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Molintonia

Emilio Bak, el práctico

Con Emilio Bak tuve una estrecha relación profesional, aunque no llegó a ser mi jefe directo.  Cuando el Benemérito me nombró director de un proyecto sobre medición de  la productividad, el área de Emilio, Recursos Humanos y Organización, tenía algo (mucho, si no todo) que decir, por lo que mientras desempeñé esa función prácticamente nos veíamos dos veces a la semana, una por el seguimiento directo que Emilio deseaba llevar, y otra, más informal, en la que conversábamos sobre aspectos varios, como la población de Argentina a principios de siglo y, además, de uno y el universo (es expresión suya, que tomó de su autor favorito: Ernesto Sabato). 

Si sólo pudiera asignar una calificación a Emilio, lo definiría como práctico…. la praxis ante todo, la ley de la mayor eficiencia aplicando la economía del esfuerzo y, si había que pecar de algo, que fuera de menos, nunca de más (esfuerzo, me refiero).  Que nadie deduzca tan pronto que lo quiero llamar vago, porque ni es ni será mi intención.

Un detalle no profesional, contado por él y que me confirmó otra persona, definió mi comienzo en la admiración: Emilio dejó de fumar cuando cambió de trabajo en un período de convulsión brutal: la macroinflación.  Como yo fumaba casi tres paquetes diarios, dejarlo, y con tantos líos alrededor, me sonaba a proeza.  Provenía de otra empresa privatizada, en la cual había conseguido acuerdos con los grandes gremialistas en momentos duros con ajustes de plantilla y sueldos congelados.  Así, fue fichado a golpe de talonario por nuestros socios argentinos, a quienes correspondía nombrar la dirección de Recursos Humanos, junto con la Financiera y la de Asesoría Jurídica.  En el Gremio de nuestra rama industrial, reinaba (casi era un cargo vitalicio) Marco Badoni, sindicalista de pro que campaba con tres guardaespaldas a su vera y paseaba dentro de una limusina blindada.  Con él, contra él o a su lado, debía ubicarse Emilio en un período de revueltas sociales, con el cometido de reducir la plantilla un 40% a medio plazo.  Y mientras tanto… dejó de fumar.

Su carrera se había desarrollado sin padrinos, caso raro, muy raro.  No se le conocían amigos políticos, aunque en su despacho, sobre un mueble esquinado, sin querer llamar la atención, se asomaba una fotografía con autógrafo, donde se le veía con Raúl Alfonsín.  Nadie supo a quién votaba, si cenaba con radicales o cohabitaba con peronistas (los gremios se declaraban peronistas).  Se había graduado en la Universidad pública, en Derecho, y no le gustaba que le llamaran ‘doctor’, apelativo habitual a quienes ostentaban esos estudios y signo de un elevado prestigio social. 

Curiosamente, siendo carrera de letras, destacó en números como experto en Remuneraciones y Beneficios, en cálculos complejos de bandas salariales móviles en aquella época inflacionaria, aunque estimo que, para ir escalando, su mayor mérito sería cómo hacer deslizar algunos salarios por el fiel de la balanza, dejando contentos a unos y a otros sin estridencias… ¡si no le oía su voz ni el nudo de su corbata!, silencioso, casi escondido.

Su físico sí debería llamar la atención: alto, casi uno noventa, con buena planta que se encogía bajo los hombros, manos pulcrísimas, con uñas acicaladas en una manicura perfecta;  ojos marrones, pequeños, vivarachos, móviles y observadores, nariz prominente, delgada, y unos labios ocultos dentro de una barba canosa (como todo su cabello) que disimulaba una mandíbula prominente, al modo de los Austrias.  No caminaba, se deslizaba, incluso cuando corría como un relámpago que no podía evitar su destello, y por tanto su visibilidad,  durando poco a la vista de los demás.  Me contó un enemigo suyo que ni en el mingitorio se le oía salpicar.

Podría parecer un inadaptado social, un ermitaño… No, evidentemente no; ni un solo día, salvo por obligaciones del trabajo, se le vio almorzar con alguien de la empresa.  Contaban que era una persona habitual en los círculos que rodeaban a los altos cargos del Ministerio de Trabajo, que incluso sonaba como futuro viceministro de algún departamento, que le consultaban frecuentemente sobre elaboración de leyes y reglamentos.  Sólo pude comprobar personalmente (porque me invitó a una de esas comidas) que se reunía una vez al mes con colegas de la profesión para debatir, conversar e intercambiar experiencias consumiendo un menú que siempre contenía una buena pieza de asado en cruz.  Fui el primer extranjero que acudió a esas reuniones.  Nunca sabré por qué me invitó, le pregunté y eludió responder.

