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Molintonia

Animals

Le llegó un sms: “en risotto a las 0.15”. Cerró los ojos con fuerza, se tapó la cara y agachó la cabeza. Por fin recibía la señal, un mensaje a las 0.00 horas de un día 12 de cualquier mes con una palabra que contuviera doble t.  Así se lo predijeron, así se cumplía.  Un ritual.

Empujó tímidamente la puerta, como si al hacerlo estuviera adentrándose en un terreno que sabía prohibido.  Miró a ambos lados de la calle, miró arriba, a los balcones de la propia acera y de la contraria, miró a su propia alma, a su propia entraña. 

No había nadie en el recibidor, la estancia se iluminaba por unas extrañas luces de neón azul que creaban una atmósfera delirante, irreal y sugestiva.  Una cortina de fieltro negro tapaba la visión del interior y las letras del cartel destacaban en blanco las dos tés sobre la oscuridad reinante.  Se apagaron.  Entonces, entró sin más remedio.

Al contrario que lo visto hasta ese momento, muy moderno, minimalista, el pasillo que se abrió tras la cortina se decoraba como si hubiera sido modelado en los años 70, colores sicodélicos, mucha madera y tulipas redondeadas.  Olía a marihuana.

Continuó caminando sobre una moqueta marrón primero, luego roja, después gris o malva, feísimas combinaciones que resaltaban cada dos o tres metros con el alumbramiento difuso de una bombona casi opaca.  El pasillo se arqueaba y ofrecía puertas dobles a la izquierda, parecían entradas a los palcos de un teatro.  Unos metros adelante vio abierta una de ellas.

Se sintió obligada a entrar.

Y al punto de sentarse, se iluminó el escenario para mostrar sobre las tablas una especie de altar en piedra y una mesa a la derecha sobre la cual refulgían dos objetos metálicos. A la izquierda, un trono elevado. En un silencio letal  el foco se apagó un segundo, sólo un segundo.

Ella apareció sentada en un trono, vestida de túnica morada con una melena larga.  Ella misma.  Diez años antes.

Comenzó a sonar Pink Floyd, Dogs, de Animals, su long play preferido y a cada fogonazo del foco, apagado y encendido al segundo, aparecían víctimas arrodilladas, atadas, asustadas, casi muertas.  Ella en el trono, altiva, miraba presuntuosa alrededor esperando a quien debía llegar.

Las víctimas desaparecieron y quedaron charcos de sangre.

Ella esperaba.

Ahora el foco se apagó más tiempo, dos o mil segundos, y después, ella apareció atada en el altar.  Ellos también aparecieron, parecían unos sacerdotes o unos patriarcas o unos guías de amor, con túnicas sujetas a la cintura por cordones dorados.  Y miraban al trono vacío y movían los labios con los brazos abiertos, palmas al techo… 

Quien debía llegar no llegaba.

Más fogonazos… seguidos… ella gritó cuando ellos le clavaron varias veces las dagas que tomaron de la mesa, decenas de punzazos, sangre suya derramada, era la suya, mientras su melodía favorita le envolvía el corazón troceado.

Ya se apagó el foco de continuo.  Se abrió la puerta del palco y desanduvo el pasillo por el que entró, descorrió la cortina, empujó la puerta tímidamente, como saliendo de un recinto prohibido, y quien esperó sin respuesta en el escenario apareció por la izquierda y le pegó un tiro en la sien.

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