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Molintonia

Don José Jesús, el paternalista mandón

Por así decir, mi primer jefecillo se llamaba Senén.  Era un ordenanza calvo y refunfuñón que me mandó mientras fui botones, cuando entré a la empresa con catorce años.  Lo tuve como tal hasta que pasé a la escala administrativa, y poco puedo hablar de él, porque lo veía los sábados nada más.  Mi servicio se prestaba como “traedor de sobres y papeles” en otro edificio y me iban dando las órdenes los oficiales administrativos, de una forma tan simple como “lleva esto allí” o “ve a buscarme el informe tal allá”.

Ya como auxiliar administrativo, con 18 años recién cumplidos,  después de unas peripecias cobrando de piso en piso que prefiero no relatar, pasé al área de Contabilidad, cuyo jefe se llamaba José (éste sí que era jefe jefe).  En realidad, el nombre completo era José Jesús, pero el hombre siempre decía que ya estaba bien con un nombre bíblico y que no aspiraba a ser santo ni descendiente del Hijo del Hombre porque para nada su madre se llamaba María Magdalena.  Iba siempre a misa, aunque sólo para acompañar, decía, a su mujer, quien le tachaba de hereje por dar pábulo a esas tergiversaciones del demonio sobre la verdadera Historia Sagrada, pero le perdonaba los fuegos del infierno por el sustancioso sobre que llevaba a casa todos los meses y otras cualidades que relataré más adelante.   Tendría entonces unos sesenta años, mucho pelo gris y algo rizado, contra lo cual todas las mañanas debía presentar batalla y así aparecer por la oficina con la cabellera estirada hacia atrás, tirante, pero con caracoles que haciendo caso a su condición dejaban algo de baba por su medio ambiente, el cogote (¿o sería exceso de brillantina?).

El día que me incorporé con él, me recibió a las 8 de la mañana, en su despacho acristalado.  Sobre su mesa yacía con vida propia el periódico matutino –a la sazón, La Hoja del Lunes–, abierto por la sección de deportes.  Antes de saludarme, me miró por encima de sus gafas antipresbicia sin levantar la cabeza y apretando los lóbulos de la frente formados por arrugas tan profundas que parecían unos glúteos peraltados.  Terminó de leer el artículo que hablaba del partido dominical, cerró las páginas con un suspiro como diciendo: “¡Qué remedio me queda que atender a este pendejo!”.  Siempre me llamó pendejo, como copia y arrastre de la usual palabra en Argentina incluida en el vocabulario habitual de su primo, que era indiano y solía venir de visita de año en año, acontecimiento que don José se encargaba de publicitar dándose aires de importancia.

Mientras leía la contraportada, mi nuevo jefe me iba explicando características propias del departamento y del cometido que me iba a tocar desempeñar: sentarme al lado de Mariano Carrillo Lostao para aprender a realizar los apuntes en un libraco gordo que parecía uno de los colocados en los atriles del coro de la catedral.

Se levantó, por fin se levantó, mientras se quitaba las gafas para tirarlas encima de La Hoja del Lunes y gritaba con énfasis militar: “¡Mariano!”.  El tal Mariano emitió unos sonidos guturales que informaban de su proceso de estiramiento hacia la realidad, proveniente de algún mundo onírico o extraterrestre.  Cuando mi oficial administrativo se encontraba al lado de la silla, en la cual se sentaba ahora con la espalda bien recta, don José intervino:

–Mariano, cójase a este chico, que se llama Trevijano, Alberto, (así fue, lo juro, primero el apellido y luego el nombre) y me lo pone a practicar la buena letra para los apuntes en el Diario, ¿entendido?

–Sí, don José –bufó Mariano con los ojos aún medio cerrados, los hombros laxos y los brazos caídos casi hasta el suelo.

–Pues, hala, no se hable más, que el tiempo es oro.

Don José nos despidió con un amable gesto: estiró el brazo, palma de la mano hacia abajo con los dedos prietos y movimiento ascendente y descendente de la misma chirriando sobre la muñeca.

De inmediato volvió a la página de deportes.

