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Molintonia

Don Manuel

Don Manuel

El silbido del viento arrullaba la hacienda musicando la melodía de un silencio calmado.  La mansión se construyó grandiosa para albergar la familia próspera de don Armando, el cacique del lugar, amor de tierras fértiles, conseguidas a costa de billetera, palabrería e influencias.  Tras la casa habían crecido pinos sin fruto a modo de un jardín gigantesco.  Las flores no eran necesarias, no le gustaban.  El viejo don Armando quería todo enorme porque en su infancia sólo conoció pedazos de algo.  Los pinos crecían rápido y llegaban a tocar el cielo.  A Manuel le agobiaban, pero ya no podía rebelarse contra ellos.  Estaba tendido sobre el colchón de las agujas todavía verdes y apoyaba la cabeza sobre una raíz que asomaba en la tierra.  Junto a él, a cada lado, tenía las muletas y, a unos pasos, una hamaca cómoda, que decidió no utilizar nunca.  Miraba el gris de una nube a través del verde esperanzado.  Se había convertido en el hombre derrotado por su propio ideal y desgarraba su mente con excusas inútiles que sabía mentiras.

Cuando Manuel apenas había comenzado a gatear, su madre los abandonó, cansada de soportar ultrajes y humillaciones de su marido.  Nunca recuerda haberla echado en falta porque el dinero de su padre compró un ama rechoncha y cariñosa.  El niño pasó feliz su infancia hasta que conoció el talante de tu padre y las noticias del mundo.  Don Armando, el hombre recto, práctico, ocupado, el simpático peligroso, impuso a su hijo una formación estricta, encaminada a aumentar el patrimonio y a colocar el estatus familiar en el peldaño más alto.  Envió al muchacho al mejor colegio de la ciudad, le obligó a cursar el Bachiller en un internado inglés y le consiguió una plaza en la universidad más famosa de Estados Unidos, especializada en formar economistas.  Nunca llegó a saber don Armando que Manuel cursó filosofía y letras a la par que los estudios demandados.  Cuando regresó a la hacienda, con veintidós años, informó de su deseo de escribir con el aplomo en sus enseñanzas le habían inculcado para su quehacer de vida.  Su padre porfió cruelmente para obligarle a cambiar sus deseos.  Manuel mantuvo impertérrito su intención y se encerró durante meses en su habitación abuhardillada.

Hacía ya tiempo, Manuel se marchó de la hacienda, peregrino hacia la meditación, para encontrar el medio de divulgar su verdad.  Salió silencioso, sin dejar recado ni despedida.  Llegó hasta la cabaña del tío Jeremías.  Se detuvo y recordó sus juegos con Caridad.  Ya no continuó su camino, escondió sus ropas caras, tomó los harapos que el bueno de Juan, el capataz, le legó como única herencia y, oliendo su aroma fresco, se tumbó sobre la hojarasca de la ribera y se durmió.  No contaba horas ni días.  Se alimentó de bayas y frambuesas y vivió de la soledad.  Una tarde, Zacarías se escabullía de una paliza del amo y encontró a Manuel.  Zacarías fue su único contacto con el mundo durante años, le visitó todas las semanas, llevándole periódicos viejos, pan duro y la pregunta que siempre le turbaba:

—Sea bueno, don Manuel, ¿por qué no se viene a la hacienda?

Nunca contestó.

—Ande, don Manuel, que todos le queremos allí, Paco, Remigio, el Luisillo… y yo, don Manuel, ¿qué soy yo sin usted?  Vuelva, don Manuel.

No le escuchaba porque temía decirle “voy contigo, Zacarías, voy contigo”.

Leía los periódicos mugrientos como tentáculos hacia el mundo.  Le mantenían vivo el vómito de la sociedad que conoció en su juventud.  Siempre creyó entender lo mismo y cada día pretendía estar listo para su labor, ya purificado en su aislamiento, pero su ímpetu se derrumbaba, necesitaba más fuerza.

Una mañana leyó un número reciente casi intacto.  Sus letras, que hablaban de sangre, le azuzaron.  Colgó su zurrón del hombre huesudo y caminó hacia el mundo.

