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Molintonia

Epistolario de un oficinista, Sexta Carta

SEXTA CARTA

Zaragoza, 2 de Noviembre de 1.983

Amigo Pascual:

Ya ves que no he demorado esta carta.  Mis razones tengo.  Estos días han ocurrido acontecimientos importantes con Ponciano y quiero tenerlos frescos en mi memoria para no olvidar ningún detalle.

Te vaticiné que era el momento justo para tomar una decisión drástica sobre nuestro amigo.  Se ha cumplido.  Míster Quiterio no se cruzó de brazos ante las protestas de Julita, apoyada por otros compañeros, y tomó cartas en el asunto.  Tenemos los resultados encima.

El Jefe de Personal llamó a Ponciano.  El hombre se presentó pulcro y acudió disciplinado a su despacho al día siguiente de la comunicación.  Se le veía calmado y algo asustado.  Le acompañó don Quiterio y luego nos dio cuenta de lo ocurrido en la entrevista.  El señor Bastida, el Jefe de Personal, le exigió explicaciones sobre su comportamiento, aludiendo a quejas tanto de su Jefe de Departamento como de los compañeros.  Ponciano, en un principio, divagó, presentó excusas.  Pero al insistirle, comenzó a contarle sus historias con pelos y señales, tal como las oíamos nosotros de cincuenta a cien veces todos los días.  Añadió que todo era un complot preparado por manos en la sombra para desprestigiarle y evitar su ascenso a teniente coronel.  Sus dos interlocutores se armaron de paciencia, intentaron darle la vuelta, primeramente, dándole la razón, después, acorralándole con sutiles amenazas.  Al verse perdido, lanzó su comentario: “Si lo sueltan, no me caso.  Ni cedo ni cederé.  De teniente coronel o nada”.  Dejaron por imposible el contacto directo.

Ese mismo día, localizaron a sus familiares.  Tal como te dije, tiene hermano y hermana.  Aquél se personó en la empresa a los dos días, llegado de Salamanca.  Su presencia parecía indicar que se responsabilizaría del problema.  Tuvo contactos con la Dirección.  Pasó en nuestra ciudad casi una semana y antes de su partida dio a entender que la rebeldía de su hermano le impedía gestionar cualquier acción con él y que no podía permanecer más tiempo alejado de Salamanca, porque tanto sus negocios como su familia le requerían urgentemente.  Se marchó sin dejar nada solucionado, pero las malas lenguas hablan de si su viaje lo hizo para comprobar el estado de salud de su hermano y ver si podría alegar incapacidad para lograr la administración de sus bienes.  Otros dicen que antes de marcharse dejó en buenas manos el testamento de Ponciano.  Sólo son malas lenguas, no puedo darte fe.  Su hermana tampoco intervino con profundidad.  Limitó su partici­pación a una llamada telefónica al departamento, que casualmente yo recibí.  Al contestar al teléfono, cuando se identificó, no pude reprimir un gesto de sorpresa.  Inmediatamente pensé en la osadía de pedirle datos sobre su hermano, su vida, su situación.  La oportunidad era irrepetible.  Le dejé hablar.  Utilizó un tono suplicante para relatarme los problemas que todos conocíamos y me rogó paciencia y resignación.  Me dijo que Ponciano era un hombre solitario, necesitado de ternura y cariño, que era bueno, pero no sabía vivir en sociedad porque desconfiaba de todo y de todos.  Siempre pensaba en el engaño y en el robo.  Ante esta actitud, no creí conveniente atosigarla con mis preguntas y sólo pude asegurarle que intentaríamos tratar a su hermano de la mejor manera posible.  La mujer me lo agradeció.

La empresa acordó con el hermano de Ponciano el nombre de un especialista para darle la atención necesaria.  Acudió a regañadientes, y le recetó unas pastillas que como efecto secundario producían somnolencia, por lo que debía permanecer una semana en su domicilio.  Al tercer día, ya lo tenemos de vuelta.  Es lógico, ¿cómo iba a pasar el buen Ponciano, y cualquier mortal, una semana en soledad, entre cuatro paredes, soportando un estado de reposo que crearía ansiedad y quién sabe si hasta deseo de suicidio?

Ponciano ha vuelto a su normalidad. Se encuentra calmado, relajado.  Ha mejorado su aspecto, algunos kilos han desaparecido de su barriga, sus ojos han recuperado el color blanco y se muestra centrado en su trabajo.  No habla con nadie, mantiene el aislamiento que trajo con su incorporación al departamento, se limita a recoger su tarea y a deambular por la oficina.  Igualmente, nadie le provoca.

Todo hace pensar que ha recuperado su estabilidad emocional.  Hemos vuelto a la tranquilidad y por tanto a la rutina que odio.  Temo la conclusión del motivo de mis cartas.  Si continúa la normalidad, me veré obligado a buscar otro tema interesante.  No dejaré de escribirte.

Un saludo,

 ÁLVARO

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