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Molintonia

Las verjas de la Estación

Cuando Luis y Beatriz desaparecieron, se armó un gran revuelo en el barrio.  Luis era hijo de doña Engracia, la señora del Estanco, y Beatriz, hija de Antonio el tranviario, dos familias muy queridas por la comunidad.  Luis tenía dieciséis años, y Beatriz, quince.

Todo el mundo sabía que iban para novios, pero nadie les había visto darse la mano o un beso.  Una noche de diciembre, ninguno de los dos volvió a casa y, aunque Gustavín dijo haberlos visto juntos, no se sospechó de una fuga conjunta.

El barrio entero se movilizó en su busca sin saber que nadie de este mundo podría encontrarlos.

El fondo de la plaza Utrillas se cierra con la antigua estación de ferrocarril, pero sus ángulos no llegan a juntarse con los edificios colindantes.  Para evitar intromisiones, entre las esquinas se alzan dos grandes verjas de hierro trabajado.  Cuando el sol se va, ninguna farola es capaz de alumbrar los dos espacios aludidos.

Luis y Beatriz eran tan vergonzosos que los padres de ambos pensaban que serían incapaces de entablar otras amistades distintas a las de su familia.  Luis y Beatriz vivían en el mismo edificio de la calle Higuera.  Así, Luis y Beatriz, recíprocamente, eran los únicos miembros ajenos al parentesco con quienes se relacionaban desde niños.  Estaban enamorados.

Tres años antes de la desaparición, ambos por separado, evacuaron consulta ante Valero sobre su problema de indecisión al respecto.  Recibieron los dos idéntica respuesta al uso del filósofo:

"La luz y vuestra voluntad os ampararán".

Naturalmente, nada les aclaró y así nunca hablaron del asunto, por lo que el barrio entero desconocía la profundidad de sus sentimientos.

Luis, el día anterior a la desaparición, sintió un fuego interno que le recomendaba constantemente hacerle muestra a Beatriz de su amor.

Beatriz, el día de antes a la desaparición, oyó una voz interna que le rogaba con insistencia besar dulcemente a Luis.

En invierno, cuando ya no hay sol, la plaza Utrillas se queda desierta.  Las farolas alumbran con deficiencias y el viento suave forma remolinos que levantan nubes de polvo.  En invierno, los plátanos de la plaza están deshojados y proyectan sombras alargadas como de brazos esqueléticos que se apoderan de la fuente.

La noche de la desaparición, el viento habitual se había calmado y los plátanos parecían sonreír.  Las farolas habían crecido tanto en luz que las esquinas de la Estación destacaban por su enorme oscuridad.  Alguien diría que esto ocurría sin capricho.

En los corrillos de las Novias Románticas se comentaba que los chicos llevaban a los ángulos oscuros de la plaza a las novias avanzadas para enseñarles el arte del beso.  Y las más indiscretas contaban que las novias besadas habían experimentado, entonces y en ese lugar, una sensación de magnetismo que las elevaba por encima de las verjas durante un tiempo de imposible medida.

Por eso, las verjas de la Estación consiguieron cierta fama de misterio.

El día de la desaparición, Luis y Beatriz decidieron hacer caso a sus impulsos interiores.  Sin quererlo, pero buscándose, se encontraron en el patio de su casa cuando ya nadie podía atreverse a circular a la intemperie.  El uno viendo al otro se dieron cuenta de que sus ojos irradiaban una luminosidad inexplicable.

Luis, obedeciendo sus instrucciones, quería hablar de amor, y dada su timidez, decidió que sólo había un lugar en el barrio para superar su terrible apuro cuando dijera las palabras que hervían en su entraña: las verjas de la Estación.

Hace varios lustros, cuando se construyeron la Estación de Utrillas y las casas colindantes, la empresa del carbón, dueña de las instalaciones, decidió encargar a don Álvaro Fernández la forja de dos verjas artísticas para cerrar unos huecos entre edificios.

