Blogia
Molintonia

Epistolario de un oficinista, Cuarta Carta

CUARTA CARTA

Zaragoza, 2 de Febrero de 1.983

Amigo Pascual:

Lo de Ponciano es inaudito, tan anecdótico que no quiero adelantarte ningún detalle.  Lee con atención.

He intimado un poco más con Carlos.  A pesar de su juventud, es un muchacho que razona con madurez, con­versa de cualquier tema lúcidamente, aunque siempre coloca su guinda irónica o burlona, y demuestra tener buena formación.  Me resulta algo chocante, sobre todo, al hablar de temas acerca de la gente de su edad, puesto que yo, sin considerarme desfasado, llego a escandali­zarme de algunas de sus opiniones.  No es sumiso, trata a míster Quiterio de tú y habla claro de lo que no le parece bien.  A mí me gustaría hacerlo también, pero nos educa­ron para criticar en la sombra, asentir y obedecer.  Carlos es ácido en sus comentarios, y en ocasiones se excede y cae en el sarcasmo o el cinismo.  Tiene arte para encon­trar a las personas que no entienden su forma de hablar y, por eso, al espectador le resulta divertido.  Ha cuajado rápidamente en el departamento.

Ponciano ha ido evolucionando.  Ya comprenderás.

Durante las últimas semanas, hemos trabajado de firme y no he tenido tiempo de observarlo detenida­mente.  En esos días, me llamaba la atención el contraste de su sobriedad con sus salidas de tono.  Podía ser el ejemplo del empleado constante que airea sus manías de vez en cuando.  Esta semana, más relajados todos, Pon­ciano ha sido protagonista de unas situaciones dignas de ser contadas.

El lunes llegó al departamento una solicitud del Juz­gado con petición de datos sobre un cliente.  Refiriéndose al caso, alguien hizo un comentario sobre las leyes o algo referido a su aplicación.  Ponciano, oído avizor, se acercó a Carlos y le dijo:

—¿Lo sabes?, ¿lo sabes?  Es la ley, la ley, entendida como fuente principal del Derecho, y si hay vacío legal en el asunto a juzgar, se observan las costumbres y los prin­cipios generales.  Todo juez lo sabe y se informa y, si no, acude a la jurisprudencia, ¿sabes qué es?.  Tú qué vas a saber.  Yo te lo diré.  Son los pronunciamientos o senten­cias de los tribunales en cuanto deciden conflictos de Derecho, y sirven con valor de precedente.  No lo sabías, ¿eh?, inculto.  Pues no, que el juez decidirá y el general lo sabe y si lo sacan, no me caso.

—Ole y ole la cultura de Ponciano —se burló Carlos.

Está claro lo acertado de la definición, las palabras precisas, el lenguaje jurídico.  Demuestra que es un hom­bre informado en Derecho.  Carlos adivinó mis pensa­mientos.

—Álvaro, no te equivoques.  Tiene buena memoria, nada más.  ¿No recuerdas tú las preguntas del Catecismo con exactitud? Pues cuando él estudió Derecho Mercantil se empapó como un loro todo el libro.

—Pero se ve que razona.

—Algo tiene que tener el pobre.

—No seas cruel.

—Realista sin más.

—¿Y lo del general? —interrogué, curioso.

—Tan verdad como que mi padre guerreó en Waterloo.   

—¿Estás seguro?

—Ya te enterarás. Tiempo al tiempo.

Ponciano es culto, no me cabe la menor duda.  Sus esporádicos comentarios lo atestiguan.  A veces, se inmiscuye en las conversaciones y aporta sus conoci­mientos.  Hay que decir que normalmente no vienen al caso, pero son acertados. 

Lucía es vegetariana y trae zanahorias para su almuerzo.  Ponciano se le acercó y le dijo:

—¡Ah!, Lucía.  Zanahorias.  Buenas, muy buenas para la vista.  Vitamina A tienen.  Evitan la ceguera nocturna y pigmentan la piel.  Ya lo creo.  Yo también las como, también, frescas y cocidas.

