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Molintonia

La revelación

Aquel día brillaba la luna llena.  La veía a través de los árboles desnudos en la plaza de Los Sitios, a veces sí y a veces no, porque Zaragoza sufría un viento racheado, regalo del Moncayo, que desplazaba rápidamente las nubes.  Apenas daban las ocho de la tarde, pero hacía casi dos horas que la luz solar se había escapado.  Aunque la temperatura real no era desagradable, la sensación de frío helador se extendía como una capa de rocío.  Iba provisto de abrigo, guantes y bufanda, suficientes prendas para vencer un clima nórdico, pero las ráfagas hirientes se colaban por cualquier poro buscando un centímetro cuadrado de piel donde depositar su mensaje de hielo.  Según el golpe de viento, tiritaba.

Suelo acudir habitualmente a la llamada maña, porque su gente es simpática, desprendida y hospitalaria.  En aquella ocasión, acababa de asistir a un seminario sobre la Literatura de la Postguerra, invitado por la Universidad de Zaragoza. El último día, ya cansado, me retiré rápidamente escuchando la despedida sobre el estrado del conferenciante.

Puesto que todavía era pronto para cenar, antes de regresar al Gran Hotel, donde me hospedaba, decidí dar un paseo por las calles del centro zaragozano.  Los porches del paseo de la Independencia abrigaban del viento, pero en cuanto era necesario cruzar una calle transversal, el latigazo era terrible.  Pretendí acercarme hasta la iglesia de La Magdalena, pero, después de andar por toda la calle Costa, al llegar a la plaza de Los Sitios, dudé si luchar contra enemigo tan inmisericorde me compensaría.  Aún anduve varios metros, crucé la calle Sanclemente y, frente al kiosco de la plaza, determiné tomar dirección al hotel.

Antes de aparecer junto al botones, a las nueve y cinco de la noche, con la cara helada y el pelo revuelto, lo último que recuerdo de la realidad es un cartel en negro brillante con el nombre de una imprenta, justo antes de torcer hacia la calle Zurita.

A la vuelta de la esquina, me sacudió un enorme torbellino, supuestamente de viento, que me obligó a inclinarme hacia delante y a agachar la cabeza para evitar que el impacto me derribara.  Sentí un frío glacial que me recorrió no sólo la poca piel a la intemperie, sino todo el cuerpo, incluso por dentro de las entrañas.  Creí encontrarme en el centro de un tornado, porque con los ojos cerrados me sumergí en una vorágine ascendente.

Supuse que había perdido el sentido, pues aquella sensación era inconsciente, no pertenecía al mundo de los vivos, me encontraba en un espacio ingrávido y no podía dominarme.  Por un momento pensé en la muerte... pero ¿sin agresión?, ¿sin dolor?...  Quizá un sueño... pero no, no dormía.  La situación era real, yo había sufrido un golpe de viento, tenía los ojos cerrados y mi cuerpo se alzaba... al menos, eso sentía.  Tuve miedo, me encontraba a merced de algo o de alguien y no podía ni siquiera luchar, o defenderme, o pedir explicaciones.  Rogué ayuda a lo infinito, recé lo que sabía y me encomendé al Dios que me habían enseñado... porque la sensación de vacío sólo podía entenderse como... muerte.

Cesó todo de inmediato, el viento, el frío, el miedo.  Me creí suspendido en el aire y protegido por una burbuja... o por un campo de energía, valga la expresión científica.  Y abundando en este lenguaje, convengamos que “había traspasado el umbral físico y estaba viviendo una experiencia extrasensorial de magnitud elevada con repercusión directa en mi espacio, en mi tiempo y en mi cuerpo”.  Lo trascendente era que me sentía con existencia, pero incorpóreo, en otra dimensión... y aún no había abierto los ojos.  Así, pendulante, desapareció el temor.  En mi entorno, se desparramaba el silencio y la paz, y se creó un ambiente de acogimiento.  Con reparos, quise ver.

