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Molintonia

El regreso al adiós

Volvía a Zaragoza sin adivinar por qué y con la certidumbre de que se encontraría perdido en la ciudad maldita.  Mientras el tren traqueteaba cada vez más lento, mientras las ruedas chirriaban sobre los raíles pegados al andén, repasó en un golpe fugar los ocho años transcurridos.  No se arrepentía y estaba seguro de que aún no llegaba el final de esta etapa de su vida, pero un impulso incontrolable le arrastró a regresar.

Encontró la estación muy cambiada.  Los rótulos de información destellaban ahora con letras fosforescentes y habían reparado las escaleras mecánicas.  Fue un alivio; estaba cansado, la cincha del petate le molestaba en el hombro y las enormes botas le recalentaban los pies a cada pisada.  Anduvo lentamente por un pasillo y salió al “hall”.  Se detuvo un instante y miró hacia los ventanales de la izquierda.  Sólo había cielo.  Caminó hasta el centro de la estancia y se sentó en una butaca de plástico, dejando caer el petate entre sus piernas.  Respiró profundamente y expulsó el aire con lentitud.  Los viajeros pululaban a su alrededor.  Tenía la certeza de que no vería a nadie conocido y de que nadie se acercaría hasta él para saludarle: “Ricardo, ¿eres tú, Ricardo?  Claro que eres tú.  ¡Qué cambiazo, chico!  Tantos años sin verte…  ¿Cómo te van las cosas?”.  Se había cubierto la cara con una barba rasa, exageradamente cuidada y, a través de su cabello corto podía intuirse una piel curtida, como si hubiera estado expuesta al sol y al polvo durante mucho tiempo.  Los párpados se escondían bajo las cejas gruesas, el rostro había perdido vigor, se marcaban desmesuradamente los pómulos y la nariz, y en los ojos nacía una mirada endurecida, calculadora, peligrosa.  Apoyó su espalda sobre el respaldo y dormitó durante un instante.

—Por favor, señor, ¿me da…

Se incorporó como un resorte y llevó su mano al bolsillo derecho de la guerrera.  Mantuvo tenso todo el cuerpo mientras escrutaba al supuesto enemigo.  El gitanillo se asustó y corrió endemoniado hacia las escaleras de los andenes.  Ricardo se relajó, examinó su entorno intentando encontrar algún curioso y se excusó: “Aún no me he convenido de aquí hay paz”.  Palpó la pistola y se aseguró de que llevaba puesto el seguro.

Decidió abandonar la estación.  Antes, buscó la consigna y depositó el petate.  El empleado tocó con desconfianza el bulto y, al comprobar un objeto duro, le pidió explicaciones.

—Es una caja de plomo.  Recuerdo de una visita

La sacó y la abrió a un palmo de la cara del preguntador.

—Está vacía.  ¿La ve?

—De acuerdo.  Ahí tiene el comprobante.

Dio media vuelta sin despedirse y atravesó lentamente el umbral de las puertas automáticas.  Al salir al exterior, inspiró profundamente y se sintió satisfecho.

Descendió por la cuesta de acceso a la estación y al llegar a la avenida, se volvió para mirar el edificio.  Leyó Zaragoza—Portillo, como queriendo confirmar que iba a iniciar su recorrido por el lugar deseado.  Pensó visitar las calles de su adolescencia, donde aprendió a ratear y revender, donde el hambre le hizo madurar y donde conoció a Lorena.  Cada paso se convertía en un recuerdo lejano, en un ir y venir de imágenes descontroladas que le  castigaban con evocaciones de un pasado escondido.  La sirena de una ambulancia le devolvió al presente con brusquedad.  Volvió a tensar el cuerpo y vigiló con su mirada las luces rojas hasta que se perdieron en la avenida.  Retomó su caminar pausado y convirtió su recorrido en una confirmación de que nada había cambiado, que todo transcurría igual que en la tarde de su huida: ancianos tomando el sol sentados en los bancos, madres advirtiendo a sus pequeños, carteles hincados sobre las tapias, coches zigzagueando para avanzar unos metros más…

Ensimismado con sus comparaciones, cruzó la calzada sin mirar y una motocicleta estuvo a punto de golpearle.  Aquella sensación de riesgo le recordó la traición, el atraco, el asesinato, los policías, el juicio…  No consiguió reprimir un gesto de rabia y la imagen de Lucio y Sandino le impulsó a agarrar con fuerza la pistola.  Comenzaron a unirse episodios fugaces con sentimientos dolorosos: los dos amigos declarándole culpable, la sentencia, la impotencia para rebatir todas las mentiras, la soledad, las lágrimas de Lorena y la huida lejos, sin rumbo, donde la inercia le llevara.  Siguió apretando la culata, deslizó el dedo hasta el gatillo y lo oprimió con ira.  El seguro salvó el disparo.

