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Molintonia

Cuando el barrio quedó vacío

Los momentos clave en la vida del barrio se caracterizan por el silencio.  Es difícil en la ciudad conseguir el silencio absoluto para el oído y, por lo tanto, Montemolín no se salva del defecto.  Hay momentos de ruido y momentos de sonido, momentos de alboroto y momentos de canción.  Quizá debería llamarse silencio al murmullo de la fuente o al trino de los pájaros.  Pero no, no se trata del oído, no es cuestión sensitiva.

En el verano, con las ventanas abiertas, se pide silencio.  En la iglesia, oración elevada, se pide silencio...  Para dejar hablar a los mayores, se pide silencio... ¿Quién no busca la tranquilidad?

El deambular cotidiano provoca situaciones confusas... en la pescadería, en los ultramarinos, en las fábricas, en los colegios... Y el alma se aletarga para encontrar la evasión con un gesto de conformismo.  El alma pide silencio.

Por eso, cuando el destino de las gentes de Montemolín se mueve en la duda, las almas despiertan para meditar.

Hubo una época en la que se coló en el barrio un raptor de niños.  Actuaba por las noches sin que nadie pudiera escuchar el menor ruido.  Realmente, nunca existió ningún secuestro conocido, pero, según la fotografía del periódico, fue identificado por las calles de Montemolín.  La hora de apagar las luces resultó crítica por unas semanas.

Cuando Peipasa suspendió pagos por dos días, las doscientas familias afectadas se sujetaban el alma para que nada les faltara a los cuerpos.  Se acompasaron las respiraciones y se hizo frente común de amargura.  El barrio durmió con el estómago prieto.

Para la enfermedad de Valero, justo en las horas previas y siguientes, excepto los seguidores más exaltados de los Hombres Razonables, el barrio se paró en el tiempo con la única razón de transmitir fuerza al filósofo.  Tal fue la unión que casi detuvieron el Sol en el punto del firmamento donde influía para un desenlace feliz.

Por la prensa todo el barrio se enteró de que grandes inmobiliarias presentaron al Alcalde de la ciudad un proyecto para construir quinientas viviendas en los terrenos de la Estación y de la plaza Utrillas.  Para evitar que los niños conocieran la noticia, los mayores sólo hablaban de ella por la noche.  El rechazo se hincó por las entrañas más escondidas de la gente de Montemolín y rezumó visos de rebelión en cada corrillo, aunque se obviara su comentario.

Nadie del barrio conoció la causa exacta de la paralización del proyecto.

Durante esos períodos de incertidumbre, a pesar de que los tranvías, los coches, los camiones de la basura o los corros del mercadillo emitieran sus alborotos, el barrio estaba en silencio.  A pesar de que el oído percibiera cualquier vibración, en el espacio del Universo donde se refleja Montemolín, se sentía un silencio conmovedor...  Las almas del barrio habían despertado, las almas del barrio estaban meditando, las almas del barrio habían impuesto su silencio.

Cuando el alma guarda silencio se utiliza la otra manera de rezar, la cual ningún cura enseña y que nadie realmente entiende, aunque la intuya.  Y es la forma de oración que se escucha de mejor grado en las alturas... por una razón evidente: hace vibrar los mecanismos del Universo, ese lugar que es sinónimo de cielo.  Hay proporcionalidad directa en progresión geométrica entre los resultados y la cantidad de almas puestas en oración por el mismo deseo.

Aquel día fue crucial para la posteridad del barrio.

Hacía ya algunas semanas que la gente más sensible venía percibiendo una sensación de ataque.  Nada podía justificar ese estado, porque la vida transcurría como siempre.  Se notaba en el aire, irradiada por causas desconocidas, y no se localizaba su punto de emisión en ningún lugar concreto, sino que surgía en lugar y hora dispersos y descontrolados.  Incluso provocaba dolor de cabeza, además de irritabilidad y ciertos impulsos destructivos.

La gente más sensible, primera receptora, pudo sujetar las recomendaciones encubiertas con un poco de paciencia, pero cuando el influjo se extendió a otros grupos, los afectados ocasionaron altercados que perturbaron la paz del barrio.  Naturalmente, desconocían el motivo.

Hubo un momento en que ya todo el barrio se sintió incluido en la sensación.  Aclaro que no se hablaba del asunto, pues nadie era capaz de detectar causas, solamente efectos que no tenían razón alguna para existir.  A la irritabilidad siguió la angustia, después la astenia y, por fin, la desilusión.

Montemolín entero se sumió en el pesimismo, el futuro se presagiaba negro, los niños no reían, el hastío hizo estragos en los bares, la plaza Utrillas quedó vacía y los novios no se besaban.

En la noche previa al desenlace, la luna desapareció tras un grumo de nubes opacas, y de algún lugar ajeno al barrio una ligera brisa visible se fue colando por cada una de las casas.  La gente se despertó callada, sin sobresalto, pero con todo el cuerpo cargado de pereza, y se asomaron a ventanas y balcones.  La brisa se convirtió en viento, el viento en huracán... y los árboles no se movían, los toldos no se movían... se hicieron remolinos en las esquinas que se convertían en tornados allá por la plaza Utrillas.

Los hombres y las mujeres bajaron juntos a la calle sin que una sola palabra de coordinación saliera de sus labios.  Dejaron a los niños durmiendo sin vigilancia con la razón de que algo dentro de sí les arrastraba a cumplir con un deber de inexcusable realización.  Parecía que debieran salvar la existencia del barrio.

Se congregaron alrededor de la fuente de la plaza Utrillas, atravesando sin esfuerzo el tornado que la recorría en diagonal de esquina a esquina.  Se miraban unos a otros entendiéndose con un lenguaje más allá de los sentidos: estaban unidos en una misión importante, de cuyo fin dependían graves consecuencias.  Conforme el grupo aumentaba, el tornado crecía en densidad y sin que nadie se diera cuenta... el barrio se quedó vacío.  Allá, por la luna, en el trasluz de las nubes opacas, pulularon unas cuantas sombras.  El tornado siguió sujeto a todo el barrio.

Los niños, durmiendo, soñaban con cuentos de hadas y la ciudad seguía su tenue ajetreo nocturno.  Nadie ajeno a la misión pudo darse cuenta.  Quizá duró un segundo, quizá por un segundo el barrio quedó vacío.

El día del desenlace amaneció con la alegría perdida semanas atrás.  Volvió la esperanza, el optimismo y el tránsito cotidiano.

El tiempo del Universo no tiene reloj.

La gente de Montemolín, las almas de Montemolín acudieron de visita a su parcela en el reflejo del Universo para rogar en tiempo límite por la vida del barrio.

Entendamos lo que fue un segundo sideral para una oración eterna.

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