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Molintonia

Sobre tu tumba

Le gusta pasear por cementerios, por aquéllos que están llenos, donde ya no entierran, porque prefiere los muertos con antigüedad, los veteranos como errantes.  Decía: “los nuevos siempre están más asustados y me dan mucho menos morbo”.  En el cementerio de La Cartuja de la Concepción, ya sin plazas para el descanso eterno, está enterrada parte de mi familia junto a mi abuelo Bernardo.  Cuando se lo conté, mostró una alegría desmedida, estábamos en su casa, a punto de salir para el teatro, pero me tiró contra la cama, me desnudó y fornicamos como bestias durante toda la noche. 

Por la mañana, me propuso ir a ver la tumba de mi abuelo, que no es tumba, es un nicho, pero “da igual, será maravilloso, ¿no lo entiendes?, estar entre los muertos de tu sangre.”  Podría decirse que ahí se formalizó nuestro noviazgo, bajo el nicho de losa negra, abrillantado con betún porque al día siguiente se celebraba del día de los fieles difuntos.  “No nos separaremos jamás.  Ya vas a ver Bernardo, oh, mi amor.” Me llamo Pelayo, no Bernardo.

Me dijo que era escritora, que anotaba nombres raros de las lápidas para luego hacerlos protagonistas de sus relatos y que a veces investigaba en su pasado para incluir los datos en el perfil del personaje.  Le animé a que lo hiciera con mi abuelo, y así me serviría para conocer los asuntos secretos de mi familia paterna, que tenía historias de profundidad diabólica.  Se rió con mucha fuerza, soltó carcajadas crecientes, me miró como quien mira a un bebé, me arrastró hacia una esquina apartada y contra una puerta que lloraba con cada empujón logró excitarme para que le provocara dos orgasmos.  “No entiendes nada, Bernardo”.

En un viaje que hicimos de propio para conocer el cementerio de la Chacarita en Buenos Aires, me dijo, después de practicarme sexo oral junto a la estatua de Gardel: “Lástima que tu abuelo tampoco esté aquí.  Me mienten, tus muertos me mienten, incluso a ti te mienten.  Tengo que seguir en la búsqueda de Bernardo, oh, mi amor.  Nos volveremos a ver sobre tu tumba”.

Quiero que me sepulten bajo tierra, nada de nicho, nada de incineración, y que me pongan sobre la losa una imitación de la estatua de Gardel.

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