Se detuvo ante la calle resta, estrecha y larga que daba nombre al barrio.  La continuidad se rompía con las tapias del solar que en su infancia acogió la caseta donde organizaba la banda y planeaba las incursiones para los robos.  Paseó por las callejuelas llevando la mirada a los balcones, a los portales, contando las farolas nuevas y desgranando los adoquines desencajados.  Frente al portal rojo, ahora recién pintado y con los cristales limpios, leyó: “Café La Fama”… el bar de la partida, del café y la copa.  Alguien abrió la puerta y comprobó que el olor a fritura no había desaparecido.  Miró hacia las mesas del fondo.  Un hombre le devolvió la mirada y tocó el brazo de su compañero.  Éste torció el tronco y frunció los párpados queriendo corroborar su visión.  Ricardo exageró el gesto de palparse el bolsillo y se quedó quiero, con el rostro frío y los brazos arqueados.  Los hombres se levantaron, hablaron en la barra y el camarero los acompañó a la trastienda.  Ricardo decidió no acudir a la puerta trasera del bar.

Alcanzó la tapia del solar y rodeó la manzana.  El portal quince de la calle de San Blas estaba cruzado por dos maderos.  Levantó la vista al segundo piso y, en la fachada, junto al balcón de la esquina, permanecía el corazón que dibujó hacía casi veinte años.  Sólo él podría adivinar que, bajo el polvo blanco del derribo, se leía Lorena y Ricardo.  En la ventana de su habitación, clavado en el postigo que soportó su frente cuando lloró la muerte del padre, un cartel decía: “Peligro.  Casa en ruinas”.

Deambuló un tiempo eterno por las calles estrechas, pateando las tapas de las alcantarillas, arrastrando los dedos por los ladrillos carcomidos,  o por las persianas metálicas manchadas de grasa… Salió a la calle del mercado. Olía a verdura y frutas, los cubos de goma se alargaban por las aceras y un basurero recogía con una escoba de palo recio los desperdicios desparramados por los gatos.  Recorrió los porches de la izquierda golpeando las columnas con la mano abierta.  El  aire fresco del río le devolvía algo de vitalidad.  Al dejar atrás el pasillo cubierto, ya podía ver el trasiego de las aguas marrones bajo las arcadas del puente centenario.  Volvió a permitirse el recuerdo y evocó las escapadas a la alameda de la ribera para comerse la fruta robada, los baños en el mes de abril, totalmente desnudo, y los catarros que su madre le sanaba con vasos de leche, miel y zumo de limón.  Lorena le obligaba a quedarse en cama.  No le importaba pasar la tarde junto a él, sentada en la alfombra, haciendo viajes hasta la cocina para cambiar el agua de la palangana y mojar un pañuelo blanco para refrescarle la frente.

Llegó hasta la barandilla que daba al río.  Se apoyó con los codos y observó el trasiego de las aguas.  Dos remeros entrenaban de puente a puente y sintió la tentación de arrojarles una bola de papel mojado para levantaran la vista hacia él y poder saludarles.  Aquello fue idea de Javier.  Nunca consiguieron su propósito.  Le habría gustado ser remero, pero la cuota del Club Helios, o la del Náutico costaban mucho dinero. 

Los álamos de la orilla bandeaban sus ramas y las hojas caían suavemente sobre el agua marrón.  Ricardo siguió la más amarilla hasta que un remolina la tragó.  Jorge ya tendría diez años.  Buscó en el bolsillo interior, sacó una cartera raída y deslizó entre sus dedos una fotografía carcomida.  Lorena sostenía al niño en sus brazos; los dos sonreían.  Se volvió de espaldas al río y durante unos segundos fijó la mirada en aquella imagen.  Cuando no pudo sujetar la lágrima, acarició el papel brillante y lo devolvió a la cartera.  Siguió su camino contra el viento para que sus ráfagas secaran la angustia y el río no pudiera verle llorar.

Quizá todavía le esperaran, quizá todavía en la mesilla quedara su recuerdo en el portarretratos de bronce.  Sintió un escalofrío de temor.  Hacía tiempo que había olvidado esa sensación.  Mantuvo el paso firme y marchó hacia María Agustín, 22.

Frente a su destino, dos chiquillos arrastraban una valla metálica.  Corría hacia ellos una mujer rubia.  Lorena.  La madre reprendió al mayor, pero el muchacho se rebeló, continúo en su juego y el pequeño cayó sobre la acera.

Ricardo reconoció a Jorge.

Un hombre cruzaba la calle.

—Allí viene papá.

Los dos chiquillos se lanzaron a saludarle.

Ricardo se dio la vuelta, saludó por última vez al río y al mercado y marchó hacia la estación, a por el primer tren, a vivir o morir en la próxima guerra mirando en las noches de campaña una fotografía cada día más ajada.

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