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Molintonia

Epistolario de un oficinista, Segunda Carta

SEGUNDA CARTA

Zaragoza, 23 de Marzo de 1.982

Querido amigo:

 Ponciano está resultando un ser de lo más original.  Todo su quehacer se revela interesante y a veces diver­tido.  Me atrae su personalidad, aunque actúe de forma rutinaria.  Estoy seguro que tú también sentirás curiosi­dad por él.

Últimamente, observo a Ponciano con una atención que raya en el descaro.  Le persigo con la mirada a todas partes, vigilo sus gestos, sus pasos, sus palabras...  No me pierdo ni un solo detalle de su deambular solemne.  Todavía no me ha descubierto, y desde luego que no lo deseo, porque le sentaría muy mal y es difícil adivinar su reacción.  Tiene un sentido escrupuloso de la intimidad.  Apenas conversa y si lo hace, se cuida mucho de tocar temas personales.

Ha tomado costumbres inalterables y da la impresión de que toda su vida está así ordenada, con secuencias programadas en una cadencia rígida, todo organizado por su temperamento estricto.  Siempre escucha el sonido de las ocho en su mesa de trabajo.  Yo suelo llegar unos minutos antes de esta hora, y tengo que pasar a su lado para acceder a la oficina.  Pues bien, aún no me ha fallado Ponciano ningún día.  Lo encuentro sentado, mirando al frente, perdido, con un cigarrillo en la mano y hasta tres en el cenicero.

—Buenos días, Ponciano.

Levanta la vista, esboza una sonrisa burlona, quizá para insinuarme: “He llegado antes que tú, ja, ja, ja”, y contesta:

—Buenos, buenos días.

Saluda alegre, educado y rápido, a pesar de su apa­rente ausencia.  Con todos los compañeros se comporta igual, siempre y cuando sean ellos los primeros en diri­girle la palabra.

Para comenzar su trabajo tiene fluctuaciones.  Hay jornadas que antes de las ocho ya circula con sus papeles.  Otras mañanas permanece en su mesa hasta media hora, sin parar de fumar y en situación reflexiva.  Supongo que tendrá algo en qué meditar.  Realiza su tarea mecánica­mente, sin prisas y con descansos, que nunca nota nadie porque nadie se preocupa de él.  El jefe tampoco lo con­trola, ni su trabajo ni su actitud y, así, campa como un lobo solitario por el departamento, excepto cuando a media mañana sale del edificio para ir, según comentan, al bar.  Allí dicen que es alegre y comunicativo, y las malas lenguas siembran comentarios sobre la bebida que toma: si es cerveza, o coñac, o carajillo de anís, o chato de vino...  Tras el refrigerio, continúa su trabajo, quizá un poco más activo, y momentos antes de las tres ya no se sabe nada de él.  Se ha marchado sin despedirse.

Los demás compañeros, ya te he comentado, no cruzan siquiera una frase con él.  El distanciamiento se debe al carácter introvertido de Ponciano.  Rehúye todo comen­tario ajeno al trabajo y, por lo tanto, la gente deja de hablarle, y le trata a sus espaldas de huraño.  Parece que en vista de estas actitudes, ha tomado conciencia de su insociabilidad y ha mejorado en su disposición para el diálogo.  Sin grandes alardes, claro.  De todas formas, es difícil que consiga con cualquiera de nosotros una amis­tad profunda.

Llegó ayer el otro sustituto.  Para suplir a Marcelo, ¿recuerdas?, el segundo jubilado.  Es más joven que el buen Ponciano, sociable y con mejores dotes de conver­sador, astuto y vivaracho, disciplinado, pero burlón.  Tampoco es nuevo en la empresa, por eso puedo darte estos detalles, y coincide con nuestro amigo en el anterior departamento.  Se deduce que hacían buenas migas, pues han cruzado algo más de las frases que Ponciano nos ofrece.  Se llama Carlos y lo han colocado a mi derecha.  Todavía es pronto para tomarle confianza, pero pienso que no será difícil.

