índice

Preámbulo

Guía para volar

1.— El barrio de Montemolín

2.— Los juegos generales

3.— Los juegos del barrio

4.— Las batallas

5.— El pintor endemoniado

6.— Valero, el filósofo

7.— Los Hombres Razonables

8.— Los Hombres Encantados

9.— Las primeras novias

10.—Las novias

11.—El novio desorbitado

12.—La Bombilla

13.—Los tranvías

14.—La filla

15.—El infante travieso

16.—Susana

17.—Los espíritus agrupados

18.—El palacio de Larrinaga

19.—Las verjas de la Estación

20.—El pasillo del recuerdo

21.—El corazón de Montemolín

22.—Cuando el barrio quedó vacío

Epílogo

Libro III - Fábulas de Montemolín, Palabras propias en la Presentación

Presentación de Fábulas de Montemolín

26/10/2001; 20:00

C.M.U. Virgen del Carmen, C/ Albareda, 23

ZARAGOZA

 

Quiero empezar, para que no se olvide ninguno, y para que nada quite atención hacia ellos, con los agradecimientos por haber contribuido al nacimiento de este libro.

 

A Alejandro Dolina, un multiartista argentino, que con su libro Crónicas del Ángel Gris, estimuló el contenido y estructura de estos cuentos.

A los habitantes de Montemolín, que me han dado el entorno y los personajes para dejar que el ángel extraviado escarbara en sus anécdotas.

A mis padres y a mi familia por haberme hecho crecer en Montemolín, lugar de mi infancia, al que perteneceré siempre viva donde viva.

A mi tío Julián, también llamado Manolo, porque es de aquéllos pocos que saben lo que significa Montemolín y luchó por ello.

A  José Julián y a Jesús Ángel, que son habitantes especiales de este barrio también, porque en este barrio saltaron al mundo muy cerca de mí.

A Esther, Eduardo, Raúl y David, mi mujer y mis hijos, que me hacen ser como soy y como es una parte fundamental del ángel extraviado

A Adela, por sus palabras de aliento para que este libro no se quede en los almacenes de la editorial

A Editorial Combra y, en especial a Manuel Cotoré, por creer que este libro es algo más que un recuerdo personal y animarme a que saliera del cajón donde ha vivido siete años.

 

...y debería nombrar quizá a tantos santos como nombró Almodóvar en la entrega de los Oscar, porque me parece un milagro que tengamos impreso aquí el libro, pero sólo quiero nombrar a alguien más que no ha podido venir, también habitante de Montemolín, también de mi familia, que ahora sé que está pensando en mí, con el libro entre las manos, leído de cabo a rabo... a pesar de sus 95 años.  Por tantas cosas, mi agradecimiento a mi abuela Edmunda.

 

Fábulas de Montemolín nació muy lejos de aquí, nada más y nada menos que a más de diez mil kilómetros de distancia, en Buenos Aires, aunque sólo le separa de España un océano, pero no sus gentes ni sus pensamientos.  Nació desde la añoranza de unos orígenes que habían estado tan cerca que nunca los había visto.  ¡Qué verdad es que los árboles no te dejan ver el bosque!  O que sólo valoramos lo que tenemos cuando lo perdemos...  Llegué a aquella tierra el 13 de septiembre de 1993, fecha premonitoria... porque dos años después nacería ese mismo día mi hijo Eduardo, allí en Buenos Aires, algo impensable cuando ese primer avión aterrizaba en el aeropuerto de Ezeiza.  Al poco de llegar, mi afición por escribir me llevó a preguntar por la realidad literaria de aquella ciudad... y Eric Calcagno, un enamorado de la ciudad porteña me recomendó las Crónicas del Ángel Gris, un libro que recogía artículos relacionados y publicados en los diarios argentinos por Alejandro Dolina, un personaje entrañable, rebelde y polifacético.  Estas Crónicas hablaban sobre historias fantásticas del barrio de Flores, un barrio popular casi en el centro geográfico de la ciudad, sobre la calle Rivadavia (por cierto, los porteños presumen, entre otras cosas, de tener la más larga y la más ancha del mundo, como algunos hombres de Montemolín... las calles, digo, la calle más ancha del mundo, la Avenida 9 de Julio, y la más larga, la de Rivadavia, calle del barrio de Flores, cuestión esta última que coincide con el pensamiento orgulloso del ángel extraviado de que Miguel Servet es la calle más larga de Zaragoza, al fin y al cabo, la más larga del mundo... del mundo conocido por el ángel extraviado)

Y con esa historia de Alejandro Dolina en la mesilla, escribiendo en el dorso de folios azules cuyo anverso era documentación borrador de la empresa donde trabajaba, Edenor, fueron gestándose estas Fábulas, a caballo entre la habitación 619 del Hotel Continental, en la Diagonal Norte y las mesas del Café Tortoni, en la Avenida de Mayo, páginas que quise escribir de memoria, solamente de memoria, sin recurrir a ninguna consulta, para que fuera un auténtico libro de creación, imaginado, recordado, una historia de dentro tal como se había archivado, y seguro que deformado, tal como se deforman los recuerdos que se hacen sueños.

