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Imán, tiempo atrás, en un París porteño

Imán, tiempo atrás, en un París porteño

 

Realizando unos estudios sobre el Boom Latinoamericano, y concretamente sobre Alejo Carpentier, descubrí que este escritor universal en lengua castellana (Premio Cervantes, 1977) fue secretario de redacción de una revista llamada Imán, como la nuestra, y además publicada en 1931, casi a la par (1930) que la novela del mismo título que la inspira. En la bibliografía, aparece el enlace a la página de la Biblioteca Nacional desde donde se puede consultar y descargar el número completo escaneado. El elenco de sus colaboradores me llevó a investigar más hasta llegar a la redacción del artículo adjunto, proceso en el que he disfrutado recordando y descubriendo el impulso vital que la creación artística y literaria gozaba en esos preludios de la contienda mundial que los rebajó hasta trabajos de mera supervivencia. Resulta reconfortante mantener viva hoy, desde esta posición, una revista literaria que continúa con aquella estela fulgurante del período entreguerras. Poesía, narrativa, ensayo, teatro… los cuatro grandes géneros se unieron en aquel extenso y efímero número de la revista Imán. Es para revisar y releer porque está nutrida de historia de literatura con esa calidad extrema que hoy nos están hurtando los grandes medios editoriales.

Me atrevo a lanzar una afirmación cuasi dogmática, sobre la que puedo aceptar cuasi cualquier argumentación en contrario: Jorge Luis Borges es el mejor escritor de todos los tiempos.  Y este señor, enamoradizo hasta la extenuación, o hasta que apareció María Kodama, trabajó la seducción indirecta con sus profundas creaciones literarias.  Hay incluso quien se ha preocupado de investigar en esos amores, más allá de su obra literaria, no sé si tanto como producto de un cotilleo culto o de una búsqueda de justificación para el alto valor artístico del resultado.  En El hacedor (1960), Borges incluye un poema del que transcribo estos versos:

Todas las cosas tuvo y lentamente

todas la abandonaron. La hemos visto

armada de belleza. La mañana

y el claro mediodía le mostraron,

desde su cumbre, los hermosos reinos

de la tierra. La tarde fue borrándolos.

Se titula Elvira de Alvear y, como su propio título indica, está dedicado a la mujer de ese nombre, perteneciente a una familia acaudalada de Buenos Aires, ocho años menor que el escritor, y que murió en extrañas circunstancias de salud en 1959.  Elvira de Alvear fue una de las musas del literato porteño.  Hasta hace bien poco, se decía que fue la inspiradora del relato El Aleph, que sería la Beatriz Viterbo que tiene encandilado al protagonista, a la sazón alter ego del autor. No obstante, hay un investigador borgiano (Bony Bullrich, 1964) que parece haber descubierto que la musa de ese texto es Beatriz Bibiloni, otra de sus mujeres que se añaden a la lista de María Esther Vázquez, Elsa Altete (su primera mujer, ya en la madurez), Estela Canto, Norah Lange, Haydée Lange, Sara Diehl…  Pero quedémonos con Elvira, que murió con problemas de salud mental y, en El Aleph, Borges dice de los Viterbo que todo eran medio locos (Borges, 1949).

André Breton escribía en 1924 el Manifiesto del surrealismo, iniciando así ese movimiento convulso, al cual se adhieren, y del cual se apartan posteriormente, un gran número de intelectuales que también entran y salen en las corrientes vanguardistas del siglo XX. El nombrado Breton, juntamente con Philippe Soupault —sí, a cuatro manos, como no podía ser menos en un texto experimental, iniciático, provocador y llamado por ellos mismos “peligroso”—, escriben Les champs magnétiques, bajo escritura automática, publicado sin corregir y sin ninguna pretensión estética.  Sería la primera obra literaria surrealista.

Y París…  Los años veinte del siglo XX manifiestan en la capital francesa el deseo de alcanzar una felicidad constante.  La posguerra de la primera gran contienda mundial lleva a Europa la necesidad de vivir más deprisa como respuesta a una mayor libertad en lo artístico y en lo intelectual.  Y en ese vivir deprisa, al límite, surgen y se suceden las tendencias vanguardistas que quieren romper con el pasado: fauvismo, expresionismo, cubismo, dadaísmo, surrealismo, ultraísmo…  París se ha convertido en la atracción de escritores, científicos y escritores que rumian y regurgitan cimientos para nuevas maneras de ver el mundo, deprisa, deprisa. Y justo antes de la crisis francesa de los años 30, con rebotes del crack estadounidense del 29, se agolpaban en la ciudad de la luz incipientes escritores latinoamericanos que aspiraban, con plena consciencia, a alcanzar el estrellato literario.  A París le han llamado “la máquina de escribir” (Maíz, 2018) porque entrar en ese círculo suponía la obligación de que “los latinoamericanos con aspiraciones literarias debían ejercitar, con mayor o menor acierto, la práctica escrituraria casi de manera imperativa para alcanzar los objetivos que se habían propuesto”.

Decenas de artistas latinoamericanos, entre las décadas veinte y treinta, iban llegando con la visión de que tenían que cambiar su propia percepción de la realidad geográfica que los vio crecer, la suya y la del mundo entero, como así consiguieron treinta años después con el llamado Boom latinoamericano.

Elvira de Alvear, musa de Jorge Luis Borges, precursor de ese Boom, había establecido su residencia en aquel París de bullicio y emisión cultural.  Allí se asoció con Alejo Carpentier, y uniendo el capital económico por ella y por él una extensa red de contactos, ella como directora, él como secretario de redacción, dieron en crear una “revista literaria con grandes ambiciones, pretendidamente trimestral, en español, aunque editada en Francia” (Maíz, 2018).  Así se expresa la citada Elvira de Alvear:

Amigo Lector:

Imán no ha sido planeado con ideas sujetas a un dogma de capilla ni manifestará estrictamente un carácter local.

Se propone intervenir con un rápido vistazo en tendencias y movimientos harto para él conocidos y nivelados.

La brújula actual del mundo entero ha perdido su imanación: no sabemos a cual (sic, sin tilde) escuela corresponde nuestro concepto íntimo.

Es preciso para ello consultar el espíritu general contemporáneo; en esta forma encontraremos en la vida humana una solución para el lector.

Imán descubrirá la causa de nuestras inquietudes y aspiraciones. Será una revista que guardará la documentación de su época, intercalando fotografías en algunos números y prescindiendo en otros. Hablará de poesía, psicología, crónicas de viaje, etcétera… y de la influencia considerable que va ganando la ciencia sobre la literatura y en la necesidad aun, entre los hombres, de creación artística.

Imán será dirigido a centralizar norte y sur como lo denota su título, atraerá hacia sí todo individuo capaz de propagar energías y hará conocer los escritores; todos los reunirá en su campo magnético.

Imán abrirá nuevos caminos comunes al pensamiento actual, entorpecido en tradiciones y se enterará de los acontecimientos que marquen una orientación — será un punto inicial que definirá la generación presente.

Estamos cansados de ver que los sentimientos sean reemplazados por palabras confusas y que la literatura sea considerada contraria a la vida; queremos vivir de acuerdo con los progresos y costumbres de nuestros días.

Hay que sobreponerse a la inteligencia, pero a la que amenaza en materializarse y en retroceder la civilización en lugar de adelantarla.

Queremos otras ideas seguidas de una acción. Imán es por y para las fronteras ilimitadas —nosotros seremos panmundiales y la duración diamantina de Imán podrá ser llamada un imanato.

Y ahora te hago notar a quien estás leyendo, sin vocativo, directamente, que estos párrafos anteriores llevan varias veces incluido el término Imán, como el título de nuestra revista, en esa extracción, precisamente, del prólogo de otra revista.

Imán nació en el seno de la Asociación Aragonesa de Escritores en 2009, como órgano continuador de la anterior revista, Criaturas Saturnianas, con afán renovador en su objetivo de dar voz a sus componentes y de facilitar una divulgación de temas literarios y culturales afines con la meta del colectivo.  Se eligió ese nombre en homenaje a la primera novela del reconocido internacionalmente escritor aragonés Ramón J. SenderImán trata de la guerra y de sus consecuencias directas en un soldado, sobre todo a su regreso, donde siente todo cambiado. Este protagonista había sido herrero y a menudo resultaba herido por los utensilios o herramientas con los que trabajaba, ya que “Atraía el hierro como un imán” (Sender, 1930, capítulo 1, p.18), y así le valió como apodo.

Antes de seguir con la revista que nos va a ocupar, quiero mencionar que desde 1988 a 1990, el periódico aragonés El Día, incluyó un suplemento cultural también titulado Imán, dirigido primeramente por Lola Ester y luego por Antón Castro.

La otra Imán, la primigenia, nació el 30 de abril de 1931, probablemente gestada en el año anterior, en unos talleres de impresión parisinos, “en alta y cara calidad, tres meses después de que Sur[1] saliera en Buenos Aires” (Liendo, V. 2017).

[1] Sur fue una importante revista argentina, liderada por Victoria Ocampo, editada desde 1931 hasta 1982, con 371 números publicados.

Portada Imán

[1] Sur fue una importante revista argentina, liderada por Victoria Ocampo, editada desde 1931 hasta 1982, con 371 números publicados.

No hay constancia fehaciente del motivo para llamarla Imán, pero el prólogo nos deja pistas en este párrafo:

Imán será dirigido a centralizar norte y sur como lo denota su título, atraerá hacia sí todo individuo capaz de propagar energías y hará conocer los escritores; todos los reunirá en su campo magnético.

Además, tal como ha quedado indicado más arriba, André Breton y Philippe Soupault (colaborador éste en la revista, como ya veremos más adelante) habían publicado en 1924 Los campos magnéticos, que parece una clara referencia para inspirar ese párrafo del prólogo y colegir que es la causa del título (Liando V, 2017).

Creo que esas coincidencias, ser revista literaria y llamarse Imán, dan un pie suficiente, y hasta necesario, para dedicar estas líneas a profundizar en lo que fue aquella publicación como un digno antecedente de nuestra andadura. ¡Y menudo antecedente!

Aquel 30 de abril de 1931, con dieciséis días de República en España, aterrizó el primer avión en el aeropuerto de Barajas (ahora también de Adolfo Suárez).  Esos dos hechos de apertura marcaban hitos de crecimiento pronto truncados, tanto en Francia como en España.  Pero veamos qué nos aportaba aquella acción literaria de Alvear y Carpentier, nacida con una enorme ilusión en una época en que la cultura era rabiosamente impulsada y divulgada.

Revista Imán

Imán salió a la calle en tres tipos de papel, según se informa en su página 4: japón antiguo, lafuma y alfa mousse; veintiún ejemplares, doscientos y dos mil quinientos respectivamente.  Todos numerados.  El ejemplar que consulto, digitalizado por la Biblioteca Nacional de España, es el número 2.622 (probablemente en papel alfa mousse, según se podría deducir del orden expuesto y de las cantidades nombradas). Y quizá Argenteuil, la localidad donde residía el maestro impresor autor del trabajo, no fue elegida al azar, por su coincidencia etimológica con el nombre de Argentina.  Era Argenteuil una ciudad a once kilómetros al noroeste de París, entonces con más de setenta mil habitantes, y que había tenido relación con la cultura, a través de pintores impresionistas como Manet y el escritor Guy de Maupassant.  Fueron famosos también sus espárragos.