Don Álvaro era un hombre con gran iluminación, que había enfocado su sensibilidad al trabajo artesano del hierro.  Obras suyas habían llegado a Europa y cruzado el Atlántico hasta Buenos Aires.  Siguiendo ciertas recomendaciones inconscientes, una vez al año, alguna de su obras debía culminarla en arco peraltado, debajo del cual iría una circunferencia hueca con tres radios en forma de Y.  Además, no podía enviar dos composiciones de éstas a la misma ciudad.

Cada vez que don Álvaro culminaba su obra especial del año, Martita, su hija menor, la brujilla, se fijaba con intensidad en la culminación y decía: "Papá, ¿no ves cómo el señor de arriba sonríe?  Es muy guapo". 

Gustavín había bajado a dejar la bolsa de la basura en el cubo del portal.  Luis y Beatriz no contestaron a su simpático: "Buenas noches".

Temiendo que los descubrieran, los enamorados dieron un rodeo por la calle del Sol hasta la calle Fillas, dirigiéndose con paso firme hacia el lugar que, sin palabras, los dos habían decidido.  Caminaban a la par y, al roce de sus hombros, sentían cómo una luz en su corazón se encendía para calentarles el alma.

Aquella noche, nadie sensible del barrio quedó inmune.  Las brigadas de búsqueda se desorientaban con gran facilidad, pero, extrañamente, dado su conocimiento del barrio, les pareció normal.  Las madres que permanecieron en sus casas no pudieron dormir y gozaron hasta el amanecer de un halo de paz cálido y acogedor.  Todos los niños durmieron como ángeles benditos y despertaron por la mañana con una alegría nunca sentida a causa de un sueño que no recordaban.  Los adictos y adictas a los Hombres Razonables se angustiaron enormemente y pasaron días hasta calmar los nervios.

Como acertadamente todo el barrio sospechó, Luis y Beatriz no se habían fugado, ni por asomo lo pretendían, sólo deseaban ser capaces de demostrarse su amor.

Cuando llegaron a los pretiles alargados de la plaza, ensimismados en la lucha contra su timidez, no se dieron cuenta de que las farolas se cargaron de una luz más blanca, ni de que el viento, con respeto, detuvo su trajinar por los alrededores.

Las verjas seguían en la oscuridad.

Sólo dudaron en dirigirse hacia el frente, verja cercana, o a la izquierda, verja del otro lado.  La decisión era irrelevante porque ambas gozaban de idéntica virtud.

Se adentraron en la penumbra con el sonido acelerado de su pecho.  Apenas sentían los hierros labrados, apenas sentían la realidad de su ser, se veían sólo el uno al otro como almas enardecidas que buscaban su comunión.  Si hubieran mirado alrededor, no habrían podido ver la plaza Utrillas.

Cuando Luis quiso hablar —¡por fin!—, Beatriz le acercó los labios tapándole la palabra.

Al día siguiente, hora del desayuno, aparecieron junto a la verja de la Estación con el firme convencimiento de comunicar a todo el barrio que ya eran novios universales.  Una gran mayoría les felicitó y se puso a llorar de gozo.  El resto, adictos a los Hombres Razonables, les recriminó su falta de sensatez, y soportaron los residuos de la angustia pensando que a lo peor podía ocurrirles lo mismo a cualquiera de sus hijos.  "¡Ojalá les suceda!", contestaban los novios.

En el preciso instante en que los labios se unieron, a través de la circunferencia partida en tres sectores descendió una luz de amor que los envolvió y los elevó hacia el mundo de la felicidad eterna, donde enseñan el amor, donde se aprenden lecciones desaparecidas de los libros, y tal fue la intensidad del sentimiento que el tiempo se truncó, convirtiéndose en eternidad o milésima de segundo, quién sabe.  Y mientras duró la noche terrena, Luis y Beatriz cumplieron con calificación cum laude el doctorado en la asignatura de Ternura, Entrega y Servicio.

Una luz les enseñó.

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