Escribí un libro mágico, para mí es mágico, porque mágico es el recuerdo de una infancia, envuelto entre nebulosas y repleto de mitos, más importantes para mí que los clásicos, que han ido quedando plasmados inconscientemente en sus páginas.  A diez mil kilómetros de distancia, escribí un libro de donde soy, de Montemolín, donde nací... aunque realmente no somos de donde nacemos, sino de donde alcanzamos la primera libertad en la infancia, donde podemos disfrutar en la soledad con conocimiento de causa la sensación de: “Esto lo he hecho... y me lo habían prohibido”.  Somos de donde aprendemos a ser rebeldes, donde los sueños de ser alguien comienzan a hacerse realidad.  Si el ángel extraviado hubiera tenido esta sensación en otro lugar, este libro no hubiera podido incluir en el título el nombre de Montemolín.

Este ángel extraviado, protagonista de las Fábulas, vive parte de mi historia y ocupa parte de mi alma.  Es un ángel que vive en la intemporalidad de cada uno para ir susurrándonos al oído que las cosas que vemos y palpamos no son sólo como las vemos y las palpamos, sino que tienen una esencia nacida de sensaciones y sentimientos que las convierte incluso en algo totalmente distinto.

Hoy, siete años después de haberlo escrito, después de dos años de haber vuelto habitualmente al barrio desde Madrid, donde ahora vivo, casi aprecio que su título y su contenido pueden entenderse como una reivindicación de Montemolín.  Probablemente, la actualidad que vivimos haga pensar así, lo que no fue en ningún momento mi intención al escribirlo.  Pero el pasado día del Pilar, este mes, vi un artículo en el Heraldo de Aragón, que hablaba del precio medio de la vivienda en Zaragoza, y mostraba un mapa con los distritos de la ciudad.  Pues bien, no existe Montemolín, no existe, se lo han comido entre Las Fuentes y San José... y pensé, me lo han quitado, y quizá yo contribuí a ello, porque hace años escribí en el libro:

 

“...es como si el barrio no existiera... sus límites se diluyen y allá, visto por el aire, la calle grande del barrio, la de Miguel Servet, únicamente serviría para deslindar Las Fuentes de San José”.

 

Y las cosas desaparecen porque alguien se desentiende de ellas.  Sé que hoy han venido aquí muchos habitantes de Montemolín... que quizá no sabían ni siquiera que el barrio se llamaba así.  Y mucho menos, otros habitantes de Zaragoza.  No quiero preguntar, no me atrevo a preguntar quién lo sabría.  Tampoco quiero apelar a una lucha de reivindicación, porque no serviría para nada, pero quiero ofrecer un capricho en una fantasía medieval: que este acto, como un rito de la caballería andante, y para rendir también homenaje a Don Quijote, que pasó por Zaragoza, sirva para armar a quien lo desee como Dama o Caballero de la Orden Montemolinense.

Alguien me preguntó si, en mi libro, Montemolín era como Macondo, el pueblo de Cien Años de Soledad, llevado por mi admiración hacia Gabriel García Márquez.  No, tampoco fue escrito pensando en eso.  Además, Macondo tiene existencia imaginaria, nadie puede encontrar Macondo.  Montemolín, sí, aunque no tenga un Aureliano Buendía que regrese una y otra vez, pero con cientos de seguidores de los Hombres Encantados (aún sin saberlo) que se fueron del barrio pasito a pasito y que no derramarán una gota de sangre por Montemolín, porque consumen su recuerdo con gotas de lágrimas ocultas.

Y he dicho que no es mi intención reivindicar Montemolín, pero después de reflexionar sobre esto, quizá no me importara que este libro se entendiera como una voz en el silencio que grita en el papel la existencia de una identidad apagada.

