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Molintonia

El supervisor

Octavio baja por las escaleras lentamente dejando caer su cuerpo en cada pisada. Su casa rompe un chaflán en el barrio de Molintonia, casi a las afueras de Augusta, en dirección Oeste, hacia la tierra de los tambores de Buñuel. Es un edificio añejo al que quizá un día le otorguen el título de monumento histórico y sea remodelado en su interior, manteniendo incólume una fachada de rancio abolengo, con gárgolas bajo los dinteles de los balcones y columnas de orden corintio en bajorrelieve.

Sin embargo, aún hoy sigue enseñando sobre el portal una placa ajada por el tiempo que descubre su solera o su antigüedad: 1929, obra del arquitecto Manuel Argüelles en tiempos de juventud. Así comenta ante sus invitados cuando llegan ante la fachada: “Honrad este honor, amigos míos, porque setenta y cinco años de historia os contemplan”, parodiando a Napoleón ante las pirámides.

Ya lleva tres años actualizando el mensaje, desde que terminó la carrera y decidió no regresar a Sarinián, su lugar de origen en el interior. Tres años completados a golpe de contratos eventuales en tareas afines a su titulación de ingeniería: operario de montajes en cadena.

Tropieza un par de veces por culpa de los escalones diagonales que cruzan los descansillos.

Octavio maneja una máquina de inyección plástica. Ingresó en la empresa dos semanas atrás contratado por una Empresa de Trabajo Temporal con un salario de 6,56 € la hora, incluidas pagas extras y vacaciones. Sin apenas formación, una raquítica hora de charla virtual sobre Seguridad en la Fábrica, lo colocaron a pie de máquina. Aprendió de su compañero, un hombre de 53 años, que llevaba tres meses en su mismo puesto de trabajo, gracias a los incentivos fiscales (para la empresa, naturalmente), que primaban el ingreso de personas de su edad.

Previamente, una atenta muchacha, como representante del área de Personal le había dado la bienvenida. Octavio le preguntó si existían posibilidades de que le hicieran contrato indefinido. La chica agachó la cabeza con gesto de culpabilidad.

Quería cumplir bien su trabajo. Quizá existieran buenas perspectivas, pero tampoco se iba a confiar. Vio transitar a una secretaria vetusta con algunos mails impresos en su mano para entregarlos en los despachos. Las paredes estaban decoradas con fotografías de la evolución empresarial, máquinas antiguas, próceres veteranos.

A lo lejos del pasillo, percibió una boisserie impecable precedida de unos sillones marrones de cuero como antesala del despacho del gran Gerente General; todo el mundo se saludaba formalmente con el tratamiento de usted.

Y un silencio absoluto, casi macabro.

El despacho del Supervisor se abría con ventanas acristaladas desde un piso alto que controla todos los puestos de trabajo asignados a su sección. Durante los breves minutos que duró la primera charla con él, escuchó palabras que escondían peticiones de sumisión a cambio de un trato preferente. Prefirió entender que el Sr. León no era una mala persona. Al menos, sus ojos así lo delataban, aunque tenía voz de mando en plaza.

Ayudándose en su Manual de Gestión de Empresas, ya en la primera semana dedujo una cultura de empresa rancia y paternalista, orientada a la producción, con reducción de costes y disciplina espartana. Se convenció de que debería esperar tiempos mejores, aunque estaba seguro de que su carácter le iba a traicionar de nuevo.

Corrían rumores de un cambio de Dirección, de que una multinacional iba a comprar la empresa porque los dueños actuales no pensaban seguir con el negocio, pero ¿quién podía creerlo en una compañía con más de 30 años sin cambios?

Como apenas ha dormido en toda la noche, hoy se ha levantado más temprano que de costumbre para espantar las angustias con el aire fresco de la mañana, y ha decidido acudir a la fábrica caminando. Según su contrato, debe cumplir 15 días de prueba y mañana se cumple el último día.