Tomó el sendero que le llevaba hasta su villa rodeando la hacienda de su padre.  Con su paso lento, reconoció parajes antaño cotidianos, cuando se escapaba con Caridad hasta el arrullo del río para refrescarse del sol del mediodía.  Su padre entonces no tenía aún claro si construiría una mansión porque la gran casa donde vivían, en la plaza Mayor, superaba en ampulosidad al Ayuntamiento.  Allí, Manuel vivía a gusto.  Decoró un cuartito junto a la carbonera y desde una puerta pequeña se comunicaba con un callejón trasero.  Era muy fácil escaparse en el verano y correr sigiloso hasta las afueras para llamar a Caridad con su silbido secreto.  La familia de la muchacha ocupaba una casa vieja lindante con los campos arrendados por don Julián a Renato, el padre de Caridad, labrados curtido en mil soles y que, por fin, había encontrado uno bajo el cual asentarse.  Hacía cinco años que despedazaba los mismos terrones.  Manuel asomaba sus labios en una rendija del pequeño establo y emitía su sonido melodioso.  Caridad pedía permiso a su madre y salía al encuentro del galán.  Don Armando no tenía tiempo para enterarse.  Todo el pueblo conocía la relación inocente… y adivinaban su final cercano.  Don Manuel, con su caminar lento, comenzó a evocar los atardeceres junto a ella, el silencio de la brisa que acunaba violetas, el rostro lozano, las piedras azules de mirada dulce, el pliegue encarnado de sus labios.  Manuel no hablaba, sus sentidos se paseaban por aquella adolescente bella.  Paseaba a su lado pisando la hojarasca seca con cuidado de sortear  las hormigas que caminaban en hilera; escuchaba sus ilusiones; reía.  Pero Caridad se marchó.  Don Armando escuchó rumores en el bar y don Julián recibió una visita.  “Amigo mío, ¿no cree usted que con la familia Lope no rinden esas tierras tan fértiles lo que cabría esperar?”.  “¡Hombre, don Armando!”.  “Mire por el negocio, don Julián.  No tienen hijos varones y Renato se está haciendo viejo”.  “Tiene usted razón, don Armando”.

Don Renato Lope recogió su hogar en la carreta y partió con su familia a despedazar otros terrones.  Manuel no tuvo valor para conocer la verdad.  Aquel día perdió su juventud y ya no regresó de la ciudad en los veranos.

Apresuró el paso y sorteó los recuerdos volviendo su pensamiento a la labor encomendada por su conciencia.  Todos le escucharían.  Él sabría sacarles las espinas que endurecían las almas y los convertiría en nuevos seres.  Le esperaban.  Lo intuía.  No defraudaría a sus paisanos, serían los primeros en conocer sus palabras, las más difíciles, y entró en el pueblo, asustado, caminando sobre el empedrado con sus pies descalzos.  Llegó hasta la plaza.  Le habían seguido en silencio unos chiquillos asombrados.  Los ancianos, sentados en sus sillas de anea, cesaron su charla y miraron al hombre extraño, intentando ver un rostro conocido.  Las comadres del corro interrumpieron sus labores porque el forastero les podía venir al pelo para matar las tardes venideras hablando de él.

Don Manuel se detuvo ante la fuerte y bebió un sorbo del caño.  Suspiró, miró la iglesia y se subió al poyo de la entrada.  Extendió los brazos y, elevando la vista por encima de las cabezas, exclamó sin temor:

—¡Amigos, escuchad!

—Es Manuel, el hijo de don Armando, ¿no lo reconocéis? —cuchicheaban.  Se marchó hace años.  Dicen que se volvió loco en la cabaña del tío Jeremías.

—Su padre lo ha dado por muerto —informó un arriero de la hacienda. No quiere saber nada de él.

—Dejadle hablar.  A lo mejor dice algo importante.

—¡Está loco! ¿No veis las pintas que lleva?

—Bueno, pero escúchale.

Don Manuel prosiguió.

—¡Amigos!  ¡Vecinos! Hoy comienza vuestra liberación.  Es hora de que rompáis el espejismo que os están imponiendo.  Es tiempo de que os unáis para combatir la plaga que os han enviado.  Escuchadme y seréis libres.

La gente le atendía curiosa.  Hombres y mujeres dejaron sus faenas.  Los mayores arrastraron sus sillas por el empedrado y tomaron la primera fila; los niños dejaron sus juegos y miraban la hombre de barba larga y casi desnudo.  El cura observaba por la ventana de su casa adosada a los muros de la iglesia.  Estaba preparado para intervenir, por si acaso.

Don Manuel siguió su plática:

—Ha llegado la hora de abrir vuestra alma, de facilitar su entrada a los razonamientos de la paz y juzgarlos con el corazón.  Debéis punzar la conciencia maltrecha.  El hombre debe alzarse contras las acciones que le hunden en los excrementos de la maldad.  Seres crueles os embaucan con mil razones estúpidas y os dirigen por caminos de amenazas que han vaciado vuestra pureza.  Así os habéis convertido en corderillos antes los designios de una ley inhumana.  Unos escondéis vuestras repulsas con la falta de fortaleza; otros ni siquiera queréis saber y entender para vivir apartados en la mentira de la ignorancia.  Los primeros pecáis de debilidad; los segundos, de irresponsabilidad.