Ahora, quiero haceros una propuesta.  Espero que leáis el libro... y cuando lo hagáis, hacedlo con una actitud totalmente distinta a cuando leéis otro libro.  Intentad pensar y sentir junto al alma del ángel y dejaos llevar con él en el recorrido por su barrio.  Será un viaje por un mundo jamás explorado, que lograréis hacer vuestro de una manera especial... tan especial que os pido que no la compartáis con nadie que no haya vivido la historia del mismo libro.  Leédselo, prestadlo, regaladlo, pero, como si de una historia de suspense se tratara, no le desveléis vuestras sensaciones...  ¿Y sabéis por qué?   Porque sin quererlo le estaréis hurtando su derecho a la sensación única.

Libro III - Fábulas de Montemolín, Reseña en Trébede

Libro III - Fábulas de Montemolín, Reseña en Trébede

Reseña de Fábulas de Montemolín, en la revista Trébede, nº 58, de diciembre de 2001, pág. 83-84, por José Ramón Marcuello.

Desde la entrañable y ya clásica novela del malogrado Gabriel García Badell, De las Armas a Montemolín, no habíamos tenido ocasión de toparnos de nuevo con ese añejo barrio zaragozano como escenario de una obra literaria.  La que ahora ve la luz, Fábulas de Montemolín es una sugestiva destilación de un aún joven “ángel extraviado”, macerada en el tiempo y en la distancia, a más de un tercio de siglo de una infancia perdida y a diez mil kilómetros de la plaza de Utrillas, que es lo que, según los atlas, media entre la calle Miguel Servet y el centro de Buenos Aires.

Su autor, José Antonio Prades, había ido afilando pulcramente el lápiz en el sacaminas de dos obras anteriores y casi simultáneas –Epistolario de un oficinista y Cuentos de Luz, editadas ambas en Argentina en 1994-, siguiendo registros narrativos distintos, pero en las que subyacen ya dos elementos sobre los que descansa, esencialmente, su libro más reciente: el desasosiego existencial y la lealtad a una infancia que nos marca para siempre.

En Fábulas de Montemolín –libro en el que se evidencia, para bien, la profunda admiración de su autor por el realismo mágico de García Márquez- aparecen y desaparecen inquietantes espectros (como los Hombres Razonables o los Hombres Encantados, pero, sobre todo, Valero, el filósofo) que dan cobertura metafísica al microcosmos de un niño que empieza a conocer el mundo exterior rompiendo, poco a poco, desde el corazón de la plaza de Utrillas, las capas concéntricas de un barrio/cebolla al que se le van hurtando, lentamente, sus señas de identidad.

No es, sin embargo, un ejercicio de simple evocación del tiempo perdido ni tampoco –lo que, por otra parte, justificaría holgadamente el esfuerzo del autor- un cuaderno de campo de etnografía urbana, tan huérfana de vocaciones por lo que a Zaragoza, ciudad de alución, se refiere.  Se trata, sobre todo, de buscar inútilmente y a sabiendas respuesta a las preguntas sin contorno que un niño formula, cuando llega a la madurez –que no entonces-, frente al espejo de los adultos que habitan o pululan por un retal zaragozano cada día más desdibujado e irreconocible.

Así las cosas, el viejo barrio de Montemolín de los años 60, aporta la cuartilla sobre la que el autor garabatea primero y escribe después dos actas simultáneas de defunción de otros tantos ocasos: el de su propia infancia y el del paisaje humano y urbano de una ciudad en la que, como en el más remoto de los pueblos, la auténtica escuela estaba en la calle.  Se trata, en suma, de un lírico y sugerente alegato forense, inundado de ternura y de profundos sentimientos vírgenes, lejanos aún a la contaminación de los adultos y a la agonía de una forma de aprender a leer la vida.

Libro III - Fábulas de Montemolín, sinopsis de contratapa

Montemolín es un barrio zaragozano, quizá como los demás, pero el ángel extraviado le ha concedido el título de barrio fantástico. 

Pasear por estas páginas descubre las honduras y las alturas de Montemolín; permite alcanzar la delicia de “involucrarse en un secreto maravilloso” que sólo conocen los personajes que han prestado su historia para conformar este libro de cuentos. Los relatos se suceden unos a otros por una escalera ascendente que nos lleva por un recorrido no sólo turístico.  El barrio existe, pero desde aquí se va convirtiendo en un país de ternura que no puede verse sólo con sus calles, edificios y carteles. 

La voz, supuestamente ingenua, acertadamente observadora, agudamente tierna, que relata las peripecias de un entorno real, nos transporta a un mundo mágico y, sin darnos cuenta, tomamos conciencia de que nuestra parte del Universo no termina en los confines de este mundo.  No es necesario hacer un esfuerzo de imaginación para sentir ese placer de la magia con las “enseñanzas” del Ángel.

