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Molintonia

Por una esperanza

El aparte de la ciudad se alzaba en un montículo con cima pelada y pinos pequeños en la ladera.  El camino serpeaba entre los troncos para llegar al barrio, paredes de tablas, tejas robadas.

Un hombre descendía arrastrando un carrito viejo de bebé repleto de papel y cartón; una mujer lavaba a golpe de puño contra una losa rajada; un niño, cara sucia, pelo revuelto, lloraba sentado sobre los escombros; unos perros husmeaban comida por la plaza.

No había iglesia.  Un anciano predicaba al viento y la gente, con ropas raídas, rostro castigado y mirada alegre, le sonreía incrédula.  De vez en cuando, siempre martes, Pedro, algo así como alcalde, se quedaba escuchándole a distancia, muy atento, un largo rato, casi horas, y cuando los ojos se le cerraban, sonreía con la misma incredulidad de su gente y escapaba hacia la hoguera.

Alrededor del fuego, todas las noches se mataba el día contando dulzuras y amargores, quejas y esperanzas, canciones... y nunca venía futuro; pobreza, resignación y supervivencia.  Las voces rasgadas, al son de la guitarra, hablaban del día, o de los otros días, los del pasado, con deseo, siempre cumplido a medias, de poder contar una bonanza...  Pedro hacía las veces de patriarca, o casi dios y casi cura, pues al término del desahogo siempre elevaba una oración a las estrellas y se acordaba del martes pasado y del martes próximo.

Y el martes siguiente, el anciano no predicó, predijo para la noche una buenaventura, que sólo escuchó el alcalde, y calló con el rostro lleno de esperanza.  Pedro se llenó de incredulidad, pero no parpadeó y se dirigió a la hoguera, con su gente.

Esa noche no había alegrías, sino pobrezas, aunque no de espíritu, pues todos se hastiaron de protestar y cantaban.  Al término, el casi cura levantó los brazos para orar, y la luz vino, un destello, más que de día, invadió a la gente y al fuego, y todos radiaron de ilusión, como si las penas desaparecieran.

Al día siguiente, todos trabajaron igual.

A la noche siguiente, no hubo tristeza, todos cantaron... y el anciano murió en su chabola con el rostro lleno de esperanza.

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