Dudo si tengo que considerar a Mariano como jefe, pero creo que no…  no, no, mi jefe fue don José.  Mariano hizo de profesor por un par de meses, durante los cuales dormitaba mientras yo copiaba sus notas en el Libro Diario, con diferentes tintas y letra redondilla.  Él lo revisaba y se lo pasaba a Ramiro, encargado del Libro Mayor.  Después de esos dos meses, me tocó calculadora de pedal para cuadrar los Balances… y eso ya lo hice solo, que don José empezó a confiar en mí porque dijo que “era un chico muy espabilao”.  Eso ocasionó envidias y adhesiones a partes iguales entre mis doce compañeros.  Adhesiones entre quienes no querían o no tenían nada que rascar en el escalafón; envidias entre aquellos que se colocaban en el disparadero para ocupar la próxima vacante que dejaría Rufino con su jubilación, dentro de siete años, vacante de Subjefe.  Don José ya había hecho expresión de que no se jubilaría hasta los setenta y cinco.  Así que el primer corrimiento se esperaba con la salida de Rufino, quien era de Sabiñánigo, un pueblo del Pirineo, y estaba esperando ansioso el salto al cuerpo de pasivos para regresar a su terruño.

Don José sólo fumaba en la oficina.  Nosotros (sus empleados) suponíamos que era un fumador compulsivo cuya dependencia le arrastraba a encender esos treinta o más cigarrillos que apuraba antes de terminar la jornada y que se convertirían en más del doble al final del día.  Nada más lejos de la realidad.  Su mujer, Margarita, no le permitía fumar en casa porque el tabaco reseca la piel y don José, como un obediente faldero, que no como un responsable objetor ante la salud propia y la de los demás (no se lo digan a nadie, pero yo también fumo, aunque con estas presiones me está empezando a dar vergüenza decirlo… y terminaré por rebelarme con alguna huelga o manifestación particular),  no daba ni una calada en su casa.  Que sí, que dejaba de mandar en cuanto pasaba el umbral y se volvía de carácter sumiso, incluso rastrero, hasta el punto, tal como nos narraba el compañero Falete Miranda, de poderlo imaginar vestido de chacha con minifalda, las nalgas al aire, arrodillado ante doña Margarita, que llevaría una pequeña fusta para obligarle a… (lo que fuera), orden que el hombre acataría con placer, mucho placer.

No sé si don José sería en su casa dominante o sumiso.  Puedo informar, para que algún psicólogo me lo califique de alguna manera, que no le importaba airear determinadas conductas de su vida, esencialmente sexuales, como….

–¡¡¡Oeeee!!!! (imagine este sonido parecido a lo que debería ser un ¡oye!, pronunciado con una voz casi ronca, muy grave, con actitud arrogante, haciendo corta y seca la o y alargando la e al gusto).  Yo, el día de mi noche de bodas, siete polvos que le eché a la Margarita, siete sin sacarla, y tan ricamente que nos quedamos los dos, frescos como una lechuga.

–¡¡¡Oeeee!!!, antes de casarme, si se me ponía la cosa en marcha, le decía a Cortés (el anterior jefe) que salía para hacer una gestión en el banco, o lo que fuera, y me iba a las gachises del Tubo, a un piso en la calle Mártires, y dos veces que tenía que descargar con aquellas tías buenas que tenía la Puri.

Naturalmente, estas expresiones eran lanzadas sólo con presencia masculina.  En confianza entre usted y yo, le cuento, amigo lector, que Jaime, otro de nuestros compañeros era homosexual encubierto, que se supo años más tarde y, como estaba enamoradísimo de don José por eso de la erótica del poder, se excitaba con esas historias tan salvajes, imaginando “en posición” a nuestro jefe.  Si se hubiera enterado el hombre, igual comete alguna fechoría contra los bajos de Jaime, porque…

–¡¡¡Oeeee!!!  Yo, a los maricones, un cepillo del pelo le metía por detrás, pero bien metido y no por el mango precisamente, a ver si esa rascada les dejaba el conducto tan picoteao que no pedían más acción sodomita.   Hay que ver qué vicios tiene alguna gente.  Es inmoral, es que es inmoral.