Estaba muy arriba, estaba volando, me había elevado en vertical como disparado por un cohete, y podía ver los tejados, las antenas, las copas de los árboles, desde una altura impresionante.  Levanté la cabeza y vi cielo.  Miré a los lados y vi oscuridad.  Extrañamente, me encontraba muy tranquilo, pero no me creía que aquello fuera consciente... y me pellizqué.  Tenía cuerpo, tenía... y me di cuenta de que no me cubrían mis ropas, sino una túnica de color gris perla, con mangas anchas, que me llegaba hasta los tobillos.  Puesto que mis conocimientos y mi sentido común no eran capaces de hallar explicación al fenómeno, decidí ampararme en el escepticismo, aunque, por seguridad, sólo miraba hacia abajo.  Destacaban sobremanera la basílica del Pilar y los haces de luz que parecían traspasarla hasta perderse más o menos por donde andaba, o volaba, yo.  Me llamó la atención la curva que el río Ebro describe antes de trazar la recta de llegada a Zaragoza.  La plaza de toros rompía el diseño de aristas y daba encanto a tanto vértice...  En fin, supuse que pronto despertaría.

He sido siempre proclive a creer en lo que puedo tocar, o en lo que puedo entender.  Mi formación humanística no me ha dado claves para ir más allá de lo material y me ha anclado en una visión vitalista y generosa del mundo, donde la evolución sólo depende de la tecnología y de la solidaridad.  Por ser estudioso del arte literario, defiendo al hombre como creador en su límite humano, aunque algunas veces he podido percibir en mi trabajo que la mente no trabaja en solitario, que lo que nosotros, los investigadores y los críticos, llamamos talento, no reside en los genes o en el cerebro, sino que mana de una fuente misteriosa, propia del ser humano, pero despierta en casos elegidos por alguna razón incomprensible.  Un catedrático de arte, en alusión a esta teoría que le había expuesto, me contestó que el talento es una cualidad del alma, y que su admiración por los artistas era debida a que habían sido capaces de destaparse frente a su medio de expresión, sea pincel, pluma o plumilla, de desnudar su alma escondiendo el pudor.  Quizá mi sensación se refería al descubrimiento del alma, quizá... pero era una sensación, no un conocimiento.  Y si, en alguna ocasión, yo pude haber percibido en mí la emanación de esos valores ocultos, debo ceñirme en exclusiva a mis trabajos de investigación, nunca publicados, sobre el fenómeno religioso.  La idea de Dios me atrae, pero me avergüenza; la espiritualidad me llama, pero me desconcierta.  He intentado profundizar en mis convicciones trascendentales a través de la investigación sobre trabajos de los demás, y siempre, por intangible, he abandonado el trabajo con dolor de cabeza y desasosiego.  Pero, en fases de creación, no de estudio, cuando intentaba plasmar en un papel mi verdadero sentir sobre la trascendencia del ser humano, me he sumido en un éxtasis inesperado, durante el cual mi mano se deslizaba con fluidez sin que mi mente fuera capaz de seguir su trayectoria.  Y el producto conseguido era bello, arte, literatura, pero repleto de un contenido metafísico que habría hecho sonreír a cualquier lector.  Me asustaba y rompía los folios en mil pedazos, con rabia en los dedos y nostalgia en el corazón.

