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Molintonia

El regreso

Por un precio módico, un bocadillo de calamares me llamaba justito, justito desde la entrada al Tubo.  Tenía prisa, pero cómo negarme al olorcillo que llegaba hasta el Banco Zaragozano.  Casi tropiezo con una señora que se apeaba de un autobús del 22,  Las Fuentes–Gómez Laguna.  Se hizo la enfadada jocosamente:

–A ver, maño, si lo bien que ahora voy en el autobús, me lo chafas tú andando tan despistao.  Anda, majo, ten más cuidao que casi me escachas el pie.

Y realmente, caminaba despistado, como si tuviera un espíritu burlón detrás de mí que me borrara de la mente las prioridades y me estuviera empujando hacia otro destino.

En la esquina, con su eterna silla de madera, plegable con asiento barrado, el ciego gritaba en un mensaje de autómata cariñoso:

–¡¡Iguales!! ¡¡Para hoy!! ¡¡Iguales para hoy!! ¡Iguales! ¡Para hoy! ¡Iguales para hoy!

Y parecía que tenía dos bocas para hablar, porque entre anuncio y anuncio le daba para conversar con la cigarrera de su vera, que a su frente tendía la mesita con Pall Mall, Benson, Chesterfield... (de contrabando).

Doblé la esquina y me llamó la atención una cara conocida que perdía la mirada a través del cristal de la cafetería de Las Vegas II.  Podría ser...  No, era imposible.  Ella fue así hace treinta años... y tan lejos de aquí...  No, no era Nelly.

Entré al primer bar de la calle, pero me salí al momento, porque nada más girar había visto al fondo, algo en alto, un par de obreros que trabajaban en una fachada.  Me fijé a fondo.  ¡No, no podía ser!.  Estaban desmontando el cartel de El Plata.  Volviendo a entrar, le pregunté al camarero:

–Sí, hombre.  Dicen que lo cierran por vacaciones, pero la verdad es que no hay “pelas”.  Yo creo que no lo abrirán.  Qué pena.  ¡Con lo buena que está la Mary de Lis!

Pedí el bocadillo con los calamares recién hechitos y me pareció que los bichos revivían, porque mi estómago hervía de nostalgia sin saber la causa.  El chato de clarete me alivió.

La prisa era por mi hermana, claro.  Se le había ocurrido que fuera a su casa para que sus vecinas me conocieran.  Esto de estar soltero hay veces que no conviene.

Pilar –mi hermana– vive en el Actur, un nombre que nadie sabe bien de dónde viene.  Es algo así como la abreviatura de un plan de viviendas que Sáinz de Varanda trajo para la ciudad.  El barrio se hizo mundialmente famoso por los gitanos y el Papa, es decir, echaron a los gitanos porque venía el Papa y el buen hombre no iba a ver pobreza, naturalmente.  Ellos ganaron, que les dieron casa gratis, con el descontento de mi hermana, que ella estaba pagando el piso religiosamente y con mucho esfuerzo, y éstos, ya ves, por su cara bonita, ahí lo tienen.

En vista de las pocas ganas que tenía de conocer a las vecinas soltericas, decidí irme caminando poquito a poco.

¡Qué precioso estaba el Tubo!  Aceras nuevas, empedrado liso para las calles que permitían la circulación de coches, fachadas remozadas y ambiente festivo, incluso luminoso por su parte más centrada, con bares repletos de juventud, unos de tapeo y otros con música a rabiar que agredía cuando la puerta se entornaba.

Ya en la calle Alfonso, me di cuenta de que La Casa Blanca seguía blanca, pero más pequeñica, y aún tenía en el escaparate trajes de marinero como el que fue mío, luego de mi primo y al final pantalón corto para todo trote de su hermano el pequeño.

¡Ah, el Ciclón!  Igualico, pero más anciano.  En lugar de triciclos y soldadicos, ahora enseñaban coches para infantes con motor eléctrico y cambio de marchas, muñecas estilizadas y juegos electrónicos.  ¡Ah!, los disfraces seguían en la esquina: el Zorro, D’Artagnan, la muleta de El Cordobés...

Por delante de la Cafetería Santiago olía a chocolate con churros.

¡Dios mío, ¿qué le han hecho?  La plaza del Pilar enterica... sin coches, ni calles, ni árboles... enterica y peladica... como cien campos de fútbol... y de porterías un cubo de baldosicas que tapa medio La Seo y una fuente espectacular que sólo deja ver la torre de San Juan de los Panetes.  ¡Tomá!  Si también está la pelota: penalty contra los Juzgados.  ¡Qué cambiazo!   ¡Ah, pero la Virgencica está lo mismo, con ese retablo de don Pablo Serrano que es la mayor bendición haya coches, árboles, o no los haya.   Y están las palomicas...  y los gitanicos vendiendo maíz... y el vendedor de papeletas de oblea...  ¡Ufff!, menos mal.

Me santigüé y pedí perdón a mi Virgencica por no saludarla desde dentro... pero mi hermana es mi hermana... y sus vecinas son sus vecinas.

Me salí a la Ronda, y me sorprendieron unas farolas sicodélicas que miraban a las torres del Pilar con varios ojos brillantes, arqueadas hacia atrás.

Volví a sentir ese cierzo que te araña cuando cruzas el Ebro y, allá, a la izquierda, descubrí un puente nuevo, y, allá, a la derecha, el puente de Piedra aparecía rejuvenecido, con pretil de piedra, faroletes de antorcha y dos leones altísimos que ejercían su labor de guardia mirando a la Lonja.    Pero... ¿y el puente de Hierro?  Le han puesto babero...  Jolín, jolín, ¡qué fácil quedaría ahora llegarnos hasta la Estación del Norte!

Viendo desde la baranda cómo remeros y piragüistas le pinchaban los ojos al puente de Santiago, me fui acercando a Helios descubriendo que la avenida de los Pirineos ya no envidiaba al pedazo inmenso de la 9 de Julio.. y andandito, andandito, me planté en lo que me dijeron era el Actur.  Desde luego que ahora nadie podrá quejarse de planificación urbana.  ¡Qué buen ejemplo de calles, avenidas y parques!  Sólo le faltaba la hierba para parecer el diseño porteño.

Y allí, por fin, vi el edificio azul y blanco, el "Ducados", por aquello del paquete de tabaco negro, en cuyo seno, sexto hache, moraba mi querida hermana, y sus vecinas, en los otros agujericos de la colmena.

–¡Querido, qué bien que llegaste!  Qué novieta te tengo preparada.  Yo no la he visto, pero voy a acertar, que te lo digo yo.  Espera, espera, que llamo a la Asun y te la trae.  Es una prima, de fuera, de por tus tierras, ¿sabes?  De por Julujuy o algo así.  ¡Hala, a ver si te casas, que con ésta no extrañarás tus américas!

No hubo más saludo.  Directo al grano, como se requiere en estos asuntos de casamentería.

–¡Aaaasuuuun!  ¡que ya está aquí mi hermano!  Vente con tu prima.

Y llegó la Asun, y llegó la prima.

–Pero... Bernardo... Bernardo, sos vos...  pibe, ¿acá, quién me lo iba a desir?

Nelly había sido mi primera novia en Buenos Aires.

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