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Molintonia

Niñas con abrigo

La niña del abrigo gris, la que juega con la muñeca, le recuerda a Sofía, que cerró los ojos cuando le pidió un beso y, antes de que se rozaran los labios, la chica salió corriendo para contarlo a voz en grito por todo el patio del colegio.

La niña del abrigo verde, la que juega ahora con su amiga en la arena, le recuerda a otra niña que le negó ese beso cien veces hasta que una noche de invierno se lo dio con lengua inquieta como regalo por su santo.

La niña del abrigo azul, la que reniega sin parar, le recuerda a la mujer mayor que le enseñaba los pechos desde la ventana de enfrente y  que, cuando le tocó el timbre, recibió un pescozón antes de oír una carcajada siniestra.

Las niñas, que le abren su memoria como si fuera un melón para encontrar por ahí adentro, rehogándose en las pepitas, esos ligeros cuencos de imágenes donde dejaría reposar sus misterios si alguna vez se dejaran enganchar.

Tiene miedo, en ocasiones, tiene miedo porque si el abrigo es rojo, el melón se convierte en mariposa y se le lleva en el polvo de sus alas algunas de las sensaciones que esperaba repetir y repetir, saborearlas, ponerse sus pelos de punta, disfrutar de los escalofríos o de un vértigo en las tripas. Desde hace varios meses, se le van y se le vienen y, cuando llegan, las quiere atrapar para que permanezcan más rato, ¡leche!, que uno también tiene derecho a las cosas ricas de la vida.

Sus nietos se han ido de viaje, a esquiar.  Su hijo le ha dejado comida preparada porque el matrimonio se ha ido a buscarlos, nada, ida y vuelta en el día, pero como hace sol, después de tantos días con frío, ha salido a dar este paseo, se ha fatigado por la falta de práctica –él, que siempre fue un andarín incansable–, y ahora se le ve sentadico en el banco, muy recta la espalda, el estómago encogido, las piernas juntas, en ángulo recto, cualquiera diría que es una de esas estatuas de bronce que se ponen por ahí sueltas para sorprender a la gente.  ¡Qué abiertos tiene los ojos!

Ya sin sol, pronto porque es invierno, se pone a caminar hacia casa.  Llega hacia una esquina, pero prefiere darse la vuelta, quizá para ir por el otro lado, que hay más anchura en las aceras.  Mira el reloj de una farmacia, que cambia de hora a fecha, de fecha a hora, y sonríe porque mañana es su cumpleaños, creo que es por eso, y ya no tiene los ojos tan abiertos, camina más deprisa, y sus brazos han dejado el regazo para ir bandeándolos, igual que si se lanzara a una de aquellas caminatas largas por el Pirineo que le daban cientos de puntos en su carnet de la Federación Aragonesa de Montañismo.

No tardarán en llegar los chicos.

Camina despacio hacia casa, parece que le cuesta más que antes, va y viene por la avenida, sube y baja la mirada, sube y baja por la acera, se le nota indeciso, con un poquico de miedo, desorientado, pero ya, sí, ha leído el nombre de la calle, agacha la cabeza y marca un rumbo seguro.

Mete la llave en la cerradura, algo dura va,  y ahí que la retuerce dos veces y se le abre lentamente la puerta trayéndole un olor muy raro.

Busca a la izquierda el interruptor de la luz y le cuesta encontrarlo porque parece que no está en el mismo sitio.  Lo pulsa.  Unos focos le sacuden.  Estaba todo tan oscuro y de golpe tanta luz.  Mira la cómoda, siempre lo hace al entrar porque le reciben así las fotos de sus nietos, de su hijo, de su nuera.   Pero ¡alguien las ha cambiado, qué ocurre, se las han quitado, quiénes son esos!

Llega corriendo su hijo, agitado, diciéndole que qué susto, que no estabas en casa, que te habíamos dicho que no salieras, que a ver si te quitas esa llave del llavero, que se va a enfadar tu inquilina, que ya no vives aquí, papá, anda, ven, vamos a casa, que te has vuelto a despistar, y deja ese abrigo rojo en la percha, que no es tuyo.

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