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Molintonia

La Bombilla

Desde la plaza Utrillas siempre me llamaba en silencio la esquina de Belchite con Miguel Servet.  Sentía una atracción que no podía soportar y, como mínimo, debía dirigir la vista hacia allí.  Y normalmente ocurría cuando jugaba a las chapas.  Desde La Bombilla me llegaba algo así como un hechizo que transmitía una sensación de grito angustioso en busca de libertad.  A días, la intensidad y el tono variaban.  Una vez supuse que dependía de si ganaba o perdía con las chapas, pero no pude confirmarlo porque durante una buena temporada dejamos ese juego por las canicas y el balón.  Y al principio de ese tiempo me quedé tranquilo, pues las voces se detuvieron, y así deduje que todo se debió al raspado del metal por los gránulos de los bordillos.  Me equivoqué.

No he tenido difícil recordar el momento justo de la primera llamada.  Aún no sabía circular en dos ruedas, es decir, no había cumplido seis años, pero ya cursaba Párvulos en La Salle y era un día soleado del mes de Febrero o Marzo.  Al mediodía, mi madre me había enviado a La Bombilla a comprar algo de comida y, antes de descender por los dos escalones, ya sentí un escalofrío extraño.  Las horas de la tarde en el colegio se me pasaron en un estado hipnótico, casi de trance, y tuve que esforzarme para terminar las sumas que don Antonio nos impuso con delicadeza.  Mi imaginación se escapaba sin control hasta unos parajes sórdidos, con luz y oscuridad, con vida y muerte, sucediéndose rápida e ininterrumpidamente como en una película del Gordo y el Flaco.  Volví a la realidad cuando mi compañero Cedrés me pedía comparar el resultado de una suma.  De vuelta a casa, en la fila que nos llevaba hasta el cruce de San José, o tropezaba con el compañero de delante o el de detrás chocaba conmigo.  Aquel día me tocó ir solo desde allí a casa.  Metí el pie en todos los agujeros de la acera y enderecé alguna que otra señal de tráfico, amén de hacer caer a una señora con la bolsa de la compra.  Mientras tanto, los pasajes de a mediodía se agitaban por mi imaginación.

Para llegar a casa debía pasar por delante de La Bombilla, porque cruzaba Miguel Servet entre las esquinas de Juana de Ibarbourou con Minas.  Detenido en ese cruce, sin pensar en aquella tienda todavía, decidí continuar por el lado del Bar Otelo y de la Peipasa para atravesar Miguel Servet frente a la calle Fillas.

Allá, enfrente, se quedaba La Bombilla y, al pasar a distancia, un golpe de calor me invadió como si anduviera en un cuarto de baño con el agua caliente saliendo a borbotones por todos los grifos.  Continué el camino y llegué a casa asustado.  Mi madre me preguntó por la cara tan pálida y tuvo que insistir para que le contestara: "No, no me pasa nada".  Naturalmente, debía terminar la tarea escolar y, al punto de concluirla con bastantes errores, Julián me reclamó.  Conseguí permiso para jugar con él en la plaza Utrillas.  Como entonces primaba la moda de las chapas, nadie podía rehusar el desafío, así que comenzamos la partida de a cuatro, Julián y yo de pareja.  En la tercera tirada, llegó esa primera llamada, un aldabonazo sordo que nadie oyó, ni yo mismo, pero que inmediatamente me hizo mirar hacia La Bombilla.  Miraba sin motivo aparente —tardé varios meses en descubrir que era realmente de allí desde donde me llamaban—, y Julián se impacientó porque íbamos ganando en la última manga del circuito y yo no acerté a colocar la chapa.  Así en diez o doce tiradas.  Ganamos por los pelos.

Todas las tardes de la primera semana sucedió lo mismo, y andaba loco, asustado y sin contarlo a nadie —nadie lo supo nunca—.  Infinita suerte tenía, pues por las noches podía dormir como un lirón.  Tarde tras otra, la llamada se prolongaba, en unas ocasiones por una sola vez, en otras con insistencia.  Alguna vez noté que Julián también miraba hacia allí, pero quizá era porque pasaba el tranvía.  Estuve un tiempo obsesionado, sobre todo cuando la llamada me transmitía sensación de grito desgarrado.

