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Un amigo te guarda I - (ROSA ROJA)

Un amigo te guarda I - (ROSA ROJA)

Quizá mi sensación de soledad le llamó, o quizá estaba al acecho desde que nací, o quizá su labor ya estaba preparada desde siempre.  Llegó mi pájaro sin aviso.  Le miré con recelo, pero sin temor, como si lo conociera... y me invitó a subir a su lomo.  No quise aceptar, porque nada ni a nadie habría aceptado.  Y menos aún, en esas horas de noche temprana, cuando el silencio te sumerge más allá de tu propio corazón.  Rechacé su petición, escondiendo la cabeza bajo la almohada, pero el pájaro aguardó pacientemente hasta que asomé la nariz, y me ofreció una sonrisa de confianza.  Volvió a agacharse, repitiendo su invitación, y, en el sopor, no recuerdo si la habitación se convirtió en cielo o el mundo de las nubes entró en mi guarida.  Lo cierto es que volábamos.

Volábamos quedamente, atravesando el aire con suavidad.  Apoyaba mis manos sobre el plumaje gris de su cuello y entrelazaba los pies bajo sus alas.  Recorríamos un cielo blanco y azul entre los huecos del algodón inconstante que cubría nuestro camino.  Desde lo alto, los parajes se me hacían tan diminutos como el carro de las estrellas o el rostro somnoliento y bonachón de la luna de la noche.

No podía suponer si mi pájaro tenía un destino, y tampoco hice esfuerzos en imaginarlo; me dejaba llevar, su sonrisa me había cautivado, y en su lomo me sentía protegido y feliz como un bebé acostado en el regazo de su madre.  Sobrevolamos ciudades atestadas con monstruos de cemento y asfalto, con fábricas apestosas y luces de neón, campos enormes de trigo, tierra yerma y montes exuberantes sin torres de metal.

Pero a pesar de su vuelo quedo, a pesar de su calma contagiosa, mantenía un rumbo recto hacia el horizonte, sin dudas y por horas y horas que parecieron segundos.

Nos acercábamos hasta los parques y las escuelas y yo gritaba a los niños saludos que no podían oir.  Un labrador pareció vernos, llevó la mano a su frente para protegerse del sol y asegurarse de la visión, pero una nube gris nos ocultó como por encanto y continuamos la línea recta de nuestro camino.  Surcábamos el mar...  jugueteábamos con las gaviotas, con los albatros y con los peces voladores.  Sorteamos las tempestades ascendiendo hasta el infinito y con el mar calmado dibujábamos el sendero ondulado de las olas.

Volvimos a ver tierra y el rígido rumbo nos trasladaba por encima de los  acantilados y de las arenas doradas.  Llegamos a la selva y atravesamos las sabanas y un río inmenso, y, al ver las cataratas a lo lejos, empujé el cuello de mi pájaro para pedirle que descendiera.  Entendí que cedía a mis deseos, pero solamente se acercó hasta que el agua embravecida salpicó mi rostro.  Entonces comencé a preocuparme.  Comprendí que aquel vuelo no era un vuelo de placer, incluso llegué a pensar que mi pájaro me había raptado, que pretendía trasladarme a su cubil y esconderme noches y noches, quizá toda la vida.  Me invadió la angustia y me aferré con manos y pies a su cuerpo.  Era imposible, mi pájaro no podía fallarme así.  Y siguió, siguió volando en su cauce hacia no sabía dónde.  Tuve miedo.  A pesar de su sonrisa, sentí morir.  Pensé que no volvería a casa...

El viaje continuaba sobre las nubes, nubes oscuras que ocultaban la tierra y hacían aumentar mi sensación de impotencia.  De pronto, tras atravesar una cordillera, después del último promontorio, se abrió a mis ojos una llanura que se perdía a lo lejos.  Y mi pájaro descendió casi imperceptible-mente, con un vuelo siquiera más quedo.  Le liberé de la presión en su cuello y observé detenidamente el paisaje.  Desde la montaña hasta el horizonte, la tierra estaba cubierta de flores, flores de todos los colores y de todas las especies.  ¡Pero tenían vida!, tenían movimiento.  Mi pájaro casi se había detenido en el aire y me permitía una visión perfecta.  ¡Las flores eran personajes, estaban vivas!, hablaban, jugaban, reían, formaban grupos.  A vista de pájaro, aquel Mundo irradiaba felicidad... Todos desbordaban alegría...  Todo era cortesía...  Desde mi vuelo veía a las flores en un juego continuo, respetuosas, amables, gozosas...  Una de tallo largo se agachaba y conversaba con otra pequeñita que se estiraba para ver la corola de su compañera.  Más lejos, una muy bella peinaba los estambres de otra insignificante, de tallo corto y asimetría indecorosa.  Todos los grupos parecían reuniones de viejos amigos, nadie avasallaba, nadie imponía su poderío.