—Por eso tienes la piel tan morena, y no usas gafas porque tienes una vista de lince —le espetó Carlos en voz alta y acusadora.

Ponciano se escabulló.

Algo se publicó recientemente en los diarios sobre “El Campesino”, haciendo alusión a su protagonismo en la guerra del 36. Comentábamos sobre el asunto y Ponciano se acercó.

—¿Habías oído hablar de “El Campesino”, Ponci? —le preguntó, utilizando el diminutivo no sé si con cariño o burla.

—Sí, hombre, ¿cómo no? —contestó, orgulloso.

—He oído hablar que fue un buen militar —intervine.

—Habría que discutirlo.  Le gustaba la disciplina con exageración.  Mataba a los que volvían la espalda al ene­migo —me aclaró Ponciano.

—¿Era nacional o republicano? —preguntó, incisivo, Carlos.

—Rojo, rojo, de las Brigadas Internacionales.  Hubo mucha gente extranjera que vino a luchar.  Los nacio­nales tuvieron ayuda de los italianos y de los alemanes, porque les interesaba un gobierno español como el de ellos.  Los alemanes eran buenos, daban la cara, pero los italianos eran unos cobardes —bajó el volumen de la voz y se acercó más a Carlos para hablarle casi al oído—. Se parecen a los españoles en el físico y en el gusto por las mujeres, para esos son latinos, pero en la valentía se que­dan atrás muchos kilómetros, muchos.

Se quedó satisfecho, orgulloso de su patria.

—Somos buenos los españoles, ¿eh, Ponciano? —continuó Carlos.

—Mejor que algunos y con más arrojo y si no, que repasen la historia, la Reconquista.

—Tú eres un buen ejemplar.

—Mejor que algunos que se las dan, ya lo creo.

—Alto y fuerte, agresivo.  Das la talla, Ponciano —ironizó Carlos.

El aludido se pegó dos buenos puñetazos en el pecho y se irguió tanto que pareció crecer. A continuación, con una sonrisa llena de satisfacción, como si marchara en un desfile, comenzó a caminar con aire marcial.

—Ahí tienes, Carlos —le dije—. Son conocimientos sobre historia, sobre la guerra, sobre el mundo.

—Su padre luchó en el 36 —justificó.

—Siempre tienes excusas.

—Ponciano tiene cultura.  No sé cómo la ha adqui­rido... pero está loco, a la vista está.

—Yo no lo veo tan claro.

—¿No has oído que se cree el supermacho ibérico? Pues así se autocalifica, y ya lo ves, una birria de hombre.

—Eres cruel, muy cruel, con el buen Ponciano.

—No le hago daño y me divierto.  Está loco.

—No lo creo.

—Ya lo creerás.  Ya lo creerás —y sonrió convencido.

Estoy seguro de la verdad de mis razones.  Encuentro a Ponciano ligeramente extraño, retraído, escurridizo, pero su comportamiento y formación no son los de un desequilibrado mental.  Tengo dudas, pero me inclino por mi teoría.  La soledad puede con este hombre y le ha agudizado sus manías, manías que se acrecientan por su carácter fuerte y sus ideas arraigadas.

Al poco tiempo, Carlos comenzaba a demostrarme el porqué de su sonrisa.

—Ven aquí, Ponciano, acércate —le ordenó.

—¿Qué quieres? —solicitó, enfadado por el tono de la exigencia.

—Explícame cómo va lo de tu ascenso.  Hace meses que no sé nada de tu carrera militar.

—Todo estancado —contestó seco.

—¿No me digas? ¿Y por qué?

—Hasta que no se resuelva el juicio, nada.  No quiero ni oír de ascensos.  La sentencia dejará todo en claro.  Salvará mi honor y el expediente seguirá su curso.  Hasta entonces, seguiré de comandante.

—Pero tú, hombre de Dios, hormiguita del diablo, cariñito de mamá, sorbo de inocencia —tras el tono iróni­camente suave, lanzó su siguiente afirmación con severi­dad—, ¡tú qué vas a ser comandante!

