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Molintonia

Los espíritus agrupados

Una noche de invierno crudo, descubrí que se estaba gestando un importante grupo en las entrañas mismas del barrio.  Lo localicé frente a la plaza Utrillas, en el cruce de Fillas con Miguel Servet.  Eran cinco seres que conversaban.

Llevaba la voz cantante, de tenor autoritario, don Justo, un alcalde del barrio en otra época y enterrado como tal en su día.  Los otros cuatro también habían sido hombres importantes de la comunidad, a saber: don José, párroco y hábil predicador para la causa divina del cepillo;  González, socio de Peipasa, excelente industrial y buen comedor; Landáburu, prohombre de Cima, mujeriego donde los haya a cual más fornicador; Picazo, dueño de varios comercios y rígido patrono con los dependientes.

Todos habían fallecido recientemente y se saludaban con efusividad muy extrañados del encuentro. 

Don José asumió la responsabilidad de analizar la situación como experto en las cosas del más allá.  Argumentaba que estaban cumpliendo un pequeño purgatorio por sus pecados veniales, es decir, que se encontraban en la antesala del cielo y que, cercano el momento de ver a San Pedro, deberían aguardar en la cercanía de un altar consagrado.  Se inició un arduo debate donde los otros, todos ellos de acuerdo, exponían que, demostrada claramente la vida después de la muerte y, puesto que a nadie más habían visto por allí, eran los designados por la Providencia para solucionar los problemas del barrio.  Don José, visto el panorama, se adhirió a la mayoría sin gran convencimiento.

Cada cual de ellos hacía tiempo que vagaba con circunstancias similares.  Los cinco se asustaron al morir porque, al verse entre la gente velando su cuerpo, creyeron que pasaban por un mal sueño. Cuando se dieron por convencidos de su muerte, después de haber asistido cristianamente a su entierro, se molestaron por la enorme luz que arriba les salió, cuyo resplandor les picaba como un grano en la coronilla.  Una vez liberados del picor, creídos de que seguían en el mismo mundo sin mundo, se lanzaron a por sus inquietudes terrenales.

El párroco, sumo secreto, buscó a la Pruden, señora de García, para comprobar si con su marido fornicaba tan austera como le informaba en la confesión.

Don Justo pensó seguir como alcalde, quizá ministro, en la nueva configuración del Estado y marchó a presentar credenciales al Gobernador Militar.

Los otros tres, viendo que no gozaban de billetera —González para comer en "Los Borrachos" (cinco tenedores); Landáburu para invitar a cierta jovencita; y Picazo como control estricto de sus negocios—, se dirigieron raudos hacia las cajas fuertes de su propiedad.

Don José, viendo que la Pruden disfrutaba más que Mesalina, Don Justo, viendo que el Gobernador Militar no le hacía ni puñetero caso, y los otros tres, viendo que no podían llevarse los billetes de sus entretelas, se desesperaron hasta la extenuación.  Cansados de llorar, se les aparecieron a las viudas —don José a su concubina de la calle Montearagón—buscando el consuelo que ellos les negaron en vida (Landáburu descubrió al amante de su mujer). Comprobaron la inutilidad de la acción y, como último remedio, acudieron a la iglesia, rezaron ante la Cruz, se arrepintieron de sus pecados y... como premio, después de esos avatares y con dicho arrepentimiento, pudieron encontrar a alguien conocido en la esquina indicada.  Solucionada la desazón, sólo don José aprobó una parte del temario.

El fin del cónclave se demoró porque costó mucho llegar a acuerdos concretos.  Parecía entenderse que todos pretendían una acción conjunta y coordinada, pero primaban los intereses particulares.  Dado que don José entendía mejor la misión, pidió erigirse consejero general de las almas individuales y, dada la confusión, se le concedió la jefatura del grupo, previa advertencia de los otros integrantes de acudir a Misa solamente los domingos.  Así, don José, en secreto de confesión, impartió los consejos para encaminarlos al bien común.

A los dos días de trabajo conjunto, cada cual campaba a su aire.

Landáburu, por el golpe brutal de su cornamenta, fue el primero que comenzó a desarrollar una labor prometedora.  Se convirtió en sombra de los esposos engañados, desvelándoles al oído las andanzas de sus mujeres malvadas.  Provocó tres separaciones inmediatas y un intento de crimen pasional.  El remordimiento le hizo llorar de nuevo.

González, buscando proporcionar una mejor aporte nutritivo en las cartas de afamados restaurantes, se dedicó a revisar las recetas gastronómicas de los más nombrados cocineros.  Al comprobar en tres conocidos restaurantes la porquería, cucarachas y ratones que abundaban por las trastiendas, no dejó de perseverar hasta conseguir que el Delegado ministerial iniciara una exhaustiva inspección de higiene en la ciudad. Su empresa, Peipasa, fue la primera sancionada con falta muy grave y un importante monto económico.  La culpa le hizo llorar otra vez.