Los arbustos formaban habitáculos variados de gran tamaño, diseminados por toda la  llanura, y las flores correteaban en los espacios abiertos entre ellos.  No se veía el final del jardín.

Y mi pájaro, mi pájaro amigo, después de recorrer suavemente el alegre jardín, comenzó una ascensión veloz, se detuvo de repente y con un golpe de ala me arrojó al vacío y huyó.  En mi caída, aún tuve tiempo de pensar en mis sospechas anteriores y de volver a sentir la angustia y el miedo que me invadió.  Cerré los ojos y supongo que perdí la consciencia, porque no recuerdo cómo, en el tiempo de tan rápida caída, unas rosas blancas tejieron una malla protectora para evitarme el impacto contra el suelo.  Cuando desperté, una de ellas, con las demás separadas, como guardándole la espalda, me saludó:

- Bienvenido, extranjero.

El sonido de su voz me dejó perplejo, y con el aturdimiento de la inconsciencia, no acertaba a contestar.

- Eres bienvenido, extranjero. Estás en el Jardín Feliz.

Me incorporé.

- Gracias, me habéis salvado.

- Nuestro deber es guardar la alegría en este Mundo.  Un accidente siempre es una desgracia.

- No me importan los motivos.  Gracias otra vez -reafirmé.

- ¿De dónde vienes, extranjero? -continuó interrogando la rosa blanca.

- De allá lejos - y señalé hacia dónde había huido mi pájaro.

- Y aquéllo, ¿qué es?

- Otro Mundo -le respondí con voz queda y sin querer parecer misterioso.

Su tallo penduló.  Creí ver miedo en su cáliz.  Se estremeció y todas sus compañeras se unieron en un murmullo.

- En fin, somos generosidad y aún no te hemos ofrecido nuestra morada.  Acompáñanos y te mostraremos los aposentos donde podrás descansar.

A pesar de su pretendida largueza, notaba sequedad en su ofrecimiento, y, al comenzar a caminar, sólo ella se colocó junto a mí, mientras unas cuantas rosas blancas más nos seguían a poca distancia.

- Y tu Mundo, ¿cómo es? -siguió interesándose.

- Muy distinto al vuestro, por lo que veo, muy distinto.

- Y ¿en qué ves tanta diferencia?

- Es palpable, no tiene comparación.  Desde mi pájaro he visto en vosotras unidad, alegría continua, juegos, risas.

- ¿Acaso tu Mundo no es así?

- No, por lo menos en esa continuidad.  Aquí he podido ver desde las alturas todo felicidad.  Y mi Mundo no es siempre feliz.  Se hace dura la vida y conseguir vuestra situación es imposible.  ¿Cómo podéis lograrlo?

- Mediante la igualdad -aseveró tajante-.  Todas somos iguales. Basamos la identidad en el respeto, en la mutua confianza y en la unión.

Caminábamos entre los grupos de flores, entre un sinfín de colores, entre un mundo atrayente.  Todas cumplían sus quehaceres con pulcritud, con compañerismo, con bromas y sensatez.  Todas sabían su misión y cada grupo prestaba un servicio distinto.  La organización era perfecta y en ese orden nada parecía fallar.

- Hemos llegado, extranjero.  Aquí podrás descansar.

Nos detuvimos frente a una construcción de cañas de bambú casi cubiertas con musgos y helechos.  El verdor y la fragancia envolvían el ambiente.  Una vez en su interior, invitaba al descanso y a la relajación.

- Dos de mis compañeras te servirán mientras permanezcas aquí.  Más tarde conocerás nuestro Mundo.  Que tengas buen reposo.

- Gracias, Rosa Blanca.  Hasta pronto -me despedí.

Como ella me había anticipado, dos compañeras de la anfitriona me acompañaron hasta los aposentos.  Se deslizaban silenciosas, una de ellas mostrándome el camino; la otra guardaba mi espalda.  Con gestos amables, me condujeron a una estancia inmensa, donde crecían multitud de plantas verdes.  En la pared frente a la entrada, se abría una ventana baja, tapada con troncos espinosos, cruzados a modo de celosía.

Realmente, necesitaba un respiro, habían sido muchas emociones extrañas en poco tiempo.  Me disponía a descansar sobre un montón de hierba, que supuse era el lecho de la estancia, y, a través de los troncos espinosos, vi cómo la rosa blanca que me guardó la espalda vigilaba mis acciones con la corola tensa y el tallo estirado.  La desafié con mis ojos y comenzó un paseo de centinela extremo a extremo de la ventana.

Al cabo de unas horas, tras haber dormitado inquieto, la Rosa Blanca penetró en mi estancia:

- Deseo que tu descanso haya sido provechoso.

