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Molintonia

Michel Delettre, el inseguro

Las empresas quieren ser, bonito ideal, ajenas a componendas políticas, y a veces lo consiguen: no recomiendan el voto a ningún partido… pero gran parte de sus actuaciones internas se tiñen de las corruptelas y nepotismos propios de los avatares políticos.  Cuando me dijeron que iba a ser subordinado de Michel Delettre, de inmediato pensé en quién lo apadrinaba, puesto que el chico traía corta experiencia, y en el año que llevaba en la empresa se había ganado fama de hipócrita.

Voy a intentar contar esta historia apartando el despecho que me produjo su nombramiento, no porque aspirara yo a ese puesto, que también, sino por cómo se produjo esa designación, a dedo, exclusivamente con base en el parentesco político con un directivo francés de Francia, y por las heridas que me dejó.  Lo voy a intentar, pero creo que no lo voy a conseguir.

Michel era inteligente, más de lo aparentado y menos de lo que él se creía.  Su aspecto físico, de estatura baja, cabello castaño claro, algunos kilitos de más alojados en la barriga, no generaba atracción, ni fu ni fa.  Ahora bien, los espejos, o cristales, sobre todo los traslúcidos, abundantes en el mobiliario de la empresa, se convertían en la devolución de una imagen suya figurada con olor y sabor al canon de belleza griega (qué creído era).  No dejaba de mirarse, y mirarse, y mirarse, y atusarse el flequillo, ajustarse la corbata o esconder el michelín.

Realmente, antes de conocerlo personalmente como miembro de su equipo, no podía intuir ni las cortas virtudes ni los largos defectos que atesoraba en su interior.  Me habían llegado noticias de su procedencia (para fruncir el ceño) y de su amabilidad, educación y respeto, así como de su amplia formación y experiencia como consultor de empresas en Francia.  Cuando se casó, su suegro, deseoso de que pasara más horas con su hija (no sé para qué), le otorgó un puesto bien remunerado en la empresa en la cual ejercía como consejero, o sea, la asociada con la nuestra para gestionar la sucursal argentina.  La hija, admiradora de Evita, pidió a su padre el destino a las orillas del Río de la Plata. 

Una compañera, y casi amiga, Viviana, que rondó con él los primeros meses, no sé si hasta el punto de visitar un albergue transitorio, también llamado “telo” en la jerga porteña (es un hotel que alquila habitaciones por horas y ofrece servicios amplios y discretos para disfrutar del amor –y placer– oculto), me advirtió misteriosamente de la siguiente manera:

–No sabes lo que vas a encontrarte con él, Alberto. Una delicia de hombre arrastrando un remolque cargado de complejos que, a cada frenazo en la marcha, su marcha, lo traspasan, lo inundan, lo maltratan.

Y con tono picarón continuó:

–Tendrás que aprender a gozar con él, porque va a joderte bastante a menudo, así que relájate y disfruta.

No me atreví a preguntarle si ella había hecho lo mismo, pero deduje que no, que era uno de esos consejos que das con fundamento, aunque no has sabido aplicarlo en el caso que recomiendas.

El primer contacto me cautivó.  Sí, me cautivó y me hizo dudar sobre mis prevenciones respecto al origen de este nuevo jefe.  Mantuvo una conversación divertida, interesada en mis intereses, humilde, alejada de vanidades y centrada en mi persona y en mi trabajo.  Le escuché algo obnubilado porque me desmontó todas las expectativas que traía.  Marcó directrices conjugadas con la teoría más avanzada de gestión de las personas, ofreciéndome autonomía, apoyo, seguimiento, disponibilidad… “¡Qué maravilla!”, pensé, “si hasta es probable que haya encontrado un nuevo Rossenfeld”.  No quise apreciar aún esas posturitas de niño modelo de alta costura mientras se miraba en el cristal traslúcido que separaba su despacho del pasillo.  No quise apreciar el falso brillo en los ojitos cada vez que me ofrecía un halago.  No quise apreciar ese destello de soberbia cuando me hablaba de sus estudios en el INSEAD (luego me enteré que iba bien avalado por su suegro, porque si no es así no llega ni a atravesar el portal de esa prestigiosa Escuela de Negocios)…  Fue tal su encanto que me sedujo.

Y me acerqué por los dominios de Viviana para hacerle notar las grandes esperanzas que me había transmitido Michel con esa conversación.