—De sobras lo sabes, renacuajo —fue la primera vez que oí a Ponciano rebatir la ironía de Carlos, si no con igual arma, sí con un insulto cargado—. Comandante honorífico de la Guardia Civil.  ¿Te quieres cachondear o qué?

Se alejó enfadado.

—Verás, Álvaro, que mi teoría se cumple —aseveró Carlos.

—¿Acaso no es comandante? —pregunté, ingenuo.

—A ver si el loco eres tú.

—Explícate.

—Nuestro buen amigo Ponciano habría deseado ser un militar de alta graduación y ama las pesquisas para restablecer la ley y el orden.  ¿De acuerdo?

—Podría cuadrar.

—Bien.  En nuestro anterior departamento trabaja un tío muy cachondo, Marcial Buendía, lo conocerás, supongo.

—¡Si es tan serio!

—Échale un galgo al pajarito.

—¿Quién lo diría?

—Escucha, escucha. Marcial, en una de sus venadas, le nombró sargento.  Sargento a secas, sin más.  Ponciano se engordó unos diez kilos de satisfacción y se añadió, para hacerlo creíble, la coletilla “honorífico de la Guardia Civil”.   Se lo creyó hasta tal punto que se inventa misio­nes a cumplir en pro de la justicia, contactos con altos mandos militares y civiles, del gobierno, de la policía, del ejército, de lo que cae a pelo.  Tiene franca la puerta de todas las comisarías, ¿sabes?, incluso coche oficial.  Y por ahí lo saben, ¡eh!, lo saben.  Siguiendo con la broma a lo largo de los años, Marcial le enviaba comunicados ascen­diéndole grado a grado.  Nunca los creía, hasta imaginaba quién era su redactor, pero allá a los días, informaba solemnemente de su ascenso, conseguido por méritos en la captura de algún criminal, en la desarticulación de un comando terrorista o en la desactivación de una bomba colocada en el baño de una Maternidad.  Y ya ves, hoy es comandante...  ¡Hombre!, guardo una prueba.

Abrió uno de los cajones de su mesa, rebuscó dentro de una carpeta azul, tomó un folio escrito a máquina y lo depositó sobre la mesa.

—Atento. Esta es la comunicación de su último as­censo.  Marcial tuvo la deferencia de regalarme una foto­copia.

Y comenzó a leer:

 

‘Admirado Ponciano:

Tengo el grato placer de comunicarte por anticipado una extraordinaria noticia: con el comienzo del año serás nombrado Comandante.  Enhorabuena. Al tiempo oportuno recibirás el correspondiente oficio.

¿Qué tal te sienta? Sé que en tu humildad pensarás que no has hecho suficiente mérito para tal honor, pero todos sabemos que eres el hombre más íntegro y audaz de nuestro cuerpo.  Con esto, van a quedar atrás todas las especulaciones surgidas acerca de tu anterior nom­bramiento como Capitán.  He contactado con los más acérrimos detractores de aquel ascenso y han corrobo­rado mi opinión y la de los demás generales: tus méritos de este año superan con creces a los de campañas pasa­das.  Eres fantástico, Ponciano, honrado, trabajador, honesto, valiente, consecuente...  En fin, que tu próximo ayuntamiento con mi hija Inmaculada me hace extre­madamente feliz.

Quiero aprovechar esta misiva para hacerte exten­siva mi felicitación, tal como  S. M. Don Juan Carlos te congratuló en el mensaje de Nochebuena.  Yo sé que a pesar de que no quiso mencionarte, al ensalzar a los luchadores contra el terrorismo, en su mente estaba viva tu imagen como el principal adalid de la batalla.  Los terroristas tiemblan al oír hablar de ti.  Hombres sanos y fuertes necesitamos como tú.  Así nos irían mejor las cosas.

Sr. Comandante, sea usted bien hallado al recibo de esta carta, y sea receptor de mis mejores deseos para el próximo año.  Un fuerte abrazo,

 

EL GENERAL SANJURJO’

 

Dejó pasar un largo silencio mientras miraba sonriente la misiva.