Tiene explicación; explicación que he encontrado nada más comenzar a deambular por los mundos invisibles.  Primero voy a tener que ampliar noticias sobre mi estado.  Ya contado que cumplo penitencia en estado espiritual, debo indicar que permanezco en soledad contemplativa.  Por aquí arriba intuyo que habitan otros seres, quizá todos los que no están por abajo, pero puedo ver exclusivamente a aquellos que han evolucionado menos que yo.  No tengo permitido entrar en contacto con ellos, y ellos no me ven, ni siquiera me perciben.  ¿Cómo se evoluciona?  Cumpliendo la Ley Universal, la Ley del Amor, que significa total desprendimiento de la materia (dinero, pasiones, vicios...) y práctica continua del bien...  Eso me dijeron.

Así pues, una vez hecho a la idea de todas las cualidades que un espíritu disfruta, me decidí a investigar por las profundidades de La Bombilla en busca del misterio.  No lo tenía muy claro, pues siendo incorpóreo también se siente miedo, pero saqué fuerzas de flaqueza y me armé de valor.

A pesar de que nadie podía verme, busqué la puerta trasera.  Descendí por el patio interior del edificio para llegar hasta el corralón de la tienda.  Había toneles, cajas de madera, botellas mugrientas...  Cuando llegué, los gatos huyeron maullando desesperados.  Olía a pescado rancio.  Estaba atardeciendo y preferí esperar a que el sol se ocultara por completo entreteniéndome en fisgonear por los pisos: me enteré que doña Julita, tan encopetada, usaba peluca y que don Ambrosio, el sobrio, se sacaba con el dedo las pelotillas de la nariz.  Lástima no poder contárselo a Julián... o pasarlo a la tertulia de las comadres, tan dispuestas a pelar los acontecimientos del barrio.

A la hora de entrar, me quedé parado.  Pensé si podría encontrarme a un muchacho prisionero con las uñas retorcidas y los cabellos hasta el suelo, o a un hombre alucinado, o a un monstruo con parche en el ojo y garras de halcón...  De pronto, recibí la llamada otra vez, ahora tierna y lánguida, pidiendo ayuda como un animal herido.  Me estremecí por donde tuve el vientre... y no tuve más remedio que acudir.

Lo vi recostado junto a los sacos de lentejas. Lloraba elevando la vista al cielo, con las manos abiertas implorando clemencia.  Era don Víctor, el dueño anterior de La Bombilla, con su perilla bien cuidada y sus ropas raídas.  Según rumores del barrio, fue tan rico como un rey medieval y tan avaro como el de Molière, engañaba con la balanza, vendía género podrido y llegó a prestar con usura.  También contaban que por la noche hacía montones de duros para cerrar la contabilidad de las ventas, y que si le faltaba alguno, al día siguiente castigaba al dependiente, prohijado desde niño,  a contar los garbanzos hasta que le sangraran las yemas de los dedos.  Nunca me lo creí.

Pues bien, La Bombilla tenía fantasma.

El hombre me dio pena y quise consolarle.  No, no podía verme ni escucharme.  Juro que lo intenté con fuerza, porque su llanto era aquella llamada, y ahora me hería, me hería allá por donde tuve el corazón como si un desgarro me atravesara de pecho a espalda.  La impotencia me obligó a rezar... y fue plegaria para mi guía, que me habló; me contó lo que a continuación escribo:

Don Víctor murió hace veinte años.  Murió en la miseria, en el altillo de la tienda y tardaron dos días en encontrar su cuerpo.  Con acierto hablaban los que le decían avaro, pero ni hacía montones de duros ni castigaba al dependiente.  Incluso al chico le daba mejores alimentos de los que él tomaba.  Su avaricia era locura, locura de amor, amor por una mujer.  Acopiaba monedas de oro para comprar hacienda cuando ella volviera.  Ella lo abandonó en la juventud porque no tenía dinero.  Ella se fue con otro hombre, pero Víctor esperaba y esperaba verla aparecer sobre los escalones, bella y radiante, y entonces él, antes de besarla, le entregaría como presente su baúl repleto de riqueza...  Se hizo viejo y llenó cinco veces más de lo pensado, crecieron sus talentos a puro de sacrificio y avaricia para comprar a su amada joyas, visones y caricias.  Ahora sigue esperando detrás del mostrador con paciencia.  Si un cliente roba, se encoleriza.  Si entra un chiquillo, languidece con ternura.  Cuando una mujer entra, una joven cualquiera con ojos verdes, pelo castaño, mechón rebelde en la frente, se acerca hasta ella, se tiende a sus pies y le ofrece monedas y monedas de oro..  Se parece a su amada... y Víctor grita, brama con un lamento amargo...

Rezar por él le ayuda.  Quizá algún día, cuando la Luz le indique el camino, pueda encontrar por otros mundos de allá arriba un mechón rebelde en forma de amor.

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