También hacía apología de supuestas habilidades juveniles en juegos o deportes.  Algunas veces jugábamos a las cartas, al guiñote normalmente, cuando íbamos de cena o excursión del departamento, y se ponía el cigarro encendido entre los labios, dejando que el humo le ocultara (y le perjudicara) la mirada, a modo de tahúr, y siempre contaba esa misma historia en la que pudo ganarle una mano de póker al mejor especialista de España, con varios miles de pesetas sobre la mesa, y que tuvo que plantarle cara con dos cojones porque le acusó de tramposo.  No me lo creo.  Quizá sea verdad lo de los siete, según cuenta un compañero de la empresa con quien compartió juergas juveniles, porque parece ser que por don José fluían muchas hormonas, pero lo de las cartas… no, que no lo veo retando a nadie que no sea empleado suyo…

Había estudiado el peritaje mercantil, lo que hoy sería equivalente a una Formación Profesional Administrativa de Grado Medio, pero en su época estos títulos, los peritajes, eran muy valorados porque estudiaba poca gente más allá de la Primaria, menos aún terminaban el Bachillerato Elemental (hasta los 14 años) y era entonces cuando, a partir de haber aprobado su Reválida, se podían seguir unos estudios que con los años se convirtieron en titulaciones medias universitarias.  Don José hablaba con grandes parabienes de sus aventuras en la Escuela de Comercio de la plaza de José Antonio (Primo de Rivera, por supuesto, hoy llamada de Los Sitios) y de cómo le ofrecieron trabajo varios bancos, que él declinó porque tenía muy claro dónde iba a prestar sus servicios.

Creo que ya se aprecia un poco que este mi primer jefe era un “déspota ilustrado”, bastante castrador de iniciativas…

–¡¡¡Oeee, María Pilar, que aquí no se te paga por pensar sino por trabajar!!!  Cállate y dale a la calculadora bien calladita.

…muy sumiso con la autoridad y el orden establecido…

Antes de acudir al despacho del Jefe de la División Administrativa, siempre se iba al baño para peinarse y perfumarse con colonia tipo “Varón Dandy”, se ponía la americana, se encendía un cigarrillo cuya marca era la que también fumaba el directivo a visitar y, cuando regresaba, hablaba a todos un buen rato sobre lo bien que le habían tratado en el tercer piso, atalaya de la alta dirección.  En realidad, había escuchado y había dicho a todo que sí, agachando su cabeza casi hasta chocar con el borde del cristal de la mesa del Jefe de División, incluso con riesgo, convertido una vez en accidente, de abrirse la frente con una brecha ansiosa de manchar los papeles de sangre.

…y nada proclive a favorecer un buen clima en el departamento.

En su despacho acristalado, varias veces por jornada, solía colocarse de pie, con las manos atrás, casi pegada la nariz a la mampara, el cigarrillo caído entre los labios, para que su mirada actuara de prevención represora sobre esas conversaciones que suelen extenderse entre las gentes perezosas que quieren trabajar lo menos posible.

Antes he hablado de que don José no quería jubilarse hasta bien entrado en los setenta, como no podía ser de otra manera, dada su elevada autoestima sobre la gran capacidad física que alentaba su cuerpo serrano.  Si hubiera sido así, habría elegido un “secretario”, dócil empleado, que fuera aprendiendo los secretos del oficio para sustituirlo cuando él tristemente nos abandonara.  Pero hablo en hipótesis según era en aquel tiempo la cultura de la empresa. 

Y puesto que en el asunto de ver la catadura de un jefe es de una información primordial la manera que tiene de tratar el desarrollo y la promoción de sus empleados, contaré el tratamiento que le dio a la provisión de una vacante en su departamento. 

Habría que sustituir a Rufino, el subjefe, dentro de siete años, un número mágico, que en nuestro tiempo es de largo plazo, pero que en aquella época, más inmovilista, aún sin ordenadores ni otros descubrimientos tan revolucionarios, se estimaba que era “a la vuelta de la esquina”.