Veamos el elenco que contienen sus doscientas cincuenta y nueve páginas, incluyendo la portada:

Sumario Revista Imán

Excluyendo a Elvira de Alvear, encontramos treinta y un colaboradores, todos hombres, de nacionalidades variadas, la mayoría de ellos habiendo vivido o huido de diferentes países, tanto europeos como latinoamericanos, con dos estadounidenses: Dos Passos y Kreymborg.  Estamos situados en 1931 y todos los colaboradores están vivos, salvo quizá el más relevante, Franz Kafka, fallecido siete años antes, lo que deja cierto misterio sobre cómo pudo conseguirse su participación con un relato titulado La sentencia.  Intentando encontrarlo en la bibliografía sobre el autor, no hallé ninguno con ese título.  Su contenido responde al traducido habitualmente como La condena. Al igual que otras colaboraciones incluidas, al final incluye el nombre de su traductor, Arqueles Vela, escritor mexicano que residía entonces en París, y que consideró ese título como más apropiado (en alemán, Dars urteil, que literalmente significa “dar juicio”).  La condena había sido publicado en 1913 de forma independiente, a pesar de su corta extensión, después de escribirlo en septiembre del año anterior (La condena, 2018).  Dos meses después, Kafka escribió La metamorfosis.  La “historia” (así la definió Kafka en su subtítulo frente a la duda de si era relato o novela) de La condena obtuvo en su momento una gran repercusión y recibió multitud de interpretaciones (Laurent, 1983).

Además del escritor austriaco, destacan los siguientes nombres, de acuerdo con sus trayectorias posteriores, tres de alto impacto en el llamado Boom latinoamericano treinta años después: Miguel Ángel Asturias (premio Nobel), Alejo Carpentier (premio Cervantes) y Arturo Uslar Pietri (premio Príncipe de Asturias), uno estadounidense, miembro de la Generación perdida, John Dos Passos, y un chileno de alta relevancia en las vanguardias poéticas del momento: Vicente Huidrobo.  No obstante, el resto de los colaboradores son escritores de reconocimiento posterior, la mayoría de ellos franceses: León Paul Fargue, Jean Giono y Philippe Soupault.  También es digno de mención el mexicano Jaime Torres Bodet, Premio Nacional de Ciencias y Letras de su país de origen. El único español del elenco, Eugenio D’Ors, un brillante intelectual de la época, filósofo y ensayista, colabora, según el índice, con el aporte titulado De la elipse en el misterio de lo barroco, del que no ofrece imagen el ejemplar digitalizado con el mensaje FALTA PÁGINA.

Raúl Antelo localizó lo que faltaba en esas dos páginas del ejemplar, acudiendo a buscarlo a otro ejemplar existente en el Instituto Iberoamericano de Berlín.  Según informa (Antelo, R. 2019, p.9), le consta que también hay ejemplares en la Biblioteca Nacional de Francia y en la Biblioteca latinoamericana de la Universidad de Texas. Y así nos descubre que esas dos páginas en blanco contenían este poema:

De la elipse en el misterio de lo barroco

A Jorge Guillén,
al pasar por Valladolid.

Elipse, maternidad:

Dos centros, dos corazones;

Paloma, el uno, entre pechos;

Ranilla, el otro, entre flancos.

 

Formas nuevas, vidas nuevas,

Blanda preñez de la elipse:

Curva de buena esperanza,

Geometría interesante.

 

Lo barroco… Kepler, que

Valsa en elipse, con astros.

Quien tal valsó, alumbrará

Desgarro y llanto entre muslos.

 

Y llanto. Elipse, ternuras,

¡Como acoges, como insertas,

Como incluyes, como guardas,

Como escondes, como abrigas,

Como bañas, como imbibes,

Como nutres, hinchas, medras,

Hipertrofias, tumefactas,

Creces, turges, sueltas, libras,

Túnel entre Cáos y Cósmos!

 

Agua guardas, agua, elipse,

Agua del mar primigenio,

Caldo en las sopas de que Él

Cata cada mediodía.

Substancioso caldo, en la

Gran sopera de la elipse.

Proceso del devenir

En su caldo de substancia.

 

Y con su pan se lo come

Él (Iavé, Saturno, el Tiempo) (d’Ors 95-96).

Eugeni d’Ors dedica el poema a Jorge Guillén

El propio Antelo informa de este único número de Imán, calificándolo como “una suerte de suplemento de la (revista) surrealista Bifur… cuyo redactor principal era Georges Ribemont-Dessaignes” (Antelo, R. 2017), autor que aparece en la lista de colaboradores de Imán.  Redactado que desprende cierta calificación de menor importancia y que contrasta con las de Claudio Maíz: “puede realizar un singular aporte a la historia de la cultura latinoamericana”, “…la fugacidad de la revista Imán… es inversamente proporcional a la eficacia lograda de acuerdo con su propuesta editorial”.

Puede considerarse que, aunque tan sólo circulara un número de la revista, no fue un fracaso literario, pues como veremos más adelante, ubica a la incipiente novela latinoamericana del siglo XX entre las vanguardias europeas, dándole un lugar preponderante (Maíz, C. 2018).  En aquellos años, surgieron innumerables revistas que consiguieron mantenerse en el tiempo, pero también se produjeron intentos que quedaron en un solo envite.  Claudio Maíz expresa que, según Revues litteraires, hubo setenta y siete publicaciones a lo largo del siglo XX con un solo número sacado a la calle.

Las colaboraciones aportadas son de género variado.  Existe un apartado específico, titulado Conocimiento de América Latina que, quizá a modo de encuesta, incluye opiniones sobre esta zona del mundo, solicitadas a diez autores, nueve europeos, uno alemán y nueve franceses, más uno estadounidense cuya aportación, diez cuartetas glosando personajes o lugares, aparece en inglés sin traducción.  Además, de este contenido ensayístico, aparecen dos grupos de poemas, varios de prosa poética, quizá alguna podría considerase experimental dentro de esa querencia vanguardista, y narrativa, con relatos de diversa extensión, uno de ellos de veintiocho páginas, otro de  veinticinco y otro de dieciséis, cuando los demás oscilan entre tres y cinco páginas; el ensayo de John Dos Passos sobre el teatro ocupa catorce páginas, el de Bruno Barilli, diez; y el largo poema de Benjamín Fondane se extiende por diez.

Destaco algunas singularidades de las aportaciones:

En el primer artículo, en tono ciertamente irónico, Fargue navega por varias acepciones del término Imán, adjudicando al final ese apelativo a Elvira de Alvear de forma indirecta:

“Se han podido encontrar imanes naturales en Asia Menor, en Magnesia o en Heraclea. Yo acabo de hallar en la Argentina el imán artificial más poderoso que conozco.

Él guiará América Latina a la brújula; Elvira de Alvear tiene el timón con su pequeña mano firme”. (Imán, 1931, p.10)

La segunda aportación, de Jean Giono, es un regreso a la infancia.  Mis amigas se murieron es un ejercicio de nostalgia sobre las amigas y amantes del autor, con ligeras incursiones en el erotismo.

Xul Solar (Oscar Agustín Alejandro Schulz Solari) era un polifacético artista argentino y destacado inventor.  Iniciado en el esoterismo y amigo de Borges, creó un un idioma, que podemos encontrar en su colaboración en Imán, que llamó neocriollo.

Vicente Huidobro, considerado uno de los grandes poetas chilenos, en 1931 estaba a punto de regresar a su país, después de un largo periplo por Europa y América. Había iniciado el movimiento estético llamado creacionismo, del cual deja una muestra en la revista, tanto en verso como en prosa poética.

Henry Michaux, también artista multidisciplinar, presenta un relato con tintes kafkianos (aunque con algún toque de surrealismo) sobre cómo sobrevivir con tres cadáveres en un compartimento de tren. Puede considerarse un microrrelato. Algunos críticos consideran a Michaux un precursor de este subgénero narrativo.

La representación mexicana aparece con Jaime Torres Bodet, que entrega el relato La visita, al que antecede una dicta del libro bíblico de Jeremías.

Este relato no aparece en la edición de su Narrativa Completa (1985).  Es más que probable, que La visita fuera rescatado de esta revista Imán (Marco, J., 1992).

Traducido por Alejo Carpentier, Robert Desnos aporta un ensayo biográfico en el que pondera la figura del conde de Lautréamont (autotítulo), Isidoro Ducasse (1846-1870,) que había sido olvidado, pero los poetas surrealistas, entre ellos Robert Desnos, procedieron a resucitarlo y lo consideraron su precursor.

  1. Desnos, miembro activo de la Resistencia francesa, tras permanecer en varios campos de concentración, falleció de tuberculosis en el campo de Terezin, en Praga.

Desnos

Eugéne Jolas había editado varios números de su revista transition (en minúscula y en inglés), en cuyo número inicial (abril de 1927), publicó su manifiesto, donde abogaba por romper moldes creativos, especialmente idiomáticos.

Benjamin Fondane (nacido como Weschel) murió en la cámara de gas de Auschwitz el 2 de octubre de 1944.  Fue un poeta adscrito a las vanguardias filosóficas y poéticas del siglo XX. Sus poemas son un grito de angustia.  El tercero nombra a su amigo Armando, víctima de suicidio.  Está traducido por E.A, supuestamente Elvira de Alvear y presenta varias faltas de ortografía. Según nota en Hermida Editores (2023), los poemas de Ulises fueron traducidos al francés por el propio Fondane.  Su Ulysse se publicó en 1933, por lo que colaboración en Imán supone un anticipo de la obra.

Umbrales, de Sixto Martelli, es una sucesión de textos que narran pasajes y paisajes urbanos de Buenos Aires. Incluye reflexiones sobre lo que observa y plasma.

Hans (Jean) Arp fue un poeta vanguardista francés que aporta dos poemas cortos con características propias de las corrientes novedosas y, que, curiosamente, aparecen transcritos íntegramente en letra cursiva.

De Boris Pilniak, escritor ruso ejecutado en Moscú en 1938 por antisoviético, la revista incluye un largo relato de veinticinco páginas, titulado La revuelta de las mujeres, que, siendo fiel al título, narra una rebelión de setenta y una féminas tras el asesinato de una de ellas a mano de su marido, a quien acosan en el funeral exigiendo justicia.

Según Claudio Maíz (Maíz, C. 2019, p. 9), en lo que denomina “encuesta” se recogen impresiones de “la joven literatura centralizada en París”, que presentan “respuestas muy decepcionantes”, en las que demuestran un desconocimiento completo de America Latina, “o se valen de lugares comunes, estereotipados”, eso sí, con un desbordante estilo literario.

Y llegamos a las dos últimas colaboraciones.  Resulta difícil deducir el criterio de su ordenación.  En el caso de la penúltima, nos encontramos con un ensayo muy interesante de John Dos Passos sobre el arte escénico, con el didáctico título ¿Qué quiere decir teatro?, en el que introduce críticas directas al régimen soviético, satinándolas de velada ironía.

Y aprovechando que la última colaboración va firmada por Arturo Uslar Pietri, con un fragmento de su novela Las lanzas coloradas, publicada ese mismo año 1931, iniciaré una atención más extensa a este autor, junto a Alejo Carpentier y a Miguel Ángel Asturias, como los tres personajes incluidos en esta revista que más destacaron posteriormente en lengua española, con reconocidos méritos y distinciones. Se convertirán en grandes amigos, sobre todo durante su estancia en París, y permanecerán unidos hasta el final de sus días.

La relación entre los tres escritores aparece marcada y referida repetidamente, y Domingo Milliani (Milliani, D, 1987), nos remite precisamente a la revista objeto de este artículo, destacando la importante repercusión posterior que tuvieron las tres novelas anticipadas en Imán, en cuanto a lo que supone avanzar los rasgos del llamado realismo mágico, “término introducido en la teoría literaria hispanoamericana por el mismo Uslar Pietri”.

Arturo Uslar Pietri nació en Caracas el 16 de mayo de 1906. Cuando salió Imán de imprenta, tenía, por tanto, 24 años.  Es el colaborador más joven en ese número.  Llevaba dos años en París, con larga trayectoria de activismo político y literario. En 1928, en Caracas, se publica el único número de la revista Válvula y en ella aparece el manifiesto editorial Somos, cuya autoría identifica Uslar como propia algo más tarde.