—¿Qué te parece? ¿No es cómico?

Continuaba boquiabierto.

—¿Quieres ascenderlo a teniente coronel?  Ánimo, escríbele una carta.  Tienes el camino despejado, lo está esperando.

Habría querido seguir la conversación con Carlos, pero llegó trabajo y el jefe nos miraba de reojo.

Anteayer, a última hora de la mañana, Ponciano se encontraba apacible ante la mesa alta.  Apuntaba en sus papeles con tranquilidad.  Hubo un rato que permaneció pensativo, con la mirada perdida.  Cuando despertó, tras un ligero cabeceo, informó en voz alta a todo el departa­mento:

—Nada, hasta Abril no me caso.  Está decidido.  Hasta Abril no me caso, ni que se empeñe el general ni el gobernador.  Primero, el juicio; después, hablaremos.  Yo no quiero los millones de Inma, ¿para qué?, yo tengo los míos.  No es por el dinero, no, pero hasta Abril no me caso.  Inma está de acuerdo.  ¿Qué se habrá creído el cerdo ese?  ¿Cedrés va a manchar mi honor?  ¡Y una mierda!  No me caso ni me casaré.  El juicio, la sentencia es lo que hace falta.  Estaría bueno.  El, en la cárcel, y sin fianza. Ni por cien millones le dejan salir.  Y que no la pida.  Ni se le ocurra.  Con lo que hizo el tío.  Nada, nada, hasta Abril nada.

—Pero, ¿te ibas a casar, Ponciano?  Ya era hora —habló Antonio.

—Ya lo creo.  Con Inma —contestó, radiante.

—Y, ¿quién es Inma? —siguió Antonio.

—¡Quién va a ser!, la hija del general.

—Y, ¿cómo es?, ¿cómo es, Ponciano?

—Virgen y guapa, y muy discreta. Toda una mujer, sí, señor.

—¿Virgen? —intervino Carlos—. Si se la ha pasado por la piedra Alfonso.  Anda, Alfonso, cuéntale, cuéntale cómo funciona.

—Ese desgraciado. Si ni con su novia puede.

—Tú sí que eres impotente —se defendió Alfonso.

—¿Yo?  Así todos los días —se tocó el antebrazo que tenía levantado—, así me levanto todas las mañanas.

—¿Y has podido aguantar sin tocar a Inma? —continuó Carlos.

—Ella, virgen hasta el matrimonio.

—¿No dijiste que la habían violado? —intervino Lucía con tono ingenuo.

Ponciano se exasperó.

—¡Lo intentaron! A ti si te follan, ¿qué diría tu padre?, ¿qué diría?, ¿se quedaría en el sitio? ¿Y tu novio?  ¿Se cruzaría de brazos?  Di, di, di...

Mientras hablaba, se acercaba hacia ella. Lucía, asus­tada, se escondió tras la pila de papeles de su mesa.  Pero antes de que Ponciano alcanzara el frente de la mucha­cha, Carlos le incre­pó:

—Hacia las mujeres vas, cobardes.  Con ellas te desaho­gas.  Basura eres.  Una basura.

—Tú a trabajar y a callar.

—Y tú a contar embustes a tu padre —le gritó enérgico Carlos.

Ponciano se plantó en el sitio y le miró fijamente. Las pupilas le brillaban, tenía la frente cubierta de sudor, le temblaba todo el cuerpo, su mano derecha estaba a punto de romper el lápiz y la izquierda arrugaba fieramente una cuartilla.  El silencio fue espantoso.  Carlos se levantó y se apoyó en la mesa sin dejar de mirarle.  Estaba fingiendo, pero no podía ceder ni un centímetro en su postura.  Siguió hablándole:

—Eres un cochino embustero que nos rebozas tus his­torias con la insistencia de un crío de primera comunión.  Si te dicen algo que te molesta, sólo a las mujeres gritas, cobarde.  Tú no eres un hombre, eres un faldero imbécil.

