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Molintonia

Los Hombres Razonables

En vista del éxito que obtuvo Valero y de la influencia que ejercía en todos los ámbitos del barrio, surgió un movimiento pretendidamente compensador de los excesos idealistas que el filósofo propugnaba.  Parece ser que su objetivo era adecuar las enseñanzas teóricas a la práctica cotidiana, pero realmente se convirtió en un recalcitrante opositor, de tal manera que los obreros opinaban que era la mano oculta del Régimen.

Al menos, oculto sí.  Nadie sabe con certeza quién componía el grupo, pues su actividad se centraba en ediciones anónimas de octavillas con frases altamente dogmáticas que nunca desarrollaron.  Conforme su labor se asentó, ampliaron contenidos y, finalmente, se convirtieron en una herramienta de opinión que consiguió no pocos adeptos.  Su primera publicación se produjo tras el tercer comunicado de Valero: 

"Es necesario aprovechar el día".

Firmado: Los Hombres Razonables." 

Hubo algunos que pretendieron asignar la edición al filósofo, pues interpretaron estas palabras como de "alto contenido profundo".  Valero se encargó de desmentir las acusaciones, diciendo que él nunca publicaría algo así, puesto que de ello se deduce que "es necesario aprovechar el día".  A instancias de los despistados, aclaró su interpretación:

—El cúmulo de horas productivas no presupone un progreso.  Quizá sin producir, el avance sea más rápido.

Conforme a la naturaleza humana, la pregunta ¿quiénes son "Los Hombres Razonables"? provocó largas conversaciones y disputas, sin importar el alcance de sus mensajes.  Unos dijeron que el propio Jefe del Estado controlaba el grupo.  Otros argumentaron que no, que el Caudillo nunca avalaría un corpúsculo que actuara en la sombra, como los masones.  Algunos apoyaban la tesis de que Valero necesitaba argumentos contrarios para establecer un método dialéctico y, por tanto, él mismo, a falta de opositores, los creaba mediante esta invención.  Los soñadores opinaban que los propios papeles se autogestionaban su edición.   Los que no hablaban pensaban en una composición altamente motivada por aspectos económicos, e involucraban en ella a tal o cual comerciante o tendero, nunca empresario, al que su dependiente le iba con raras patrañas sobre la luz, provocándole parones o rebeldías injustificadas.  Lo cierto es que jamás se conocieron a "Los Hombres Razonables".

Hubo un día en que, sin previa intervención editada de Valero, Los Hombres Razonables actuaron de oficio, con ánimo de establecer un sistema de pensamiento que identificara la verdadera configuración del barrio en materia de futuro.  Tuvo una edición numerosa, e incluso aparecieron en buzones, bajo los cubos de Giesa, en los aledaños de la plaza Utrillas y en los nidos de las golondrinas.  Aquel día, el barrio se paralizó, lo que no gustó a los editores, aunque lo dieron por bueno si en los días siguientes se recuperaba el tiempo perdido.  Aquel día, Valero no evacuaba consultas en la esquina, lo leyó en la cama y sonrió en solitario: 

"BANDO 

Los Hombres Razonables Afirman:

—Es necesario un ahorro energético.

—Nadie puede convertirse en dueño de la luz, y ésta debe administrarse adecuadamente.

—En los domicilios bajos, se aprovechará la luz de las farolas.

—Solamente se utilizará la luz en abundancia dentro de las fábricas y factorías que produzcan beneficios.

—Además del ahorro lúcido, se atenderá al esfuerzo productivo.

—Los obreros obedecerán a los patronos.

—Los patronos velarán por sus obreros.

—La luz es dinero, el dinero conduce al bienestar; a más dinero, más bienestar; inversamente proporcional pues, a menos luz, más bienestar.

—El progreso también depende del dinero.

—La meditación es improductiva.

—Cuando sale el Sol, se inicia el ciclo económico.

—Cuando el Sol se pone, se apaga la luz y a dormir.

—LOS HOMBRES RAZONABLES TIENEN LA RAZÓN.

 

Firmado: LOS HOMBRES RAZONABLES."

 

Cuando el mensaje llegó a la calle, justo al salir el Sol, se paralizó el ciclo económico.

Quienes lo leyeron en sus casas encendieron la luz para leerlo mejor, incluso los patronos.

Hipólito, un comerciante, pensó que su bienestar residía en la salud de su familia.

En las fábricas y factorías que producían beneficios no se llegó a iniciar el trabajo, por lo que fue innecesario encender las luces.

Los obreros desobedecieron a los patronos.

Los patronos castigaron a los obreros.

Aunque no se ganó dinero, todo el barrio consideró que, leyendo la octavilla, habían conseguido un grado más de bienestar.

Cuando el Sol de puso, la luz se encendió y todas las familias comentaron el panfleto hasta que oyeron trajinar a los tranvías.

Muchos preguntaron que dónde estaba Valero.  "Meditando", se oyó, por lo que muchos se pusieron a meditar.

Al día siguiente, el filósofo colocó su mesa plegable en la esquina habitual y recibió decenas de consultas, la mayoría referidas a Los Hombres Razonables.  A cada uno, le dedicó un razonamiento sobre la pregunta cuestionada, pero realmente pocos se iban contentos y, a la hora de comer, la plaza Utrillas era un hervidero de conversaciones sobre lo mismo.  Valero, aplicándose paciencia, se marchó a su casa para echarse una siestecita y soñar con un magisterio enriquecedor, producto de la controversia en las opiniones.  Por la tarde, siguió evacuando consultas con mayor énfasis que por la mañana, instigando a que cada cual construyera su criterio y a que, si era necesario, hiciera uso de la meditación, herramienta imprescindible para encontrarse consigo mismo.

A las diez de la noche, el barrio no se acordaba de cenar y, al igual que a mediodía, giraban conversaciones sobre lo mismo en torno al círculo de la plaza, visto lo cual Valero decidió intervenir.

Llevó la mesa plegable al centro de la multitud, colocó la silla a modo de escalón y ascendió a las alturas presto a realizar una declaración (consideró que la ocasión no merecía un panfleto de respuesta).  Se hizo tal silencio expectante que hasta los tranvías callaron con respeto.  El cielo estaba teñido de un rojo tenue.  Valero habló: 

—LOS HOMBRES RAZONABLES NO TIENEN RAZÓN. 

La muchedumbre se dispersó lentamente con las dudas resueltas.

Aún dura la época de controversia.  Naturalmente, Valero no contribuye a apaciguarla, pues precisamente su motivación aumenta no porque exista una corriente de opinión distinta, sino porque se producen enconadas discusiones que él encauza hacia el enriquecimiento individual.

Los Hombres Razonables tienen una caterva de seguidores continuamente renovada, pues quienes siguen sus enseñanzas muy pronto salen del barrio en busca de oportunidades para apagar su luz y conseguir que su fábrica tenga las bombillas encendidas todo el día.

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