Los ojos ancianos le miraban tristes.  Los rostros tersos comenzaban a rebelarse contra él.  Los que quisieron atacarle se impusieron a los que se burlaban:

—¿De qué hablas, pordiosero?

—De guerra, de crueldad, de armas… de manipulación por los poderosos.  Los jóvenes debéis iniciar la lucha pacífica, contra las mentes, no contra los cuerpos.  Si permanecéis pasivos, ¿dónde queda vuestra vocación de libertad?  Ahora calláis por temor.  La cobardía os domina.  Permitís a esos hombres que jueguen con los más preciados ideales humanos: la paz y la libertad.

—¡Calla, imbécil!  Vete de aquí.  Estás trastornado.  No sabes lo que dices.

Alguien quiso razonarle.

—Nadie quiere la guerra.

—Nadie de vosotros… y pocos de ellos.  Pero quieres poder y lo alimentan con armas de guerra para disuadir.  Si un día esas armas disparan, ¿me dirías que no habrá guerra?  No, claro que no, sólo destrucción.  Mientras tanto, vivís oprimidos.

—¡A nadie le interesan tus palabras, idiota!  ¡Déjanos en paz!  No queremos revolucionarios.  Estamos bien como estamos.  No eres nadie para molestarnos con tus ideas falsas, con tu exageración y tu palabrería vana.

—Soy la voz de la conciencia purificada.

—¡Eres un loco!  ¡Lárgate!

Ya no quedaban sillas frente al poyo.  Los ancianos se alejaron silenciosos.   La masa se acercaba hasta él agrediéndole con sus palabras.  Levantaron las horcas, las azadas, los puños, le amenazaron.

Don Manuel levantó una mano y su rostro se encendió.  Todos callaron.

—Quise que fuerais los primeros en la redención de vuestra culpa, en la vuelta a la virtud humana.  Habéis negado la entrada de mi palabra en vuestro corazón encallecido.  Aquéllos que sepáis de qué hablo convenced a los otros, porque un día volveré y los incrédulos esconderán la mirada a mi paso.  Aún quedará tiempo para ellos y serán perdonados.

Salió del pueblo con su victoria.  Se había enfrentado al mundo y, a pesar del rechazo, su comienzo le servía de empuje.  Inició un nuevo camino hacia otras gentes de la comarca, hacia las villas limítrofes que le repudiaron como hijo del cacique.  Pateó el asfalto, el polvo de los caminos, las piedras de los senderos que castigaban sus pies descalzos mientras buscaba argumentos en su razón para llevar al mundo al estado de la comprensión.

Buscaba las plazas y, al paso por las calles, emergía de su interior el resplandor del profeta.  Las gentes se asustaban, pero le seguían y le escuchaban.  Algunos descubrían quién era y le volvía a tachar de loco. 

—Amigos, despertad a la creación, volved a las virtudes de la condición humana, recuperad la cualidad que os diferencia de las bestias, de las máquinas.  Vosotros sois sentido, sensibilidad y si lo despertáis, encontraréis injuria en el comportamiento de los dirigentes.  Os atacan escondiendo la verdad.  No os mienten siempre, pero visten la verdad de ropajes brillantes y no queréis entender.  Ellos braman promesas, os regalan esperanzas de falsedad, desean manejaros con vuestro consentimiento.  ¡Cómo se ríen!  Cuando hablan de misiles, de zonas de influencia, de evitar expansiones, están diciendo que quieren poder, que quieren asentarse para que su dinero gobierne.  No debéis olvidar que si la fuerza es vuestra, debéis usarla para vosotros mismos.  La vida la da el espíritu.  La vida la implanta el hombre que habla con su obra, el que redime la violencia.  Abrid vuestras almas al envío del amor, al letrado en el sentimiento, al poeta, al artista, al filósofo, al cantor y entended sus mensajes.  Sujetad con ternura la sensación que os regala…

Ante él ya no se arremolinaban las gentes que podrían recibir, entender y transmitir tus palabras.  Sólo niños y ancianos le escuchaban.  Niños encandilados con su elocuencia y su aspecto extraño.  Ancianos que recordaban el brío de su juventud y le compadecían con la certeza de adivinar que él no sería una excepción y acabaría como ellos, sujeto a una silla de anea y viviendo de imágenes pasadas.

