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Molintonia

Los guardaba por casualidad

Osvaldo se puso muy contento cuando Gabriela le dejó su periquito.  Eso le demostraba que los años de vecindad habían desembocado en una gran confianza, porque para ella Boabdil era como un hijo único.

Gabriela debía marchar a su pueblo natal para cuidar a su madre enferma, alérgica a los pájaros.  La muchacha lloró hasta la extenuación y alargó las fórmulas de despedida para retrasar el momento de marcharse.  Osvaldo llegó a pensar que las lágrimas nacían por él, pero se desengañó cuando con el penúltimo adiós su vecina tomó a Boabdil entre las manos y lo acurrucó junto a sus labios para despedirse.

Como último mensaje, Gabriela informó a Osvaldo que regresaría todos los domingos porque ese día su tía cuidaría a mamá.

Osvaldo se tomó muy en serio el cuidado del pajarito, incluso compró libros ilustrados sobre la especie, pero por respeto a la dueña no cambió los hábitos de cuidado y alimentación.  Al añadir amor a su tarea de custodia, Boabdil le regalaba trinos muy musicales en cuanto la luz del sol se colaba por la galería de la cocina.  Por esta respuesta tan entrañable, Osvaldo empezó a tomarse la tarea con mucha pulcritud.

El primer domingo de visita, Gabriela entró a saludar a Boabdil y a Osvaldo.  Ella sugirió que mientras durara la conversación en el salón, el periquito estuviera por ahí cerca para verlo durante más tiempo.  Osvaldo observó que mientras tomaban el té con pastas, Gabriela desviaba la mirada hacia Boabdil, y le entró esa complicidad que surge cuando se ve a una madre vigilar a su hijo con los ojos encendidos y una media sonrisa de admiración.  Antes de marcharse, Gabriela dejó dicho que estaba muy agradecida del trato a Boabdil.

Con el correr de las semanas, ese cuidado exquisito que Osvaldo desbordaba se fue cambiando en un cariño de padre y hasta soñaba con algún logro importante de su retoño Boabdil.  Los domingos se llenaban de intercambios de alabanzas sobre los progresos del periquito, que si cambiaba tal o cual pluma, que si comía más o menos alpiste, que si entonaba mejor o peor su canto matutino.  Osvaldo hasta llegó a pensar que quizá dentro de algunos meses podrían formar familia.  Gabriela, al ver la dedicación de su vecino por Boabdil, le permitió cierta libertad en la elección de comida, marca de agua y ubicación del animalito en la casa.

Boabdil cumplió cinco años y al domingo siguiente recibió dos regalos: una jaula nueva por parte de Osvaldo y una rueda de plata por parte de Gabriela.  Los dos se pusieron muy contentos esa tarde y lo festejaron con una botella de vino.

Osvaldo se identificó tanto con Boabdil que comenzó a reflexionar sobre su vida pasada.  Si así amaba a un pájaro, ¿cuánto no habría amado a unos hijos?  Y repasó sus andanzas con dos o tres novias, intentando averiguar cuál de ellas habría sido mejor madre para su prole.  Fue a parar a la penúltima, pero se parecía tanto a Gabriela que terminó imaginándose a su vecina como esposa y madre solícita de unos cuantos churumbeles.

Estas ligeras fantasías le hicieron recordar que leyó en un libro que era bueno para los periquitos compartir su jaula con una periquita.  No dudó más que dos días, y así, un viernes regresó a casa con "Granada", una periquita coquetilla, a la que colocó de compañera de Boabdil.

Aquel domingo esperaba ansioso la llegada de Gabriela para contarle la sorpresa.  Realmente, Gabriela se sorprendió y se mostró muy agradecida por tal decisión, puesto que Boabdil era un hombrecito muy apuesto que necesitaba compañía femenina.  Acarició repetidamente a "Granada" y felicitó efusivamente a Osvaldo, dándole un beso en los labios.

Al día siguiente, "Granada" apareció muerta en la jaula.

Osvaldo se asustó, pero enseguida pensó que algunas periquitas no soportaban el cambio de ambiente, así que llamó a Gabriela para comentarle lo sucedido, quien lloró amargamente.  Decidieron, a sugerencia de Osvaldo, proveer de compañera rápidamente a Boabdil.

Aquel domingo, la alegría reinó en la visita, tomaron champán y Gabriela terminó en los brazos de Osvaldo, besándole el cuello justo en el momento que dieron las cinco, hora de marchar.  A la nueva periquita le pusieron "Isabel".

Al día siguiente, "Isabel" apareció muerta en la jaula.

Osvaldo se asustó y recriminó a Boabdil su falta de vigilancia.  Repitió las operaciones de la semana anterior, pero esta vez empezó a imaginarse historias extrañas: que si en la pajarería existía un germen de fiebres que se desarrollaba en cuanto los pájaros abandonaban el local, que si otra periquita celosa venía por la noche y mataba a su contrincante, que si algún vecino se convertía en sádico por las madrugadas de los domingos… y en esos pensamientos llegó hasta sentir a Gabriela entre sus brazos.  Así que decidió bautizar a la nueva periquita con el nombre de Gabriela.

Durante cinco días observó detenidamente las evoluciones de la pareja.  Boabdil había asumido ciertas costumbres que le recordaban sus propios actos: comer despacio saboreando el alimento, sorbitos de agua cada dos bocados, cabezadita después de las comidas...  Y Gabriela, la periquita, se acurrucaba en ocasiones en una esquinita de la jaula, como Gabriela, la vecina, se acurrucó entre sus brazos.  Boabdil cantaba como de costumbre.

Aquel domingo, la sorpresa para Gabriela fue saber que la nueva periquita se llamaba Gabriela.  Radió de ilusión y sugirió celebrarlo con una espléndida merienda.  La fiesta fue tan distendida que concluyó haciendo el amor con Osvaldo.

Al día siguiente, Osvaldo apareció muerto en la cama.

La madre de Gabriela pidió permiso a los policías para retirar a los periquitos, que eran suyos y los guardaba el vecino por casualidad. 

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