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Molintonia

El anciano solitario

El viejo se apoyaba en el bastón con cabeza de buey y mástil nacarado que recibió de su abuela el día de un cumpleaños.  Julián lo recordaba desde casi siempre colocado sobre la cabecera de su cama.  Todos los años, el día del santo patrón, la abuela le acompañaba al acostarse, señalaba el bastón y le repetía:

—Tenlo presente como símbolo de familia.  Nunca te separes de él porque es tu protección y la de mucha gente.

Ahora se había convertido en báculo de su vejez.  Desde hacía veinte años le ayudaba en su paseo vespertino; se aferraba firmemente a él, arrastraba los pies y miraba al suelo, como si no quisiera dirigir la mirada, avergonzado, a quien se cruzara con él. Caminaba silencioso sobre el empedrado de las calles y, entre el gorjeo de las golondrinas y el olor a hierba, se escuchaba el golpeo del bastón a cada paso.  Por las baldosas de la plaza, siempre amortiguaba en lo que podía ese sonido metálico.  Acostumbraba a sentarse en el poyo de la fachada del Ayuntamiento.  A su frente, se alzaba una pared de adobe que servía a los mozos del pueblo para jugar al frontón.  Podía parecer que el viejo observaba las partidas de pelota, pero en realidad ni siquiera se fijaba en los muchachos.  Pasaba horas y horas sentado sobre el borde del poyo, con la espalda muy recta y con las manos, una sobre otra, asiendo la cabeza de buey.  Únicamente se movía para sacar un pañuelo y secarse el sudor en verano o frotar su nariz en invierno.  Nunca se dirigía a nadie, nunca comenzaba una conversación y si no era interpelado, pasaban días y días sin oírle pronunciar una palabra.  Se cubría con una boina negra y pulcra y vestía con camisa blanca y pantalón gris.  En época de frío, se abrigaba con un largo gabán oscuro.  No se le recordaban otras ropas ni una mancha en su vestuario.  La única variación a encontrarle se vería en su rostro, un rostro limpio, terso, tostado, por donde aparecían todos aquellos recuerdos que le acudían en las horas sobre el poyo: expresiones de inocencia, de rabia, de amor, de injusticia, de rebelión, de resignación o de renuncia.  Vivía solo, en la casa que siempre fue de su familia.  Nadie entraba en ella desde hacía veinte años, desde que murió doña Luz, su madre.  Pero no sólo aquel día marcó el bloqueo de la puerta que antaño tanta gente traspasó; después del entierro comenzó el aislamiento de Julián y el uso del bastón.

—Hijo, tengo que irme, ya ves.  A partir de hoy, tu salvaguarda debe acompañarte sin excusa.  Descuélgalo y no te separes de él.

Y con la misa de funeral se inició el ritual de silencio que duraba veinte años.  Las gentes del pueblo hablaron sin cesar de su transformación.  La infancia de Julián fue alegre, muy alegre, traviesa, rebelde.  En la adolescencia, su quehacer se tornó más serio de lo que correspondía a su edad.  La juventud le hizo llorar y al culmen de la madurez se encerraba en un ensimismamiento total.  Unos decían que la abuela le había embrujado; otros hablaban de miedo a la soledad; los más atrevidos, opinaban que alguna influencia maligna le obligaba a comportarse así; y los más morbosos dejaban caer por cualquier rincón que Julián estaba enamorado de la madre y que su muerte le había quitado los deseos de vivir.  Lo cierto es que no se casó. Y siendo un “mozo apuesto y solvente, con galanura y propiedades”, se hacía extraño que no eligiera mujer.  Tuvo novia, una novia preciosa, que llegó al pueblo hecha casi una mujercita.  Tan pronto la conoció, Julián anduvo tras ella a escondidas de su madre y de su abuela durante algunos meses, los que hoy le quedaban en su recuerdo como la época más feliz de su vida.  Pero doña Luz lo supo pronto, ¡cómo no! y con el gris del atardecer, frente al crepitar de la chimenea, le dijo palabras duras que apagaron para siempre la alegría innata del muchacho.  A los pocos días, María José, la novia, y su familia marcharon del pueblo con pocas palabras de despedida.  La influencia de la abuela se había dejado sentir.  Julián comenzó a sembrar silencio.

