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Molintonia

Epistolario de un oficinista, Tercera Carta

TERCERA CARTA

 

Zaragoza, 16 de Septiembre de 1.982

Amigo Pascual:

A medida que van transcurriendo los meses, este Ponciano me asombra sin remedio.  Tan pronto pasa la jornada relajado y silencioso como se altera hasta el enfado sin existir motivo aparente.  Cuando se encuentra en este último estado, nadie le increpa, nadie se dirige a él, pero inicia un murmullo en solitario durante varios minutos.  El jefe todavía no se ha enterado de estos ava­tares, porque siempre ha coincidido que no estaba en su despacho cuando sucedían.  No creo que sea casualidad.  Ponciano escoge los momentos oportunos.  A pesar de nuestro silencio, todos nos asombramos de su actitud, pero Carlos, sin embargo, acepta con naturalidad los repentinos cambios e incluso se permite bromear con él.  Ponciano le deja hacer o no le importa la burla o la ignora o se embebe tanto en sus cavilaciones que solamente escucha lo que le interesa.

A última hora de esta mañana, Carlos estaba concen­trado en su trabajo con una factura complicada.  Pon­ciano se encontraba frente a él, de pie y apoyado sobre la mesa alta y amplia en la que realiza su tarea cuando entra al departamento.  Llevaba el lápiz en la mano y a su lado había dejado la goma de borrar.  Oímos un ruido muy fuerte en la calle, pareció el pinchazo de un automóvil, que nos sobresaltó a todos un instante.  Nadie le dio importancia... excepto Ponciano.  Al escuchar el estam­pido apenas levantó la cabeza, pero pasados algunos segundos escudriñó el panorama sigilosamente, enviando su mirada a todos los rincones de la oficina.  Su rostro se hizo tenso, sus pupilas, brillantes... Agarró el lápiz con toda la mano y lo clavó con energía en la goma.  Después, se acercó raudo a Carlos.  Creímos que le iba a golpear.

—Me quieren matar, ya ves.

Carlos continuó impasible su tarea.

—Me lo dice el general... y su hija.  No les hacía caso, pero al final va a ser verdad.  Están preparando el aten­tado.  Me quieren eliminar porque yo solucioné todo.  ¡Canallas!  Y se creen que me van a asustar.  No cedo ni cederé.  Al tío ese hay que atarlo corto.  Sin fianza. Y si hace falta, ¡zas!, un tiro en la cabeza y tierra al asunto.  Estaríamos arreglados si no.

Mientras Ponciano hablaba, Carlos levantó su mirada lentamente:

—Ponciano, vamos, relájate.  Explícame todo, pero con tranquilidad.  Me estás poniendo en vilo.  Ya tiemblo con tu historia y si además la cuentas a medias... A ver, ¿qué pasa con el general?

—Con el general nada.  Es muy honrado.

—¿Y con su hija?

—Santa, que es una santa.

—Dices que estás amenazado de muerte.

—Seguro.  Van a por mí, porque yo la defendí y lo metí en la cárcel.

—Mi querido Ponciano, dime algo más del complot que han urdido contra ti.  ¿Es internacional?, ¿nacional?, ¿regional?, ¿comarcal?, ¿provincial?, ¿de tu barrio?, ¿de tu calle?, ¿de tu casa?, ¿o de tu salerosa cabecita gra­sienta?

—Que no, que no, que esto explota.

—Aquí no hay goma—dos, ni trinitrotolueno, ni dina­mita... Nada en absoluto, Ponciano.  Somos pacifistas y te queremos vivo porque nos alegras la vida.

—Al Cedrés, a la cárcel y por muchos años.  Es un asqueroso, un salido, un violador.  Tiene el coño en la cabeza.  Mira que querer tirarse a la hija del general.  Menos mal que estaba yo allí —dijo ufano, estirándose y poniendo sus palmas sobre el pecho—, si no, ¿quién salva a Inma de la violación?  Pues yo, con mis puños.  Menudo cómo le aticé.  Cayó redondo y al verme le cambió la cara.  Me entraron ganas de pisarle el cuello.  No puede ser.  Es un cerdo, un cerdo.  Y si no le juzgan, no me caso.  Está hablado.  Juzgado y culpable, claro.  Si no lo juzgan, no me caso.