En 1929, con apenas 23 años, llega a París, investido como alto funcionario venezolano. Y en 1931 había concluido Las lanzas coloradas (Miliani, D., 1987).

Así pues, al haber entregado ese párrafo a los editores de Imán, nos encontramos con un anticipo concertado. El título hace referencia a la sangre que se adhiere a las lanzas en el fragor de la batalla.

Miguel Ángel Asturias colabora en esta revista con el relato que titula en el índice En las tinieblas del cañaveral. Se trata de una primera versión del capítulo sexto de su novela publicada en 1949 bajo el título Hombres de maíz.

“Los «hombres de maíz» son los indios, según la cosmogonía indígena mayaquiché” (Bellini, G. 2008) Asturias se interna en el mundo mágico de los indios guatemaltecos.

Alejo Carpentier nació en Lausana (Suiza), pero sus padres, él de origen francés y ella de origen ruso, emigraron enseguida a La Habana, donde creció y desde donde partió a un periplo que responde a su propio mestizaje cultural.  Huido de Cuba, ayudado por el poeta surrealista Robert Desnos, también colaborador en este número de Imán, pasó varios años en París. Fue alto funcionario del gobierno castrista en distintas Embajadas del país cubano (Instituto Cervantes, 2017)

¡Ecué-Yamba-O!, de Alejo Carpentier, comenzó a escribirla en la cárcel, adonde fue recluido por hacer un manifiesto contra el dictador cubano Gerardo Machado, admirador de Mussolini. La terminó en París y fue publicada en 1933 y se considera como el producto de un ejercicio de aprendizaje, según el propio Carpentier (Cuesta, A. 2020). Narra la vida de un negro cubano a principios del siglo XX, con un estilo vanguardista que se aleja del hasta entonces clasicismo de la literatura latinoamericana.  En esa novela se empieza a entender en el exterior la realidad cubana.

Tres grandes autores estos últimos, que estaban destinados a marcar historia en la literatura mundial desde su profundo estudio y conocimiento de la realidad latinoamericana, hasta entonces oculta bajo el halo europeo del clasicismo y podríamos decir de “lo políticamente correcto”.  El contacto estrecho que se produjo entre ellos y con las vanguardias artísticas que despuntaron en el primer tercio del siglo XX creó un cóctel de explosión literaria que culminó en el llamado Boom Latinoamericano que se destapó en la década de los 60.

En Imán, de 1931, revista dirigida y financiada por Elvira de Alvear, con la función de secretario de redacción en Alejo Carpentier, se dieron cita autores de relevancia de variadas nacionalidades que confluyeron en el París de los años 30, donde estaban emergiendo las vanguardias, esencialmente el surrealismo, con el deseo de cambiar el mundo a través del arte mediante la evasión de la realidad. Dadaísmo, cubismo, ultraísmo, fauvismo…

Hubo un proyecto de segundo número de Imán, que se quedó en galeradas y del que se conservó el índice.  Incluía colaboraciones de Macedonio Fernández, Manuel Altolaguirre, Pablo Neruda, nuevamente Miguel Ángel Asturias, Rafael Alberti… pero la crisis argentina obligó a Elvira de Alvear a regresar a su país para cuidar directamente de su fortuna, y ya no volvió a París (Maíz, C., 2018).

Quizá Woody Allen se proyectó a esa época parisina y departió con todos los autores que hemos mencionado aquí gracias a este otro Imán.  Quizá Allen tocó su clarinete en un café de París mientras se inspiraba en Elvira de Alvear, o en Robert Desnos, o en Eugène Jolas, o en Alejo Carpentier… con reminiscencias de la Belle Époque, y entre ellos decidieran escribir el guion (premiado en los Óscar de 2011) de Medianoche en París. Quizá se reunieron en una buhardilla de Montmartre, o en un salón de la Ópera, o paseando por los campos Elíseos, o en los camerinos del Moulin Rouge, para darle en confidencia las claves que en el futuro podría aplicar como instrumentos del realismo mágico o de lo real maravilloso en varias de sus películas.

Imán, “siempre nos quedará París”.

 

BIBLIOGRAFÍA:

 

Revista Imán, (1931), varios autores, ejemplar digitalizado por la Biblioteca Nacional de España en su Hemeroteca digital

https://hemerotecadigital.bne.es/hd/es/card?sid=5226969

 

Revista Iberoamericana (2021), Reseña sobre Los campos magnéticos, de Breton-Soupault

https://liberoamericamag.com/2021/02/06/resena-los-campos-magneticos-de-andre-breton-y-philippe-soupault/

Borges (1960), El hacedor, Obras completas J.L. Borges, volumen 2, Ediciones Emecé, p.194

Borges (1949), El Aleph, Obras completas J.L. Borges, volumen 1, Ediciones Emecé, p.623

Bullrich, Bony, (2019), Borges, Beatriz Viterbo y Beatriz Bibiloni en la vida real.

https://www.bonybullrich.com/borges-beatriz-viterbo-y-beatriz-bibiloni-en-la-vida-real/

 

Martín Rodrigo, Inés (2019) Beatriz Bibiloni, la musa secreta de Borges

https://www.abc.es/cultura/libros/abci-beatriz-bibiloni-musa-secreta-borges-201901131836_noticia.html

 

Gullón, Ricardo (2016) Balance del Surrealismo, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

https://www.cervantesvirtual.com/obra/balance-del-surrealismo-0/

 

Maíz, Claudio. (2018) El acierto en el fracaso. La revista Imán (1931), un episodio de la historia literaria latinoamericana, Catedral Tomada, revista de crítica literaria Latinoamericana, vol.6, núm. 11, 2018, p.129-148

https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=6747865

 

Ramón J. Sender (1930), Imán, Edición Destino, 1979, p.18

 

Liendo, Victoria (2017), Victoria Ocampo, una snob para el desierto argentino, Cuadernos Lírico

https://journals.openedition.org/lirico/3761

 

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https://es.wikipedia.org/wiki/La_condena

 

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https://www.hermidaeditores.com/benjamin-fondane

 

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Vázquez, M.A. (2006) Las vanguardias en nuestras revistas, 28. Revista Válvula, Venezuela

Las vanguardias en nuestras revistas, 28. Revista Válvula, Venezuela

https://cvc.cervantes.es/el_rinconete/anteriores/abril_06/25042006_01.htm

 

Valenzuela, E. (2016) Los manifiestos literarios

https://www.aporrea.org/actualidad/a227653.html

 

Lecuna, V. (2018) Reinas venezolanas del siglo XX. Populismo, abstracción y Estado,

https://revistas.javeriana.edu.co/index.php/cualit/article/view/23040/20157

 

Milliani, D. (1987) Biografía de Arturo Uslar Pietri

https://www.cervantesvirtual.com/portales/arturo_uslar_pietri/autor_biografia/

 

Segura, G. (2016) El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias, cumple setenta años, Fronterad, Revista digital

https://www.fronterad.com/el-senor-presidente-de-miguel-angel-asturias-cumple-setenta-anos/

 

Edición crítica de Hombres de maíz, de M. A. Asturias, publicado por la Universidad de Costa Rica, edición de 1996, en Google Books

https://books.google.com.py/books?id=pmausrAxDjYC&printsec=frontcover&hl=es&source=gbs_vpt_read#v=onepage&q&f=false

 

Bellini, Giuseppe, (2008), Mundo mágico y mundo real: la narrativa de Miguel Ángel Asturias,

https://www.cervantesvirtual.com/obra/mundo-mgico-y-mundo-real—la-narrativa-de-miguel-ngel-asturias-0/

 

Instituto Cervantes, (2017) Alejo Carpentier, biografía

https://www.cervantes.es/bibliotecas_documentacion_espanol/creadores/argel_alejo_carpentier.htm

 

Otero, I. (2020) ¡Ecué- Yamba O!: la magia de la novela de Alejo Carpentier,

https://www.cronicasdelaemigracion.com/opinion/isaac-otero/ecue-yamba-0-magia-novela-alejo-carpentier/20200413120423099044.html

 

Blanco, E. y Rodríguez M. (2009) Para un análisis histórico literario de la novela «¡Écue-Yamba-Ó!», de Alejo Carpentier

http://www.archivocubano.org/ecue.html

 

Historia Universal de la Literatura, tomo 5, (1982), Ediciones Orbis, Verjat, cap.11 y 12, Literatura francesa contemporánea. Rodríguez Monegal, cap. 18, La prosa hispanoamericana contemporánea.

 

Fotografía de Elvira de Alvear tomada de:

https://borgestodoelanio.blogspot.com/2014/10/jorge-luis-borges-elvira-de-alvear.html

donde se referencia de esta manera:

En El Hacedor (1960)

Foto de Elvira de Alvear (posible Beatriz Viterbo):
Revista de Occidente nº 301, Junio 2006 Vía
Foto Jorge Luis Borges: Susana Mulé

 

Fotografía de Alejo Carpentier tomada de Letralia

(Publicado en revista Imán, número 30, noviembre 2023)

 

La paz en sí

La paz en sí

Cuando en el mundo aparecen determinados conflictos bélicos y los medios de comunicación nos llenan de sus noticias escabrosas, manipuladas en muchas ocasiones, bombardeando, tal como los “malos” en la batalla, con hechos in situ que juzgan indirectamente unas u otras acciones, informando (?) de que atentan contra algo (siempre “contra”), la palabra paz se alía con su antónimo guerra inexcusablemente.  De tal manera que en el imaginario colectivo se asume la idea de que la paz es la ausencia de la guerra.  Y no es esto, no es esto, Ortega y Gasset dixit.

Que la guerra, como antónimo de la paz, es un negocio lo tratarán en este monográfico personas con más capacidad valorativa que quien suscribe.  Igual ocurrirá con el argumento de que la paz es consecuencia de un equilibrio de fuerzas, o del triunfo del poderoso que es magnánimo y dictador en su conquista, o de la rendición condicional o incondicional del más débil.  Casi siempre, en estos dos últimos casos, habrá muertos sobre las calles y terror en los corazones de los pueblos.

Nuestro devenir como raza durante miles de años se transcribe con referencia a las guerras y sus consecuencias.  Así, esa paz antónima de la guerra apenas dura unas temporadas, por mucho “tratado” que la ampare.

Pero la paz va más allá de la ausencia de la guerra.  Esa paz forzada repercute en el dolor de las gentes, circunstancia que puede sembrar un germen alimentador del próximo conflicto bélico.  Recomiendo la película “La cinta blanca” (2009), en la que Michael Haneke muestra las acciones intrahistóricas en el pueblo alemán que permitieron la extensión de la violencia fascista con la colaboración, el acuerdo o el silencio de esas gentes. Y también “La ola”, novela de Tod Strasser y película de Denis Gansel, que cuenta un experimento en un colegio para mostrar hasta dónde puede llegar la crueldad humana.  En las dos historias, no hay guerra, pero tampoco paz.  Se trata de la propagación de la violencia, de la represión y de la agresividad desde un poder que genera individuos adocenados por el miedo; un poder que maneja los bajos instintos de la superioridad mediocre y de la supervivencia biológica, como por ejemplo el racismo, el machismo y otras fobias y discriminaciones sobre colectivos diferentes a los que pretenden imponer la supremacía.

Desde lo racional, las formas de impedir que el ser humano descienda a sus profundidades más instintivas son la educación y la formación, acciones de alta solidaridad que se deberían aplicar, si existiera la ética en los gobernantes, desde el poder con base igualitaria.  En algunas épocas, en algunos países, se ha conseguido implantarlas de esa manera, y son innegables los avances en integridad y moral, que se ven reflejados en leyes y organizaciones sociales que los promueven y colocan en alto valor.  Entonces nos llaman seres civilizados. Cada vez son menos los países o entidades que las aplican bajo la ética, incluso la contradicen con medios más sofisticados desde lo tecnológico y desde lo psicológico.