- Gracias -contesté-, pero me resulta difícil dormir con esa vigilancia -añadí, señalando a mi guardián.

- Su deber es protegerte y servirte.

- ¿Protegerme en este Mundo?  No lo entiendo.

Y ella tampoco intentó explicármelo.

- Supongo que sigues interesado en conocernos...  El Jardín Feliz te espera.

Me invitó a salir y nuevamente las dos rosas blancas se colocaron a distancia y caminaron detrás de nosotros.

Las flores no se extrañaban de mi presencia.  Risueñas, nos cedían el paso.  Para saludar, inclinaban sus corolas, no sus tallos, dirigiéndolas hacia mi rostro.  Así, percibía la sugestiva mirada y el agradable perfume.  Ya habían terminado su labor y conversaban y jugueteaban sonrientes en grupos dispares que no repetían especie de flor entre sus componentes.  En cada grupo se erguía enhiesta una rosa blanca, amenazante con sus espinas, pero llena de luz y esplendor.

- He visto que vosotras, las rosas blancas, no participáis ni en el trabajo ni en la alegría de las demás.  ¿Es que formáis un conjunto aparte?

- ¡Claro que no! -contestó la Rosa Blanca, muy enfadada por mi observación-.  Nosotras somos los seres más desarrollados y, por eso, nuestra labor es encauzarlas en el aprendizaje de la confraternidad y del bien común.

- ¡Aaaajá! -y callé.

El paseo resultaba encantador.  Aquella ingenuidad, aquel entusiasmo querían contagiarme.  No veía en las flores un mínimo resquicio de tristeza, de desencanto, de lucha o de rebelión.

- ¿Siempre tienen esta actitud?  ¿Siempre demuestran esta felicidad? -pregunté a mi anfitriona.

- Así es, siempre, amigo mío.  Nuestro Mundo vive en la felicidad, en la comprensión, en el amor y nosotras cuidamos de que cada día su corazón crezca en la libertad y por el bien de todas ellas.  Es la única forma de alcanzar la felicidad.

- El objetivo es hermoso, pero imagino que difícil de conseguir.  ¿No teméis la llegada del invierno y morir con él sin haber logrado este ideal?

- Veo que no conoces este Jardín.  Aquí no existe el invierno.  Somos inmortales, vivimos en la eternidad. Sólo podemos morir de tristeza.

¿Quién pudiera ser habitante en este Mundo?, un Mundo eternamente feliz.  Sonaba a paraíso.  Desde luego, era increíble, aquella sociedad era increíble.  No sentía el odio ni la maldad, no había hipocresía, ni ahogo.  No escuchaba ningún llanto ni veía ninguna lágrima.

Los grupos se hallaban distanciados y no se relacionaban entre sí.  Habían vuelto a su tarea y cada uno de ellos cumplía su cometido con responsabilidad, pero sin perder el entusiasmo o la sonrisa, ni siquiera los trabajos ingratos afectaban a su comportamiento.  De vez en cuando, en nuestro camino se cruzaba una rosa blanca que paseaba por los espacios separadores de los grupos.  Frente a la anfitriona, envíaba un saludo rígido, disciplinado, y la Rosa Blanca respondía del mismo modo.  Cuando se dirigía a mí, forzaba una sonrisa y, en un murmullo temeroso, pronunciaba un nuevo saludo. Las otras flores eran más graciosas, más amables, menos afectadas; desprendían espontaneidad.

Comenzaba a anochecer y, a la orden de las rosas blancas, se inició un movimiento general en el más completo silencio.  Ahora se creaban otros grupos, esta vez por especies: lirios, alhelíes, gladiolos, crisantemos, narcisos...  Caminaron hacia los grandes barracones, construidos de troncos y enredadera, con paso disciplinado que no rompía su grácil quehacer.  También en cada grupo seguía presente una rosa blanca...  Y entre toda aquella amalgama, quise encontrar algo... faltaba alguien...

- Y vosotras, rosas blancas, ¿no os agrupáis como ellas?

- No, debemos cumplir nuestra misión.

- ¿No es vuestra misión la misma que la de las otras flores? -me interesé.

- Está claro que no, extranjero.  Nosotras debemos protegerlas y educarlas para procurar su felicidad, para que mantengan el espíritu que tú mismo habrás observado.  Por nacimiento y formación nos resignamos a perder la libertad para amparar a nuestras hermanas.  Nos debemos a ellas, sólo a ellas.  Cuidamos de su desarrollo en el afán de darles una existencia dichosa.  Renunciamos al grupo, pero ellas lo entienden y nos ayudan.  Han sido educadas para ser maravillosas.

Empezaba a indignarme. Aquélla situación me iba pareciendo agobiante.  Tanta sumisión, tanta entrega, tanto poder...

