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Molintonia

Adolfo Riva, el 'trepa'

En Buenos Aires, descubrí una nueva forma de provisión de vacantes directivas.  Supongo que es tan antigua como la inclusión del gruñido en los tipos de comunicación, pero en lugar de extinguirse por atrofia y pasar a ser investigada por la Paleontología de los antecedentes sociales de los trepas, sobrevive en aquellos territorios donde existen determinados factores convergentes, como por ejemplo: intercambio de favores, escrúpulos ocultos y favoritismos potenciados.

Ninguna organización está libre de ellos… y que nadie se rompa las vestiduras ni eleve su grito al cielo, ni que tampoco me trate de ingenuo pardillo.  Estas formas de actuar son como las meigas, que haberlas, haylas, pero no se ven porque los interesados se esmeran escrupulosamente en dotarlas de una pátina de invisibilidad que a veces se diluye y deja al descubierto enormes vergüenzas con atributos chiquitos. Salvo en caso de miembro adherido al club de la ignorancia de los tontos (el concepto se ampliará  líneas más adelante), casi todos las quieren tapar. 

Algo he apuntado en capítulos anteriores.  Me refiero a que en la compra de la empresa se asociaron tres grandes organizaciones, una española, otra francesa y otra argentina.  Esta rioplatense, antes de decidir si invertía o no, realizó el clásico estudio de viabilidad, cuyo nombre en inglés me niego a escribir y a pronunciar, para el cual buscó un apoyo interno que le confirmara la veracidad de algunos datos.  En el sistema sindical argentino, existe el gremialismo de clase, peronista de nacimiento, que agrupa a la mayoría de trabajadores adscritos hasta determinado nivel profesional.  A partir de este nivel, suele surgir en cada empresa una Asociación de Mandos Intermedios y/o Superiores, que negocia independientemente con la Dirección al margen del gremio de base, puede tener su propio convenio colectivo, y siempre se mueve en razón de un supuesto interés en la gestión de la empresa.  Suele convertirse en un excelente trampolín para acceder a posiciones directivas.  ¿Sindicato amarillo se llamaría por aquí?  Esta Asociación fue el cauce interno por el cual fluyó el estudio de viabilidad del socio argentino.  Desde los mandos sindicales de la Asociación, se proporcionaron datos que no podrían escribirse o pronunciarse en público.  Preparar este cauce y acompañar en el tránsito del asunto significaba hacer un gran favor… que obligaba a su devolución.

El premio: los cuatro mandos sindicales pertenecientes a la Asociación de Mandos Superiores ocuparían cargos relevantes en caso de que la empresa favorecida por sus confidencias ganara el proceso de licitación. Puesto que fue así como sucedió, uno de esos dirigentes (el presidente de la Asociación), con titulación universitaria y cierta experiencia profesional, obtuvo una posición de alto directivo.  Los otros tres, con menor (o ninguna) cualificación profesional, quedaron como directivos medios, pero con ciertas prebendas que mantuvieron hasta que salieron de la empresa.  Cuando me desvinculé de ella, diez años después de la compra, quedaban dos: el alto directivo y el responsable de Comunicación Institucional.  Ambos demostraron capacidad profesional y menos humos que sus otros dos compañeros, uno de los cuales ya ha aparecido en una de estas historias: el gerente que se marchó de la Dirección de Recursos Humanos a ocupar una Secretaría en el Ministerio de Trabajo.  Del otro, me ocuparé en hablar dentro de unos instantes… porque fue mi jefe directo.

Cuando se marchó volando aquel gran directivo francés, llamado “el inseguro”, de nombre Michel (ver capítulo 4), tardamos unas tres o cuatro semanas en escuchar la confirmación de un rumor que nunca quisimos creer por si negándolo no llegaba a producirse.  Venía a sustituirlo Adolfo Riva, a la sazón ex–secretario de administración de la Asociación de Mandos Superiores, de 54 años, algo pelado (calvo para nuestra versión del castellano), petiso (1,52) y flaco (unos 50 kilos), pero con una prominente y picuda panza, de las que no se veía si lo mirabas desde atrás.  Piernas muy delgadas, combadas hacia dentro, pies con punteras dirigidas al noroeste y nordeste respectivamente, culo plano y bragueta colgante conformaban su perfil de cintura para abajo.  En el rostro, una cicatriz, que ya quisiera él que fuera adquirida en algún campo de batalla, le cruzaba el carrillo izquierdo como consecuencia de un revés de su esposa, la cual arrastró su anillo con brillante a la par que golpeaba… y una nariz generosa, afilada y penetrante descartaba cualquier parentesco con los simios.