Y ya le ha vencido el contrato de alquiler, con la dueña detrás de él para que lo renueve con el pago de las dos mensualidades acordadas como aval: “porque no puedes garantizar un empleo estable”, reproche de la casera.

El lunes pasado se había decidido a dar forma a una idea que comenzó a madurar a los dos días de integrarse en la cadena. El trabajo rutinario le permitía observar una y mil veces el proceso de trabajo. Imaginó soluciones dispares hasta que consiguió reorganizar mentalmente todos los pasos de producción y reconvertirlos en unos movimientos que podrían mejorar los tiempos en más de un treinta por ciento. Se había emocionado en sus deducciones mientras las iba pasando a limpio en un documento de propuesta. Y ese lunes, sin querer suponer el impacto en su jefe, supo que iba a jugar con temeridad.

El Supervisor recibió la sugerencia con mucha sorpresa.

–¿Cómo dices?–, rugió.

El Sr. León vestía de azul, con cazadora de paño y pantalón de pana, propio de su rango, que además se acreditaba por una chapa sujeta con aguja a la altura del pecho. Calvo y de voz grave, repartía instrucciones por los puestos de la cadena en un tono severo. Entre los subordinados tenía sus preferencias y el tratamiento podía ser más o menos hosco según que el operario le cayera menos o más simpático. Hasta el lunes, parecía que Octavio entraba en el grupo de los preferidos.

En la parada programada, el Supervisor se encontraba tres puestos más allá del suyo. Mientras los demás se desplazaban hacia el cuarto del café, Octavio se acercó al Sr. León.

–¿Puede dedicarme un momento?

No recibió contestación, pero la mirada le sugirió que el hombre estaba a la escucha.

–Querría charlar con usted unos minutos sobre un asunto que me ronda hace varias semanas. ¿Le parece que vayamos a su despacho?

El Supervisor se giró y le hizo una señal con la mano para que le siguiera.

–Perdón, Sr. León, tengo que pasar antes por mi taquilla para buscar un documento que quiero presentarle.

Recibió una mirada reprochadora, seguida de unas palabras tajantes.

–Tengo tres minutos. Te espero en mi despacho.

Octavio salió al resuello para recoger la propuesta, elaborada ese fin de semana con una dedicación especial, acompañada de gráficos y estudios de tiempos y costes.

Solicitó permiso para acceder al habitáculo acristalado. Un gesto adusto le autorizó.

Sin sentarse, casi a distancia, casi en posición de “firmes”, acercó el documento a la mesa, mientras iba explicando los pasos realizados para llegar a las conclusiones que había colocado en la primera página.

Dos minutos.

–Me lo quedo. Vuelve a tu puesto.

El camino al trabajo discurre por las afueras de la ciudad. Sale al paseo que bordea el río y se apoya en la barandilla para observar el paso de las aguas. Los remolinos le agitan su estado de excitación. Vuelve a recordar las consecuencias de su propuesta, que había olvidado bajando por la escalera de su casa. Maldice al mundo, maldice a la fábrica, maldice a la máquina y maldice al Sr. León. Nadie tiene derecho a comportarse de esa manera ni los demás de permitirlo. ¿Por qué soportan personas como él en las empresas? Un hombre castrador, angustiado y que angustia a los demás, lleno de complejos, cruel...Sigue el camino con la vista en el puente que debe atravesar, largo, de una sola arcada.

Al día siguiente de la propuesta, el Supervisor esperaba a Octavio a la entrada de la sala de máquinas. El hombre no contestó al saludo, pero le observó con ojos inquisidores durante una larga media hora. El muchacho trabajó inquieto y cometió errores propios de la desatención. A media jornada, Octavio sintió detrás suyo la presencia del Supervisor y escuchó su primera reprimenda como subordinado laboral.