Existe otro punto de partida, que es también de llegada, con más profundo calado y que, por ello, también ha sido profusamente tratado, aunque desde una visión más etérica, menos densa: el interior, esa difusa parte del ser humano que no se define por huesos, nervios, músculos, humores, órganos o vísceras, sino por conceptos borrosos como el alma, el corazón, la trascendencia o la espiritualidad.  Así que hablaremos de la paz interior como la generada desde la individualidad, con capacidad volitiva para decidir el propio estado del ánimo, que busca la serenidad.  La paz interior tiene que ver con el amor, la felicidad y la calma que llevan a una observación diferente de la realidad.

La diferentes religiones y prácticas espirituales se han dotado de herramientas que buscan esa serenidad mediante la conexión con un espectro divino o sagrado: un Dios, el cosmos, el universo, el atmán… Se logra a través de la oración, la contemplación, los mantras o la meditación. Esta última, procedente de las religiones orientales, se ha extendido por Occidente, a través del yoga en un principio y otras prácticas después, como el divulgado mindfulness o la MT (meditación trascendental).  Aparte de su valor espiritual, adjudicado por quienes así enfocan su existencia, es innegable su capacidad para aquietar la mente y predisponer el ser a la serenidad, paso imprescindible para la paz interior. Y esa serenidad, ese apagón de la mente se desliga del ego y así el doctor David Hawkins, pisquiatra estadounidense y estudioso de la consciencia, afirma: “Las grandes guerras y los desastres humanos que se prolongan durante siglos son el resultado de los grandiosos planes del ego para involucrarse y marcar la diferencia, desde Genghis Khan hasta Karl Marx, y desde Adolfo Hitler hasta los terroristas de nuestros días”.

Maharishi Majesh Yogi, gurú religioso indio, se hizo famoso en Europa porque su práctica denominada Meditación Trascendental fue nombrada y difundida en su momento por los Beatles, así como años después por el cineasta David Lynch.  Existen multitud de fundaciones, instituciones y centros que no sólo practican y extienden la MT, sino que han realizado estudios de impacto de ese tipo de meditación.  El más famoso, llevado a cabo en 1993, en el distrito de Columbia de Washington, con rigurosos controles de aplicación y recopilación de efectos, concluyó que los delitos violentos descendieron un 23 por ciento en el tiempo en el que varios meditadores centraron su práctica en aumentar la armonía y reducir la tensión en el distrito.  Han existido varios experimentos repetidos al respecto con resultados similares (y no solo de descenso de la delincuencia).

Es decir, trabajar en conseguir la paz interior, mediante esa y otras prácticas que contenga el objetivo tratado, influye en el entorno como un analgésico para los efectos que llevan a la agresividad, a la violencia y a la guerra.

Esa paz interior lograda como posición de liderazgo personal en los comportamientos cotidianos y trasmitida hacia un liderazgo social hace fácil deducir que iniciaría el camino hacia la paz global y permanente.  Ese podría ser el camino evolutivo.

Thich Naht Hanh, monje budista que fue propuesto en 1967 al Premio Nobel de la Paz por Martin Luther King, promovió estas prácticas a través de diferentes actividades.  Estos son unos versos publicados por él:

La Paz está en cada paso.
Este reluciente sol rojo es mi corazón.
Cada flor sonríe conmigo.
Qué verdes y frescos son estos campos.
Qué cálida es la brisa.
La paz está en cada paso.
Sigue la infinita senda de la alegría.

Se trata de conseguir como suma individual una evolución social marcada por la consciencia.  Ervin Laszlo, reputado científico y consejero del director general de la UNESCO afirma en su obra “El cambio cuántico”: “Debemos enfocar… el progreso hacia una civilización basada en la empatía, la confianza y la solidaridad, una civilización de Holos (holística, con visión global).  

 

Es la paz en sí.

(Publicado en revista Imán, número 32)

Maribel, abogada en la poesía

Maribel, abogada en la poesía

Este artículo, basado en una entrevista a Maribel bajo guion de Joaquín Sánchez-Vallés, se publicó en el Dossier nº 8 de la revista Imán, dedicado a Rosendo Tello, en su número 32, de junio de 2025.  Maribel es la viuda de Rosendo, abogada y filóloga.

 

Maribel Sánchez nunca quiso ser poeta ni me confirma que alguna vez escribiera un verso, si acaso una redacción en la asignatura Preceptiva Literaria, en su cuarto de Bachillerato Elemental, que le valió elogios de su profesora: “Tienes que dedicarte a escribir”.  Escribió, sí, pero textos jurídicos, demandas y defensas, en su profesión de abogada, que ejerció desde 1981, aunque entonces ya se hubiera licenciado (también) en Filología Hispánica.  Y es que Maribel era la esposa de Rosendo Tello, ese muchacho convertido en catedrático que admiraba a Gil-Albert y departía en el Niké con Miguel Labordeta y otros poetas sobre asuntos varios poéticos y similares.

Pero ella no se estrenó en la poesía con el que fue su marido: “Entré en la poesía siendo muy pequeña.  Mi padre tenía en su biblioteca Las mil mejores poesías de la lengua castellana y ahí me tenías recitando de memoria La canción del pirata, la Sonatina, Era un jardín sonriente, etcétera, etcétera, en cuanto aprendí a leer; eso por no contarte que a los nueve años les recitaba a las monjas el Romance de Antoñito el Camborio, de García Lorca.  Cuando fui ‘mayor’, leía a Antonio Machado, a San Juan de la Cruz, a Juan Ramón, a Pedro Salinas y a otros muchos poetas. Pero sí que con Rosendo conocí a los grandes poetas europeos y americanos”.

Sonríe algo pícara cuando cuenta que aquellas monjas no conocían bien la historia de Antoñito, que si no, para rato le dejan recitarlo del todo, “con lo recatadas y adictas al régimen que eran”.  Y se anima a recitar una estrofa, con un estilo personal y profundo, lo que le lleva a recordar cuánto le gustaba oír a Rosendo declamar sus poemas.

Maribel vive enfrente de la iglesia del Portillo, cuna de héroes, y cerca de dos tiendas míticas en Zaragoza, Ciclos Albacar y Ciclos Cabrera, y es que esa manzana es conocida en la ciudad por todos los niños que alguna vez soñamos con tener una bicicleta de carreras.  Es 29 de abril, día después del “apagón”, que le obligó a subir las escaleras a pie, lo que cuenta sin agobios.  Gran presencia la de Maribel, como siempre, impecable y ahora con una sonrisa que no termina de instalarse en sus labios.  Y es que vamos a hablar de Rosendo, que se convirtió en luz, o en memoria, casi un año atrás.

Con un guion que me proporcionó otro gran poeta que se considera hijo suyo, Joaquín Sánchez-Vallés, nos proponíamos en esta ocasión fijar la entrevista en la figura femenina que acompañó por más de setenta años a una personalidad como la de Rosendo Tello.

Entramos al salón, tramo corto del pasillo a la derecha y, antes de sentarnos, no sin ligero debate sobre qué lugar tomamos, me ofreció un café, lo acepté, y allí que fue a prepararlo.  Pero no me dejó solo, había puesto en mis manos el manuscrito (y nunca mejor expresado, escrito a mano, y me confesó que, como hacíamos en los primeros años escolares, pasado a limpio varias veces) de la entrevista, con la compañía de Tinita, una preciosa gatita que se acurrucó junto a mí después de que le regalara unas cuantas caricias.  Para presentármela, me contó algo de su historial, como que se la había regalado Inés Ramón, gran poeta argentina afincada en Alcañiz.

Me dio tiempo a leer algo más de la mitad del texto que había preparado, a pesar de que Tinita requería mi atención con ronroneos y alcances de sus patitas. 

Con el sabor de ese café, comenzó la charla sobre sus textos, con aclaraciones y extensiones, en un tono que empezó amistoso, para ir avanzando en calidez y profundidad, mientras marcaba en su rostro el recuerdo sereno, pero emotivo, del que fue su marido y compañero por tantos avatares de la vida.

En Maribel, al hablar de Rosendo, no se aprecia seguidismo ni pleitesía.  Desde su gran personalidad, destila amor y admiración, pero no tanto como poeta, sino como persona que fue respetuosa y entregada a una vida llena de poesía, y también de convivencia, de compartir contactos y aventuras, como aquella de su primer domicilio alejados de su origen, en Huesca, donde aprendieron a ser pareja con independencia y sin apegos:

“Huesca fue en aquellos años mi Arcadia particular.  Por primera vez, Rosendo y yo estábamos solos en una ciudad en la que no conocíamos a nadie y en la que nadie nos conocía.  Era un inicio de vida en libertad absoluta, algo que nos congratuló en gran manera.  Hicimos grandes amigos en el Instituto y nos reuníamos en nuestra casa en animadas tertulias.  Vivimos tres años que no olvidaré nunca. Como anécdota contaré que el primer año de nuestra llegada, el Ayuntamiento convocó unos Juegos Florales, y Rosendo ganó el primer premio con un librito ad hoc, titulado Elegía a la piedra, que se publicó en la revista Argensola”.

Cuando se conocieron, Rosendo había publicado en la colección Orejudín, de Miguel y José Antonio Labordeta, Ese muro secreto ese silencio, su primer libro, del cual Maribel todavía no intuyó que “constituía el exponente de una pasión vital, su propia naturaleza”.

Y expresa sobre la unión de la poesía y la música, dos pasiones:

“Es imposible imaginar a Rosendo sin un libro en las manos o sin escribir poesía o prosa.  El aprender el oficio de poeta llevaba consigo un estudio constante de formación.  Como dice en su libro de memorias Naturaleza y poesía, ‘tenía yo muy claro que el cuidado del verso es esencial para el poeta (…) El verso es el instrumento de la poesía y así como no existe musico sin dominio del instrumento, no hay poeta sin dominio del metro, medida artificial, y del verso, medida natural artística del poema’. Es cierto que la música fue su otra pasión, sobre todo interpretar al piano ya fuera a sus músicos preferidos, ya a sus propias improvisanciones.  Sin duda, sus conocimientos musicales influyeron en la musicalidad de sus versos.

Maribel no diferencia al poeta del hombre, reafirma que tuvo con esas dos figuras una relación única, y no podría haber sido de otra manera, ya que, recalca, “la poesía era su propia naturaleza”

Quizá esa consistencia en la realidad que impregna el mundo jurídico hace que no se crea haber sido una musa, “palabra que por otra parte, en este sentido, me resulta más bien cursi”.  Pero Rosendo le dedicó muchos poemas y nunca la poesía fue un motivo de conflicto, probablemente porque nunca hizo apología de su éxito ni tampoco buscó involucrarse en “capillitas en las que se encumbran unos a otros”.  Esa independencia, ese “compromiso total con la Poesía sin atenerse a ninguna corriente o moda”, con el alejamiento de las modas o novedades, es probable que le alejara de más reconocimientos que se han quedado en los cajones, más merecidos que para algunos de los poetas actuales ‘laureados’ con un menor fundamento.

Independencia que también recalca cuando responde a la pregunta de cómo la vivió dentro de su matrimonio, en una época en la que no era habitual que las mujeres desempeñaran puestos profesionales.