Aterrizó como elefante en cacharrería, sin presentarse a ninguno de nosotros porque supuestamente, dijo, ya lo conocíamos todos (suposición cierta, por desgracia), y cambió del techo al suelo la configuración del despacho, llenando la pared derecha con los titulillos de los cursos realizados, incluidos los sindicales, y la izquierda de desnudos famosos de la pintura universal: la Venus de Urbino, la Venus del Espejo, la Maja Desnuda y Las Tres Gracias.  Aunque parezca lo contrario, era un canto al desconocimiento, por llamar así eufemísticamente a la ignorancia de los tontos, que se diferencia de la de los listos en que aquélla nunca es aceptada como tal, incluso se le hace apología sin saberlo.  Si bien a nuestra siniestra se contemplaban esas cuatro obras de la pintura, “como la confirmación de que la pornografía es arte” (ignorancia de tontos, a más a más), a la diestra conté veintisiete marquitos que contenían diplomas o certificados de cursos variopintos, incluido uno de patrón de yate.  Insinuó varias veces que sus subgerentes deberíamos hacer lo mismo, para lo cual nos recomendada un establecimiento donde los marcos eran baratos, y otro donde también eran asequibles las láminas de grandes obras universales… de desnudo, con especial recomendación hacia José de Togores, con Desnudos en la Playa, hacia Miguel Ángel, con el fragmento de la Capilla Sixtina donde se aprecia la desnudez de Dios y Adán, hacia Botero, con Desnudos… y otras obras que no recuerdo, “diferentes a las  de mi despacho para dar variedad a la vista de la Gerencia, ¿no es cierto?”, tomadas de una revista argentina equivalente al Interviú español, de un número que dedicaron a reconstruir fotográficamente con modelos actuales unas cuantas obras de arte con desnudos.

Adolfo ingresó en la empresa anterior con 15 años, en los tiempos en que era presidida por un líder sindical, dentro del proyecto de cogestión que inspiró Perón y que los militares terminaron truncando.  Adolfo, lejos de sentir vocación de afiliación gremial, decidió que sería jefe fuera como fuera.

Como fuera lo fue: conspirando contra los gremialistas de base, haciendo de espía escuchando tras las puertas, llevando la información a los gerentes de la empresa que terminaron devolviéndole el favor creándole el puesto de supervisor de Facturación General, bajo el supervisor General de Facturación (no hay error en los nombres de estos cargos).  Así, cuando se vivía una época donde la delación era práctica habitual para otros fines, estaba bien visto aplicarla esta vez en el filtraje de los tejemanejes gremialistas.  A tal punto llegó esta colaboración con la empresa, que fue nombrado titular de la Secretaría de Administración de la Asociación de Mandos Intermedios y Superiores (AMIS).  Había ingresado como aprendiz de carpintería, fue ascendido por antigüedad a la categoría de oficial, pero no pasó por la de subcapataz ni por la de capataz. ¡Un gran salto!  Con esta categoría, ya podía afiliarse a la AMIS, y no se demoró.  Como afiliado de base, supo granjearse la simpatía de los dirigentes haciendo al principio trabajo de bajo nivel, pero limpio, como sacar las fotocopias, repartir los folletos, incluso ir a buscar al colegio a los hijos de cualquier miembro de la Comisión Ejecutiva y cuidarlos hasta que dicho miembro y su señora regresaran de algún evento nocturno al que acudían representando a la Asociación.  Después de este principio, el trabajo de bajo nivel pasó a ser de nivel medio, y de limpio pasó a ser manchado: diversas vigilancias sobre afiliados sospechosos de colaborar con el gremio de base. Se deduce que cumplió su función con alta performance, pues en pocos años obtuvo una Vicesecretaría, desde donde siguió ejerciendo funciones de vigilancia y contraespionaje, entonces ya con más radio de acción, incluyendo directivos empresariales y sindicales.

Adolfo no tenía orientación al espionaje.  De hecho, sus capacidades para pasar desapercibido eran muy deficientes (siempre tropezaba con su barriga en esquinas y mostradores), pero disfrutaba con la confidencia, el soplo, la delación… si servían a sus objetivos de ganar puntos para medrar.

Y fue nombrado secretario de Administración.

Y formó parte del equipo de sondeo del socio argentino.

Y le dieron la categoría de gerente “para cualquier cosa”.

En ninguna de las cosas que le adjudicaron brilló, aunque tampoco perjudicó ningún resultado, por lo que iba sobreviviendo con un sueldo de espanto, del que se vanagloriaba ante sus antiguos compañeros.