Viviana me miraba sonriente, maternal al principio, maliciosa in crescendo, mientras escuchaba mi relato que intentaba rebatir aquellas advertencias suyas:

Sólo me contestó con una frase:

–Recibiste la sesión de vaselina…

Por acto reflejo, apreté las nalgas.  Guardé silencio porque la prudencia me había enseñado que todavía estaba yo muy verde para acertar en el juicio a las personas después de una sola conversación.  Al darme la vuelta dejando atrás a Viviana, oí una leve carcajada.  ¿Sería por mi ingenuidad?

Llevaba varios meses trabajando con mi equipo en unas propuestas de mejora.  Afectaban a procesos poco tangibles en la empresa, tales como desarrollo de estrategias y mentalización para la calidad.  Estimé que era oportuno presentárselos a Michel, ya que si contaba con su ascendiente sobre sus compatriotas, sería más fácil que se implantaran.

Me escuchó con atención, me hizo comentarios interesantes y motivadores, y quedamos en proponer una fecha antes de quince días para revisarlo de nuevo, antes de presentárselo al Director General.

Pasaban los días y nada… sin convocatoria al efecto.  Lo pilllé por el pasillo y se lo recordé: evasivas con sonrisas.  Aproveché una visita en su despacho para otros temas más operativos: larga cambiada mirando al tendido.  En una reunión multitudinaria, le provoqué para que fijara esa fecha, teniendo en cuenta que allí se hablaba de que otros departamentos iniciaban esas aplicaciones a modo de reingeniería: perorata de alabanza sobre mis capacidades creativas… y nada más.

Tardé varias semanas en volver a tratar estos asuntos.  Mientras tanto, avanzamos en las elaboraciones de los presupuestos en una buena sintonía, manejando los mismos conceptos de gestión, coincidiendo en modelos y formas de exposición…  Hicimos un buen trabajo en equipo durante la temporada típica de propuestas, negociaciones y correcciones para fijar las pautas económicas del año siguiente.

Michel lanzaba un discurso de buen jefe.  Pretendía planificar todas las actividades, hacer seguimientos semanales, estar al tanto de las dificultades y sobre todo de los avances.  Sus conversaciones informales en los ratos de descanso siempre giraban en torno a temas que me parecían algo insulsos, poco profundos, ni siquiera referidos a la actualidad política o social, sólo de algún dato económico, del partido Boca–River, o del papel de Francia en las eliminatorias del Mundial.  Intenté a veces forzar una charla sobre temas que me parecían interesantes: una exposición en el Palacio de Cristal, una ópera en el Teatro Colón, Borges y su nueva esposa… y siempre evadía avanzar más allá de dos o tres frases con comentarios banales.  En cambio, sus buenas dotes comunicativas, su vocabulario, su análisis de aspectos de la empresa me hacían ver que detrás de esas evitaciones se escondía una persona con buena capacidad de juicio.

Viviana me preguntaba habitualmente:

–¡Qué, ¿cómo te va con el gabacho?!

Siempre le enviaba una mirada reprochadora porque no me gustaba ese apelativo, pero con el tiempo terminó gustándome, sobre todo aplicado a Michel.

En una de aquellas interpelaciones, le expliqué por encima el asunto de las propuestas de mejora, que estaba ahí parado, que me parecían alternativas muy válidas, que no comprendía cómo él no había visto su alcance…

–Estoy segura de que sólo vio cómo podías brillar si exponías esas ideas antes los grandes jefes… y a él no le gustan las sombras.

–Pero ¿y cómo sabe él que yo querría exponerlas?  ¿Podría perfectamente hacerlo Michel y le acompañaríamos alguien del equipo?

–No entendés nada, pendejo.  Michel sólo se siente seguro con lo concreto, lo pegado al suelo, le tiemblan las piernas sólo de tener que explicar ideas y no números, pero será incapaz de reconocerlo, y por supuesto no va a reconocértelo a vos.

Nos interrumpieron la conversación.

Me llevé una sensación agria de aquellas palabras.  No sentía así a mi jefe francés, ni mucho menos.  Al contrario, estaba seguro de que apoyaría cualquier propuesta que resultara aprovechable para la empresa y que hiciera destacar el trabajo del equipo.

Tomé unos días de vacaciones para visitar Península Valdés, con sus ballenas amigables y sus promiscuos elefantes marinos.