- Y ellas, ¿no se rebelan?  ¿No son inteligentes para decidir cómo deben vivir, cómo quieren organizarse?

- No, sería motivo de muerte -contestó muy exaltada.

- Entonces, ¿cómo habláis de libertad? -grité, enojado-  ¿Cómo podéis dar felicidad y actuáis de esa manera?  ¿Hay que amenazar de muerte para crear un Mundo perfecto?

A pesar de mi agresividad, la Rosa Blanca había recuperado su calma y me contestó en tono paternal.

- No me has entendido.  Ellas no saben que pueden morir, no conocen esas supuestas amenazas.

- Y, cuando matáis, ¿qué ocurre?  ¿Ocultáis las muertes, cómo les explicáis el asesinato?

- Querido amigo, nunca ha ocurrido.  Nosotras no somos asesinas.  Pero está previsto.  Si el caso llegara a producirse, se les comunicaría que su compañera había partido hacia un grupo mejor.  No sabrían la verdad.  Seguirían felices por medio de la ignorancia.

Procuré calmarme.  Mi corazón bullía asustado.

- ¿Basáis, pues, la felicidad en la ignorancia?  ¿Sois capaces de entenderlo así?

- Exactamente.  El conocimiento es patrimonio de las rosas blancas, porque nuestra formación se ha dirigido a saberlo encauzar para transmitir exclusivamente felicidad.  Ellas viven en la ingenuidad y en la ignorancia.

- Pero ser ignorante significa dejar de conocer lo que realmente puede hacernos felices.  Si no se conoce la belleza, ¿cómo se puede amarla?   Si no se conoce la ciencia, ¿cómo progresar?  La formación lleva a la comprensión de la felicidad.

- Te equivocas.  Los conocimientos llevan a la mente hasta los problemas que no tienen solución.

- ¡Cualquier ser tiene derecho a elegir su camino!  La educación completa es el primer paso a la libertad...  Te voy entendiendo, Rosa Blanca, tú quieres poder, y si enseñas la libertad, no podrás ejercerlo.  Vuestro deseo es tener sometidas, sumisas, a las demás.

- De tu entusiasmo deduzco que hablas por tu Mundo.  Supongo que así está instituido.

- Tienes razón.  Intentamos ser libres, tendemos a la igualdad, educamos en ella a nuestros niños.  Nuestro Mundo es más justo que el tuyo.

- Entonces, dime, ¿cuántos sois felices?

- Muchos, creo yo... -pero mis palabras temblaron.

- Tus ojos contestan de otra manera.

No sabía defenderme.

Si permanecía callado, iban a convencerse de su verdad.  Estaban equivocadas y debía demostrárselo.

- ¿Suponéis inteligente vuestro Mundo? -le lancé.

- Sí, lo es -contestó, arrogante.

- Por lo tanto, todas lo sois, ¿no es cierto?

- En potencia, sí... aunque sólo las rosas blancas estamos preparadas para desarrollar la inteligencia, siempre en favor del bien común.

- Y, ¿puedes decirme que nadie, ninguna de ellas, ha sido capaz de desarrollarla como tú dices y de rebelarse como vosotras y vuestra manera de gobernar?

- No, hoy nadie es capaz.

Ahí vaciló y perdió viveza su color.

Continuamos caminando un largo trecho en silencio.  La Rosa Blanca había descompuesto su apostura.  Parecía temer algo.

En nuestro camino ya no había nada que ver.  El silencio era sepulcral, porque las flores ya dormían bajo la vigilancia de los escuadrones de rosas blancas.  En sus paseos, ahora estiraban las espinas para enseñar el signo de su poder y evitar cualquier posible desliz.  Formaban un ejército disciplinado y fuerte, sometido a sus ideales, convencidos de que su labor era la correcta.

Llegamos frente a mis aposentos.  Con mis divagaciones, apenas escuché la despedida de la Rosa Blanca, pero aprecié que estaba inquieta, que tenía deseos de dejarme para dirigirse a algún lugar.

Me tumbé en el lecho.  Debía reconocer que aquel Mundo era maravilloso para sus habitantes.  ¿Quién tenía motivos para protestar?  Nadaban en la alegría, eran eternos niños en un continuo jugueteo, su forma de vida sería deseada por cualquier ser infeliz.  El fin de las rosas blancas era digno de alabanza.  Y lo conseguían.  Todas las flores se creían en el Mundo perfecto, quizá porque no conocían otro, quizá porque no necesitaban más...  Al día siguiente saldría de dudas, hablaría con ellas y me dirían su parecer.

La Rosa Blanca entró en mi aposento.  Había recobrado su color, caminaba erecta, reluciente.  Cruzó la estancia y se acercó hasta mi lecho para decirme:

- Hemos celebrado Gran Consejo ...  El Gran Consejo de Rosas Blancas estima que tu permanencia entre nosotras es dañina para la buena evolución de nuestro Mundo.  Mañana deberás marcharte.