Doña Luz ejerció desde los catorce años como curandera de la comarca.  Antes lo hizo su madre y antes su abuela, su bisabuela, su tatarabuela...  Atendían enfermos en un pajar de las afueras.  Quizá doña Luz se comportara algo más distante que sus predecesoras y además nunca predecía el futuro, su madre se lo prohibió tajantemente el día que le cedió el relevo, pero los lugareños acudían en gran número y todos salían satisfechos.  Una silla alta, artesanal, a modo de trono, presidía la estancia amplia; frente a ella, había un taburete de anea para el enfermo y, colgado de la cercha, se proyectaba sobre él un crucifijo gigante; más atrás, pegados a los muros de adobe, se alargaban unos maderos, apoyados en los extremos sobre unas piedras, para dar asiento a quienes esperaban su turno, a los acompañantes y, de cuando en vez, a espectadores.  Doña Luz curaba con las manos, con el simple contacto de su piel sobre la parte enferma —algunos contaban que habían sentido un calor extraño o una especie de corriente eléctrica, como de transmisión de energía—.  Pero era tradición familiar aderezar el rito con líquidos mágicos, con algún gesto discreto o con recetas de hierbas inocuas.  Así, los enfermos se pensaban curados con una medicina especial.  Doña Luz siempre ocultaba su magia con una grave elocuencia de humildad y nunca aceptaba pago por sus servicios.  Vivían de una importante porción de trigales que arrendaban todos los años.  No tuvo hijas, sólo a Julián, y su marido murió despeñado con la mula a los tres meses de haber estrenado paternidad, por lo que el muchacho creció al amparo de las dos mujeres, la madre y la abuela.  El día que Julián cumplió catorce años, doña Luz dejó de acudir al pajar y ya no atendió a los enfermos de la comarca.  Por la noche, la abuela comunicó al nieto:

—¿Recuerdas el bastón con cabeza de buey que hay colgado sobre tu cama?

—Sí, abuela.

—No está ahí por capricho.  Nunca lo descuelgues hasta que tu madre te lo ordene y siempre, la noche de tu cumpleaños, pásale este pañuelo por la caña.

—¿Por qué tengo que hacerlo?

—Lo sabrás a su tiempo.  Ahora obedece.

Julián tomó el pedazo de tela gris y lo deslizó por el bastón repetidas veces.

—Así está bien —aprobó la abuela—.  No te olvides. Lo mismo todas las noches de tu cumpleaños.

A pesar de la repetición de la ceremonia durante tres años, no volvieron a hablarle del bastón hasta el día siguiente del que se marchó María José.  Y tras la revelación, cada aniversario creyó más necesario acariciar esa noche la caña nacarada.

Era el tiempo de la recolección y, con el ocaso, los temporeros bullían por la plaza.  Formaban corros para beber un porrón de cerveza, o dormitaban apoyados en las paredes, o entraban y salían de la cantina.  Julián seguía impertérrito, con la espalda muy recta y las manos, una sobre otra, asiendo la cabeza de buey.  Si algún forastero, por descaro o por educación, le saludaba, movía la cabeza como respuesta y le ofrecía una ligera sonrisa.  Nadie pasaba del hola, abuelo, o ¿qué pasa, viejo?, o buenas tardes, ¿cómo va eso?  Tampoco él pretendía más.  Cuando las estrellas atisbaban, regresaba a casa arrastrando los pies y mirando al suelo.