Don Justo pretendió colaborar en la Comisión de Festejos y, puesto que él los prohibió sin razón consistente, instigó sin pausa hasta lograr la inclusión de los fuegos artificiales como fin de fiesta.  Como consecuencia de la prisa e inexperiencia de los comisionados, un niño sufrió quemaduras en las nalgas.  La impotencia le hizo llorar  nuevamente.

Picazo le sopló a su hijo para que derogara el Reglamento de Régimen Interior (ver en Anexo) que instaurara su abuelo para el primer comercio de abacería.  Vigente desde 1.823 para toda la cadena de establecimientos, fue rápidamente anulado sin sustitución.  El desorden provocó una huelga general en Picazo e hijos, S.L. y las mujeres del barrio no pudieron abastecer su despensa en una semana.  El exceso de responsabilidad le hizo llorar repetidamente.

Don José se presentó ante el nuevo párroco y le susurró algunas sugerencias de comportamiento individual.  Como el nominado era joven y rebelde, reaccionó al contrario y, en la misa dominical, lanzó una prédica donde abogaba por la necesidad de desterrar las falsas apariencias provocadas por el egoísmo, dando prioridad absoluta a los valores de una comunidad que velara por los intereses generales...  Entendida su equivocación, Don José lloró de segundas.

Y así, con hipidos y lagrimones, los cinco volvieron a encontrarse en el punto de partida como si un alma caritativa les hubiera indicado el camino del consuelo.

Contadas sus experiencias y visto el fracaso, don José expuso la teoría de los esfuerzos aunados y desarrolló un esquema de actuación.  Se le ocurrió que, atropellada Martita frente al palacio de Larrinaga, el barrio necesitaba semáforos para peatones en las esquinas más transitadas.  Utilizando la importancia de los contertulios, cada uno debería influir en sus conocidos para conseguir la instalación de ellos lo más rápido posible.  Se aprobó la moción.

Esta vez, don Justo, usando sus dotes organizativas y los conocimientos que de su gente tenía, preparó el plan.  Landáburu, por medio de su ascendiente sobre las mujeres, se encargaría de informarles de sus derechos para llevarlas a la protesta ordenada.  Picazo atacaría por el flanco de la Asociación de Comerciantes, intentando que denunciaran la inseguridad de la zona.  González haría que la plantilla de su empresa, en el corazón del barrio y la más numerosa, detuviera el tráfico por una hora en el lugar del atropello de Martita.  Don José influiría en los sermones de las iglesias del barrio para que se lanzara el problema como cuestión de algún mandamiento mosaico.  Y don Justo hablaría con el concejal de Tráfico.

Ninguno de los cinco supo que contaron con una ayuda especial.

A los dos meses, semana víspera para nombrar al nuevo alcalde, las esquinas de Montemolín se fueron alumbrando con luces amarillas, verdes y rojas.

Estaban celebrándolo con gozo infantil en la esquina Fillas con Miguel Servet, cuando una luz idéntica a la del picor en la coronilla los envolvió como una nube y ascendieron hasta perderse entre los confines del Cielo.

 

 ANEXO CITADO

Reglamento de Régimen Interior para las tiendas Picazo y Cía (1.823)

Exposición de motivos: Es menester que el patrono vele por sus empleados.  Haciendo una labor educadora y disciplinaria, el cumplimiento de este Reglamento supondrá una obligación en sus puntos normativos y una orientación en sus puntos de consejería.  Respecto a los primeros, su inobservancia se castigará con sanción; respecto a los segundos, se emitirá una recomendación.

Artículo 1: La tienda debe estar abierta desde las 6 de la mañana hasta las 9 de la noche.

Artículo 2: Hay que barrer la tienda y limpiar el polvo de los mostradores y estanterías, llenar las lámparas, limpiar las chimeneas y traer un cubo de agua y otro de carbón, todo ello antes de desayunar, sin dejar por esto de atender a los clientes que nos visiten.

Artículo 3: El domingo no se abrirá la tienda, a menos que sea imprescindible y en ese caso sólo unos minutos.

Artículo 4: Los empleados del sexo masculino dispondrán de una tarde a la semana para cortejar y de dos si van a un acto religioso.

Artículo 5: El sábado será día de paga una vez cerrada la tienda.  No se admitirán protestas por cuantía.

Artículo 6: Cada empleado pagará por lo menos 50 pesetas al año a la Iglesia y asistirá a la catequesis con regularidad.

Artículo 7: El empleado que tenga la costumbre de fumar puros cubanos, afeitarse en la barbería y asistir a bailes y otros lugares de diversión, dará motivos a su patrono para desconfiar de su honradez e integridad.

Artículo 8: Después de 14 horas de trabajo en la tienda, el tiempo libre debe dedicarse principalmente a la lectura.

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