- Pero si no conozco... si no he visto aún cómo lográis...  Tengo que llevar a mi Mundo vuestro método.  Nosotros también buscamos la felicidad eterna.  ¿Por qué no me ayudáis?  Hablaste de hospitalidad.

- Debes marcharte.

- ¿Acaso tenéis miedo de que descubra la verdadera intención de vuestro proceder?  ¿Me tenéis miedo, Rosa Blanca?  ¿A un hombre solo?  ¿Tan poco estimáis esa labor de dirección hacia la felicidad?  ¿Tan poco os fiáis de esas hermanas tan bien educadas?

- No eres quién para cuestionarnos.  Vienes de un Mundo imperfecto.  No eres feliz, ¿verdad?  Y si no lo eres, no podemos permitir que contagies a las flores.  Sencillamente, no queremos acoger a un infeliz.

- No es verdad, no es verdad.  Claro que existe mi felicidad...  No me has entendido.

- Debes salir de aquí.

- Pero, Rosa Blanca... -emití el canto de la súplica, de la impotencia, a lo que supongo estaba tan acostumbrada a oir, y se creció todavía más, mirándome de soslayo; mientras salía, sentenció:

- No estás autorizado a replicar.  Las decisiones del Gran Consejo son irrefutables.  Mañana deberás marcharte...

Di un puñetazo al tronco más cercano.. Sentí una desazón terrible y caí derrotado.  Suspiré.  Estaba enojado, herido, pero no podía hacer nada...  Pensé si incitarlas a sublevarse sería la solución.  Quizá hablarles, hacerme fuerte con ellas, las sometidas, les daría empuje para imponerse a la tiranía de sus gobernantes.  Quería suponerlas reprimidas...  Era un error.  Su existencia era feliz, nada tenían que reprochar, nada tenían en esa mente anulada para descubrir que había algo distinto.  No podrían entenderme ni tampoco tenían motivo para cambiar.

Paseé por la estancia largo tiempo. No podía conciliar el sueño.  Me apoyé en el alféizar de la ventana, y a través del enrejado observé el horizonte.  ¡Qué pequeña se hacía la Luna!  Sus rayos se extendían por el rocío del jardín, y lanzaban un reflejo que vencía la oscuridad y la propia luz del astro.  En aquella belleza era imposible que siempre hubiera existido el dominio de las rosas blancas.  Disfruté del paisaje con nostalgia:  tenía que irme...

Pero allá, a lo lejos, algo no cuadraba y me extrañó.  Entre tanta luminosidad, había un espacio tremendamente oscuro.  Agudicé la mirada y el resplandor de sus alrededores me permitió ver el perfil de un tenebroso edificio que se erguía con descaro, sobresaliendo en altura y forma de todo lo que le rodeaba.  Era algo así como un palacio o una cárcel.

Bajo la ventana, paseaba mi guardián:

- Rosa blanca -le llamé.

No me contestaba.

- Rosa blanca, tengo que hablar contigo.

Sin dejar de caminar, me respondió:

- ¿Qué quieres?  No me está permitida la comunicación con el prisionero.

- No soy prisionero.  Estoy invitado por vosotras.

Parece que le convencí, porque, aun sin detenerse, volvió a hablar:

- ¿Qué quieres?

- Allá al fondo, veo un edificio extraño.  No cuadra con vuestro jardín.  ¿Qué es?

Ahora sí se detuvo, y mirándome retadora, explicó:

- En él yace la tristeza.  Es un lugar prohibido, el cementerio de quien no quiere gozar la felicidad.

- Si sois inmortales, ¿quién está enterrado?

La rosa blanca había vuelto a su paseo de centinela y no advertí que quisiera continuar la conversación.

Seguí observando el edificio, y pensé: “Allí guardan su secreto.  Allí está la respuesta al origen de este gobierno”.  Aquel paraje me daría la solución a todas las dudas.  Decidido, me dispuse a crear un plan para acercarme hasta él.

La arrogancia de las rosas blancas me lo puso fácil.  Burlé a mi guardián, no había más vigilantes y la puerta no tenía cierres. Amparado por el silencio, me escabullí entre las sombras y sorteé con sigilo a los escasos centinelas que guardaban el reposo de las flores.  Casi sin aliento, alcancé mi objetivo.

Ante mí, se extendía un campo yermo, satinado con brotes de maleza y limitado por barreras de espinos.  Todo aquéllo despedía hedor de muerte.

En una esquina de aquel camposanto, se alzaba una torre inmensa, construida de troncos secos y cubierta de ortigas.  En lo alto, se abría una ventana, y, filtrándose entre la hiedra que la cerraba, vi una luz. Ni siquiera me dio tiempo a entender el impulso.  Trepé por los troncos, azorado, lastimándome la piel.  Rasgué la reja y salté a la estancia.