Pero don Manuel prosiguió con entereza, no se amilanó ante la gente que hacía de su vida un juego o una rutina.  Reflexionaba cada una de sus frases en los pequeños descansos que robaba a su caminar, recostado sobre un tronco mientras comía pedazos de pan seco y negro.    Quería tener fe en sus semejantes.  Recordaba los rostros que se estiraban al escucharle y los consideró apóstoles de su ideal.  Quizá fueran pocos, pero irían creciendo hasta ser suficientes para derribar las puertas de los pode—rosos.

Su voz se divulgó.  “¡El loco ha dejado su escondite!  Anda por la comarca predicando cosas extrañas!”.  Para algunos ya dejaba de ser el ermitaño atormentado y comenzaron a preguntarse: “¿Será un profeta?”.  Otros admitían su condición de inspirado, pero referían: “Vanas palabras”.  Su mensaje voló con el viento, se esparcía tergiversado, aumentado, desmenuzado, despreciado, adulado…

Don Manuel llevaba en su zurrón un Nuevo Testamento.  Y apoyado en aquellos troncos leía en ocasiones, desengañado unas, apurado otras.  Cerraba siempre el libro con un golpe seco y elevaba su rostro hacia el cielo con los ojos cerrados.  Tras suspirar, abría sus párpados y quería ver algo de lo leído.  Sólo veía azul y gris.  Después dormía.

Continuó su tarea y en una parte del camino recordó a Caridad.  Ella le habría escuchado, quizá cumpla ahora la misma labor.  Caridad tenía miedo, pensaba que el mundo estallaría en unos días cercanos y siempre nombraba palabras del Apocalipsis.  Manuel le hacía mirar con más esperanza: “Seguro que eso está lejos de suceder”.

Nueva gente le esperaba.

—¡Hombres, mujeres!, limpiad vuestro espíritu.  Mirad en vuestro interior, dentro, muy dentro… ¿encontráis manchas que os avergüencen?  Ahí están, son las taras de vuestra conciencia, las que ensucian el ideal de vivir en paz y amar al amigo… y saber amar al enemigo.  Purificaos con el agua de la simplicidad, con el agua que bebió el primer hombre, el rey de la naturaleza, y entonces comprenderéis que el hombre impuro se engaña y engaña.  Si conseguís derrocar al poder inmundo, desaparecerá la sangre amenazante y llegará la paz, la paz deseada, la paz olvidada.  Recordáis de la niñez palabras que os asustaban, palabras que desde un púlpito os hacían temblar.  ¿Recordáis cómo retumbaban las lecturas de Juan, el apóstol joven, el profeta, el amigo, con el eco de la iglesia?  Él escribió con iluminación divina: “Y los ejércitos celestiales, vestidos de lino finísimo, blanco y limpio, le seguían en caballos blancos.  De su boca sale una espada aguda para herir con ella a las naciones y hubo granizo y fuego mezclados con sangre y una montaña ardiendo fue precipitada al mar y murió la tercera parte de los seres vivientes.  Cayó del cielo una estrella, ardiendo como una gran antorcha y secó las fuentes de las aguas.”  Son palabras de destrucción, de aviso profético, de peligro intuido.  ¿Y haréis caso a los que desde el poder os hablan hoy de guerra y olvidaréis la voz divina?  El único que tiene poder, el infinito, dios, os habló a través de su Hijo: “Quien esté limpio de corazón vivirá junto al Señor”.  Y limpio de corazón es quien en su conciencia guarda: “Amarán a tu prójimo como a ti mismo”.  Y ahora yo os digo: el Poderoso, el Padre quiere que viváis junto a Él en el paraíso, y el paraíso es esta tierra, porque Él la creó, dijo Moisés.  Y debéis preservar esta tierra de la destrucción, debéis llevarla a la paz distendida, siendo limpios en vuestro espíritu y evitando que llegue la espada, el granizo y el fuego, la montaña y la estrella de muerte y para lograrlo hay que amarrar la mano de los que quieres hacerlos caer.

Entre el gentío nadie le llamaba loco, pocos sonreían.  Buscando el rostro de Caridad, don Manuel había visto jóvenes impetuosos que despedían ilusión, muchos venidos de lejos, de la ciudad, de otras ciudades.

Al anochecer salió al camino para buscar el tronco del descanso.  Tomó su pedazo de pan y al terminarlo metió la mano en su zurrón.  Topó con el libro sagrado y, después de abrirlo por el pasaje de la crucifixión según San Mateo, lo arrojó a las aguas del arroyo.

—¿Dónde ha ido don Manuel?

Un joven de mirada agresiva y rasgos suaves había oído hablar del ermitaño y preguntaba a un aldeano.

—Ha tomado el camino del bosque.  Por allí se llega a Valverde de Lucerna.

