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Molintonia

No es cierto que las madres son maravillosas

No es cierto que las madres son maravillosas.

Tú me dijiste adiós hace muchos años, desde que papá salió por esa puerta, cuando le hiciste pagar sus errores y los tuyos.  No me acuerdo, ¿sabes?  Pero lo siento como si mi memoria sólo fuera capaz de recordar lo que sintió.  Yo no me fui, pero me dijiste adiós con tal decoro que he tardado una vida en darme cuenta y reconocerlo.

Miraba con miedo cómo cada noche papá ya no estaba, cómo se iba consumiendo en su desconcierto y en su valentía, tan mal entendida que se hizo cobarde.  No son imágenes lo que te cuento, son esas sensaciones que se quedaron guardadas en un cajón oculto del desván y que ahora se destapan porque ya no las aguanto.  Y te siento orgullosa y vencedora, con el remordimiento de la pecadora inconstante, pero implacable, que duda si ha obrado bien o mal sólo porque no sabe si está mejor ahora, antes o después.  Me acurrucaba junto a la almohada cuando él dormía en solitario cruzado en la cama mientras tú te acostabas en el sofá.  Me acurrucaba junto a mi hermano cuando él se fue y tú, usurpadora, volviste a dormir a esa cama.  Me acurruqué junto a su almohada y a mi hermano cuando él dijo que no volvería más.

Y ahora sí recuerdo que le pregunté: "¿Por qué te has ido, papá?, y él me respondió lo que no entendí: "Nunca me iré, aunque no esté contigo".  ¡Cuánto lo odié!  Y desde entonces tú me dijiste adiós.

Crecí pensando en tu protección, en ese aparte de la vida que es el calor materno, y papá no estaba, y tu calor tampoco, sólo estabas tú.  Cuando él me hablaba, yo quería escucharle y tú no me dejabas, eras capaz de agotar mi entendimiento.

Era tu guerra, era tu guerra... y yo en el campo de batalla, haciéndote papel de arma voladiza, con sensación de señuelo unas veces, de territorio otras, o moneda de cambio casi siempre.

No es cierto que las madres son maravillosas.

Papá pudo odiarme, pero no lo hizo.  Yo creí que papá me abandonó y no sé si lo hizo.  Fuiste tenaz en tu estrategia y te ayudé ingenuamente para que vencieras.  "No debes dormir con papá.  No debes viajar con papá".  Y así me llenabas mi voluntad de deseos impuestos, de amores con impostura y de desamores descompuestos.  Y papá se callaba, guardó silencio aceptando mis palabras: "No quiero dormir contigo, papá.  No quiero viajar contigo, papá", que yo le decía con un nudo de miedo, y él recibía con un severo "no te creo, pero te quiero".  No me diste opción y me plegué ante mi padre con esa oscuridad que da la infancia, con esa crueldad que tú me sugerías y que yo tomé porque eras mi madre.  ¡Qué lejos estabas!

Me separaste del mundo, me aislaste de la verdad, me enseñaste el amor fingido y el fingimiento ante el amor.  Quizá venciste en tu batalla, enhorabuena para ti,  ¿y yo?  ¿Cuál era mi batalla?  ¿Debía tener batalla?  ¿Era mi padre mi enemigo?  ¿Cuántas víctimas cayeron?  Es probable que el mundo me enseñe, pero será tarde.  Me escondiste en tu burbuja y me obligaste a crecer en la mentira de mi sentimiento...  Mientras, papá me llamaba y tú me tapaste los oídos...  Mientras, papá se escapaba, se escapaba con su culpa y con mi culpa... y tú sonreías porque ibas ganando.

He vivido contigo, he vivido junto a ti... pero no en ti, que era lo que necesitaba.  Me has querido tener como tu imagen en un alargue de tus tenazas por los dominios de mi padre, y yo, ingenuamente, esperaba encontrarte en cualquier vuelta de la esquina para que me explicaras aquello que nunca sabré entender, porque el tiempo de la respuesta pasó para siempre.

Papá está distante, papá se ha ido lejos.  Papá ha sido el humo que se esfuma porque no supe apagar la hoguera donde tú me lo contaste.  ¿Por qué, madre?  ¿Por qué?

Y cuando pienso en el día que me dijiste adiós, con el tiempo ya pasado, se me hace difícil volver a empezar, porque he dejado mi confianza en aquellas palabras de mentira, en aquellas palabras de batalla, y mi voluntad se va rompiendo en ese deseo lejano de acercarme hasta papá para decirle que por fin quiero que él esté en mí.

Sólo sé, mujer, que no tengo madre porque tú así lo quisiste, y tampoco tuve padre porque tú me lo negaste.

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