A los dos días de mi llegada a la empresa, lo conocí en su despacho, en la penúltima planta de un edificio de 15 pisos, desde cuya ventana podía verse en los días claros la orilla de Colonia de Sacramento, ciudad uruguaya al otro lado del Río de la Plata.  Allí me llevó Cabrales, junto con los demás españoles (16) que llegamos en esa remesa.  Nos asentamos sobre las sillas vacías que rodeaban una gran mesa de reuniones, mientras el Benemérito departía un par de minutos en su despacho, al lado de la sala.  Cuando salió a saludarnos, su presencia era impecable, vestía con una americana azul oscuro, camisa amarilla pálida de puños con gemelo dorado, y corbata en aguas de colores rojizos… como si nos estuviera haciendo un homenaje a la bandera.  No permitió que nos levantáramos, y se acercó uno por uno, a saludarnos con un fuerte apretón de manos, llamándonos por nuestro nombre (repito, erámos 16) y haciendo algún comentario referente a un aspecto particular:

–Alberto Trevijano Menéndez, ¿no es cierto?, hombre de números, hábil para el control de gestión, y un buen futbolista hincha de Zaragoza.  Aquí podés hinchar por Vélez, que lleva la misma indumentaria y suele dar alguna alegría a sus seguidores.  Yo soy de River, así que no te preocupés, nos llevaríamos bien, aunque en el Clausura pasado tuvimos piques.

Recuerdo su mirada directa, media sonrisa en sus mejillas, una voz atildada… una bienvenida de confianza.

El Benemérito se había colocado en el lado estrecho de la mesa, en la silla central, recostado con exageración sobre el respaldo, con las manos unidas y los índices acariciando su nariz.  Diríase que observaba con envidia.

A la salida de la presentación, un compañero del área técnica comentó:

–Nunca me habían recibido así.

–Es normal – contestó otro colega de Sevilla–.  Es el director de Recursos Humanos.  Ha hecho lo que le corresponde.

Y un veterano, un catalán de sesenta años, del área de implantación de sistemas, se volvió lentamente para contestarle.

–Ser humilde y cálido no forma parte de las responsabilidades de un director de Recursos Humanos.  Ni tampoco saber nuestro nombre y dos apellidos, ni mucho menos todos esos detalles que incluso son de nuestra vida personal.  Tampoco pone en ningún sitio que deba ocupar dos horas de su tiempo en una reunión como ésta, que se la ha colocado Cabrales sin avisar y en medio de la negociación del segundo convenio, según me ha contado nuestro propio director general adjunto.

Ya como director del proyecto, me senté al cabo de varios meses en su despacho para realizar por primera vez el seguimiento acordado.  Acudí lleno de ideas, imbuido de ese espíritu argentino de lucubrar sobre todo lo lucubrable, esperando que Emilio me escuchara con la máxima ilusión y me apoyara sin condiciones en las mejoras propuestas, aunque algunas requirieran ampliación de presupuesto.

Me escuchó en silencio, atento, con las dos manos sobre la mesa, sin ninguna interrupción, calculo que sobre media hora.  Cuando solicité sus opiniones, siguió callado durante un tiempo que se me hizo eterno ante la ansiedad de haber conseguido una exposición casi perfecta, digna del directivo más innovador, y de aguardar los seguros parabienes del director de Recursos Humanos.  Dijo lo siguiente:

–Alberto, Alberto… Estamos en una reunión de seguimiento y no la preparaste, ¿cierto?

Sentí una caída al vacío dentro de mi estómago.

–Me presentás una serie de modificaciones al proyecto que resultarían muy interesantes.

Pude abrir el paracaídas.

–Pero las especificaciones fueron aprobadas por el Comité de Dirección, volver a convocarlo es tedioso, reconvencerlos de hacer algo de otra manera, algo que ya antes no quisieron entender, me requiere mucho esfuerzo y tiempo que necesito para jugar al golf.

Aterricé sobre un cactus.

–Vamos a terminar aquí esta reunión, Alberto.  Felicitaciones por tu creatividad, pero las cosas ya pensadas solicitan dedicación para hacerlas, no para cambiarlas.  Primero, aplícalas, que otros ocuparon su tiempo para diseñarlas; y cuando las hayas aplicado, si no funcionan bien, o pueden funcionar mejor con tus ideas, es el momento de hablar…  Antes no…  Y hoy es antes…  Quedamos mañana a esta hora y venís con los datos del seguimiento bien aprendidos, ¿okay?

Acabé con el culo lleno de pinchos.

Su mensaje se traslucía tan claro…: “haz lo que tengas que hacer, y nada más”. 