Al segundo día de mi regreso, Viviana, tras las preguntas y contestaciones obligadas por mi viaje…

–Por cierto, tu jefe quedó genial con la presentación de los presupuestos.  Le alabó todo el mundo.

–¿La presentación?  Si está prevista para pasado mañana.  Precisamente estoy repasándola ahora.

–Pérdida de tiempo.  Tu jefe adelantó la fecha porque quería ser el primero en presentar, tal como hizo notar en la exposición, “teniendo en cuenta las necesidades de fijar recursos compartidos con otras áreas”.

–Si esa frase se la dije yo…  ¡Este tío es un cabrón!

–Cariñosamente, aquí decimos hijo de puta, pero el pibe no es argentino, sino francés, así que a saber cómo le llamarán en su país.

–Pero no puede ser –aún no me lo creía.

–Es, es… y más vale que te avivés, porque fue la primera, pero no será la única.  Aprovechará la vaselina para deslizarse por los lugares que menos te gusten sin que te des cuenta de que te está jodiendo.

Me sujeté el enfado con la todavía confianza en que no podía ser así, ya no por ingenuidad, sino por conclusión a mis observaciones sobre sus comportamientos… ¿o no eran comportamientos?  ¿No eran sólo palabras?

Entré sin llamar a su despacho.  De inmediato, me saludó amablemente y me pidió que me sentara.  Recordé que, a pesar de estas formas suaves, no se había interesado por mi viaje.  Le pregunté por los presupuestos,

–Terminados, mon ami.  Los terminamos rápidamente gracias a tus aportes.  Fueron geniales tus aportes y te transmito las felicitaciones del Directeur Genèrale.  Me dijo personalmente que habíamos trabajado muy bien y yo, claro, le hablé de ti.

–¿Qué le dijiste de mí?

–La valía de tu ayuda en la confección de los presupuestos.

–¿Ayuda?  ¿No crees que algo más?

Michel se asustó, balbuceó, no supo cómo contestarme a esa pregunta retórica.

Fui comedido.

–Te ruego que no le hables de mí al Directeur Generale –lo pronuncié como si lo leyera en castellano–.  Nada, no le digas nada.

Di media vuelta y, sin despedirme, salí del despacho.

Desde aquel momento, la agradable relación del principio se volvió fría y distante, basada exclusivamente en la mínima obligatoria por la jerarquía laboral. Michel siguió sonriéndome como de costumbre, pero volvió a aprovecharse varias veces del esfuerzo de mi equipo para conseguir rédito personal ante sus colegas franceses.

Nunca volvimos a tratar de aquellos asuntos de mejora en los procesos, así que se los presenté por mi cuenta y riesgo al Benemérito, que los acogió con interés y me pidió que los guardara en un cajón hasta que corrieran nuevos tiempo.  ¡Anda!, que no era político también.  Pero tuve que darle la razón, a pesar del enfado inicial: a los pocos meses, Monsieur Delettre era devuelto a Francia, a un departamento en Marsella.  Se marchó sin despedirse de mí, y creo que de ningún español, de pocos argentinos, y sólo de los franceses de su Consulado.

Antes de llegar a este punto de la historia, tuve que soportar la entrevista de la Evaluación del Desempeño.

Sinceramente, no pensé que se atrevería a convocarme, así que no la preparé, esperando encontrarme en la nómina un pago variable en término medio.  Pero sí me llamó, a través de su secretaria, para “tratar unos asuntos profesionales”, me dijo ella, antes de convocarme para dentro de una hora.

Inmerso en la actividad habitual, ni se me ocurrió qué podía querer mi jefe francés.

En pose de frialdad, le lancé:

–Buenos días.  Me has llamado.

Sonrió largamente, sin levantarse de la silla, con una mueca fingida que le hacía alargar la boca incluso más allá de las orejas.  Se me antojó una visión ridícula

–Mon ami Alberto –por cierto, no tenía deje francés, sólo lo usaba en algunas situaciones queriendo forzar su actitud pretendidamente simpática, que se convertía en patética–. Comment ça va?

–Bien –le contesté secamente, y me senté sin esperar a que me lo ofreciera, tal como ya había hecho en las pocas ocasiones que entraba a su despacho desde el episodio de la presentación de los presupuestos.

Michel estaba nervioso, muy nervioso, y en cierta manera comencé a sentir pena por él, porque ese rol le quedaba grande y no era el único responsable de su equivocada posición.