Sonaron en algún reloj las campanadas de las ocho.  Miré a la gente, a los coches, a las ventanas, y los acontecimientos ocurrían con detalle, con realidad, tan creíbles que era imposible fabricarlos en un sueño.  Me moví inquieto, pero, sin suelo, quedé en el mismo lugar... De pronto, sentí una presencia extraña, de alguien que estaba a mi lado y que no era visible... y, como absorbido por una gran turbina, comencé a desplazarme en dirección al sur de la ciudad.  Algo tiraba de mí sin agarrarme, me arrastraba con suavidad, me hacía descender... y era real, ese algo era un ser, lo sentía con presencia, con calor humano.  Sobrevolé el paseo de la Independencia, el Paraninfo, la Gran Vía, el estadio de la Romareda, el Pirulí, cada vez a menos altura y cubriendo cierta curva, hasta, que tras casi chocar con los edificios de Univérsitas, aterricé en la estación del Portillo, en medio del gentío.  Me sentí ridículo con aquella túnica, y mi llegada desde luego que no resultaba de lo más habitual. Intenté ascender, pero no dependía de mí.  Intenté esconderme, pero no podía moverme.  Temí que alguien me conociera...  Y la presencia que me protegía, sonrió.  Sonrió, porque la gente pasaba a mi lado y no se inmutaba, nada le llamaba la atención.  Observé detenidamente el trasiego, miré al reloj, marcaba las ocho y cinco, y me fijé en la mirada de aquéllos que caminaban cerca de mí.  ¡No me veían!, era invisible, transparente, supongo, y entonces ya creí que mi situación era irreal, que pertenecía a otra dimensión...  Ni me sentía muerto, ni estaba soñando, ni tenía cuerpo...

Y otra vez, como en la esquina de la calle Zurita, se hizo un tornado que me acogió, y, con una velocidad de vértigo, noté que ascendía en vertical directamente hacia el cielo, si es que existía, hacia una luz difusa que destellaba en lo alto.

Me detuve en seco, sin problemas de inercia ni de deceleración, como si el movimiento hubiera sido un paso terrestre.  Cuando pude ver sin distorsiones, miré con curiosidad a mi alrededor, y lo que vi... en fin, no vi nada...  una oscuridad iluminada...  podría definirla así... como un espacio inmenso, lleno de vacío, pero con una luz... luz de luna llena... A lo alto, un foco, un destello permanente, del que no nacía la iluminación descrita, parecía presidir el entorno.

—Bienvenido.

Me hablaba un ser vestido como yo, que había aparecido sin aviso por detrás de mí.  Era más alto de lo normal, su rostro desprendía blancura, con cabello lacio sobre los hombros y mirada profunda.  Extrañamente, no me inmuté, incluso le creí conocido.

—¿Es usted el responsable de esto? —le pregunté con aplomo.

—No.  Cada uno es responsable de lo que le ocurre.  Es decir, tú eres responsable de tu presencia aquí.

Me encontraba tan tranquilo que hasta percibí el tuteo.  Aun con su majestuosidad, decidí darle el mismo tratamiento.  En cierta manera, lo sentía igual a mí.

—Nada más lejos de mi intención que desear vestirme de esta manera, volar de forma indiscriminada y saltear el Universo con mi aventura.

—Es cierto. Todo lo que has nombrado no ha sido deseo tuyo, pero no estás en condiciones de comprender por qué te ves de esta manera.  Tú me preguntabas la razón de estar aquí...

—Sí. Pretendía una respuesta sobre eso.  ¿Puedes dármela?

—No hay más contestación que darme a conocer.

—Pues has llegado acompañado de unos efectos especiales muy espectaculares.  Has conseguido impresionarme.  ¿Cuál es tu técnica?

—No depende de la técnica.  Debía presentarme de una forma que te introdujera sin sobresaltos en la sabiduría de la Verdad.

—¡Vaya!, ¿es esto parte de la verdad?

—Digamos que estando en la Verdad, esto no es sorprendente, sino lo habitual.  Es este momento, estás juzgándote como ser humano, y tu apreciación mental es errónea, porque nos encontramos en otra dimensión, que ya conoces, pero a la que te has cerrado por falta de sabiduría.

—Entonces, ¿soy un ignorante?

—No, vives en la oscuridad, y cuando has estado a punto de iluminarte, te has ocultado.  Has tenido a las puertas de tu conocimiento la luz de la Verdad, el camino correcto, pero tus dudas cerraban el paso sin remedio.  Yo vengo para darte la enseñanza.