Allí se encontraba.  Entonces me di cuenta de lo que había echado en falta en el Jardín Feliz.  Allí estaba el vacío del Mundo perfecto.  La Rosa Roja.

- Rosa Roja, eres tú -susurré.

Se acurrucaba en un rincón del calabozo, con sus pétalos ajados, el tallo encorvado, las espinas romas...  Levantó lentamente su corola y vi una mirada triste...

Había algo en mi interior que me obligaba a compadecerla y admirarla.  Su misterio tenía poco que ver conmigo, pero me sacudía una sensación inexplicable y estaba paralizado.

Se irguió y, escondiendo todo aquéllo que la extinguía, con un tono entre ingenuo y arrogante, me preguntó:

- ¿Quién eres tú?  ¿Por qué te extraña verme aquí?

Callé, no quería contestar todavía.  Aquella flor me cautivaba con su presencia, su aroma y su historia.  El enigma de su cautiverio ya no tenía secretos para mí, y su belleza me estaba envolviendo.

- ¿Quién eres? -insistió.

Sacudí la cabeza, olvidé las alabanzas que estallaban en mi corazón y respondí:

- No sé cómo ni por qué he llegado hasta aquí.

- ¿De alguna forma habrá sido, algún interés te habrá movido?  Nadie sabe dónde se encuentra el Jardín Feliz.  ¿Quién te ha traído?

Preguntaba con seguridad, parecía acostumbrada a exigir y verse complacida.

- Desde luego, mi deseo no era llegar hasta aquí, pero un amigo tan misterioso como tú me abandonó en un viaje y caí en tu Mundo.  Era un pájaro, un pájaro majestuoso.

- ¿Cómo es posible?  Nunca conocí a un pájaro que nos visitara.  Aquí sólo habitamos flores, ningún pájaro es de este Mundo.

- Quizá mi amigo pertenezca a todos los mundos.

- ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

- Llegué esta mañana.  Las rosas blancas me acogieron y me alojaron.  Ahora...

Volvió a preguntar presurosa, inquieta por conocer mi respuesta:

- Y, ¿qué has visto?  ¿Qué te han contado?

- Cuando mi pájaro me abandonó, las rosas blancas me ofrecieron su hospitalidad.  Tuve un aposento y me mostraron su organización.  Todas las flores eran felices, jugaban, reían, disfrutaban de su existencia.  No vi un atisbo de tristeza, de agresividad.  Su vida era calmada, dichosa.  Nadie era presionado para cumplir su trabajo.  Me extrañó tan gratamente que quise averiguar sus métodos para conseguirlo y llevarlos conmigo.

- ¿Y te mostraron cómo lo han logrado?

- Con mi insistencia, pude hacerles hablar y lo que deduje de sus palabras no fue tan grato como mis observaciones.

- Cuéntamelo, por favor.

Mi Rosa Roja perdía su exigencia y, en su seno, emitía un ruego casi desesperado.

- Las rosas blancas han sometido a sus hermanas, han adquirido un poder fuerte y con él las educan en la ignorancia.  Creen que la ignorancia es la base de la felicidad.  ¡Y lo cierto es que la consiguen!  No lo comprendo, no lo admito.  No entendía que nadie se hubiera opuesto... pero ahora tú me das la respuesta a todas las dudas.  Aun con todo, algo me extraña, mi Rosa, ¿cómo estás cautiva y no muerta?, ¿cómo te han recluido aquí y las de tu especie yacen en ese cementerio?

Pareció gemir, pero no perdió su aspecto de majestad.  Había escuchado mi relato con la corola encendida y sujetando su tallo para mantener la gallardía.

- Como habrás supuesto, soy cautiva de mis hermanas blancas.  Me encerraron hace tiempo y, por lo tanto, sólo puedo hablarte de lo que conocí en mi libertad.

- Realmente, eso quiero saber.

Guardó un grave silencio y se deslizó por la estancia hasta llegar a la ventana y perder la mirada hacia la luna.  Sus palabras nacieron nostálgicas.

- Las rosas siempre hemos sido la especie fuerte, no importaba el color, todas las rosas formábamos parte del Consejo Rector y del ejército.  El Gran Consejo se elegía entre nosotras y la presidencia se alternaba.  Nunca hubo una disputa importante; la vida transcurría con altibajos, con criterios distintos, con odios y amores, risas y desilusiones, temores y alegrías.  Nuestra relación podía causarnos cualquiera de esos sentimientos, pero no por interés personal, sino porque todas queríamos lo mejor para el Jardín, cada una pensaba que su propuesta era la más beneficiosa para el bien común.  El Gran Consejo pretendía ser justo y yo creo que lo conseguía.  Las rosas velábamos para que se cumplieran sus acuerdos.  Nuestras espinas, creadas para defendernos, también podían prepararnos el ataque, y las utilizábamos para vigilar la igualdad, para proteger a los débiles de un abuso de fuerza.  Cada una tenía libertad para cumplir sus tareas y jamás nadie se negó a realizarlas.