–No, no, mon chèrie.  Venez par là –y me señaló la mesa redonda situada a un costado de su despacho.

Una vez sentados, sacó los impresos de la evaluación y comenzó una perorata más o menos de esta guisa:

–Estamos en la época de la Evaluación de Desempeño, lo que a mí me gusta hacer con tranquilidad y en buen ambiente laboral, sobre todo con colaboradores tan brillantes como tú, amigo Alberto.  Este año que hemos pasado juntos me ha hecho valorar muchas de tus cualidades y he sabido apreciar cómo has contribuido a crear valor para la empresa.  Te tengo en mucha estima personal y profesional, así que he decidido presentarte una propuesta de desarrollo que he basado en los aspectos a evaluar.

Erguí todavía más si cabe mi espalda, como si quisiera tensarla para que rebotara  algún asalto a traición, y me mordí la lengua porque también había tomado una decisión antes de comenzar la entrevista: no iba a emitir una sola palabra que no fuera de cortesía.

Casi me evadí del instante.  Recuerdo palabras flotantes en mi memoria que hablaban de unas zalamerías angustiosas.  Máximas calificaciones para la mayoría de los aspectos, con comentarios elogiosos que me hacían sentir tanto pudor como vergüenza al entender su verdadera intención: que siguiera siendo ese buen profesional que le sacara las castañas del fuego con brillantez.

No sabía cómo reaccionar.  Su tono era afable, incluso cálido, y no parecía interpretar un papel.  Sus palabras sonaban cálidas y sinceras, además me halagaba con unas ponderaciones que me podrían producir sonrojo si las escuchara de otra persona.  En un momento determinado, me pasaron por la mente las situaciones que más fuerte se habían grabado en mi dolor profesional.  Sentí la traición envuelta en guante de terciopelo, esa maldad encubierta de dulzura que aplican los parásitos.

(Se nota que me he enfadado, ¿verdad?)

Le contesté:

–Querido Michel –y le tocaba el dorso de la mano en un gesto pretendidamente falaz.

Su cara se quebró por un momento, quizá esperando un exabrupto…

–Querido Michel –repetí–, qué amable eres en tus apreciaciones sobre mí.  Exageras, ¿sabes?  No soy tan bueno como pretendes, ni tal malo como me tratas. 

Quiso interrumpirme.

–No, por favor, escúchame hasta el final.  Sí, me tratas como si fuera un muñeco profesional, mejor dicho, una marioneta, a quien puedes mover a tu antojo.  Podría considerar la maldad como un atributo tuyo, pero eso significaría apreciarte mayor inteligencia de la que tienes, aunque eres inteligente… y eres inmaduro.

Se hundió en la silla y dejó de mirarme a los ojos.

–Nunca podrás ser un buen jefe si no dejas de tratar a quien es más experto que tú como si pudieras manipularlo hasta exprimir todo su jugo.  Me has maltratado profesionalmente, has minado mi prestigio con maniobras subliminales que iban encaminadas a torpedear lo más vulnerable, las emociones.  Has jugado con la incoherencia de palabras y comportamientos, haciendo de aquéllas tu guante de terciopelo y de éstos tu daga asesina.  Me has querido humillar, has querido medrar usándome como una escalera que puedes mover a tu antojo.

En este punto, subió su mirada desafiante como escudo defensor en su más soberbia postura.  Seguí hablándole, ahora mirando a sus ojos en lugar de a su incipiente calvicie.

–Eres una persona insegura que actúa con miedos internos, que necesita más y más prestigio externo para tapar sus vergüenzas, sus carencias en autoestima y dominio personal, que le hacen fracasar en todas las misiones que le encomiendan.  Quieres emular a tu suegro, ¿no?  Piensas que no vales lo que él cree, ¿verdad?  Y trabajas para demostrarle que puede y debe confiar en ti con un método equivocado.  Tu soberbia es signo de tu falta de autoconocimiento.  Tu potencial se anula con tu exceso de ambición para escalar a cualquier precio.  Eres una bomba… y ¡cuidado!, corres peligro de estallar. 

Guardé no más de tres segundos de silencio mientras le miraba a los ojos, que ahora brillaban, no sé si por rabia o por dolor.

Me levanté y salí al pasillo.

Al día siguiente, me anunciaron que había partido hacia París… y no volvió.

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