Esta mañana, Ponciano ha entrado en el departamento muy alterado.  Sus pasos eran enérgicos y sus acciones mucho más rápidas.  Movía los ojillos a gran velocidad, mirando de soslayo por encima de sus gafas.  Daba miedo observarlo, parecía enfadado y presto para contestar una provocación.  Sus manos temblaban y agarraban con des­cuido los papeles.  Al escribir, daba la impresión de que clavaba una daga en el papel y movía de tal manera el lápiz que parecía dibujar signos cabalísticos.  Recorría la oficina deslizándose con rapidez y sigilo, mirando de un sitio para otro, como esperando un ataque.  De pronto, tras un oteo por encima de sus lentes, se acercó como un rayo hasta Carlos y, en un susurro, le dijo:

—He estado con el general.  Ya está todo preparado.  En cualquier momento saltará.  Va a haber una gorda.  Todo está preparado.  Saltará, te lo digo yo.  Estoy seguro.

Carlos pareció entender de qué le hablaba.

—Se ha retrasado algo, ¿no te parece?  Hacía tiempo que no veías al general.

—Ahora caerá.

—¿El general?

—No, el criminal. Está cercado y pronto Inma podrá salir de casa.

—Por cierto, ¿qué tal está tu mujercita? ¿Ha curado sus jaquecas? ¿Sigue tan virgen como siempre?

—Está muy bien, gracias.  Pero todavía no me caso.  Tenemos el asunto pendiente.

Se alejó rápidamente, caminando con energía y mur­murando frases ininteligibles.  Pero tras unos pasos, como activado por un resorte, se detuvo, giró la cabeza y señalando con furia a Carlos le volvió a informar.

—Habrá tiros, que te lo digo yo.

Sus ojos contenían ira desmedida y en un vuelco comenzó a reír. Supongo que las carcajadas le tranquili­zaron y salió satisfecho, como si al soltar la última frase se hubiera sosegado.

Carlos, al intervenir, mantuvo su sonrisa dócil y habló con un tono irónico que a  cualquiera habría molestado, pero Ponciano no lo quiso percibir, necesitaba estallar y no le importó lo que Carlos pudiera decirle.  Cuando Ponciano le dirigió esa mirada cargada de odio, él lo contemplaba sonriente, bonachón, como si observara la travesura de un niño o las gracias de un bebé.

Esta conversación me abrió la curiosidad, pero no me atreví preguntar a Carlos.  Estuve tentado durante toda la mañana y, al final, cuando me decidí, el jefe me reclamó.  También los compañeros se alarmaron y no hablaban de otra cosa.  En cambio, Carlos permaneció tranquilo.

Antes de empezar esta carta, he querido adivinar el sentido de las palabras de Ponciano.  Fueron tan vagas...  Además, no conozco nada sobre él y sobre su pasado y no me quiero fiar de los rumores.  Intuyo de su aire marcial una relación con altos mandos militares, y de sus pala­bras un posible coloquio mantenido con ellos acerca de asuntos trascendentes.  Desprende autoritarismo y, por lo tanto, lo imagino dirigiendo el diálogo con agresividad y discutiendo las opiniones que le contraríen.  Quizá sea Ponciano una alta jerarquía civil relacionada con el espionaje y en cuyas manos se encuentra el destino del país, la solución a una guerra o el desmantelamiento de una organización terrorista.  Se sentaría en la presidencia de una gran mesa ovalada, rodeado de gentes con uni­formes satinados de las más altas condecoraciones.  Con su voz enérgica, expondría teorías acerca de algún acon­tecimiento político o bélico internacional.  Todos los pre­sentes callarían respetuosos al escucharle y al acabar su plática, justamente enfrente de él, se alzaría su eterno contrincante, rebatiéndole con mil razones sus preclaras ideas.  Ponciano lo miraría con desprecio y altanería para después demostrar que sólo él tenía razón.  La sala se lle­naría de aplausos...

Creo que si Ponciano leyera esto, me convertiría en su mejor amigo.  Pensarás que exagero.  Cierto, pero su actitud cuadraría con esta historieta...  Quiero recalcarte un detalle.  Aquella risa que lanzó inclinado hacia atrás, mientras apoyaba las manos en su barriga y cerraba los ojos, me estremeció tanto como su cambio de actitud en un segundo.

No sé qué pensar.  Cualquiera diría que ese compor­tamiento es el de una persona mentalmente desequili­brada, pero su aspecto, su metódico trabajo, su educa­ción, dan a pensar en un hombre de altas cualidades humanas.

Pronto le preguntaré a Carlos y tendrás fiel informa­ción.  Seguro que resultará tremendamente interesante.

Un saludo,

ÁLVARO

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