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Molintonia

Las puertas del invierno

Las puertas del invierno

Era como una hoja de otoño, seco, crujiente y amarillo, con aspecto de madurez y profundidad, arrogante, diciendo que milenios le habían dado sabiduría, ansioso, porque su mensaje aguardaba despertar en manos elegidas, y dulce, muy dulce, lleno de paz para comunicar sonriente un discurso limpio.

Su primavera transcurrió en un soplido, con iluminación de ángeles o inspiración de poetas, obra de Dios, que pone su mano para dirigir el mensaje divino, instrumento elegido para un camino de perfección.  Nació sin alardes, como un suspiro, ya decidido y consciente de su valor, de su valor para mí.

Se ajó al calor del verano, escondido como estaba, tan sólo amparado por los árboles del bosque y por las hojas de los otoños.  Su verano fue largo, porque ante la espera también su calor colaboró, calor de ansia por prestar utilidad al cumplir su destino.  Las tormentas le estremecieron y quiso convertirse en cuero para soportar las aguas, como si el arranque de supervivencia le hiciera alcanzar el deseo de eternidad.

Y cuando ya el verano le llevaba a la desesperación, cuando mis pasos aún dudaban en la ignorancia o en la ingenuidad, causa del dolor, decidió por su naturaleza dar entrada al otoño en su vida, comenzar la tercera edad, porque su resistencia mermaba a cada golpe de tiempo y su ilusión se perdía cada atardecer, que cada vez preludiaba una noche más larga.  Le llegaron los vientos, aires y desaires, cielos oscuros, lunas escondidas, árboles desnudos, algún hielo y alguna bruma.  ¡Qué paz en la madurez!, cuando el deseo estaba apagado y la paciencia en la duda jugaba con la sabiduría.

Ya le cansaba su soledad, soledad de sabio y fiel amigo, carga a la tarea impuesta, dolor ante la exaltación y medida para la grandeza.  Le vencía el otoño con armas de carcoma contra lo más profundo de su entraña, pero aún la esperanza de encontrarme dejaba aliento de vida en su corazón frente a las puertas del invierno.  Y ante ese umbral, obertura de la agonía, hizo aparición un lívido manto de nieve, aviso de final.  Apenas pudo respetar la tentación de cruzar al otro lado, se ancló al otoño escuchando estertores, mantuvo su sangre caliente, pero en lo alto veía la luz con paz de espíritu y pena de inutilidad.  Por primera vez, quiso caminar hacia la muerte.

 

***

 

Me preguntaba si realmente era insensible...  Podía responderme que no, dudando, puesto que nunca al instante se me rasgaba el corazón, pero conforme crecían las horas con la lucidez desorientada, la sensación de vacío iba ocupando un lugar predominante por los alrededores del estómago.

Cada una de ellas desaparecía según desarrollaba su papel, con enfado, con reproche, con lágrimas, con aliento, con suspiro, con alegría o con portazo.  Al principio, me importaba el desenlace, pasaba días analizando tal frase, o tal entonación, intentando comprender la causa del final, pero la repetición de la tarea sin resultado me convenció de que no servía para nada, porque fuera lo que fuera, la consecuencia era el abatimiento.

Estaba solo de nuevo y, en aquella ocasión, quedaba atrás una muchacha encantadora, un cielo con deseo de sentirse amada.  Y yo, como siempre, fui voraz al comienzo, cuando la sorpresa significa misterio, descubriendo su alma, su pasado y su cuerpo -sobre todo, su cuerpo-, con herramientas de investigador pertinaz.  Mientras yo jugaba a destapar lo desconocido con mi aire romántico, galante y lejano, ella se enamoró, me vio como el Príncipe solamente por el hecho de que era objeto de mi atención.  Yo me entregaba, me sumergía en cada unión como si me naufragara en el agua de un balneario para alcanzar la eterna juventud.  Ni siquiera deseo mencionar su nombre, porque todavía ningún nombre de mujer se ha grabado en mi memoria, pues para mí ellas son iguales, porque igual es la huella que me regalan, solamente recuerdos.  Y como a las demás, en un ejercicio de ciencia, la desarmé en mil pedazos con el anhelo de encontrar la culminación de una búsqueda.  Fui capaz de poseerla con pasión, de llegar hasta cualquier último vericueto de su propiedad, sin saber, o sin querer, comunicarle la verdadera intención.  No supo ver en mi alma, y la tuvo a su disposición, porque aunque lo hubiera querido, en mi afán, me era imposible ocultarla.  Y si hubiera visto, todo habría acabado antes de empezar, pues mi alma no desprendía una gota de amor, estaba impregnada de ansia por encontrar, con un deseo loco de forzar al destino para que terminara de una vez el vagabundeo de mi corazón; mi alma estaba vacía, sin una pizca de contenido veraz, y así, ella se encontró al pronto perdida, sin asas, sin cuerdas, sin apoyo, con un vuelo ficticio que quiso prolongar para conseguir apenas unas semanas de agonía.  Ella se fue y no la retuve.

Como tantas veces, en sueños la llamé y, al despertar, asustado, clavando las uñas en la almohada, iba descubriendo que mi verdad no era la suya, que no había verdad en ella ni en las anteriores, quizá ni siquiera en mí, y la ilusión se despedazó contra el amargor de la soledad y de la impotencia.