No debe entenderse como anulación de la creatividad o atadura de la autonomía.  Emilio decía que cada cosa tiene su tiempo, que si hacemos más de lo que debemos o tareas que son de otros, al final desaprovecharemos nuestras fuerzas en volar más arriba de lo que necesitamos… y la caída puede ser dolorosa (por ejemplo, sobre un cactus). 

Rara vez vi a Emilio haciendo una hora de más.  Tampoco era tan rígido como un gerente de su equipo, nacido en Alemania de padres germanos, aunque criado en la Argentina.  Este alemán, si quedaba a las nueve, estaba a las nueve en punto, pero siempre pedía exactitud igualmente en la hora de terminación de la cita, y si se marcaba a las once, cuando su reloj, tan impecablemente puntual como su virtud, daba esa hora, dejaba todo lo que estaba haciendo, incluso si era él quien hablaba, y daba por terminada la reunión.  Casi huelga decir que a las ocho de la mañana estaba sentándose en el sillón de su despacho, y que a las seis en punto se marchaba, así estuviera negociando los servicios mínimos de un paro ilegal.

Emilio no era así de estricto, pero, repito, no hacía casi nunca una hora más.  Y no por eso dejaba de ser más productivo que el Benemérito, por ejemplo.  Cabrales le ganaba por goleada de >70 a <40 en horas de cómputo semanal de presentismo, pero los resultados eran igual de sobresalientes, verbigracia: reducción de cuatro millones de dólares al año en la gestión de personal, gracias a la aplicación de medidas basadas en la eficiencia silenciosa.  Emilio sólo hacía loa de sus logros ante el Comité de Dirección y ante el Consejo, si era requerido...  y sin rimbombancias, ciñéndose a los hechos, y hablando poco del futuro, “porque no soy adivino”.

Puede alguien cuestionarse si, con más dedicación, podría haber conseguido mejores resultados.  Nadie puede estar seguro, pero Emilio sí lo estaba:

–Dedicar más tiempo al trabajo nunca me garantizó mejores resultados, sino más cansancio.  La productividad depende de la gestión antes que de la duración, de la inteligencia empresarial antes que de la dedicación.  Si puedo dar rendimiento con 30 horas, porque ése es mi límite de frescura intelectual, trabajar más de 50 me elevará mis resultados en un plazo cortito, y quizá salve a la empresa de una tormenta… pero continuando así, lograré que mi rendimiento descienda por cansancio, por espesura mental, por atascos de agenda…  No me negaré a gestionar una tormenta, pero si tengo tormentas todas las semanas, algo más grave ocurre por ahí adentro.

Lo de trabajar 30 horas a la semana… era cierto…  Pero nadie le podía achacar negligencia ni falta de compromiso.  “Haz bien lo que sepas hacer bien, hazlo a la primera… y no inventes mientras lo haces, cumple el plan, cumple lo que has prometido, y en el tiempo que te quede libre, sueña, innova, cavila… y después, prueba…”.  Palabras parecidas a éstas le escuché en varias ocasiones.

Puede quedar una gran duda, teniendo en cuenta que Emilio pertenece a la generación yuppi, la que más correspondía con el resultado >70 que el de <40, y es: “Siendo así de ligero su equipaje de actividad, ¿cómo pudo alcanzar este hombre su alto nivel directivo”.

Según mi criterio, en Emilio confluyen unas razones difíciles de relacionar entre sí.  Y tampoco quiero tratar de explicar lo que no entiendo muy bien.  Me apunto al recurso de la anécdota como ilustración del concepto: contaré dos hechos muy diferentes en los que Emilio participó… y su forma de actuar da una pincelada sobre las causas de su éxito en situaciones comprometidas.

  Uno de los gerentes de su equipo no había sido elegido por él, sino que fue nombrado por el accionista local nada más realizar el “desembarco”.  Nadie tenía muy claro qué hacía, pero estaba ocupando un despacho y cobrando un buen sueldo.  Sin noticias oficiales, de la misma manera que fue nombrado, fue cesado… hasta el punto de que ni se le pudo preparar despedida.  A la semana siguiente fue nombrado director en un departamento del Ministerio de Trabajo…

Para nuestros efectos, el suceso importa porque Emilio debía cubrir la vacante que le dejaba este cese.  Era un puesto apetecible porque tenía un gran impacto en la gestión.  De él dependían las decisiones organizativas, las vacantes y su nivel jerárquico, así como la asignación retributiva.  Los tres accionistas pretendían  comerse la nata de ese pastel.  Tocar el poder de proponer huecos en el organigrama y salarios a discreción suponían funciones desde donde podía ejercerse una presión altamente efectiva, ofrecer favores y contrafavores, mostrar actitudes y marcar cultura.