En una ocasión, me dirigía a una reunión en diferente planta de la que ocupábamos.  Me encontré con un colega e intercambiamos un saludo corto detenidos en el pasillo formado por unas mamparas de 1,80 de altura.  Después de cerrar el saludo, escuché la voz de Adolfo.  Hablaba en tono prepotente y casi pedagógico, recalcando determinadas palabras, vocalizando más de la cuenta, como si estuviera hablando a un niño.  No se preocupaba de disimular ni el volumen ni el contenido de su conversación.

–Ayer tuve que reprender a la gente de Personal , ¿sabés?  Me parece a mí que son muy vivos y que querían boludearme un poco, por eso de haber sido gremialista.  Porque Germán, ¿vos permitirías que te retuvieran cien dólares más de los que te corresponden?

Silencio del tal Germán.

–Los avivé con un llamado bravo, y aún se atrevió el Pintre a retarme con la plata que cobraba, que si cinco mil dólares en el recibo dan para aguantar cien de menos y esperar al mes próximo para regularizar.  Le exigí que me lo liquidara desde ya.

Vi salir a Germán al pasillo y llevaba el uniforme de ordenanza.

Por el contrario, si notaba por nuestros aledaños la presencia de cualquier persona que él entendiera de rango importante, salía inmediatamente de su despacho con un papel en la mano y empezaba a dirigirse a su secretaria con frases como ésta:

–Señorita Martínez, haga el favor de tipear esta carta y me envía copias a don Genaro de la Cruz y a don Gumersindo Tutti (recalcaba el apellido Tutti, ya que pertenecía al Ministro de Trabajo), sin olvidarse de convocarlos a la reunión que preparé especialmente para tratar el asunto de los aportes a las cajas gremiales y su tratamiento fiscal…  Pero, si sos vos, querido mío. Pasá , pasá a mi despacho…  Señorita Martínez, hágame el favor, encargue unos cafés y unas masitas con medialunas, que voy a departir un ratito con don Mariano.  ¿No es cierto, Mariano, que tenés unos minutos para compartir unos cafés?

Se le llenaba la boca de baba pastosa que en la mayoría de las ocasiones (dependiendo del rango jerárquico del invitado) se le llegaba a escapar de sus labios produciendo un ligero estallido a modo de pequeño salto de Iguazú.

Intenté que Adolfo conociera mi trabajo, que se implicara en las funciones de mi área, pero no lo conseguí.  Una vez que fue nombrado, hablé con él de mis resultados no más de cinco o seis veces.  Su rara habilidad para desviar las conversaciones, me llevaba siempre a un callejón sin salida.  Después de hablarle durante menos de tres minutos, aprovechaba cualquier palabra de mi perorata profesional para empezar a contarme alguna anécdota personal que terminaba ocupando una larga media hora.  Sin dejarme continuar, una llamada de teléfono o de su secretaria, o simplemente un “si casi me olvido de…”, me invitaba a salir del despacho, acompañándome hasta la puerta y gritando en el umbral:

–¡Pero que muy buen trabajo, amigo Trevijano!  Seguí, seguí con esos informes y esos indicadores que son de mucha importancia para la empresa.  No te olvidés de incluir lo que te dije, que me parece relevante, no te olvidés…

Me enfadé en las dos primeras ocasiones en que ocurrió algo parecido.  Se lo conté a un compañero español:

–Alberto, sabes hacer el trabajo tú solo y no vas a conseguir que tu jefe aprenda de lo que ni quiere ni puede entender.  Disfruta del trabajo delegado y haz tuyos tus logros.

Después del fiasco de Michel, me resistía a que me pasara lo mismo con Adolfo… pero pude convencerme en pocos meses de que nada podía hacer para involucrar en mis tareas a alguien que no había laburado nunca.  Fui aprendiendo a disfrutar del trabajo bien hecho por el mero hecho de hacerlo bien.  Y al principio iba un poco perdido, necesitaba el reconocimiento externo, ya fuera para demostrarme que seguía manteniendo la vitalidad profesional, o para demostrar a otros que podría ocupar puestos de más responsabilidad.  Dado por supuesto lo primero en un ejercicio de autoestima y aplazado lo segundo hasta la llegada de tiempos mejores, apliqué el relájate y disfruta.

Desde ese estado, fui capaz de observar mejor los comportamientos de Adolfo, al cual ya no veía como jefe, sino como un absceso de pus dentro de un despacho que se había pegado a la piel del edificio.

Aunque a pesar de esa visceralidad que se aprecia en el párrafo anterior, la mayoría de sus acciones provocaban más sonrisa que cólera.