El muchacho ya conocía aquellos mensajes desde mucho tiempo atrás, oídos en su interior, grabados a fuego en su entraña.

Le alcanzó a la orilla del lago.

—Te esperaba —saludó don Manuel.

—Siempre creí que encontraría alguien como tú.

—No soy ningún Mesías.

—Pero no tienes miedo a decir la verdad.

—Sólo he querido renunciar a unas cosas que todos deseáis por comodidad.  He forjado mis ideas con palabras y quiero ser oído.

—¿Quién eres tú en realidad?

—Un escapado del mundo.

—Yo te encuentro tan dentro de él…  Eres valiente.  ¿Sabes que muchos te despreciarán y lanzarán su furia contra ti?

—Pero siempre habrá alguien como tú que entienda mis palabras como un hálito de ilusión que despierta el alma escondida.

—¿Eres sacerdote?

—No.

—Y ¿por qué predicas a Dios?

—Sus mensajes deben llegar a este mundo.

—Manuel —surgió una voz irreverente—, ¿crees en Él?

El silencio amarró al predicador.

—Soy cristiano.

—Entonces, ¿por qué estimular la vida en la Tierra y no la resurrección junto al Ser Divino?

—La Tierra es la morada de Dios y de los hombres.

—Pero los hombres no somos eternos.

—El hombre ha muerto y quiere matar.  Debemos crear al hombre.

—El hombre vive.

—No el hombre que yo busco.

—Sí, el hombre que buscas vive.

—No, yo debo resucitarlo antes de que muera para siempre.

—El hombre vive, Manuel, vive en el espíritu joven, en los seres que estamos despertando, en los jóvenes que no quieres destrucción y luchan contra los poderosos. No combatas por los que ya han muerto, habla a quienes aún poseen arrestos para enfrentarse a la mentira.  Ven a la ciudad, allí tomarán tu fuerza, te escucharán.

—Todavía es pronto.

—Pronto será tarde.  Yo anunciaré tu llegada.

El joven regresó a la ciudad y encendía su rostro de esperanza al explicar su conversación  y cómo le convenció para traer su mensaje.  Contagió su entusiasmo y miles de personas lo esperaron.

Don Manuel se quedó con el lago y su misterio.  Comparó la profundidad de las aguas con los hombres que no conocía.  Había pasado mucho tiempo desde que dejó la ciudad y recordó la asfixia del cemento, la masa cruel, la palabrería de los embaucadores.  Necesitaba tomar más fuerzas, necesitaba a Valverde, la villa que le acogería con calor, donde sus gentes le respetaban porque compartían sus ideales, disfrutaban con sus palabras y no tardarían en ponerse en acción.  Después saldría hacia la ciudad.

Levantó la vista hacia el cielo y vio brillo a través del azul.  Comenzó a caminar fortalecido.

Oyó chasquear la maleza.  Volvió su mirada hacia el ruido.  No había nadie junto a los arbustos.  Tuvo un presentimiento.  Sintió temor, pero no aligeró su paso.  Tras una roca, cuatro hombres enmascarados le salieron ante él.  No se detuvo.  Al intentar, arrogante, pasar entre ellos, uno le derribó y los otros tres descargaron sus palos en su cuerpo.  El que le empujó permaneció observando.  Cuando dijo “basta”, sus compañeros le obedecieron y se apartaron.  Agarró los tobillos con sus manos y le giró los pies.  A continuación le asestó unos golpes secos en los muslos, en las tibias… y fijando sus ojos en el rostro de un don Manuel resignado, ordenó “vámonos”.

El silbido del viento arrullaba la hacienda meciendo las ramas y musicando la melodía de un silencio calmado.

Reposaba entre los enormes pinos de su padre.  Había vuelto a casa, le habían llevado, no pudo oponerse… en realidad nunca quiso decir no.  A su lado, descansaban dos muletas como tentación de dar el paso que le alejara de su silla de ruedas.  Apenas abría los labios para alimentarse y susurrar un saludo al bueno de Zacarías.  La ciudad se quedó en el horizonte para siempre.  Mirando hacia ella sólo veía a Caridad con sus ojos vivos.

Por primera vez, Zacarías vio cómo don Manuel cogió las muletas y comenzó a moverse.  Se acercó hasta la mesa de mármol.  Tomó papel y pluma.  Pensó largamente mientras perdía la mirada entre los pinos.  Esperaba convencerse de su nueva intención, asentar la validez de su idea.  Sus dedos parecían frenados.  Y escribió.  No renunciaba a sus palabras ni a su deseo de comunicarlas y de crear inquietud.  Daría al mundo engañado su mensaje.  Quedaría escrito y conocido.

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