- Y, entonces, ¿qué ocurrió, qué hizo cambiar aquéllo en el país de la “felicidad eterna”?

- Un día, una orquídea, llegada de muy lejos, de un lugar recóndito del Jardín, comenzó a disertar sobre unas nuevas ideas.  Pretendía dar a conocer una nueva forma de vida: el gobierno de los débiles, decía.  Hablaba de igualdad, de una existencia más justa.  Rechazaba el poder, la organización.  Su lema era “plena libertad” y para conseguirla todos debían vivir a su libre albedrío.  En torno a ella, se formó un grupo de elementos que le halagaba y compartía sus ideas.  Poco a poco, sus palabras calaban en los demás, a pesar de que las rosas rojas encontrábamos y comunicábamos mil argumentos para rebatirla.  Al cabo de un tiempo, la orquídea desapareció inexplicablemente, sin dejar noticias ni prueba de sus teorías.  Inmediatamente, las rosas blancas, calladas mientras la orquídea hacía sus discursos, se sublevaron.  Habían preparado un ejército numeroso y disciplinado.  Blandieron sus espinas y nosotras, las rosas rojas, fuimos aplastadas por su mayoría.  Nos encerraron y nos juzgaron, sentenciándonos a muerte.  En aquel momento, yo regía el Gran Consejo, y esperaba ser la primera en sufrir la ejecución.  Sin embargo, permanezco cautiva desde entonces en esta torre donde me has encontrado.

- Las rosas blancas supieron planear hasta el último detalle.  Si te hubiesen ejecutado, ¿cómo habrían enseñado en el tiempo los resultados de su fuerza?  Mataron a tus compañeras para demostrarlo, pero tú eres el símbolo de su poder.  En sus métodos de educación mostrarán esta torre como el camino a la tristeza y a la infelicidad, encubriendo el verdadero nacimiento de tu cautiverio.

- Pero, ¿qué han creado? -preguntó, escandalizada-.  ¿Qué han hecho con las flores?  Desde mi ventana no oigo más que risas, juegos y silencio.  Todo parece ingenuo, a lo largo de este tiempo no he sentido ni un llanto, ni una lágrima, ni una disputa, siempre oigo calma y dicha, pero es superficial y creo que fingido.  Y los silencios de la noche me estremecen.  Con la oscuridad siento temor, sólo escucho un caminar disciplinado y luego, silencio, silencio.  No entiendo una vida sin lucha, sin lágrimas.  ¿Qué ha sido de aquel Mundo excitante?

Su melancolía me lastimaba.  Había escuchado el relato con ansiedad de conocer su historia, no su Mundo.  Sentí deseos de tomarla con mis brazos, de besarla y acariciarla para protegerla y defender su inocencia.

- ¡Mi flor! Tú perteneces a un Mundo como el mío, tú puedes ser parte de mi existencia...  ¡Mi flor!  ¡Mi Rosa Roja!

En aquel momento, me habría convertido en un héroe justiciero.  El entusiasmo y la fuerza me desbordaba... Intenté relajarme y seguí hablando con ella:

- Las flores rebeldes habéis sido aniquiladas y las supervivientes se educan al son que tus hermanas blancas deciden.  Han hecho valer su fuerza, pero no puedo negarles su diplomacia y su tacto.  Apenas hacen ostentación de sus espinas, su labor se centra en vaciar la mente de sus súbditos y diseñarla para que acaten sumisamente las órdenes, o ruegos, del poder.  Nadie se atreve a rebelarse porque carece de medios para creer que las rosas blancas están equivocadas.  Alguien puede entender hermoso ese objetivo, todas viven felices, pero el camino para conseguirlo es inadmisible.

Agachó su corola, inclinó el tallo, escondió sus pétalos y se sumió en llanto amargo.  Quise consolarla.

- Yo vengo de un Mundo como el tuyo, Rosa.  Nada es fácil, nadie tiene la verdad, cada uno es distinto, cada uno es un ser independiente, pero necesita de los demás para sobrevivir.  Y sobrevivir es el objetivo, sobrevivir hasta alcanzar la felicidad, pero no con imposiciones, la felicidad es libre, es individual, cada ser la busca a su manera y la encuentra en lugares distintos.  Para lograrla hay que luchar todos los días y vencer.  No te permiten el descanso...  Y creo que nadie ha alcanzado la felicidad pura que predican tus hermanas, porque en mi Mundo es imposible, los obstáculos son numerosos y a veces insalvables.