Ponciano inclinaba su cabeza con lentitud y miraba a Carlos por encima de las gafas.  Todavía cerró más sus puños y dio un paso adelante.

—Ni te cantees —le advirtió Carlos—.  Ni un paso más, ¿entiendes?

Vi que don Quiterio se acercaba al departamento.  Todo esto sucedía sin su presencia, naturalmente.  Carlos también se dio cuenta, pero no dejó su actitud.  Al oír la puerta, Ponciano se volvió hacia ella y, con una expresión de temor, dio media vuelta y continuó su tarea en la mesa alta.  Todos suspiramos.  Durante varios minutos conti­nuó el silencio, culpable para unos, amedrentado para otros.

Más tarde, comenté con Carlos.

—Has estado demasiado duro con Ponciano.

—Lucía lo necesitaba.

—Te has excusado con ella para desahogarte.

—Una cosa lleva a la otra.  Ponciano merece de vez en cuando una buena reprimenda.  Cede ante los fuertes y se calma.

—Me gustaría saber algo de Inma.

—¿No me has oído llamarle embustero?

—¿Qué quieres decir?

—Inma no existe.  Es la Dulcinea del siglo XX.

—¿Cómo lo sabes tan seguro?  ¿Acaso le espías?

—No, no me interesa tanto Ponciano.  Es fácil adivi­narlo.  El dice que es hija del general Sanjurjo, hijo a su vez del fallecido en accidente cuando la guerra, si no me equivoco.  Se supone en su historia que la conoció en una reunión de alto copete.  Allí estaba también Cedrés, que, obsesionado por ella, intentó violarla.  Ponciano, al verlo, se lanzó como un mosquetero sobre el vil villano, y lo derribó de un soberbio puñetazo.  Al salvarla, es obligada la boda.  Los hermanos Grimm, ¿no crees?  Caperucita Roja al lado de este montaje queda calificado como vera­cidad indiscutible.

—Así contado.

—Es farmacéutica, ¿sabes?  Su farmacia está por el barrio de Las Fuentes.  Cuando le dije que quizá la cono­cía, porque pasaba mucho por allí, me salió con que ella sólo ponía el título, que apenas iba por el estableci­miento.

—Todo parece a tu favor.  No puedo replicarte.  Ahora ya es curiosidad.  Parece que sabes bastante de la vida de Ponciano.  ¿Tuvo novia alguna vez?

—Sí, ya lo creo que la tuvo.  No tiene desperdicio el asunto.  Estaban a punto de casarse.  Tenían todo prepa­rado.  Las familias se conocían, habían comprado el piso y fijado el día del acontecimiento.  Faltaba poco más de un mes cuando se echó atrás.  En una semana, sin que nadie se enterara, vendió el piso y los muebles y no quiso volver a ver a la novia.  Su familia solucionó el problema con bastantes dineros.  Ponciano creyó que su trampa había funcionado, nunca supo del arreglo de sus padres con su novia y pasó a ser el más inteligente de los morta­les.  Por palabras suyas, sé que ella vive en Madrid, casada y con dos o tres hijos.

—¿Por qué lo hizo?  ¿Por el dinero?

—Supongo que fue la razón principal, pero seguro que un día apareció un detective amigo suyo para informarle de la calaña de su futura esposa, es decir, de su promis­cuidad y ansia crematística.

—¿De verdad lo crees así?

—Claro que no.  Vete a saber qué pasó por su linda cabecita.  Pero está comprobada su infinita tacañería.  Vamos, que me río yo de la fama de los catalanes y soria­nos.

—¿Es cierto lo de los millones?

—¿Los suyos?

—Sí, claro, los de Ponciano.

—Tiene, tiene, varios.  Me ha enseñado certificados de depósito de hasta diez millones.  Las únicas llamadas que recibe son las del Director del Banco.  A veces las hace él y he oído cómo ordena la compra o venta de tales accio­nes, o cómo recrimina con autoridad alguna demora en el envío de cierto documento.  Utiliza el mismo tono de voz con que un gerente abroncaría a su secretaria por pin­tarse las uñas en horas de trabajo.  Fíjate en este otro detalle y juzga: cuando las nóminas no estaban domici­liadas, el día de pago se presentaba un personaje del Banco para recogerle el sobre e ingresarlo íntegro en su cuenta.