“Siempre he considerado que la independencia es fundamental para la mujer y, obviamente, para mí.  Desde que siendo muy pequeña vi la película De ilusión también se vive, en la que la protagonista Maureen O’Hara era una abogada, madre de Natalie Wood, sentí que mi futuro era la abogacía.  Si es verdad que existe la vocación, eso sentí yo al ver la película. Estudié Derecho y, aunque ya con nuestros dos hijos me licencié en Filología Hispánica, en cuanto finalicé esa carrera, volví a mi verdadera vocación y me colegié como abogada.  Una de las cosas mejores de nuestra convivencia es que nunca invadíamos nuestras respectivas individualidades.  Vivir con Rosendo ha sido muy fácil porque jamás él se metió en mis cosas ni el las del día a día que yo pudiera hacer o deshacer”.

Se hace muy evidente que le gusta hablar de su profesión, que fue vocacional y que ejerció con la pasión propia de alguien que se entrega.  Justo le cambió la expresión del rostro al contar esta anécdota demandada en el cuestionario de Joaquín y que enlaza su dedicación a la abogacía con la relación entre poetas, en este caso con el inefable y buen amigo de la familia, Ángel Guinda.

“Tendría multitud de anécdotas para contar, pero el despacho de un abogado, abogada en este caso, es como un confesonario con su secreto de confesión.  Cuento lo de Ángel Guinda porque él lo ha contado mil veces.  Sí, lo defendí en su juicio por supuesta blasfemia, algo, lo de la blasfemia, impensable en estos tiempos.  La principal anécdota, al menos para mí, fue que, al terminar la vista, me llamó la jueza en un aparte y me dijo: “Ay, Isabel, lo siento mucho, pero tengo que condenar a tu marido”.  La pena fue mínima, se trataba de un juicio de faltas, y cuando presentamos el recurso de apelación, la Audiencia lo absolvió y quedó libre de culpa.  A partir de ese momento, y una vez aclarado que yo no era bígama, Ángel me llamó siempre “la abogada del diablo”, espero que los dioses no me lo tengan en cuenta cuando pase a la otra orilla”.

No se siente cómoda al hablar de la última parte de la vida de Rosendo.  Castigado por un ictus y una fractura de cadera, Maribel se hizo imprescindible como compañía de su marido, a quien siguió admirando por su capacidad de trabajo, imaginación y deseo de llenarse de poesía.

“Sí, el ictus, con las secuelas que conllevó, fue el palo más fuerte que nos dio la vida.  Rosendo lo llevó con enorme fortaleza y, pese a sus numerosas limitaciones, escribió cuatro libros de poesía después del ictus; dos se los publicó Prames y otros dos Gara d’Edizions.  En cuanto a mí, me niego a volver a ese recuerdo”.

En el manuscrito, la última pregunta está respondida de forma directa, concreta y libre de emocionalidad

—¿Cómo enfocas tu vida en estos momentos?

—Mi vida en estos momentos es una línea plana, no tengo enfoque alguno.

Pero Maribel miraba a Tinita y sonreía con ternura. Estoy seguro de que escribió esas palabras en una tarde ya oscura, con poca luz, porque esa mañana primaveral, con los ventanales a pleno sol mirando al sur, aparecía una mujer plena de vida, interesada precisamente por la continuidad de la vida, llena de sabores en los que es imprescindible llegar a la dulzura con el aprendizaje del camino.

 

 

José Antonio Prades

Análisis teórico de un relato (Macario, de Juan Rulfo)

Análisis teórico de un relato (Macario, de Juan Rulfo)

Se trata de analizar el relato de Juan Rulfo, titulado Macario e incluido en su libro El llano en llamas, desde la posición de tres escuelas críticas:

el formalismo ruso,

el postformalismos ruso y

la estética de la recepción.

(va incluido al final el texto íntegro del relato)

Desde el formalismo ruso:

Esta escuela crítica pone el foco en la obra con una actitud científica, desechando aspectos biográficos, filosóficos o sociológicos. Se centra en el texto y su efecto estético mediante la forma, que llega a determinar el contenido.  Según Zirmunski, se estudia la obra como un organismo, con sus elementos luchando entre sí por la supremacía.

Macario es el título del cuento y el nombre del personaje principal, convertido en narrador, puesto que se trata de un monólogo interior.  Mediante frases directas, “por eso estoy contento en su casa”, “ella sabe que no se me acaba el hambre”, con un lenguaje coloquial, “el tum tum del tambor”, “pero dice que porque dizque hago locuras” y, a veces deslavazado adrede, el autor presenta un enfoque individual, en el que las perspectivas de la historia se deducen de las expresiones propias de Macario, “eso dice el señor cura”.  Se trata, pues, de un lenguaje llano, incluso con expresiones del habla popular, “apalcuachar”, “ajuarear”, chamuco”, que presentan una expresión de transparencia en los sentimientos y opiniones del narrador.  Así pues, el contenido queda ceñido, o restringido, a esa visión personal que nos llega con una voz que parece infantil, o incluso de persona disminuida intelectualmente, puesto que sus interpretaciones de los hechos que cuenta no reflejan un análisis maduro, ya que hay connotación de un maltrato y manipulación a su alrededor que Macario relata con inocencia.  Se aprecian diferentes usos repetidos sobre cómo lo trata primero su madrina “es mi madrina la que me manda hacer las cosas”, luego su cuidadora, “Felipa es muy buena conmigo”, el resto de la gente, “me apedreaban”, e incluso los bichos que pueblan su casa: grillos, cucarachas y alacranes, cuya inclusión potencia la pobreza expresada de su situación.

Además de los elementos citados, aparecen otros que, junto a estos, se convierten en símbolos que se involucran en la historia a modo de referencias, como la comparación entre sapos y ranas, entre luz y oscuridad, la definición del pecado y su relación con la oscuridad.

Es pues este relato una situación personal expresada con un lenguaje específico para mostrar un mundo sórdido y pobre, con la explotación o manipulación humana en su seno.

Desde el postformalismo ruso (Bajtín):

Según esta escuela, una obra literaria es una totalidad producto de una construcción estética. Propone el estudio de la polifonía entre autor, narrador y personaje, dando al primero el dominio del universo narrativo. Conocemos a los personajes desde el propio narrador, pero el autor, con su pericia, maneja lo que le interesa que conozcamos para introducir al lector. Y es fundamental el espacio y el tiempo que, unidos, forman el cronotopo y dan configuración a la historia.

En Macario, Juan Rulfo se instala en la mente de un narrador que, en un largo monólogo, desmenuza los aspectos principales de su vida, como su actividad desde la que comienza y termina su narración, “y me pusiera con una tabla en la mano para que cuanta rana saliera a pegar brincos la apalcuachara a tablazos…”, y las relaciones con su madrina y su cuidadora, “Ella es la que me da de comer en la cocina”. El hilo argumental se va alargando con el lenguaje propio de Macario, transmitiendo así su personalidad con intención de llegar a quien lo lee desde una perspectiva que deriva en compasión, dolor e incluso de deseo de denuncia del maltrato y la manipulación de que es objeto por todo su entorno, incluso por la naturaleza que le invade su casa para molestarlo: cucarachas, alacranes y grillos, “buscando todas las cucarachas que se meten por debajo de mi cobija”.

El espacio queda delimitado desde la posición en la que narra, “Estoy sentado junto a la alcantarilla aguardando a que salgan las ranas” y lo que cuenta: sus peripecias en un entorno cercano, que compone todo su mundo, “Cuando me saca a dar una vuelta es para llevarme a la iglesia”.  Y el tiempo, inexcusablemente unido a ese espacio, se marca por los minutos en los que transcurre su monólogo, y el momento en que ocurren las circunstancias, siempre en un pasado cercano.

El autor ha conseguido, con su propuesta estética, transmitir, a través de la voz de su personaje, la descripción de un mundo sórdido, que genera deseo de compasión y significación para emitir una denuncia contra quienes el lector pueda identificar los símbolos de los opresores: las ranas, los sapos, el color de los ojos, la leche de Felipa, los alacranes que le impiden moverse, la Iglesia, el infierno, el miedo, el pecado…

Es un relato que impacta por la identificación que el autor ha sabido transmitir con la voz narradora.

Desde la estética de la recepción: estética de la recepción

El estudio del texto necesita tener presente la interpretación que se hace de él.  En la lectura influyen la psicología del lector y las características de la sociedad a la que pertenece. Texto, lector-individuo y lector-colectivo dialogan hasta conformar una estructura de orden superior. La lectura está guiada por el «horizonte de expectativas» propio de la situación pragmática de los lectores.

Juan Rulfo es un exponente que brilla en su literatura basada en aspectos de la sociedad que le rodea, ya sea en su momento bélico como de explotación y manipulación del pueblo mexicano.  Lo consigue con un estilo directo y minucioso, llenando de símbolos sus relatos para llegar a provocar en quien lo lee la identificación con el personaje.  Así ocurre en Macario, relato incluido en su libro El llano en llamas. La posición del lector frente a la historia contada se verá influenciada por su experiencia y su conocimiento.  Pongámonos en el caso de que ese lector se acerca a Rulfo sin saber quién es, y con un relato cuyo contenido le llega sin el contexto citado en el párrafo anterior. Este monólogo interior de seis páginas impacta en sus primeras líneas por la alusión directa al estado del personaje, “Estoy… aguardando a que salgan las ranas”, y el cambio brusco de contenido en la décima línea, “Las ranas son verdes de todo a todo, menos en la panza.  Los sapos son negros”.  Ahí empiezan a notarse rasgos del aspecto errático de la voz, que conforme avanza se convierte en deducciones propias de un niño, “Yo quiero más a Felipa que a mi madrina”, o quizá un disminuido intelectual que es explotado por su madrina, “Lo de acarrear leña para prender el fogón también a mí me toca”, y probablemente abusado por su cuidadora “y se arrimaba conmigo, acostándose encima de mí o echándose a un ladito”.  Las diferentes circunstancias narradas revelan hechos que la experiencia del lector identificará con sucesos propios o con los ajenos que le hayan impactado, dado que el autor presenta temas universales que pueden o han podido ocurrir en cualquier lugar o tiempo. 

La predisposición del lector a la compasión y a la protección o la identificación con la clase opresora también pueden variar la emoción transmitida, aunque el autor se ha cuidado de que sea la primera, por ese tono en la voz de ingenuidad e inocencia que nos puede transportar a nuestro mundo niño.