Mientras atraviesa el puente, se siente volando sobre esas aguas turbias que le recuerdan su agitación. El miedo y la rabia se le agarran en el vientre y le vienen deseos de gritar al viento su injusticia, de lanzar su ira contra el Sr. León... y de romperle los huesos. Se consuela dando un fuerte puñetazo al pretil. Seguiría pateando los hierbajos, escupiendo a las baldosas... pero la sensatez le domina. Tiene que mantener su trabajo a toda costa, nada de violencias, sino aceptación, aceptación, aceptación. Cumpliría los tres meses de contrato y después... ya se vería.

El Sr. León lo miraba desde todos los ángulos posibles sin dejarle un resquicio por el que pudiera escapar de su vigilancia. Sus ojos de águila carroñera se movían en círculo por sus órbitas, lo perseguía con saña y con su media sonrisa de deleitación ante la tortura. Pero no acabó ahí el castigo por “haber sido más listo que él”. Después de las miradas repletas de agujas, comenzó la agonía. No podía ser que un hombre fuera capaz de amargar a otro de esa manera. El Supervisor, revestido de poderes para hacer y deshacer a su antojo, iba desgranando sus armas de superioridad: detenía la cadena justo cuando Octavio iniciaba su labor para obligarle a reiniciar su trabajo; le abroncaba en voz alta con la intención de que todos los compañeros le escucharan; analizaba el más pequeño error para después anotarlo con risa de satisfacción; controlaba atento sus horarios de entrada, descanso y salida; revisó exhaustivamente su ropa de trabajo y finalmente, etc.

Cuando llega a los descampados, el miedo se apoderó de las piernas y tiene que hacer esfuerzos para mantenerse en pie. Casi le es imposible seguir adelante y le aparece la imagen del Sr. León como un vampiro babeando sangre; primero con esa expresión de desprecio sarcástico...; pero después, con el esfuerzo de querer vencer en la batalla que le espera, lo imagina postrado y humilde, aceptando su culpa, destrozado, suplicando perdón, como Octavio desearía encontrarle al incorporarse hoy al trabajo.

El día de antes, justo el día de antes, el Supervisor había emitido un informe mentiroso donde daba cuenta del descuido, torpeza y falta de atención que estaba observando en el desempeño de Octavio Antúnez. Recalcaba con solemnidad todas las instrucciones desobedecidas, los errores en los trabajos, incluso mencionaba un conato de rebelión ante la autoridad establecida. La recomendación final rezaba: "Despido inmediato".

Se coloca frente a la puerta de la fábrica y ve entrar a sus compañeros. Piensa por un momento en esconderse por cualquier paraje solitario y aguardar a que una mano salvadora le preste ayuda. El vigilante sonríe como todas las mañana, saludando efusivamente y entregando la tarjeta horaria a cada empleado. Decide avanzar y enfrentarse a las consecuencias.

Cuando el vigilante le entrega la tarjeta, un papelito adherido le ordena: "Preséntese ante el Jefe de Personal".

Se le dispersa la mente por conjeturas de reproches, despido y humillación.

–Adiós al contrato–, suspiró.

Camina unos pasos por el patio y se acurruca bajo un dintel en penumbra. Toda la sangre se le acumula a borbotones por los alrededores del estómago y siente la sensación de vomitar. Apoyado contra la puerta metálica se ve señalado, descubierto y amenazado por los 200 compañeros de la fábrica. Cierra los ojos y transcurre su tiempo imponderable.

La secretaria le ruega que espere.

–Pase, Sr. Antúnez –le invita secamente el Jefe de Personal.

–...

–Siéntese, señor Antúnez.

–...

–Veamos, señor Antúnez, desde hoy usted es Supervisor de Cadena.

–Pero... ¿y el Sr. León?

–Ayer lo despedimos.

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1 comentario

Diego -

hola, queria invitarte a que agregues tu blog a espainfo.es
es un directorio de webs y nos gustaría que estuvieras.
saludos

Diego
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