¿Por qué el amor?  Nada me impedía renunciar a la compañía enamorada, nada de mí y nada ellas... y, sin embargo, a una quimera sucedía otra y otra, como si fuera dirigido al fracaso desde un trono escondido, como si debiera sufrir con el gozo extraviado y el fracaso fulminante.  Las culpas me atacaban y siempre me dejaba llevar para que la certidumbre de la soledad me inundara... hasta que la próxima mujer se apropiara de mi sugestión y abatiera el esfuerzo del resurgimiento.  Una se despidió:

- No la busques, no vive en este mundo, no es carnal.

Y me dolió, no sé si por el contenido irreal de la frase o porque su verdad me hizo daño.  No podía admitir ser etéreo, no deseaba renunciar a este mundo, la mortalidad me limitaba a creer en él como puerta de salvación o, cuando menos, a la evasión, al fin de la búsqueda, aunque la meta ya no pudiera llegar.  Otra respondió:

- Hasta que mueras no podrás llenar tu alma. Eres insaciable porque ya naciste colmado, nada es bueno para ti.

Y tanto creí amarla que sus palabras me tambalearon hacia la muerte, hacia el suicidio veloz para llenar mi alma o para nacer otra vez colmado.

- ¿Por qué huyes? -dijo mientras decidía abandonarme.

Y ¿de qué?, ¿de quién huía?  La respuesta fácil era mirarme y decir “de mí”; la autocompasión no me satisfacía.  Sabía que no obraba mal y que mi búsqueda se dirigía con buen sentido, deseo de amar, y que nunca fallaba en el cultivo de mi sentimiento, pero la tierra estaba yerma, aunque el viento y el sol, ellas, me acunaran para germinar.

Cada vez creí amar con más ternura, cada vez acaricié más dulce, y así mi reconocimiento del vacío se demoraba para, con su tardanza, hacer la herida más profunda.  Entendí cada amor como castigo a la pasión y busqué en ellas el alma como quien busca una paloma; encontraba el alma y me sumergía, llenaba mis manos de alma... pero mi alma quedaba vacía, y dañaba sin deseo mi alma y su alma.  Embrutecida, me lanzó:

- ¡Te has querido apoderar de mi!

Y me invadió la sensación de maldad, tuve miedo de hacer daño, me creí nacido para el mal, vampiro de las almas, parásito del amor, y me encerré en una burbuja de soledad para cumplir penitencia por el pecado de no poder amar.

 

 

***

 

A lo lejos, los montes nevados, las nubes de anillo, los rayos de sol, querían darme la luz que yo me ocultaba.  Las hileras de árboles, el viento dulce, música de amor, me dibujaban el sendero...  Y por la noche, la luna, mensajera de los ángeles, sonreía pícara para elevarme hacia su manto...

Había elegido la soledad por un tiempo, tiempo de espera, no de reflexión, para agotarme en el lenguaje del vacío.  Hice el equipaje con todas mis desilusiones y escapé hacia donde el quehacer humano es diluido por la naturaleza divina para fundirme con un mundo donde la individualidad no importa.

Y la vida cotidiana menguó hasta hacerse dispensable.  Quise ser pájaro, quise ser lince, quise ser arroyo para poder amar con el alma ignorante de la soledad.  Las cigarras y los búhos me acunaban, el silencio natural me acogía, y el desgarro en la entraña iba creciendo ante la impotencia de sumergirme en ese mundo calmado, lleno de paz.

Quizá aquella noche las estrellas brillaron más, quizá todo el cielo se iluminó por un destello prolongado de la luna, quizá el sol se asomó por una rendija de las tinieblas, quizá.  La luz me encogió como haría un saco a mis espaldas, desperté atemorizado por un sueño que no recuerdo, y la angustia se hizo insoportable.  Afuera, aún quedaban restos del relámpago y decidí salir, no por curiosidad, sino buscando desahogo.

Todo estaba bien, la luna, las estrellas, las nubes y los árboles, sólo yo desvariaba.  No quería volver a la casa.  Extrañamente, un eco me atraía hacia el bosque, y deseaba acudir.  Se había detenido el viento, las cigarras callaron y, sin embargo, no sentí silencio.  Por encima del bosque parecía crecer una sensación de ceremonia, como si los árboles se estiraran por cubrir un espacio donde me esperaban, y de donde creí ver, reflejado en la única nube, un destello blanco.

Caminé hacia la llamada.  Todo estaba bien, sólo los árboles me miraban.  Y cubierto por hojas de otoño, bajo el punto que con el destello sentí iluminado, finalizó mi búsqueda ante un papiro ajado, descolorido, cruzado por grietas de vejez:

 

 

Has caminado en tu búsqueda,           

tu signo de vida,

hacia el amor sublime, la paz,               

y no te has colmado,

no te has llenado de ternura,         

amor de mi alma,

has vagado por lo cielos         

hasta llegar a mí.

 

Y ahora que muere tu alma

comida por el desencanto,

marchita de penitencia,

ahora que has conocido

la lucha por el amor,

tu cielo se ha partido

para nacer contigo,

sentido amor de tu amor.

 

Yo, alma gemela, parte de ti,

te aguardo en el umbral de tu alma

con las luces del recuerdo,

para que tu penitencia,

savia de amor, dulzura,

sea calor en mi entraña,

esperanza paciente,

ternura de corazón.

Relato incluido en "Cuentos de Luz" (el que más le gustó a mi abuela Edmunda)

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