Una tarde, apareció entre los temporeros un hombre de barba.  Llamaba la atención porque no tenía aspecto de venir a trabajar en el campo.  Vestía algo llamativo, con camisa floreada y pantalón a rayas.  Movía los ojos con rapidez y examinaba con curiosidad todo el ambiente.  Después de un buen rato de observación, se metió entre el jolgorio y comenzó a preguntar con desparpajo.  No parecía impacientarle que nadie le diera razón.  Fumaba una pipa combada y llevaba colgado al hombro un bolso marrón que sujetaba a su costado con la mano derecha.  Entró en la cantina y se dirigió al mostrador.  La mujer que servía le señaló a los ancianos de la esquina.  Uno de ellos le habló unas palabras y el hombre dibujó una mueca de satisfacción.  Salió, decidido, a la plaza, atravesó el gentío y se detuvo frente a Julián.  Mientras sorbía la pipa con fluidez, escrutó al viejo durante unos instantes.  Tras el examen, metió la mano al bolso, sacó un pequeño bloc, escribió pausadamente unas notas, devolvió la libreta a su lugar y, con lentitud estudiada, para dar aviso de su intención, marchó hacia Julián.  Tomó asiento en el poyo, muy pegado a él, le tendió la mano y el hijo de Luz, la curandera, sin sorpresa, respondió al saludo como si lo hubiera estado esperando desde el primer día de su silencio.  El forastero le habló de inmediato.  Quiso ganarse al viejo y animaba sus palabras con gestos simpáticos y palmadas de confianza.  Julián mantenía su rigidez y enviaba la mirada a los corros de los temporeros... pero, conforme el hombre de la barba avanzaba en su discurso de presentación, su rostro se quebraba.  La pipa se apagó y, tras reponerla, el forastero ofreció tabaco al viejo.  Aceptó, lió un cigarrillo y con el humo de sus labios salieron tantas palabras como nadie del lugar le recordaba en toda su vida adulta.  Cuando lanzó la primera frase, el hombre de la barba metió la mano al bolso marrón y pulsó una tecla.  Mientras hablaba, Julián asía con fuerza la cabeza de buey y sus ojos emitían destellos de nostalgia, temor, rabia, desahogo...  De vez en cuando, el forastero abría la solapa del bolso y miraba su interior.  Siguió exhalando bocanadas de humo blanco, pero no pronunció otras palabras que su discurso de presentación.  El hijo de la curandera habló casi dos horas sin ninguna interrupción y cuando el sol se puso terminó el monólogo.  El forastero metió por última vez la mano en el bolso y cerró la solapa.  El jolgorio de la plaza había cedido.  Julián se levantó pesadamente, dio la vuelta sin despedirse y volvió más despacio a casa.

La tarde siguiente casi todo el pueblo acudió a velar el cuerpo del hijo de doña Luz, la curandera.

 

***

 

El viejo Secretario del Ayuntamiento se había jubilado y poco tardó el nuevo en aparecer por el pueblo, un chico joven, pequeñajo, y con aspecto de intelectual, corroborado por sus gruesas gafitas redondas y el montón de libros que traía en su equipaje.  En una de las cajas de madera, se leía sobre la tapa una inscripción manuscrita: “Ciencias Ocultas”, y en un rincón del fondo se parapetaba un libro más bien delgadito, con las tapas raídas y algunas hojas manchadas, titulado “Herencias de Poderes”.  Esta afición a la lectura del nuevo Secretario  avivó en el Alcalde un antiguo deseo: crear una biblioteca en la antigua escuela.  Y como en el actual ejercicio iba escaso de fondos, se le ocurrió una idea para comenzar: pidió un libro a cada vecino.  El nuevo Secretario, con el afán de caer bien a su jefe, donó un buen puñado de los suyos.  Entre ellos, se encontraba uno delgadito, de tapas raídas y varias hojas manchadas.  Cuando Estrella, la maestra, quiso preparar una charla sobre “Facultades Parapsicológicas”, repasó el índice de materias en la antigua escuela.  Encontró abundantes obras sobre el tema, y en la página veintitrés, capítulo segundo, del libro “Herencias de poderes”, comenzó a leer atentamente algo que se parecía a unas habladurías que corrían por el pueblo desde algunos años atrás:

 

“... Existen casos extraños, en los cuales la transformación de poderes sufre importantes modificaciones en la transmisión.  En unas ocasiones, la cantidad de poder varía, es decir, aumentan o disminuyen los tipos de poder que recibe el heredero; en otras varía la calidad, siendo entonces más o menos intensos, con mayor o menor proyección.  Si bien en la mayoría de los casos conocidos el poder se transmite con unas características muy semejantes, las excepciones no siguen una regla que permita clasificarlas más detalladamente.  Cada caso es distinto, como ya expondré más adelante, y son eso, excepciones sin más.  Pero de entre todas estas transmisiones con variación de poder que pasaré a describir, tuve la oportunidad de conocer una de ellas verdaderamente inquietante.  Podría entroncarse dentro de las denominadas variaciones por calidad, aunque la modificación en sí no existió, porque el receptor tomó una decisión, digamos, trágica.  Recibí informes de una generación de curanderos que se perdía en la memoria, y que inexplicablemente se truncó.  El caso me pareció interesante y me desplacé al lugar de los hechos, una pequeña población en la frontera catalano—aragonesa.  Había contactado anteriormente con gente emigrada a Barcelona y me comunicaron que todavía vivía allí el hijo de la última portadora conocida.  Una vez en el lugar, no fue difícil localizarle y me contó la historia.  Los habitantes del pueblo, según me hablaron tras la entrevista, divagaban sobre el motivo del cese de la tradición tan antiquísima, pero ninguno de ellos adivinaba ni remotamente la razón.  Todos los primogénitos habían heredado poderes especiales, pero resultaba curioso que nunca usaban de ellos dos personas a la vez: el portador daba paso a su heredero sin que éste hubiera utilizado antes los poderes y cesando aquél en el desarrollo de los mismos.  Esto se producía el día justo en que el receptor cumplía catorce años de edad.  Y la actividad curativa terminó precisamente cuando mi entrevistado cumplió esa edad.  En un principio, deduje que se había cortado la transmisión porque siempre habían sido mujeres las primogénitas y, por lo tanto, receptoras.  Algo había de cierto, pero mi conclusión pecó de simplista.  Ese día, el del catorce cumpleaños de Julián, el protagonista de este caso, su abuela aisló las posibilidades extrasensoriales del heredero, haciendo caso a una excepcional revelación: el primer varón portador poseería poderes malignos que no podría controlar, que causarían desgracias y catástrofes a las gentes de su entorno, y que así se transmitirían a sus descendientes.  Y este primer varón era mi entrevistado.  Por ello, su bisabuela conjuró en una talla de cabeza de buey, como símbolo de animal manso, la fuerza necesaria para que Julián pudiera abstenerse de utilizar sus poderes.  Pero he aquí otro caso curioso: tal como he contado, a los catorce años, cada portador estaba obligado a abdicar de sus posibilidades, por lo que el conjuro fue realizado muchos años antes de que naciera ese primer varón.  De cualquier forma, los poderes malignos no quedaban eliminados.  Y ésta fue la cruz de Julián.  Tuvo que soportar no sólo la ocultación de sus poderes sino también la renuncia al amor, porque al mantenerse la malignidad en recesión, sería heredada por su primer descendiente, varón o hembra.  Y Julián triunfó en su meta.  Nadie le conoció su poder gracias a sus renuncias, gracias a su responsabilidad, gracias a la bisabuela.  A cambio, enterró su vida en el silencio...”

 

La contraportada del libro hablaba de su autor.  Sobre un texto, en una fotografía, aparecía la imagen de un hombre con barba fumando en pipa.

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