En condiciones normales, mi contestación habría sido intolerante y despectiva, pero tenía la sensibilidad excitada y recibí sus palabras como un rayo de entendimiento.  Sentí recuerdos sin imágenes, quizá de algo ya sabido, que me obligaron a guardar silencio y a meditar sobre las palabras escuchadas.

—Mi labor —continuó—se centra en despertarte la luz interior, en darte inspiración para que tu existencia se llene de sentido verdadero.

—Yo creo que no carezco de sentido, al contrario, he sabido buscar acicates repletos de contenido para realizar un trabajo que me enriquezca tanto a mí como a los demás.  Y no me considero frustrado.

—Sabes que sí lo estás.  Ahora no has hablado con el corazón.  Sientes que tu vida no está colmada....

Tenía razón y nadie conocía este secreto.  Desde años atrás, allá cuando sobrepasé la treintena, comencé a sufrir desencantos esporádicos sin motivo aparente.  Estaba felizmente casado, mis hijos también disfrutaban de bienestar y mi labor docente tenía un  reconocido prestigio.  Económicamente, mi situación no podía despertar ninguna queja y, sin embargo...

—...que te falta un ingrediente esencial imposible de encontrar.  Bien, estoy dispuesto a descubrírtelo si tú lo deseas.

—Tu ofrecimiento es generoso y no puedo negarme.  Pero, ¿qué me vas a pedir a cambio?

—Solamente humildad para corregir tus errores y oídos abiertos para mis recomendaciones.  Con ello me consideraré satisfecho, pero si ni aún eso me das, tampoco me sentiré engañado.  Ya te he dicho, tu deseo me basta.

—Es fácil de aceptar.  Te escucho.

—Tu error se basa en la carencia, en la omisión.  Tu descontento no nace por lo que haces, sino por lo que estás dejando de hacer.  Has recibido suficientes pruebas para que tu alma perciba lo que el mundo espera de ti, pero las has rechazado porque, según tu interpretación, no tienen fundamento.  Y no, no tienen fundamento humano, pero el hombre no es sólo humano, es también divino, se compone de alma, es alma, y hay que llegar hasta el entendimiento interior para descubrirla.  Te has detenido en tu mente, en el conocimiento, no has querido profundizar en lo que tu corazón te demandaba, y lo que tú llamas descontento es una cavidad vacía en tu corazón...

Me estaba hablando y no podía mirarle a los ojos.  Sus palabras, su tono, se introducían por cada poro de mi piel y llegaban hasta el lugar más recóndito de mi cuerpo.  Pero no me sentía avergonzado, sino dolido, porque cada golpe de su voz se hincaba en una llaga de mi alma.  Él repetía lo que tantas veces yo escuché desde mi entraña, y tantas veces eludí...

—...Recibiste un don, un don nada gratuito, porque lo habías ganado con justicia, y todos los dones deben ponerse al servicio de la verdad, de la verdad divina, que no es otra cosa que la ayuda para tus compañeros de camino.  No has hecho mal uso de él, sino que no lo has utilizado para lo que es necesario, incluso por ello no lo has desarrollado por completo.

—¿Qué debo hacer entonces?

—Ya lo sabes, pero necesitar oírlo, ¿verdad?  Tu don para comunicar es tu herramienta.  Con ella debes hacer caso a tu intuición y dejar que trabaje dirigida por tu interior para expresar en palabras y papel cómo debe llegarse al camino de la Verdad, el único que lleva a la paz del hombre.

—¿Quién eres?  ¿Cómo me conoces tan bien, mejor que yo mismo?

—Soy parte de ti, tu guía, y te amparo sin condiciones desde que llegaste a esta existencia.  Es mi obligación y deseo servirte, y si tú lo quieres no será ésta la última vez que me haga presente a tus sentidos...  Ahora debo marcharme.  Haz uso de tu don y ambos nos alegraremos.

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