Mi Rosa Roja escuchaba atentamente; mis frases le habían devuelto el color a su corola y recobraba su aire de majestad.

- Entonces, ¿quién puede lograr sobrevivir en tu Mundo si es imposible la felicidad?

- No, no es imposible.  Nadie es continuamente feliz.  Creo que la felicidad debe conseguirse con la sencillez, con los ideales simples.  Sólo tenemos vida mientras hay algo que cumplir.  Por eso, los grandes objetivos, cuando se han alcanzado, ya no proporcionan ilusión por muy importantes que hayan sido, y la ilusión es felicidad.  Hay que estar educado para entender y disfrutar los pequeños detalles, hay que conocer la belleza y el amor, la cara alegre de cualquier instante, de cualquier acción, para poderlos gozar.  Yo puedo ser feliz acariciando un niño, observando una mariposa, caminando entre los árboles o conversando con quien amo.  Si me tumbo al sol, si escucho la música o miro las estrellas, si escribo un libro o trabajo para mis amigos, si preparo una fiesta o alimento a un perro abandonado, puedo ser feliz.  Cuando todos estos instantes se hayan unido sin ninguna pausa, o viva esperando encontrar alguno de ellos en cualquier momento, entonces tendré la felicidad pura.

La Rosa Roja enviaba su mirada perdida hacia la oscuridad.  Recordaba el Mundo donde vivió.

Continué:

- También existen las rosas blancas y también tienen espinas, pero son parte de nosotros, están en ese lugar porque sus hermanos se lo permitimos.  Cumplen su labor de organizar, como cualquier otro ser realiza su tarea.  El poder lo tienen concedido, nunca usurpado.  Y los demás tenemos la obligación de vigilar el ejercicio de ese poder...

- Esos gobernantes unen el Mundo, entiendo.

- Sí, piden opiniones y su obligación es actuar por el bien común.  Hay casos y países que rompen esa regla, en otros, la fuerza es su bandera; en fin, todo no es perfecto, en mi Mundo no hay nada perfecto.  Somos pequeños seres con grandes limitaciones.  Cada uno de nosotros es distinto, cada uno tiene su propio mundo, somos millones de mundos, y la unidad de todos ellos forma la gran sociedad.  Esa unidad es lo único que puede superar las limitaciones... existe el egoísmo, existe la maldad, pero el amor y la colaboración intentan contrarrestarlo.

Mis palabras la envolvieron.  Iba recobrando la esperanza, porque le había contado aquéllo que quería oir.  Y le hablé con el corazón, no pretendí engañarle.

Mi Mundo no le había defraudado, porque el suyo fue igual.  Allí vibró, sufrió y rió; en su Mundo construyó su intento de felicidad.  Fue reina, tuvo poder, sus espinas sujetaron el cetro del Jardín Feliz.  Y estaba orgulloso de él.

Con un gesto fulminante, se dirigió a mí, y entre ruego y exigencia, me pidió:

- ¡Llévame contigo!  ¡Quiero vivir en tu Mundo!  Allí reinaré, conseguiré cautivarlo y hacerlo feliz.  Sé cómo hacerlo, he vivido en un Mundo como el tuyo.  Vosotros me devolveréis el ansia de vivir.  A tu lado, crearé ilusiones, crearé paz, crearé tu felicidad.

Yo sabía que era cierto.  Sería reina.  Me aduló y no tenía más deseo que ampararla, atraerla junto a mí.  Ahora yo era el cautivo, de su fragancia, de su corola, de su esculpido tallo.  No podía defraudarle.

Invoqué a mi pájaro y mi fiel compañero atendió la llamada.   Tomándonos con sus alas nos hizo viajar hacia el horizonte.  Nos olvidamos de las Rosas Blancas y del Jardín, porque abrazados apenas nos quedaba aliento para disfrutar del vuelo.

 

 

Mi Rosa Roja vivió junto a mí y rodeada de todo aquéllo que antes conoció desde su trono.  ¡Y vaya si lo conoció!  Supo vibrar de emoción, enjugar lágrimas, sortear fracasos...  Recobró su vitalidad, rió y jugó, tuvo instantes felices... pero en todo el Mundo no pudo reinar, mi Mundo es muy grande.  Aun así, se convirtió en única princesa de otro entorno más pequeño: encontró mi corazón, encendió mi alma, compartió mis ilusiones, consoló mis errores...  Supo ser monarca de algo sencillamente vivo: mi mundo.

 

 

Mi Rosa Roja ya murió, aquí sí existe el invierno.  La lloré amargamente, como ella merecía.  Nunca quise decirle que todo podía acabar.  Cuando lo conoció, ya no le importaba, porque en este Mundo renació su felicidad.

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