—¿Cómo ha conseguido ese dinero?

—No sé si algo ha heredado.  Juraría que no.

—¿Entonces?

—Supongo que con su hacer mezquino.  Cuentan, y de buena tinta, que después de morir su madre, vivía con su hermana y de su hermana.  Ella recibía una pensión, creo que por la condición de huérfana soltera de militar falle­cido o algo así.  Pues bien, vivían de la susodicha paga.  No aportaba nada.  Incluso dejó de comprar el diario y pasó suscribirse para que el recibo de la cuota llegara a casa y lo pagara la hermanita.  Fíjate si estaría harta de él que, aun a costa de perder la pensión, se casó, cercana a los sesenta años, hace bien poco.  No hace falta que te cuente sus razones, ¿verdad?  Ponciano empleaba su dinero propio en pequeños vicios: tabaco, cerveza abun­dante, ropa cara.  El primer Dauphine de la ciudad fue suyo.  Lo vendió por ineptitud en la conducción, aunque él dice: “¡Bah!, si no lo necesitaba para qué lo quería”.

Ya ves, Pascual.  Yo todavía mantengo mi escepti­cismo.  Carlos no es amigo de inventar cuentos, pero la conversación que ayer tuve con Ponciano me abre la posibilidad de pensar que es demasiado inteligente.  Se encontraba tranquilo, tal como predijo Carlos para des­pués de su reprimenda,  y me acerqué hasta él muy edu­cado.

—¿Qué hay, Ponciano?

—Hola, hola, Álvaro.

—Oye, Ponciano, hay veces que me haces dudar de tus historias.  Inma, el general, el juicio, el señor Cedrés...

El hombre sonreía pícaramente, como burlándose de mí.  Intentó escabullirse.

—No te vayas, explícame —le supliqué, sujetándolo por el brazo.

Ponciano sacudió el codo y sin mirarme dijo algo que me dejó perplejo:

—¡Bah!, son todo mentiras, cosas para reírnos todos y pasar el rato.

Se escapó cuchicheando por lo bajo.

No juzgo a Ponciano por ninguno de sus extremos: ni por sus alteradas intervenciones, ni por la lucidez de esta última conversación.  Es evidente su desequilibrio mental, pero loco es una palabra muy dura que tiene connotaciones más exageradas. Pienso que Ponciano conoce su situación, que sabe su desvarío y en los momentos de cordura lo disimula con la excusa del humor.  No dudo en absoluto de su capacidad de razonar, incluso, como te he dicho, de su inteligencia, pero entrando en su vida descubriríamos las causas de sus invenciones.  Bien pudiera ser que una vocación frus­trada de militar le lleve a creerse hoy esa alta jerarquía, y su educación por unos padres severos degenere en su pintoresca defensa de la justicia, entendida desde el sillón del magistrado, como instrumento, no como la actitud humana de repartir igualdad.  Para él, la persona del juez es excesivamente importante.  Inma no existe, yo también estoy seguro, pero Ponciano respeta la femi­nidad y está formado para el matrimonio.  Es probable que haya sufrido constantemente presiones para llegar al altar.  Sus padres, su hermana, los amigos, los compañe­ros... y, por eso, ella aparece en sus fantasías como para­peto ante nuevas exigencias.  O quizá sea un amor plató­nico; aunque si de verdad es así, no he visto ninguna demostración de romanticismo al referirse a ella.

Ponciano necesita ayuda médica.  No creo necesario el internamiento,  pero le harían bien unas sesiones de siquiatra.  Desde luego que él no aceptaría.  Le supondría admitir su enferm­edad y presume de salud.  Heriría su orgullo y “mancharía su honra”.  Es difícil la solución.

Pronto recibirás más noticias.  Es interesante, ¿no crees?

Un abrazo,

ÁLVARO

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres
¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres

0 comentarios

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres