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Molintonia

El emigrante

Cuando la sirena del barco dio el aviso de partida, no podía imaginar que, al cabo de los años, aquellas imágenes de la despedida se iban a clavar en mi corazón con tanta ternura.  Elevando la vista por encima de la proa, el mar se abría sin obstáculo para brindar su senda rumbo a la victoria del destino, y atrás quedaban recuerdos que bajo la cubierta se ocultaban en el equipaje de la esperanza.

Las promesas de un mundo distinto se habían inmiscuido en mi alma como una reacción en cadena, y su onda expansiva no dejaba sitio para que otras inquietudes alcanzaran un lugar.  Pudo llamarse Nueva Inglaterra, Australia, Cuba, Guayana, Júpiter, Luna o Indonesia, cualquier nombre que significara un salto en largo para perderme en ilusiones.  Ver a Evita encendida y a Perón enérgico y dominante logró que aquel marco en blanco se llenara con unas letras plateadas: Argentina.  Y todo el empuje de la juventud se volcó hacia el Atlántico envuelto en sueños de un futuro dorado.

Miles de pañuelos ondearon entre los dedos temblorosos y sirvieron para enjugar lágrimas.  Alguno de los cientos ilusionados hizo mención de lanzarse a tierra, pero pudo más el estómago vacío y el ansia de aventura hacia el triunfo en el país desconocido.  La sirena dio dos avisos y el barco buscó el espacio al infinito entre los espigones.

Mientras las aguas grandes nos acariciaban o nos agredían, mientras la luna llena nos sonreía o nos lanzaba su ceño irónico, los días y las noches se turnaban para llevarnos al sueño de la gloria o a la nostalgia de las raíces.

...

¡El río!  ¡Entramos en el río!  Y las miradas se hicieron una hacia el horizonte sin entender dónde el agua dulce se convertía en salada.  Los corazones latieron con prisa queriendo dar impulso al barco para acelerar su llegada en ese día de inquietud que pudo parecer un siglo.

En los galpones del puerto unos pugnaron por hacerse con un lugar preferencial; otros, obnubilados por la incertidumbre, se escondieron detrás de las columnas o se apartaron por las esquinas.  Los patrones que buscaban mano de obra nos escudriñaban desde el patio como quien revisa una partida de ganado.  Pero la apuesta estaba hecha y el cielo de Buenos Aires aparecía como el paraíso a nuestros pies.

Hoy, cuarenta y cinco años más tarde, con los bolsillos más o menos repletos y una vida guiada por las promesas, los corazones de aquellos millones repartimos nuestro cariño, nunca entero, entre las aguas del río que nos dio su bienvenida y aquellos pañuelos que nos dijeron adiós con un mensaje repleto de esperanza.

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