 

TEXTO DE MACARIO, transcrito de ciudadseva.com

 

Estoy sentado junto a la alcantarilla aguardando a que salgan las ranas. Anoche, mientras estábamos cenando, comenzaron a armar el gran alboroto y no pararon de cantar hasta que amaneció. Mi madrina también dice eso: que la gritería de las ranas le espantó el sueño. Y ahora ella bien quisiera dormir. Por eso me mandó a que me sentara aquí, junto a la alcantarilla, y me pusiera con una tabla en la mano para que cuanta rana saliera a pegar de brincos afuera, la apalcuachara a tablazos… Las ranas son verdes de todo a todo, menos en la panza. Los sapos son negros. También los ojos de mi madrina son negros. Las ranas son buenas para hacer de comer con ellas. Los sapos no se comen; pero yo me los he comido también, aunque no se coman, y saben igual que las ranas. Felipa es la que dice que es malo comer sapos. Felipa tiene los ojos verdes como los ojos de los gatos. Ella es la que me da de comer en la cocina cada vez que me toca comer. Ella no quiere que yo perjudique a las ranas. Pero, a todo esto, es mi madrina la que me manda a hacer las cosas… Yo quiero más a Felipa que a mi madrina. Pero es mi madrina la que saca el dinero de su bolsa para que Felipa compre todo lo de la comedera. Felipa sólo se está en la cocina arreglando la comida de los tres. No hace otra cosa desde que yo la conozco. Lo de lavar los trastes a mí me toca. Lo de acarrear leña para prender el fogón también a mí me toca. Luego es mi madrina la que nos reparte la comida. Después de comer ella, hace con sus manos dos montoncitos, uno para Felipa y otro para mí. Pero a veces Felipa no tiene ganas de comer y entonces son para mí los dos montoncitos. Por eso quiero yo a Felipa, porque yo siempre tengo hambre y no me lleno nunca, ni aun comiéndome la comida de ella. Aunque digan que uno se llena comiendo, yo sé bien que no me lleno por más que coma todo lo que me den. Y Felipa también sabe eso… Dicen en la calle que yo estoy loco porque jamás se me acaba el hambre. Mi madrina ha oído que eso dicen. Yo no lo he oído. Mi madrina no me deja salir solo a la calle. Cuando me saca a dar la vuelta es para llevarme a la iglesia a oír misa. Allí me acomoda cerquita de ella y me amarra las manos con las barbas de su rebozo. Yo no sé por qué me amarra mis manos; pero dice que porque dizque luego hago locuras. Un día inventaron que yo andaba ahorcando a alguien; que le apreté el pescuezo a una señora nada más por nomás. Yo no me acuerdo. Pero, a todo esto, es mi madrina la que dice lo que yo hago y ella nunca anda con mentiras. Cuando me llama a comer, es para darme mi parte de comida, y no como otra gente que me invitaba a comer con ellos y luego que me les acercaba me apedreaban hasta hacerme correr sin comida ni nada. No, mi madrina me trata bien. Por eso estoy contento en su casa. Además, aquí vive Felipa. Felipa es muy buena conmigo. Por eso la quiero… La leche de Felipa es dulce como las flores del obelisco. Yo he bebido leche de chiva y también de puerca recién parida; pero no, no es igual de buena que la leche de Felipa… Ahora ya hace mucho tiempo que no me da a chupar de los bultos esos que ella tiene donde tenemos solamente las costillas, y de donde le sale, sabiendo sacarla, una leche mejor que la que nos da mi madrina en el almuerzo de los domingos… Felipa antes iba todas las noches al cuarto donde yo duermo, y se arrimaba conmigo, acostándose encima de mí o echándose a un ladito. Luego se las ajuareaba para que yo pudiera chupar de aquella leche dulce y caliente que se dejaba venir en chorros por la lengua… Muchas veces he comido flores de obelisco para entretener el hambre. Y la leche de Felipa era de ese sabor, sólo que a mí me gustaba más, porque, al mismo tiempo que me pasaba los tragos, Felipa me hacÍa cosquillas por todas partes. Luego sucedía que casi siempre se quedaba dormida junto a mí, hasta la madrugada. Y eso me servía de mucho; porque yo no me apuraba del frío ni de ningún miedo a condenarme en el infierno si me moría yo solo allí, en alguna noche… A veces no le tengo tanto miedo al infierno. Pero a veces sí. Luego me gusta darme mis buenos sustos con eso de que me voy a ir al infierno cualquier día de éstos, por tener la cabeza tan dura y por gustarme dar de cabezazos contra lo primero que encuentro. Pero viene Felipa y me espanta mis miedos. Me hace cosquillas con sus manos como ella sabe hacerlo y me ataja el miedo ese que tengo de morirme. Y por un ratito hasta se me olvida… Felipa dice, cuando tiene ganas de estar conmigo, que ella le cuenta al Señor todos mis pecados. Que irá al cielo muy pronto y platicará con Él pidiéndole que me perdone toda la mucha maldad que me llena el cuerpo de arriba abajo. Ella le dirá que me perdone, para que yo no me preocupe más. Por eso se confiesa todos los días. No porque ella sea mala, sino porque yo estoy repleto por dentro de demonios, y tiene que sacarme esos chamucos del cuerpo confesándose por mí. Todos los días. Todas las tardes de todos los días. Por toda la vida ella me hará ese favor. Eso dice Felipa. Por eso yo la quiero tanto… Sin embargo, lo de tener la cabeza así de dura es la gran cosa. Uno da de topes contra los pilares del corredor horas enteras y la cabeza no se hace nada, aguanta sin quebrarse. Y uno da de topes contra el suelo; primero despacito, después más recio y aquello suena como un tambor. Igual que el tambor que anda con la chirimía, cuando viene la chirimía a la función del Señor. Y entonces uno está en la iglesia, amarrado a la madrina, oyendo afuera el tum tum del tambor… Y mi madrina dice que si en mi cuarto hay chinches y cucarachas y alacranes es porque me voy a ir a arder en el infierno si sigo con mis mañas de pegarle al suelo con mi cabeza. Pero lo que yo quiero es oír el tambor. Eso es lo que ella debería saber. Oírlo, como cuando uno está en la iglesia, esperando salir pronto a la calle para ver cómo es que aquel tambor se oye de tan lejos, hasta lo hondo de la iglesia y por encima de las condenaciones del señor cura…: “El camino de las cosas buenas está lleno de luz. El camino de las cosas malas es oscuro.” Eso dice el señor cura… Yo me levanto y salgo de mi cuarto cuando todavía está a oscuras. Barro la calle y me meto otra vez en mi cuarto antes que me agarre la luz del día. En la calle suceden cosas. Sobra quién lo descalabre a pedradas apenas lo ven a uno. Llueven piedras grandes y filosas por todas partes. Y luego hay que remendar la camisa y esperar muchos días a que se remienden las rajaduras de la cara o de las rodillas. Y aguantar otra vez que le amarren a uno las manos, porque si no ellas corren a arrancar la costra del remiendo y vuelve a salir el chorro de sangre. Ora que la sangre también tiene buen sabor aunque, eso sí, no se parece al sabor de la leche de Felipa… Yo por eso, para que no me apedreen, me vivo siempre metido en mi casa. En seguida que me dan de comer me encierro en mi cuarto y atranco bien la puerta para que no den conmigo los pecados mirando que aquello está a oscuras. Y ni siquiera prendo el ocote para ver por dónde se me andan subiendo las cucarachas. Ahora me estoy quietecito. Me acuesto sobre mis costales, y en cuanto siento alguna cucaracha caminar con sus patas rasposas por mi pescuezo le doy un manotazo y la aplasto. Pero no prendo el ocote. No vaya a suceder que me encuentren desprevenido los pecados por andar con el ocote prendido buscando todas las cucarachas que se meten por debajo de mi cobija… Las cucarachas truenan como saltapericos cuando uno las destripa. Los grillos no sé si truenen. A los grillos nunca los mato. Felipa dice que los grillos hacen ruido siempre, sin pararse ni a respirar, para que no se oigan los gritos de las ánimas que están penando en el purgatorio. El día en que se acaben los grillos, el mundo se llenará de los gritos de las ánimas santas y todos echaremos a correr espantados por el susto. Además, a mí me gusta mucho estarme con la oreja parada oyendo el ruido de los grillos. En mi cuarto hay muchos. Tal vez haya más grillos que cucarachas aquí entre las arrugas de los costales donde yo me acuesto. También hay alacranes. Cada rato se dejan caer del techo y uno tiene que esperar sin resollar a que ellos hagan su recorrido por encima de uno hasta llegar al suelo. Porque si algún brazo se mueve o empiezan a temblarle a uno los huesos, se siente en seguida el ardor del piquete. Eso duele. A Felipa le picó una vez uno en una nalga. Se puso a llorar y a gritarle con gritos queditos a la Virgen Santísima para que no se le echara a perder su nalga. Yo le unté saliva. Toda la noche me la pasé untándole saliva y rezando con ella, y hubo un rato, cuando vi que no se aliviaba con mi remedio, en que yo también le ayudé a llorar con mis ojos todo lo que pude… De cualquier modo, yo estoy más a gusto en mi cuarto que si anduviera en la calle, llamando la atención de los amantes de aporrear gente. Aquí nadie me hace nada. Mi madrina no me regaña porque me vea comiéndome las flores de su obelisco, o sus arrayanes, o sus granadas. Ella sabe lo entrado en ganas de comer que estoy siempre. Ella sabe que no se me acaba el hambre. Que no me ajusta ninguna comida para llenar mis tripas aunque ande a cada rato pellizcando aquí y allá cosas de comer. Ella sabe que me como el garbanzo remojado que le doy a los puercos gordos y el maíz seco que le doy a los puercos flacos. Así que ella ya sabe con cuánta hambre ando desde que me amanece hasta que me anochece. Y mientras encuentre de comer aquí en esta casa, aquí me estaré. Porque yo creo que el día en que deje de comer me voy a morir, y entonces me iré con toda seguridad derechito al infierno. Y de allí ya no me sacará nadie, ni Felipa, aunque sea tan buena conmigo, ni el escapulario que me regaló mi madrina y que traigo enredado en el pescuezo… Ahora estoy junto a la alcantarilla esperando a que salgan las ranas. Y no ha salido ninguna en todo este rato que llevo platicando. Si tardan más en salir, puede suceder que me duerma, y luego ya no habrá modo de matarlas, y a mi madrina no le llegará por ningún lado el sueño si las oye cantar, y se llenará de coraje. Y entonces le pedirá, a alguno de toda la hilera de santos que tiene en su cuarto, que mande a los diablos por mí, para que me lleven a rastras a la condenación eterna, derechito, sin pasar ni siquiera por el purgatorio, y yo no podré ver entonces ni a mi papá ni a mi mamá que es allí donde están… Mejor seguiré platicando… De lo que más ganas tengo es de volver a probar algunos tragos de la leche de Felipa, aquella leche buena y dulce como la miel que le sale por debajo a las flores del obelisco…

Realismo mágico. Origen, concepto literario y evolución

Realismo mágico. Origen, concepto literario y evolución

EL REALISMO MÁGICO, ¿VUELVE, SE QUEDA O VA?

Artículo que nace de un trabajo de investigación sobre ell realismo mágico en la literatura, con una conceptualización del movimiento y diferentes visiones por teóricos y escritores, remontándonos a sus origenes.

Incluido en la versión digital de la revista Turia (Instituto de estudios turolenses)

https://www.ieturolenses.org/revista_turia/index.php/actualidad_turia/el-realismo-magico-vuelve-se-queda-o-va     

La controversia sobre la diversidad de género

La controversia sobre la diversidad de género

Hay quienes afirman que somos más que cuerpo, incluso más que mente o cerebro. Los cientificistas se aferran al conocimiento empírico y rechazan, a veces contundentemente, cualquier otra aproximación a la realidad, como por ejemplo la alquimia o la intuición.  Carl Jung trabajó con la imaginación activa, que da resorte a una creación visualizada de imágenes que, sin conocer de dónde provienen, nos dan información de nuestro inconsciente.

Y ya nombrado Carl Gustav Jung, continúo en su cercanía nombrando una de sus teorías más consolidadas como herramienta aplicada en sus terapias: el anima/animus, que sirve de introducción a esta intención de acercamiento analítico —muy somero— a la identidad de género.  El anima (alma en latín) es el aspecto femenino del inconsciente del hombre. El animus (mente o espíritu en latín) es el aspecto masculino del inconsciente de una mujer.  Dijo Jung: “Todo hombre en su interior lleva la eterna imagen de la mujer... una imagen femenina definida...  Lo mismo puede decirse de la mujer; ella también tiene su imagen innata del hombre”.1 Jung defiende que las tensiones internas que llegan a derivar en enfermedades mentales pueden provenir de la falta de aceptación de ese hombre-mujer en nuestra identidad de mujer-hombre.

El yin yang nació como filosofía oriental para explicar la forma por la que dos fuerzas opuestas se convierten en complementarias para el equilibrio del mundo.  El yin se asocia a lo femenino, a la oscuridad, a la pasividad, a la tierra; el yang a lo masculino, la luz, lo activo, el cielo.  Su propio símbolo se representa como un círculo blanco y negro a partes iguales, separadas por una línea central en ese, en las cuales se inserta un punto blanco en la negra, y viceversa, para indicar que nada hay puro en esas esencias.