Además de su tono y de la expresión en el rostro, me extrañó el nombre que pronunció.  Cedrés fue Secretario General de la empresa.  Está jubilado desde hace un par de años.  Se decía de él que era maleducado, elitista, racista y dedicado a buscar el error del empleado.  Ya has visto cómo le atacaba Ponciano. Pudiera ser que sus razones nacieran de estos adjetivos, pero ni yo los puedo atestiguar ni sé si Ponciano los tuvo que sufrir.

—Ponciano, ten cuidado —le aconsejó Carlos—.  Pue­des caer en un problema grave si alguien de la Dirección te oye hablar así del amigo Cedrés.  Tendrías un disgusto serio.

—Ese tío es un cerdo.  Mira que querer violarla.  Y allí, delante de todos.  Es un mierda... Si se me puso de rodi­llas para pedirme perdón medio llorando.  ¿Y me va a dar un disgusto?  A la cárcel y sin fianza.  Para eso está la justicia.  El juez lo arreglará.  Va listo.

El jefe salió de su despacho y Ponciano volvió rápida­mente a su trabajo.  Carlos le siguió con su mirada y, adornando sus labios con una sonrisa bonachona y tími­damente reprochadora, parecía decir: “Este Ponciano...”

Naturalmente, yo no entendía, estaba perplejo, no sabía qué pensar.  En cambio, Carlos prosiguió su tarea sin demostrar el menor asombro.  Me decidí a pregun­tarle:

—Carlos, ¿Ponciano...?

Me contestó sonriendo, sin dejarme terminar la pre­gunta, como si hubiera estado esperándola días atrás:

—Ponciano, Ponciano...  Está loco —soltó—, deshecho de la cabeza.  Rige menos que un canguro en Siberia.

—¿Loco? ¿Estás seguro?

—Segurísimo.  No hace falta ser siquiatra para verlo.

—Pero... parece normal, es aseado, culto...  No puedo creerlo.

—No es un loco de atar.  Tiene alucinaciones, para­noias.  Es pacífico, bueno... se sabe controlar.

—Está trabajando, sabe lo que hace y cumple con su tarea.

—Nada demuestra eso para justificar su comporta­miento.

—¿Y nadie ha pretendido curarlo, llevarlo a un sanato­rio, darle tratamiento?  ¿No tiene a nadie?

—Sí, tiene familia, hermano y hermana, pero pasan de él, porque es imposible tratarle.  Su hermano marchó a Salamanca y su hermana se casó hace muy poco.

—Y ¿en la empresa?

—¡Ay!, ahí duele.  Ya quisieron intentarlo.  Hace tiempo.  No sé cuándo, porque yo aún debía llevar chu­pete, pero míster Cedrés se hartó de él y pretendió ingre­sarlo en un manicomio.  Todos los gastos pagados por la empresa, claro.  De ahí viene la fobia por ese señor.  Lógi­camente, su honor no podía ser mancillado.  Él loco, ¡por Dios!, con el bien que hace a la Humanidad.  Él, preocu­pado por la justicia, por el bienestar social.  Se opuso rotundamente, amenazó con acudir a la Magistratura de Trabajo.  Mentó al ministro, al gobernador, al general.  Armó un revuelo que se conoció hasta en las Bahamas.  Intentó agredir a Cedrés, se buscó aliados que no apare­cían por ningún sitio.  En fin, en Contabilidad pueden informarte, no es invento mío.  Como tratándole afable­mente no es conflictivo y cumple con su trabajo sin fallos graves, lo aguantan hasta que se jubile.  ¡Ya le metieron buen pepinazo a míster Quit!  No sé cómo lo engatusaron para trasladarlo a este departamento, pero quien lo hiciera es digno de ser embajador en Cuba.  Buena diplomacia, sí, señor.  Ya te irás dando cuenta de lo agra­dable que puede ser el buen Ponciano.

No puedo creerlo, Pascual.  No puedo creer que Pon­ciano esté tan loco como pretende Carlos.  No he observado nada censurable en él.  Hay mucha gente con manías, con genio fuerte.  Además, es un hombre pre­sentable en cualquier ambiente.  Igualmente, pienso que Carlos no ha inventado su historia.  Espero tener más elementos de juicio.

Un saludo,

ÁLVARO

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