… el género de cuento está asignado con absoluta lealtad.

... y la calificación de fantástico se amplía en todos sus significados.

Libro III - Fábulas de Montemolín, cómo se hizo

Libro III - Fábulas de Montemolín, cómo se hizo

Esta colección de relatos relacionados (por el ángel extraviado), surgió después de haber leído “Crónicas del Ángel Gris”, otra serie de fábulas que Alejandro Dolina, un polifacético artista porteño, publicó un poco antes de mi llegada a Buenos Aires, en 1993.   En ella descubrí el mundo de Flores, el barrio que vio crecer al autor en su infancia y que se puebla de extraños y entrañables personajes configurando una mitología urbana que hoy es casi un objeto de culto.

Lo escribí a trazos sueltos desde septiembre a diciembre de aquel año, a caballo entre huecos del tiempo de empresa, en la habitación 619 del Hotel Continental, en Diagonal Norte y Maipú, (donde se alojó Antonio Banderas mientras rodó “De amor y de sombras”), y en las mesas de mármol del Café Tortoni, en la española avenida de Mayo, entre partida y partida de billar americano con Leonard Marín, mi acompañante de risas y fatigas en aquellos tres meses de arribada al nuevo mundo. 

Aún guardo los borradores, los esquemas, los apuntes…  Casi todos ellos  —involucrado en el ahorro de costes que se predicaba en mi trabajo— están escritos sobre la cara posterior de unos folios azules que se quedaron en proyecto de comunicado, norma o carta de la empresa.

Añoré Montemolín en aquellos meses.  Quizá si no hubiera salido de mi ciudad, estos relatos nunca se habrían escrito, porque nacieron desde la nostalgia que los sonidos de tango y los recuerdos de los emigrantes me contagiaron sobre mi barrio de origen.

Fueron retazos sueltos que me inspiraba Mandeb (personaje de Crónicas del Ángel Gris) y sus acólitos porteños, un recuerdo de aquí, otro de allá, muchas fantasías y un amor descubierto hacia los pequeños detalles que adornaron mi infancia hasta convertirse en tatuajes imprescindibles que se han fijado en mi corazón…. Tatuajes del recuerdo, con la plaza de Utrillas, el palacio de Larrinaga, las ciénagas de la filla, las vías del tranvía y la tienda de mi padre.

Fábulas… es un libro muy personal, con toques autobiográficos, bañado de nostalgia y sabroso en la ingenuidad del protagonista, un niño de doce años que estaba aprendiendo a volar.

Libro II - Cuentos de Luz, Preludio, dedicatoria y cita

La Luz es difícil de ver, y a veces se ve, pero no se entiende.  A lo largo de la vida, todos los seres humanos nos vamos acer­cando a la Estación de donde sale el tren de la Luz.  Unos pasan de largo; otros entran y miran; algunos saludan a los viajeros; y pocos adivinan el destino y suben a los vagones.  Raramente la Luz se identifica como tal, es decir, la decisión no tiene nada que ver con nuestra capacidad de razonar, sino de sentir, cualidad ra­dicada por un lugar recóndito de nuestra entraña.

Ningún científico ha demostrado ni demostrará la existencia de la Luz, por lo tanto se trata de una cuestión difícilmente acep­table por los sistemas tradicionales del conocimiento.  Pero todo el mundo sabe que la felicidad no se compone de verdades (?) científicas, por ello permítanme apostar por la Luz como esencia de la felicidad.

Si alguien me pregunta "¿qué es la Luz?", no voy a poder contestarle, ni siquiera me atrevería a responder si me interroga­ran sobre "¿quién me enseñará la Luz?".  Nadie está capacitado para dar una información que descubra la Luz.  Las palabras servirían al raciocinio y, en este caso, el raciocinio no es el cami­no...  La Luz está dentro de nosotros y solamente hay que en­contrarla (quizá hasta esta afirmación sea peligrosa).  Para la bús­queda no necesitamos a ninguno de los cinco sentidos: no la veremos, no la oiremos, no la oleremos, no la gustaremos, no la tocaremos; sin embargo, la sentiremos, aunque no podamos reco­nocerla.

Estos relatos no le van a levantar el velo, debe levantarlo usted... y quizá abrir estas páginas le ayude.

 

A mis padres

 A Juanjo y su grupo de Valdefierro

 

A Ángel, Soraya,

Vicente, Pili, María, Asun

 y el grupo de los Jardines de Lisboa

 

...llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.

...la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles.  Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.

 

De "La luz es como el agua".

Gabriel García Márquez