Cada una de las facciones presentó un candidato.  Emilio representaba al capital argentino, mi director adjunto marcó la opinión española, y la gerente del Gabinete hizo las veces de la parte francesa (en realidad, debería haber opinado el director general, a la sazón francés, pero como era además el jefe directo de Emilio, con el fin de que no se entendiera que había presión para colocar un candidato, se usó a la oficina de Gabinete, que por definición podía siempre proponer acciones para todas las actividades de la empresa).  A través del Benemérito, surgió el candidato español, Julián Adámez (del cual obtuve información del proceso que ahora iré contando), que era otro expatriado como yo, subgerente que dependía del puesto ahora vacante.  La parte francesa no tenía ninguna candidatura por expatriación y no eran nada amigos de proponer argentinos promovidos desde la empresa, así que presentó a Vlad Sirakov, un asesor de ascendencia húngara que había trabajado para la empresa durante tres años, cobrando alta cantidad y ofreciendo pura esencia de viveza criolla, es decir, listados de bajo valor.  Y Emilio, por la parte de los socios argentinos, estuvo obligado a proponer a Pedro Alfonso, un director de Zona, próximo a la desubicación porque su ámbito geográfico se unificaba en la gestión con la zona colindante.

Así pasaron dos semanas, con arduos debates llenos de intervenciones calientes…

Emilio llamó personalmente a Julián a su despacho en una tarde soleada del otoño austral.  En el camino, mi compañero soñó con un nombramiento de gerente, digno paso para una carrera internacional.

–Estimado amigo –comenzó saludando Emilio a modo de quien inicia una carta–.  Quiero que conozcas directamente de mí la decisión tomada para cubrir la vacante a la que aspiras.  Y voy a ser muy sincero porque de esta manera seguiremos siendo colaboradores francos y ninguno de los dos tendrá que esconder la vista o fingir buenas maneras.

–…

–Sos un candidato muy adecuado para la vacante.  En desarrollo aún, pero buen candidato, con sólida formación y una corta trayectoria con éxitos importantes.  Pero no eres el elegido… y te diré por qué.

Nuevo silencio de espera tensa.

–Julián, vos volverás a España no tardando mucho.  Ocupás un puesto que, como sabés, sólo ocupan expatriados en los primeros años de gestión tras la compra.  Y si ahora fueras el candidato seleccionado, no dudo que aportarías valor, pero sería más el valor que el puesto te aportaría a ti que tú al puesto.  Tendrás más oportunidades, seguro, y hasta donde yo pueda ayudarte, allí iré y si hace falta, más allá… pero no puedo ser coherente con mis principios de gestión haciendo mío tu nombramiento.

Tras unos segundos de digestión…

–Y… ¿quién ocupará la vacante?

–Begoña

–¿Begoña?

–Sí, sí, Begoña.

Ella era la subgerente colega de Julián, una buena profesional que Emilio se trajo consigo de la anterior empresa, candidata de última hora, elección por hartazgo de la discusión con sus colegas.  El director general apoyó este nombramiento.  Sentido común.

Segundo caso…

Un buen día nos desayunamos con la noticia de que habían despedido a la secretaria del director Jurídico.  No era habitual despedir a personal de confianza, pero no hubo más revuelo.

Otro buen día corrió el rumor por la empresa de que a una economista muy bien parecida le habían pagado el segundo máster en poco tiempo, al cien por cien de su valor, acción que no era nada habitual en la empresa…  Las malas lenguas hablaban de favores especiales…

Y un tercer día lleno de bonanzas, amaneció con Gabrielle, la gerente de Gabinete, roja de ira, al comprobar que su denuncia tardaba en ser atendida por el director general, su responsable directo y máxima representación del capital francés en la empresa.  Gabrielle había sido acosada sexualmente en su despacho por el director Financiero.  Parecía ser que hubo tocamientos y jadeos obscenos.

Hacía unas semanas me llamaba la atención que Emilio se iba a almorzar repetidas veces con el director Financiero.

A los tres días de los supuestos tocamientos, se supo que aquella secretaria había sido  despedida con 10.000 dólares, el doble de la indemnización correspondiente, después de haber denunciado el abuso del mismo director.  Aquella economista, asignada a esa Dirección, también había sufrido idéntico acoso.  También lo denunció… con diferente repercusión dada la categoría profesional de la acosada.  A la secretaria, se le despide.  A la economista, se le pagan los estudios.

Emilio tuvo que negociar la salida del acosador.  El Directorio puso sobre la mesa 600.000 dólares y un nuevo puesto en la empresa que el socio francés acababa de comprar en Mendoza.  En la contabilidad, el importe se asignó a una partida fantasma.

No sé si Emilio discutió estas condiciones, pero pasó más de una semana sin salir apenas de su despacho.  Rumores dicen que rumió su renuncia.  Aguantó el tirón y siguió.

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