Nuestro mundo se nutre de la dualidad.  Nos movemos de un extremo a otro para buscar los equilibrios que den paz a nuestra vida.  Según el budismo, nuestro objetivo es eliminar el sufrimiento que provoca esa dualidad.  Antropológicamente, el ser humano se ha debatido en los enfrentamientos que marcan los fundamentalismos sobre la dualidad.  Y como en un eterno retorno, los conflictos finalizados vuelven a abrirse una y otra vez, parece que como confirmación de que los cambios se producen para seguir como antes.

Hace unas décadas, surgió la llamada identidad de género, presuntamente para superar esa dualidad entre el sexo masculino y el femenino y, también presuntamente, para anular la supremacía del primero sobre el segundo. Se asignó al término género el significado en idioma inglés de gender, que va referido, con diferentes definiciones teóricas, a una construcción cultural o social sobre los comportamientos o sentidos de inclusión del ser humano, yendo así mucho más allá del concepto clásico de sexo como hombre y mujer.  Se han llegado a definir más de treinta tipos de género.  Asignarte a uno o más de ellos supone activar tu identidad de género.  Dentro de esa asignación van incluidos los comportamientos sexuales, que pueden determinarse desde la heterosexualidad, la homosexualidad y la bisexualidad.  No tengo claro si la asexualidad puede integrarse dentro de estos encuadres.

La tradicional asignación de roles y expectativas de comportamiento a hombres y mujeres en esta clasificación dual ha determinado, incluso cuerpos legislativos que iban más allá de la denigración moral de quien no respondiera a los cánones establecidos, con castigos que llegaban hasta la pena de muerte.  Estas circunstancias han provocado influencias psicológicas y grave persecución social en quienes han sentido una asignación diferente a uno de esos dos tipos sexuales. Resulta complejo decidir dónde colocarnos sobre el segmento que separa la dualidad de identidad de género o identidad sexual.  Tiendo a la creencia de que hay colectivos que viven azuzando los enfrentamientos dentro de esa dualidad, y más en este asunto que conlleva ese morbo de los comportamientos íntimos tan proclives al chafardeo y crítica acerada en los foros promovidos por los más bajos instintos.  Y también tiendo a la conciliación y acercamiento de posturas para evitar las agresiones y violencia que suelen derivarse de esas posturas enconadas.  Así, en esta línea, intento explicarme, y explicarle a usted, mi aportación al debate desde esa óptica del entendimiento.

De lo expuesto hasta aquí, propongo la atención a la existencia de dos energías interiores del ser humano, que serían las denominadas como femenina y masculina y que tradicionalmente se han ajustado a la diferenciación sexual entre hombres y mujeres.  Pero fijándonos en esas sucintas exposiciones de la filosofía oriental sobre el yin yang y sobre el anima/animus de Jung, con más de dos mil años de distancia histórica entre ellas, podríamos colegir que todos los seres humanos contenemos las dos energías, con mayor preponderancia de una u otra según variadas razones, no sólo biológicas, sino también, y quizá más importantes, de imposición de creencias, fundamentalmente desde lo moral religioso.  Esto quiere decir que un hombre puede estar lleno de energía femenina y viceversa, hasta que podamos completar un ciclo de evolución humana en el que, independientemente de los rasgos físicos, se unan en equilibrio en un mismo ser ambas energías, con sus comportamientos correspondientes.  Y no me refiero solo al comportamiento sexual, tan manido y manipulado para clasificarlo moralmente como faltas o pecados que nos condenen o nos salven.

No tengo ninguna duda sobre la constitución diferenciada de ambos sexos, pero tampoco la tengo sobre los comportamientos orientados hacia uno y otro rol, que pueden intercambiarse entre sí y enriquecer las posibilidades del ser humano hasta conseguir esa completitud que Platón llamó la unión de las almas gemelas.

Aproximaciones de la literatura al fútbol

Aproximaciones de la literatura al fútbol

No es corriente encontrar estos dos términos tan juntos, literatura y fútbol, la primera considerada un arte mayor, de oficio refinado, intelectual y casi siempre solitario, en silencio creativo o contemplativo, mientras que el segundo es una actividad física, practicada en equipo, presentada ante masas enfervorizadas, de poco rigor para el intelecto y mucho que ver con las pasiones encendidas. 

Pero los caminos hacen extraños compañeros de viaje y como, ya desde el principio del artículo, me veo obligado a asegurar su relación para proseguir en la creencia de que transmito credibilidad, me permito incluir, a modo de prueba pertinente, una lista bibliográfica que los une, con el riesgo de que alguien me acuse de haber colocado la tirita antes que la herida.

¨     Salvajes y sentimentales, de Javier Marías, por Aguilar

¨     Los Cuadernos de Valdano, de Jorge Valdano, por Santillana 

¨     El Fútbol contado con sencillez, de Alfredo Relaño, por Maeva

¨     El fútbol a sol y sombra, de Eduardo Galeano, por TM Editores

¨     Yo Soy el Diego, de Diego Armando Maradona, por Planeta

¨     Me gusta el futbol, por Johan Cruyff, de  Ediciones B

¨     Cuentos de fútbol I y II, (Selección de Jorge Valdano), por Alfaguara

¨     El Fútbol que Viví...... y que siento, de Adolfo Pedernera, por IPESA

¨     Aquellos domingos de gloria, de varios autores, por La Esfera de los Libros - Marca

¨     Gracias, Vieja, de Alfredo Di Stefano, por Aguilar

¨     Locas por el Fútbol, de Eva Orúe y Sara Gutiérrez), por Temas de Hoy

¨     Historia del fútbol, del juego al deporte, por Alfred Wahl, de  Editorial B

¨     Ronaldo, un genio de 21 años, por Wensley Clarkson, de Cooperación Editorial

 

  • …Horacio Quiroga y su relato ’’Suicidio en la cancha’’
  • …Pablo Neruda, y su poema “los Jugadores”, en su obra Crepusculario
  • …Mario Benedetti  y su cuento ’’Puntero izquierdo’’
  • …Rafael Alberti y su ’’Oda a Platko’’, portero del Barcelona

 

El poeta brasileño Vinicius de Moraes escribió un célebre poema a Garrincha; el español Camilo José Cela, sus “Once cuentos de fútbol”.

Pero lo más conocido de todos es “El penal más largo del mundo”, de Osvaldo Soriano: la historia de un tiro desde los once metros que dura una semana entera, sobre lo cual se rodó una película en España hace tres años con el mismo título.

Estos datos sirven para avalar una realidad que se ha negado mucho tiempo: que la literatura y el fútbol están hermanados por un pacto de sangre, por algo más allá que un matrimonio.

Algunos intelectuales despreciaron este deporte y estimaron que no debía ser objeto de atención, como Rudyard Kipling, que inició esa mala relación en 1880, desdeñando al fútbol y “a las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan”.  Y prácticamente, desde esa fecha, el desencuentro se mantuvo generalizado hasta los años setenta.

Jorge Luis Borges también se despachó: "Es feo estéticamente. Once jugadores contra once, corriendo atrás de un balón no son especialmente hermosos", expresó. Estaba claro que entre las letras y la pelota no había amor.

Borges abundó en ese desdén, influido o arropado por la idea de que el futbol es el opio de los pueblos, que engaña a millones de estúpidos, por cuanto se convirtió en arma de dictadores para despistar al pueblo, sobre todo en su país, con la celebración del Mundial de 1978 para mayor propaganda de la dictadura militar.  En ese sentido, Eduardo Galeano también afirma:  “El fútbol se parece a Dios en la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que le tienen muchos intelectuales. Su historia es un triste viaje del placer al deber. El fútbol y la patria están siempre atados y los políticos y los dictadores especulan con esos vínculos de identidad”.

Otra anécdota sarcástica de Borges sobre el fútbol sucedió precisamente en el Mundial citado, cuando Argentina venció a la magnífica selección holandesa y se proclamó campeona del mundo. Buenos Aires era un alboroto. Ese día Borges organizó una conferencia sobre Baruch Spinoza, el filósofo holandés. Los asistentes lo miraron con asombro y el maestro dijo: “¿Acaso alguno de ustedes piensa que ser de Argentina es mejor que ser de Holanda?”.

No voy a seguir contando ataques de los literatos al fútbol, que los hay, porque ya desde mediados del siglo XX, con setenta años de historia futbolística, cuando la literatura dejó de ser elitista y llegó al pueblo llano, tuvo la osadía de embarrarse en un campo de fútbol.

 

 

Le preguntaron a Valdano:  ¿Son incompatibles el fútbol y la literatura? 

Y Valdano contestó: “Leer un libro no sirve para jugar mejor al fútbol ni jugar un partido sirve para hacer mejor literatura. Son dos juegos (fútbol y literatura) que tienen diferentes modos de expresión y que resultan compatibles a fuerza de ser distintos”.

Otra pregunta: ¿A qué cree debida esa relación de amor-odio entre ambas disciplinas?

Contestación de Valdano: “Es la desconfianza  que siempre ha tenido la mente con respecto al cuerpo. Los intelectuales se desmarcaron del fútbol por considerarlo una expresión popular menor, por deducir que era, como la religión, "el opio del pueblo", por desconfianza hacia la masa y, finalmente, por snobismo. Por su parte, el mundo del fútbol presumía de hombría en el peor sentido, esto es, desde la exhibición de la brutalidad”.

Sigo haciendo constar opiniones, ahora la  de Juan Sasturain (1945), periodista editor de la sección Deportes del diario Página 12, de Buenos Aires, sobre los contactos entre el fútbol y la literatura:

 Tanto la práctica del fútbol como el ejercicio de la literatura, llevados a su grado de excelencia y respeto por los medios y posibilidades, pueden (aunque no suelen) alcanzar el grado de la artisticidad: pueden ser un arte, no sólo una actividad reglada por la eficacia o un trabajo marcado por la recompensa. El manejo de la pelota como el del lenguaje -puestos en buenos pies y manos- son un desafío a la creatividad y de ahí, de esa tensión por encontrar una forma original, cada vez única, para resolver dificultades expresivas, puede saltar la belleza. Ambas actividades tienen en común su condición de juego en tanto desafío, actividad en el fondo inmotivada, asunción de un riesgo y entrega personal. Las habilidades que requiere el fútbol (saber golpear una indócil pelota con cualquier parte del cuerpo que no sean las manos) no sirven absolutamente para nada... Para nada que no sea el fútbol. De ahí su equívoca grandeza.

Resulta evidente que Juan Sasturain es un apasionado del fútbol.  Curiosamente, se da entre algunos intelectuales el deseo de justificar la unión de la literatura y el fútbol, como si se sintieran necesitados de ligar externamente esas dos pasiones que les producen cierta incomodidad en su conciencia.  En cambio, Miguel Pardeza, interpelado en una entrevista televisiva sobre sus gustos literarios, contestó a la cuestión de si el fútbol es un arte, después de pensar largamente para medir sus palabras, algo así:  “El fútbol requiere de habilidad corporal y, en su intento por agradar al público, se provocan acciones estéticas, pero de ahí a calificarlo de arte queda mucho trecho”.

Me gustaría destacar una obra, cuya principal originalidad es que trata de futbol escrita por dos mujeres, las periodistas españolas Eva Orúe y Sara Gutiérrez y que fue publicada por primera vez en Internet.  Se titula “Locas por el fútbol” y habla de un deporte, el fútbol, inventado por y para hombres, y que fue durante muchos años un terreno vedado a las mujeres. No sólo eso: el fútbol se convirtió en un rival, y miles de novias y esposas cantaron convencidas, durante años, aquel pegadizo por qué, por qué los domingos por el fútbol me abandonas. Sin embargo, poco a poco, las mujeres han saltado al campo para convertirse en protagonistas del espectáculo. ¿Qué tiene el fútbol que las vuelve locas?  Ese es el argumento de esta novela tan divertida.