De vez en cuando, nos convocaba a su despacho de una forma intempestiva, sin motivo indicado, sin orden del día, sin orden ni concierto…  A las dos primeras, al estar aún sumergido en ese proceso de ira, no acudí.  Después de la segunda ocasión, ya me atreví a preguntar por lo que había ocurrido dentro de ese despacho sin mi presencia y con todo el departamento dentro:

–¡Bah!, que se leyó un libro.

–Filosofía barata, pura imaginación.

–No te perdiste nada, che… una masturbación intelectual de Adolfito.

–En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, dieciséis volúmenes nada menos.

Transcribo algunos de los comentarios recibidos de mis compañeros como respuesta a la pregunta “¿qué tal ayer con el gerente?”.

Al cabo de unos tres meses, Adolfo volvió a convocarnos.  Eran las once de la mañana y su secretaria nos pidió ir a su despacho para las seis de la tarde.  Mi estado de ánimo, más calmado, ya permitía aceptar la inmersión en el habitáculo de aquella persona que empezaba a interesarme como prototipo de una raza no demasiado minoritaria.

Sondeé a la gente del departamento y pareció haber quórum para la asistencia, así que después de unos minutos de reflexión en la comida me dije que accedería al mundo de Adolfo Riva.

Dieron las seis.  Intentaba siempre ser puntual, a pesar de que nunca encontré presentes a la hora acordada a más de uno o dos de los convocados a ninguna reunión en la hora acordada.  El despacho estaba silencioso, en penumbra.  La secretaria se había marchado, así que tuve el acceso libre.

Tapando la ventana, aparecía una pantalla de pie.  Sobre la mesa, proyector de transparencias, un proyector  de imágenes conectado a un video y unos cuantos bloques de folios grapados como un dossier para entregar a los asistentes.  En la portada se leía “La tercera ola”.  Ocho sillas aparecían dispuestas a modo de salón de cine.

Llegó Adolfo acompañado de tres miembros de la gerencia.  Conmigo éramos cinco, así que:

–Buenas tardes, Alberto, me alegro que estés presente –me saludó mi jefe–. Como ya sobrepasamos la mitad de convocados, ¡dale, Martín!, que podemos comenzar.

Primero: transparencias… con esquemas, interrogantes, muchos interrogantes, figuritas a modo de personas, colores fuertes para identificar flujos, inflexiones de voz al pronunciar la palabra conocimiento y, sobre todo, tercera ola, tercera ola, tercera ola, Alvin Toffler, Alvin Toffler, Alvin Toffler.

Segundo: película… un video alquilado por 500 dólares (vi la imputación) donde se hacía un repaso de lo que fue la primera y la segunda ola, para ir a parar a los nuevos paradigmas de la tercera ola, con el aumento de lo intangible, el conocimiento y el sector servicios…

Tercero, debate.  Con las luces encendidas, ya oscuro a través de la ventana, más allá de las siete, nuestra hora habitual de salida, Adolfo se interesó por nuestras opiniones.  A mitad de su perorata habían llegado dos amiguetes suyos de la AMIS.  Hicieron sesudas preguntas, vincularon el tema con la gestión de los recursos humanos y se elevaron hasta hacer tambalear las estructuras de la sociedad futura.  Animaron a Adolfo a seguir investigando por esa vía y a tenerlos informados para iniciar si era necesario la tercera revolución a consecuencia de la tercera ola, que ellos eran admiradores del Ché Guevara, que para eso era argentino y se sabían todas las biografías de los padres de la patria.

¡¡Horror!!

Nuestro amado gerente, por tercera vez en poco tiempo, se erigía en adalid de la aplicación operativa de las nuevas tendencias sociales.  Hablaba y hablaba de la necesidad del cambio, transformación, evolución o revolución… lo que fuera necesario para el progreso.

–¡Pobre hombre! –me comentó Marcelo–.  Es tan ignorante que se lee un libro y ya se cree que es la mejor opinión, ideología o filosofía jamás planteada.  Ni Furuyama, ni Touraine, ni Toffler… que son los autores de su supuesta mesita de noche, son intocables, pero para él cada uno complementa al anterior porque los ha leído en ese orden.  Se nota que tiene poco que hacer, ¿cierto?

Probablemente, casi todo el mundo podría interpretar que deseaba mostrar su sapiencia en temas trascendentes, con un resultado desastroso porque aún dejaba entrever más nítidamente sus carencias formativas.  La ignorancia de los tontos.

En ‘casi todo el mundo’ no deben entrar determinados políticos porque desde hace unas semanas, Adolfo Riva, con el Partido Justicialista (peronista), que gobierna en la provincia de Buenos Aires, es el Secretario de Acción Social.

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