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El barrio de Montemolín, de "Fábulas de Montemolín"

El barrio de Montemolín, de "Fábulas de Montemolín"

Nadie sabe dónde comienza exactamente el barrio.  Y es que formamos un barrio pequeño, aprisionado por dos corredores de cemento y asfalto, Las Fuentes a la izquierda, y San José a la derecha, según se mira río abajo.  La mayoría le da el comienzo en el puente del Huerva, al principio de Miguel Servet, y el final, en el gran silo de la carretera de Castellón.  No dicen nada de su extensión lateral.  Digamos que hay opiniones dispersas, cuya discusión poco aporta a la clarificación de las fronteras.  Los expansionistas nombran propios a terrenos que siempre pertenecieron a los barrios colindantes y alargan el eje desde la Plaza San Miguel hasta el cementerio de La Cartuja.  En fin, por menos se libraron batallas, así que nadie les hace caso.  Los tradicionalistas traen los límites al Matadero Municipal y a las Sopas Cenis, o la Lechería Quílez en la otra acera, dando anchura hasta el camino Cabaldós y el camino Fillas.  ¡Ah, por cierto!, el nombre del barrio es también objeto de discordia: los "snob" prefieren llamarlo Miguel Servet, por aquello de la fama universal y de la categoría de la calle; los de Tranvías, y por extensión casi todos los habitantes de Zaragoza, lo conocían como el Bajo Aragón, pues empalma con la carretera que llevaba a las tierras de los tambores: Alcañiz, Calanda, Híjar...; los antiguos, los fundadores, se quedan con Montemolín, y no sé de dónde viene el nombre, nadie me lo dijo nunca.

 

Realmente, pues, es como si el barrio no existiera... sus límites se diluyen, su nombre se divide y allá, visto por el aire, la calle grande del barrio, la de Miguel Servet, únicamente serviría para deslindar Las Fuentes de San José.  Y como no quiero que Satán se apodere de estas hojas, veo necesario fijar cuanto antes una delimitación.  Debo decir antes que a mi guía protector no le gusta fijar fronteras, pero tratándose de los diablillos permite una excepción que vulnere la dimensión universal de los espíritus.

 

Puesto que mi infancia es lo que cuenta, será mi opinión (perdonen) la que sirva como voto de calidad.  Según mis andanzas, según mis terrenos naturales, el límite Oeste se fija en el cine Roxy, lugar de aventuras, triunfos, derrotas, lágrimas y sonrisas.  Al Este, cierro con el Palacio de Larrinaga y con los Marianistas, incluyendo las casas de la CEFA, donde al tiempo me enteré que se fabricaban juguetes anunciados en televisión (me hinché de importancia).  Al Norte, los patios traseros de Giesa, CIMA y el antiguo Reformatorio, cortan los dominios.  Hago a "la filla" terreno neutral.  Y al Sur, me muevo poco, porque sólo se incrustan en los números pares de Miguel Servet el hueco de la plaza Utrillas y las acequias de la Granja.  ¡Atención!, hago islas en dominios ajenos: sean La Salle más al Oeste, y la manzana que englobaría las Sopas Cenis con las lecherías Quílez y con la Piscina Montemolín.  Es decir, un barrio que nace sin solución de continuidad y que termina en los albores de la ciudad por Levante, un barrio chiquito, olvidado en los mapas, fantasma para los diablillos de los barrios vecinos, próspero para el alcalde pedáneo y único para el ángel extraviado.

 

No pretendo haber acertado, ni siquiera haber complacido a unos o a otros, y mucho menos ser juez de la controversia.  Además, si hubiera hecho caso extremo a las ternuras de mi recuerdo, habría limitado el barrio a las cuatro esquinas de las cuatro calles: Miguel Servet, Belchite, Higuera y del Sol, por donde discurría mi único paseo en libertad allá cuando acababa de conseguir mi supuesto uso de razón.

 

Quizá sea más romántico limitar el barrio a los carteles... presagio de humos, sabores, tertulias..., estandartes inmóviles de actividad o complacencia.

 

Allá donde dice: Bar Nerín, que sirve el desayuno a los matarifes que trabajan en el Matadero Municipal, sito justo a su frente, Bar Nerín que alimenta para dar vida a los que dan muerte para alimentar, o allá: Bar Otelo, reino del café, copa, puro y guiñote, punto neurálgico, confluencia de palabras, o frente a la plaza Utrillas: Bar Didí, que agarra chaflán en la casa nueva de los Diego, o: Bar Utrillas, escape de la Policía Municipal en la madrugada...  En estos lugares se juntan los personajes encantados para robarle tiempo al tiempo y colocar su producto en el mercado del Camino al Más Allá.  Son los carteles del descanso, o de la charla para arreglar el país, o de la disputa por aquel "renuncio", o del desahogo del vino, o de la evocación de un pasado mejor...  No sería nada el barrio sin los bares.

 

Más carteles...  La CEFA, en Levante, jardín de ilusiones con sabor a plástico, botín de los Reyes Magos, prefirió esconderse cerca de la filla, en la esquina que casi no es barrio para que los chavales nunca la descubrieran; quizá, con mala fe, para no ser robada; quizá, con buena fe, para no derrumbar la fantasía de Melchor.  En una manzana inmensa, con fachada de ladrillo, torreón cuadrado y portón con arco de medio punto, la GIESA, única fábrica en cadena del barrio, le da nombre internacional, los trenes desembocan en su entraña y, ¡envidia!, los Reyes de Oriente dejan regalos adicionales a los hijos de sus empleados.  De la CIMA sólo recuerdo que traía árabes y cubanos, con sueños de las mil y una noches y aires de igualdad comunista.