Don José no se pronunciaba sobre quién elegiría para esa próxima vacante, con un aumento de unas 275 pesetas mensuales, una minucia económica y una fortuna en estatus, pues el puesto daba derecho a mesa separada del resto, a influir en el reparto de días de vacación y a material de escritorio sin controlar su gasto.  En aquel tiempo, ser Subjefe era como ser viceministro, o casi.  Y como el gran jefe don José no abría la boca, cada una de sus acciones era vista como un gesto, un guiño, una señal, una luz de guía para quien la recibía, ya fuera como tropezón o empuje en su carrera.

Estoy seguro de que el hombre disfrutaba llamando a cada uno a su despacho para comentarle cualquier tontería, si con esa acción provocaba una catarata de rumores, dimes y diretes, insultos, adhesiones, odios, amores y sentimientos más “profundos” que no es conveniente fijar por escrito.

Hace unos años se habló del cuaderno azul de José María Aznar como supuesto documento de sucesión…  Mi don José particular usaba impresos usados en lugar de cuaderno, pero siempre se rumoreó que, si después de escribir sobre uno de ellos, lo guardaba en el tercer cajón de su escritorio, ahí estaba anotada alguna cuestión referente a la futura vacante…  Y don José, viendo, sintiendo la expectación creada en el albero, sonreía… unas veces, paternal: otras, diabólico.

No niego que a mí también me interesaba ser el elegido como siguiente Subjefe, y que algunas de mis acciones pudieran ser calificadas de “peloteo y sumisión”, pero tuve que retirarme a mi esquina porque los demás entendieron que aquellas llamadas que el jefe me hacía para hablar de tal o cual asiento, de tal o cual aclaración, estaban incitadas por aciertos o errores míos que sobrepasaban el comportamiento esperado del más jovencito de los administrativos.  Y es que hubo dos excepciones en el silencio profundo de don José sobre las candidaturas.  Las dos excepciones se refirieron a mí, con expresión clara y directa de mi valía profesional delante de todos los compañeros del departamento.  Eso me valió ganar… cinco acérrimos enemigos para toda la vida.

Contaré el desenlace: ocupó el puesto un señor que trajeron de otro departamento, con la categoría consolidada ya hacía cinco años, pero que quería cambiar de trabajo para aprender otras cosas, actitud que todos nosotros vimos mal, pero que muy mal,  “¡qué es eso de quitar un ascenso en otro departamento!”… porque a ninguno de nosotros nos llamarían para ocupar la vacante que el recién llegado dejaba en el área de Asuntos Jurídicos.  El gran jefe sonreía más diabólico todavía.

Una vez, Ramiro, en un acceso de ironía, se le ocurrió llamar Jota Jota a don José.  Ni que hubiera soltado una ventosidad en el despacho…  La autoridad se hizo tan fuerte ante aquella expresión de indisciplina y desacato que volaron las páginas del Reglamento de Régimen Interior en su capítulo de Faltas Muy Graves.  Ramiro ni se atrevió a acudir al Jurado de Empresa, acató la sanción de dos días de empleo y sueldo y pidió perdón públicamente al agraviado.

En cambio, cuando la mujer de Ramiro estuvo ingresada en el hospital Miguel Servet por un problema de pulmón, el propio don José se interesó por su estado, la visitó dos veces, y habló con un conocido suyo que trabajaba de practicante por alguna sección del hospital, para pedirle un trato de cierto favor a la señora.

Y por último, otro rasgo interesante a destacar de don José es su afición a la pintura.  Le gustaba pintar cuadros y acertaba muy bien con las texturas vegetales; por eso tiene muy buenos paisajes, pero mediocres cuadros figurativos.  Cuando me compré piso, me regaló una copia de Palmero, donde las mujeres aparecían con rostros cadavéricos, pero los puestos de flores en una calle de París refulgían de una manera absolutamente veraz.

Don José debió haberse jubilado, según su previsión, allá por 1995, año en el que cumpliría los setenta y cinco años, pero en realidad le tocó mucho antes porque aplicaron en la empresa un plan “obligatorio” de prejubilaciones, y el 31 de diciembre de 1984, con aún 64 años de edad, pasó a la reserva.  Probablemente la pena le hizo fallecer justo un año después.

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