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Molintonia

La madre

Una rama del sauce estaba creciendo.  Desde la terraza, la veía correr como una serpiente hambrienta, sorteando los otros árboles, ninguno, sauce, y respetando las flores.  No se detenía para retirar las hojas perdidas en su camino, trazaba una trayectoria recta, inexcusable, a una velocidad constante.

En el cobijo del sauce no pasaba el sol y tampoco por su lado se oía el rumor del agua que le debiera dar sustento.

Más allá del ombú, el puesto soltaba el humo gris por la chimenea.  En un camastro, Alfredo, viejo resero, yacía con unas fiebres malditas, delirando con los sueños de la muerte y la vida.  Su caballo, alazán de manos claras, bufaba y relinchaba de la única manera que sabía llorar; esperaba su recado.

A la par de un chillido agónico en el puesto, la rama se detuvo y todo el sauce tembló como queriendo sacar las raíces y volar acelerado.  Cuando el humo se hizo blanco, la rama reanudó su camino.

Cerca de la casa perdí de vista el alargue del árbol.

Y tras unos segundos de espera, la tierra tembló, el puesto se hizo un destello y la rama volvió a su lugar, confundiéndose con sus hermanas en perlas de lágrima.

Dolores corría por la estancia, sin evitar los potreros, para encontrar oídos que escucharan la paz de Alfredo desde que una rosa blanca apareció junto a su mejilla sobre la almohada.

El sauce se hizo más verde.

Mirando al río, camino al mar, destino: España, una losa se alzaba bajo la rama escapada.  Antes de que el árbol naciera, un resero de nombre Alfredo, hace veinticinco años, mandó inscribir: "Aquí yace Mariela Ruiz, mi madre".

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