Eduardo Galeano, escritor uruguayo, es el autor de esta definición tan aguda y repleta de sarcasmo y calidad literaria: “el árbitro es arbitrario por definición. Este es el abominable tirano que ejerce su dictadura sin oposición posible y el ampuloso verdugo que ejecuta su poder absoluto con gestos de ópera. Silbato en boca, el árbitro sopla los vientos de la fatalidad del destino y otorga o anula los golpes. Tarjeta en mano, alza los colores de la condenación: el amarillo que castiga al pecador y lo obliga al arrepentimiento, y el rojo que lo obliga al exilio (...) A veces, raras veces, esa decisión del árbitro coincide con la voluntad del hincha, pero ni así consigue probar su inocencia. Los derrotados pierden por él y los victoriosos ganan a pesar de él. Coartada de todos los errores, explicación de todas las desgracias, los hinchas tendrían que inventarlo si él no existiera. Cuanto más lo odian, más lo necesitan”.

Tras un partido entre Junior y Millonarios, Gabriel García Márquez declaró: ’’No creo haber perdido nada con este irrevocable ingreso que hoy hago públicamente a la santa hermandad de los hinchas. Lo único que deseo, ahora, es convertir a alguien’’.

Mario Vargas Llosa llegó a ser columnista deportivo en “El País” durante el Mundial de 1982.  Ha expresado su amor por el fútbol en reiteradas ocasiones y en su artículo “El corazón goleador” se expresa así:

El fútbol (muy de vez en cuando) no es una operación matemática de resultados previsibles, sino un encuentro de seres vivos que juegan más para divertirse y gozar que para un salario o una copa. Esas tardes, en las que el corazón mete los goles y no los pies, se recuerdan después como una de esas experiencias que nos reconcilian a nosotros, los hinchas pobres diablos con la vida".

Otras referencias al fútbol por artistas y literatos, recogidas por Hernán Bienza, son:

Javier Marías dijo que ’’el fútbol es la recuperación semanal de la infancia’’ y ha escrito varios artículos sobre fútbol, especialmente uno que habla de Zinedine Zidane, autor de un “gol sobrenatural”.

El intelectual comunista Antonio Gramsci lo definía como ’’el reino de la lealtad humana ejercida al aire libre’’.

Con cierto tono meloso, el checo Milan Kundera escribía que ’’tal vez los jugadores tengan la hermosura y la tragedia de las mariposas, que vuelan tan alto y tan bello pero que jamás pueden apreciar y admirarse en la belleza de su vuelo’’.

Y el multifacético Pier Paolo Pasolini dejó la mejor definición que la literatura pudo hacer de este deporte, que remite a los juegos circenses de la Roma antigua:

’’El fútbol es un sistema de signos, por lo tanto es un lenguaje. Hay momentos que son puramente poéticos: se trata de los momentos de gol. Cada gol es siempre una invención, es siempre una subversión del código: es una ineluctabilidad, fulguración, estupor, irreversibilidad.  Igual que la palabra poética.  El goleador de un campeonato es siempre el mejor poeta del año. El fútbol que produce más goles es el más poético. Incluso el dribling es de por sí poético (aunque no siempre como la acción del gol). En los hechos, el sueño de cada jugador (compartido por cada espectador) es partir de la mitad del campo, driblar a todos y marcar el gol. Si, dentro de los límites consentidos, se puede imaginar en el fútbol una cosa sublime, es ésa. Pero no sucede nunca. Es un sueño’’.

El periodista recopilador de estas definiciones, un apasionado argentino, después de transcribir las palabras del cineasta italiano, se siente obligado a rendir pleitesía a su dios con esta expresión: “Pasolini, obviamente, no había visto jugar a Diego Maradona. A pesar de desmentidas por el segundo gol del ’’Diez’’ a los ingleses, sus palabras están llenas de verdad poética. Pero de eso podría tratarse este desencuentro entre las letras y la pelota: Maradona tampoco había leído a Pasolini”.

Es conocida también la anécdota del Bryce Echenique colegial que jugó en la selección infantil de Universitario contra el Independiente argentino. Bryce entregó a cero su portería en la primera parte, pero en el segundo tiempo pidió jugar por el cuadro rival. Según ha explicado el escritor, quería sentir lo que sentía el otro, sentir lo suyo, ponerse en su lugar. A Bryce lo botaron a patadas del estadio y hubo quien le gritó “traidor a la patria”.

Se sabe que Albert Camus fue igualmente portero juvenil en la Universidad de Argel(Heraldo de Aragón, en “Hace 50 años”, publica el pasado 7 de Enero: El escritor francés Albert Camus… fue un excelente guardameta; una lesión pulmonar le hizo abandonar el fútbol); también, que Rafael Alberti, hincha del Barcelona, tuvo un duelo en verso con Gabriel Celaya, fanático del Real Sociedad.  Vladimir Nabokov jugó de portero y una vez, tras parar un balón en el césped, recibió tal cantidad de patadas en la cabeza que sufrió una conmoción.  Günter Grass ha dedicado un poema al Friburgo, el equipo de sus pasiones.

 

 

Jugué al fútbol durante treinta años, lo que me ha proporcionado experiencia y conocimiento para saborear sus cualidades y entender sus defectos, pero además me dio base para entender que la literatura y el fútbol se unen tal como se convierten en una pasión doble, la del hincha, forofo, profesional o estudioso de ese deporte con la del escritor que la reverbera en sus páginas a modo de catarsis expresiva.

En mi búsqueda para documentar este artículo, encontré un relato de un escritor argentino nacionalizado español, Andrés Neuman, ganador del último premio Alfaguara de novela, que me trajo sensaciones muy parecidas a las que me invadían en mi época futbolera.  Por eso, quiero finalizar transcribiendo unos párrafos de ese relato que creo muy especiales:

“Mi infancia son recuerdos de un patio con gravilla. Gritos desaforados. Mucho viento. La inminencia de un timbre. Los zapatos demasiado justos. Y algo más. Qué. Una pelota. De plástico anaranjado, o de cuero muy frágil, casi descosida.  

Yo no sabía, por entonces, que a la pelota debía llamársela balón. Además, como estudiaba francés en el colegio, semejante mote me habría parecido una blasfemia o una concesión algo afeminada. Y en la escuela, señores, había que ser macho. Había que ser tan macho, tan rabioso y tan bestia, que el balón, no sé si me comprenden, de ningún modo podía ser masculino.  

A mí, qué quieren que les diga, el fútbol me salvó de muchas cosas. De ser el púber tísico, aspirante a poeta, al que todos martirizan en el patio. De no poder intercambiar más de tres o cuatro gruñidos vagamente sintácticos con la mayoría de la especie masculina; esa especie brusca y hermética con la que rara vez conseguía encontrarme cómodo. El fútbol me salvó, también, del riesgo de ignorar el cuerpo, tendente como era a elucubrar y a soñar despierto. El fútbol me enseñó que, en la vida, si uno echa a correr debe hacerlo hacia adelante. Que a la belleza, casi siempre, le ponen zancadillas. Y me enseñó, desde luego, que no conviene hacer la guerra solo, y que el enemigo, ay, es siempre demasiado parecido a nosotros. Cada vez que me preguntan qué habría sido de mí de no ser escritor, cuando estoy a punto de responder que nada en absoluto -un escritor de veras, como sabía Rilke, es incapaz de imaginarse un destino distinto a la escritura-, me viene a la mente un sueño infantil que duró algunos años. De modo que carraspeo, sonrío y replico: quizás habría sido futbolista.”  

 

 

Publicado en el número 3 (junio 2010) de la revista Imán - Asociación Aragonesa de Escritores

El coronavirus y el amor

El coronavirus y el amor

A veces silencio la palabra amor. A veces la cambio por cariño, afecto, solidaridad. Y lo hago porque mi pudor responde todavía a la educación masculina ancestral de que lo sentimental pertenece al mundo femenino y no al mío. Y es verdad, pertenece al mundo femenino, pero no a las mujeres. He aprendido a diferenciar a lo masculino de los hombres y a lo femenino de las mujeres, pero no voy ahora a hablar de esto. Sirva de introducción para hablar de amor.

Quizá debiera escribirlo con mayúscula: Amor. Así podría diferenciarse de la acepción más común que usamos en nuestro lenguaje cotidiano, el amor de pareja.

Alguien (gracias) me aclaró que el amor (Amor) no es un sentimiento, es un estado. ¿Estás o no estás... en el amor? Y también me aclararon que el amor no es enamoramiento, y que el amor no es posesivo, ni violento, ni empieza o acaba... Me costó entenderlo porque estaba lleno de creencias impuestas por nuestra sociedad, que, consciente o inconscientemente, nos programa para quedarnos en nuestra superficie y enfocar nuestros comportamientos hacia la supuesta realidad que vemos, oímos, palpamos, olemos o gustamos. No creo que la realidad sea lo que nuestros sentidos externos perciben; está demostrado científicamente, pero los realistas lo discuten, es decir, la realidad que los realistas defienden está refutada por la Ciencia en que apoyan sus argumentos. Quizá el sexto sentido, la intuición, aparece como herramienta más idónea para percibir el mundo, la existencia.

La intuición me dice que vamos a salir del coronavirus con una dosis de amor en vena tal que superará en porcentaje inconmensurable la que ahora sabemos expresar. Estoy dispuesto a escuchar ¡iluso!, ¡romanticón!, ¡sentimental!, ¡feminoide! Ya con oídos esquivos, intentaré explicar a qué refiero.

Sé que no hace falta una referencia a los aprendizajes directos que estamos adquiriendo con la crisis, porque vuelan por la red cientos de mensajes que con más o menos enfoque práctico nos los expresan a diario. También mi amiga Pilar Aguarón Ezpeleta se ha referido a los científicos como los salvadores del momento. No voy a negarlo, por supuesto, pero nada en nuestra especie humana puede consolidarse si no evidenciamos el amor (Amor). Evidenciar es hacer consciente, dejarlo salir de nuestra costra interna con el conocimiento de que su tránsito discurre porque lo deseamos así. También vale si es inconsciente, pero entonces el nivel de aprendizaje es chiquitín. Alcanzar la sabiduría no es llenarse de conocimientos intelectuales, es comprender desde la intuición (algunos dicen 'desde el corazón') que todo lo adquirido por la mente sólo sirve para la vida en la Tierra si lo aplicamos con amor. El amor como estado actúa de catalizador para enfocar las acciones al objetivo supremo que tantas teorías filosóficas o espirituales nos ha mostrado con relativo éxito: 'vivir en la unidad', 'ser uno', ''no hagas al otro lo que no quieras para ti', 'ama al prójimo como a ti mismo', 'haz el bien y no mires a quién', 'ama y haz lo que quieras'...

Vuelvo al coronavirus. Que tengan que trabajar los científicos (incluye mujeres) para superar esta crisis y lograrlo gracias a ellos es fundamental para eliminar el miedo. El miedo es el opuesto del amor. Hay quienes nos dicen que solo hay dos estados: el miedo y el amor. Cuanto más miedo sentimos, menos amor desprendemos... y viceversa. A esta crisis, los psicólogos la están llamando 'la crisis del miedo', que nos hace ser irracionales, egoístas, agresivos. Y por otro parte, son infinitos los actos que se van oponiendo a ese sentimiento, actos de amor, que son los de una sociedad sana, abierta, comprometida, auténticamente humana (y valga la extensa significación del término).

Seamos conscientes de que cuando la crisis acabe, si mantenemos conscientemente los actos de amor y los aplicamos para que desaparezca el dolor del mundo, habremos entendido lo que ese pequeñajo tan feo ha venido a enseñarnos, después de que hayamos despreciado tantos avisos: que si el otro ser está bien, nosotros estamos mejor... y la Tierra también.

Namasté.