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Molintonia

¿Aprovechamos el tiempo que invertimos en un aula?

Actualmente, hay gran oferta de cursos de formación profesional. En algunos casos, sus beneficios son claramente cuantificables porque responden a una necesidad concreta para mejorar un proceso productivo; en otros, sabemos, intuimos, olemos su rentabilidad… pero en ciertos casos son verdaderamente una pérdida de tiempo y de recursos.

No basta sólo con invertir una gran suma de dinero para poner en marcha un plan de formación, hay que darle un objetivo y un contenido definido para que realmente sea efectiva y rentable. Hay que saber bien qué puede aportar y qué no, qué podemos esperar de ella y qué debemos esperar de los alumnos, qué metas podemos conseguir y cuáles no.

La función de formador es muy delicada, pero hay gente que, por adquirir prestigio u por otro motivo oculto, se ofrece y es elegido para impartir formación, para ser profesor (que lo de maestro ya es otra cosa) y allí que se coloca, delante de unos cuantos adultos en un aula para soltar su perorata, tal como la recibió él mismo en sus años mozos, hablando, hablando, hablando… rebozando a los demás con su saber magistral. Pero por más que insista, de esto no se trata la formación, no es esto.

Es difícil obligar a que aprenda un adulto tal como lo haría un adolescente, y más aún si se le presenta el aprendizaje como una exigencia y quizá, en algunos casos, como un riesgo, ya que si no cumple con las expectativas y si no aprende, lo largan de la empresa. Por eso, no se puede enseñar igual que en la escuela.  La formación laboral tiene que ser de otra manera.

Los cursos tienen que ser divertidos, nada de clases serias y silenciosas, sino que haya mucha, mucha práctica, y que el profesor anime a la participación y al intercambio de pareceres; que no se hagan muy largos y que se dirijan a temas verdaderamente aprovechables por los asistentes.

Enviar a un empleado a un curso de formación no debe ser ni premio ni castigo. Hay jefes que dicen: “que funalito vaya al curso tal, que se lo merece”, o piensa (nunca lo dirá): “voy a enviar a éste al curso y así me lo quito de encima durante unos días” o “que vaya menganita para cubrir el expediente”. Es un craso disparate, que redunda en costes disparados y descrédito de la formación, y que no le conviene a nadie.

También es curioso escuchar: “aquí falta motivación, así que vamos a hacer un curso”. Sí, pues como no sea de risoterapia en las fronteras de Argentina y Chile, allá donde el Aconcagua, por aquello del viaje a gastos pagados…

Y hoy concluyo enlazando con algo que ya he comentado en otras columnas: así como un curso no puede ser origen de ningún plan de motivación (el curso motivará o no según muchos factores a según qué asistentes), tampoco puede pensarse que un curso es la panacea para aprender todo; con formación podemos aprender determinadas cosas, pero no todas, como las que requieren mucha práctica y aún más talante, lo que casi siempre se corresponde con actitudes o hábitos de comportamiento, por ejemplo, orientación al cliente, compromiso, orientación a resultados…

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