 

La energía de Montemolín se nutre de un calor surgido bajo unas letras rojas, encuadradas por un diseño en doble arco, anchas por los extremos, cerrándose hacia el centro, como queriendo exprimirse para lanzar el ataque hacia la conquista de la ciudad... las letras de PEIPASA.  De sus hornos, sale pan caliente de lunes a sábados, y el asado de mamá los domingos.  Gabriel Pellicer, hijo del dueño, pasea a caballo por debajo del cartel.  Y, sin saberlo entonces, como ahora he descubierto, el fuego continuo hizo crecer demasiado a una niña especial que vivió sobre las letras rojas y a la que tardaron en conocer los niños aventureros del barrio.

 

Me impresionaba la Casa de los Martínez, ultramarinos de postín, de techos altos, casi alcanzados por estanterías lúgubres de madera, suelo crujiente, luz escondida, sardinas rancias en la puerta y sacos de legumbres pegaditos al mostrador.  La simpatía de los dueños, siempre con caramelos para los chicos, no rompía la sensación de terror, y pocas veces entré solo con el recado de mamá.  En los Ultramarinos Cenis me encontraba mejor, y eso que no me daban caramelos.  Hace muy poco que he descubierto el porqué, razón de infante.  En los Martínez, la entrada se abre de costado, es decir, el mostrador y los productos aparecen de lado, y el local se pierde poco a poco en la oscuridad; todo parece mirarte de soslayo, con aire de superioridad.  En cambio, en los Cenis, encuentras de frente a una señora dulce, de frente, repito, con sonrisa eterna, tras un mostrador simétrico a tu posición, los sacos abiertos hacia ti, ofreciéndote lentejas, garbanzos y alubias...  Casi igual que con los Martínez, me ocurría en la Cooperativa de la Estación, pero había más luz y un dependiente calvo completo, con camisa blanca, que daba sensación de amparo.

 

La verdulería de la Alicia, con la señora Felipa al fondo, fue la cuna de "el moreno Julián".  Y junto a ella, la pescadería de doña Pilar, con Ignacito de lumbrera, y la droguería de Pepe Palacios, local ínfimo con más de cien mil artículos colgando del techo como telarañas...  La Pilarín del kiosco nos ilustraba con los tebeos de Bruguera y nos malalimentaba con caramelajos que sabían a gloria después de ganar la propina.  Y el señor Ullate, con su cara de judío simpático nos vendía en su carpintería los paneles para el colegio (la importancia que me di cuando me enteré de que su hijo era un bailarín de talla internacional).

 

En la esquina de Miguel Servet y Belchite, antes de llegar a la frutería de la señora Dora, lugar para rapiña de cerezas, se yergue, humilde, la Bombilla, tienda de casi todo para comer, más que ultramarinos, de los Garay, serios comerciantes, que no tienen ni idea de lo que guardan en su establecimiento.  No lo voy a descubrir ahora...  Es un local cuadrado, enmaderado de techo a suelo, con belleza sobria en su mostrador.  Siempre la observé mejor desde fuera; su perspectiva desde la puerta, sobre los escalones descendentes del acceso, daba sensación de pintura renacentista, y algo me empujaba a entrar...

 

Por la calle Fillas, los "señores Domingos", que se alargan por una manzana entera, trabajan en algo que nunca supe muy bien.  Quizá me llaman la atención por la eterna bondad que regala uno de sus dueños, el señor Cesáreo, y su mujer, doña Antonia, y su hermana, doña Pilar.  Además, desde casa de mi abuela veía los tejados del garaje.

 

Me ensimismaba con los carteles, vistos desde tan abajo, dispuestos para informar de la sorpresa, artísticos unos, cochambrosos otros.  Y me preguntaba cómo los pintarían, sobre todo los del cine Roxy para anunciar las películas.  Alguna noche soñé que cobraban vida y todos a coro iban hablando como charlatanes incansables de lo que sus letras querían enseñar.  Nada sería el barrio sin ellos, país sin identidad.  Me molesta que en lugar de rehabilitarlos los cambien, prefiero que se mantengan siempre igual, y cuando alguno desaparece, paso tiempo sin mirar al sustituto, por mucho que sea luminoso o más llamativo.  Suerte que la Peipasa nunca cambia, y sus letras de fuego y pan tierno se mantienen impertérritas en su fachada, junto al número 128 de Miguel Servet.

 

Quizá el barrio no se acaba, quizá no comience, quizá sus límites sólo sean quimeras y, como la Ley Universal dice, las fronteras son signo de debilidad, pero yo solamente podré eliminarlas cuando alguien convincente, maestro de la verdad, consiga hacerme entender que no pertenezco a tal o cual ambiente, a tal o cual país, sino que soy, sin raza ni color, un ciudadano del mundo, o más todavía, un habitante de las galaxias...

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3 comentarios

Conchita -

!Qué maravilla! !existe mi barrio pra alguien! Encontrar esta página ha sido una enorme alegría. Mi mundo terminaba donde empezaba el tuyo, mi límite era de mi calle Utrillas hasts la c/Higuera para ir a por chucherías a la "churro".
Gracias, muchas gracias.

Jorge -

Yo tambien lo conoci todo eso era una gozada, claro eramos pequeños y la carnecería Pradres je je que no la has nombrado por pudor supongo.
BUENOS RECUERDOS

Antonio Aranda -

Magnífico libro, retrato de una época maravillosa, que me encantó compartir con la gente del barrio y que todavía tengo la suerte de seguir compartiendo.

Enhorabuena
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